Hazaña y tragedia: Las dos caras de los Himalayas

Tomás, Martín y Rafael. Foto: Cristian Phillips

Esta es la historia de la exitosa expedición de Tomás Vial, Martín Gildemeister y Rafael Matte en la decimotercera cumbre más alta del mundo. Uno de los catorce cerros de más de 8.000 msnm.

Con la cara hinchada, los labios quemados y la nieve diez centímetros más abajo de las rodillas, avanzan por la pared blanca que mira hacia China. La cumbre del Gasherbrum II (G2) está cerca. Las lágrimas de Martín quedan atrapadas en las antiparras que lo protegen: «Me fui acordando de toda la expedición hasta ese minuto. Muy contento, pero pensando en las decisiones del equipo y estaba muy emocionado, súper emocionado. Y sí, lloré cuando íbamos llegando».

Antes de la cumbre recorren una pared de hielo de un poco más de dos metros de largo, que por su forma la denominan «filo». Termina en punta, por lo que no es caminable. La misma muralla les protege del fuerte viento que sopla en la cumbre de nieve y hielo. El primero en asomarse es Richard, montañista peruano a quien conocieron en Pakistán. Le sigue los pasos Martín. Más tarde coronaron dos checos.

Un ¡Viva Chile mierda! ¡La hicimos cabros! grita eufórico Martín, a 8.035 metros de altura, en la decimotercera cumbre más alta del mundo. Un grito de emoción que Richard escucha en un volumen bajo por el viento que avanza con rapidez y que se lleva las palabras a su paso. No se abrazan. La situación sólo les permite un fuerte apretón de manos y un par de palmoteadas, pues ambos están en el filo, amarrados a la cumbre con una cinta y una estaca.

Luego de sacar unas cinco fotos, la cámara de Martín se congela. No sin antes capturar su imagen, sosteniendo la bandera de Chile en el abdomen, firmemente asegurada para que no se escape con el viento. Esa bandera que ha acompañado a Rafael, Tomás y Martín a todas sus cumbres. «Acá arriba no me pude dar el abrazo con Tomás y Rafa. Que es lo que más me habría gustado (…) Entonces, pa mi simbólicamente el ir con esa bandera acá, era ir con Rafa y con Tomás. Entonces por eso también la importancia de sacarse la foto con esa bandera. Era una forma, un poquito como, simbólicamente, del abrazo de cumbre con Tomás y con Rafa», dice Martín.

Permanecieron alrededor  de cinco minutos en la cima del G2. Eran las 4:30 de la tarde y la sensación térmica -20° Celsius, según cuenta Martín. Pocos minutos que aprovecharon para admirar el paisaje desde una perspectiva privilegiada para unos pocos. «Con una vista arriba que es una locura. O sea, qué más querí. Estai en los puntos más altos del mundo. Una cordillera preciosa abajo, el frío, el viento dan lo mismo. Pasan a segundo plano 100%. En los pocos minutos que estai arriba, estai pleno. Estai feliz», comenta el joven chileno.

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Martín en la cima con la bandera chilena. Foto Gentileza: Expedición GII

Martín envía el mensaje de cumbre por satélite y luego comienzan el descenso. Ahora a recorrer el mismo camino de vuelta al campo tres. Cuando vuelven a la cara que mira a China, se detienen a descansar y a llamar por radio para informar de su llegada. El primero en contestar es Rafael desde el campo tres. Luego contesta Tomás desde el campo base. Ambos felicitan a Martín. Tomás, preocupado por la hora, les pide que regresen rápido y con cuidado al campo tres: «igual era tarde para haber hecho cumbre y yo me puse contento, pero no tanto. Era como que no lo teníamos todavía. Era: “vuelvan seguros al tres y ahí me pongo contento”», reflexiona  Tomás. Los alpinistas suelen decir que no se debe estar en una cumbre de más de 8.000 metros pasada la una de la tarde.

Después de 24 horas de recorrido hacia la cumbre y vuelta, Martín y Richard regresan al campamento a las nueve de la noche y se reencuentran con Rafael, quien les recibe con agua hervida y algo de comida.  Con un abrazo Rafael y Martín coronan la jornada. «Largo. De esos abrazos de verdad», recuerda Martín.

Este año, 18 montañistas, de casi 220, llegaron a las cumbres del Karakórum, cordón montañoso, parte de los Himalayas, donde se encuentran cinco de las 14 montañas más altas del mundo, de más de 8.000 metros sobre el nivel del mar. Tomás, Rafael y Martín conforman la tercera expedición chilena en llegar a la cumbre del G2.

Rafael Matte (28) y Martín Gildemeister (28) son amigos desde los cinco años. Con Tomás Vial (31) se conocieron en 2006 en la Universidad de Los Andes, en la carrera de Ingeniería. Los tres tienen  en común la pasión por las montañas. A principios de 2010 fueron juntos, por primera vez, a un cerro. Al glaciar del Morado, a una introducción de caminata en glaciar y rescate en grietas. Luego, en septiembre del mismo año, subieron el cerro El Plomo (5.424 msnm), pero no llegaron a la cima. Su primera cumbre, como equipo, fue al año siguiente: el Tupungato (6.570 msnm). En total han compartido más de diez expediciones y planean sumar otras aventuras.

El proyecto de subir los Himalayas nació en una fuente de soda, mientras tomaban cerveza y comían hamburguesas. Llamaron a Ernesto Olivares, reconocido montañista chileno con experiencia en ochomiles, con quien subieron antes algunos cerros. «Esa fue la primera conversación seria. Ernesto nos contesta y le decimos que estamos hablando de esto. Él nos dice: “Martín, estaba esperando esta llamada”».

Un año y seis meses entrenaron, investigaron y buscaron auspiciadores. Un mes antes de partir a Pakistán, The North Face decidió auspiciarles.

Era su primera aventura en los Himalayas, por lo que descartaron las cuatro montañas más altas del mundo, entre las que figuran el Everest y el K2. Decidieron ir a Pakistán, a la cordillera del Karakórum, entre otras razones, porque debido al atentado de 2013, era menos caro que ir a Nepal. En esa ocasión 11 alpinistas fueron asesinados en el campo base del Nanga Parbat, uno de los 14 ochomiles. «Ya no van trekkers porque les da miedo. Los únicos que van son escaladores. De hecho, a nosotros nos decían que estábamos locos por ir a Pakistán. Fue un tema: “¿qué pasa si hay un atentado? Dos meses antes de que nos vayamos: ¿vamos o no vamos?”», recuerda Rafael.

Y llegó el día. 16 de junio de 2015. Los tres ingenieros parten rumbo a Asia. 30 horas en avión para llegar a la capital de Pakistán, Islamabad. 32 horas en bus por la carretera del Karakórum para llegar a la ciudad Skardu, y siete horas en jeep para el pueblo Askole (3.050 msnm). La última civilización antes de la caminata de siete días para llegar al campo base de los Gasherbrum.

En los 7.800 msnm aproximadamente, a 200 metros de la cumbre, Rafael no quiso seguir. Llevaba 15 horas caminando. «Ahí estaba muy mareado, uno empieza a sentir que está soñando. Como que estaba dentro de un sueño, como que no estaba ahí. Ya me pasó una vez, es entre sueño, cansancio y de todo. Hipoxia (…) Había sido todo tan bacán que dije, en verdad ha sido demasiado bueno, no necesito exclusivamente la cumbre para irme feliz a la casa»

En Askole, los 10.000 kg de cargamento de todas las expediciones se reparten en 450 cargas entre personas y mulas.

Durante la caminata de aproximación el paisaje cambia de verde a blanco. Y en el cuarto día llegan al glaciar Baltoro de 62 km de longitud. «Ya con solamente estar caminando por el Baltoro nos sentíamos pagados. Sentíamos que ya estamos acá, estamos en los cerros de los que hemos leído, que hemos visto videos, que hemos escuchado tantas veces. Cuando ibai caminando  por ahí ya no te la creiai», comenta Martín.

Y comienza el proceso de aclimatación y de equipar la ruta. Subir del campo base al campo uno y volver. Ir desde el campo base al campo dos pasando por el uno y regresar. Y por último, subir desde el campo base al campo tres, durmiendo, claro, en los campamentos anteriores, para luego bajar nuevamente al campamento base. Todo esto con mochilas de aproximadamente 18 kg de peso, llenas con el equipo que debían instalar en los distintos campamentos de descanso.

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Martín, Rafael y Tomás juntos a otros escaladores en el Campamento Base del Gasherbrum II. Foto Gentileza: Expedición GII

En la última jornada para equipar la montaña Tomás se sintió mal: cansado y con frío. Eran las 12 de la noche, acababan de llegar al campo uno, para luego continuar ese mismo día al campamento base. «Ahí yo llegué muerto de frío. Había menos uno. Entonces no es helado. Había como un poco de viento también, pero yo iba caminando y estoy cagado de frío, pa la cagá. A ver, ¿qué temperatura habrá? Y ahí había menos uno y dije: chucha que estoy cagado», recuerda.

Ya con la ruta equipada se presentó el día para iniciar el ataque a cumbre: 21 de julio 2:30 am. Habían descansado cuatro días y partieron rumbo al campo dos. Esta vez con alrededor de 8 kg de peso en sus espaldas. Tomás decidió quedarse en el base por un desgaste pulmonar. Reconoce que tenía claro que su condición física no estaba apta para volver a subir: «al final sí fuiste pa allá, ayudaste a equipar el cerro, ayudaste a que la expedición fuera exitosa y todo, pero el no poder ir a la cumbre obvio que es potente y obvio que eso pega (…), pero igual fuiste parte de una expedición exitosa. Así que súper bien. En el fondo estoy súper tranquilo».

Richard Hidalgo, el montañista peruano, se unió a Rafael y Martín para el ataque a cumbre. En dos jornadas de 15 y cuatro horas llegaron al campo tres.  La última parada antes de la cumbre. Ahí unieron fuerzas con una expedición polaca y otra checa que conocieron en Pakistán. Era jueves 23 de julio a las nueve de la noche cuando los expedicionarios iniciaron el asalto final. El cielo estaba despejado y ocho luces de linternas iluminaban la ruta.

En los 7.800 msnm aproximadamente, a 200 metros de la cumbre, Rafael no quiso seguir. Llevaba 15 horas caminando. «Ahí estaba muy mareado, uno empieza a sentir que está soñando. Como que estaba dentro de un sueño, como que no estaba ahí. Ya me pasó una vez, es entre sueño, cansancio y de todo. Hipoxia (…) Había sido todo tan bacán que dije, en verdad ha sido demasiado bueno, no necesito exclusivamente la cumbre para irme feliz a la casa», recuerda.

Los polacos iban cerro abajo, esquiando, sin haber llegado a la cima. Después de tomar la decisión en equipo, Rafael bajó  solo hasta el campamento 3 con la ayuda de Tomás por radio desde el campo base y Martín subió junto a Richard. «Estaba ansioso para ver qué pasa porque era como la parte más expuesta de la expedición. Había un compañero que estaba yendo pa la cumbre, otro que se estaba devolviendo solo. Estaba pendiente.», cuenta Tomás, quien estaba con cuatro radios en una de las carpas en el campamento base.

El montañismo es un deporte de alto riesgo. En altura, la temperatura es baja y el oxígeno disminuye. Los expedicionarios pueden sufrir edema pulmonar o cerebral. Ambos pueden ser fatales. A eso se le suma el riesgo de avalancha y de tormenta. «Uno siempre tiene que tomar las decisiones pensando en que uno mismo tiene que ser el que va a bajar. Les he oído decir a montañistas importantes: yo siempre que estoy sobre los 7.500, 8.000 metros, pienso, sacar a alguien de aquí es como traerse a alguien casi como de la luna», comenta Rafael.

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Foto Gentileza: Expedición GII

«Estás trabajando en condiciones súper extremas (…) O sea, todas las decisiones que se toman arriba en el cerro, las consecuencias que tienen son súper impactantes (…) pueden ser de vida o muerte. Entonces, lo de la suma de las pequeñas decisiones son las que al final pueden tener un resultado como una tragedia, como la del Everest del 96», comenta Martín, refiriéndose a los eventos ocurridos aquel año, en que murieron 15 personas en esta emblemática montaña.

Sábado 25 de julio, 12 del día. Los dos montañistas chilenos y el peruano están de vuelta en el campo dos, luego de la extensa jornada de ataque a cumbre. Les reciben los polacos Piotr y Olek con un abrazo. Les ofrecen una taza de té. Conversan. Mientras los sudamericanos dejan las mochilas, los europeos se equipan para seguir su descenso en esquíes. Olek es el primero en lanzarse montaña abajo. Le sigue Piotr que se detiene, casi de inmediato, luego de unos pocos metros.

– «De repente  siento un grito: “¡Martín, pasó algo!”, dijo el polaco que aún le faltaba bajar», cuenta Martín.

– «¿Qué pasó? Olek desapareció, no lo encuentro», recuerda Rafael que gritó Piotr.

– «Entendimos que había soltado una avalancha y no se veía», continúa Martín.

Se contactaron por radio con los campos uno y base por si Olek ya hubiese llegado, pero no había señales de él en ninguno de los campamentos. Rafael subió una pared de hielo para tener mejor visibilidad, pero no había rastro del polaco.

Richard, con la nieve hasta la cintura, amarrado a una cuerda y asegurado por Martín, caminó unos metros por la ruta del esquiador desaparecido. La cuerda, de unos 60 metros de largo, no les permitía llegar «rapeleando» hasta el lugar de la avalancha. En un punto Richard se devuelve por los riesgos que abundan en esa cara de la montaña. «Esa bajada no es la bajada que uno hace a pie. Estás expuesto a avalanchas, estás expuesto a veinte mil tonteras. Entonces ya pasó que soltó una avalancha, tú no podí ir a meterte a un lugar donde pueden caer avalanchas porque el riesgo es muy alto (…) Entonces tratamos de meternos y nos dimos cuenta que no podíamos. Lo mismo que Piotr. El esquiador. Él tampoco. Él trató de meterse en esquí un poquito más para ver si se podía asomar y con los esquíes mismos estaba enterrado en la nieve», comenta Martín.

Mientras tanto, Tomás ayudaba a coordinar una búsqueda desde abajo. Martín cuenta que trataron de conseguir un helicóptero, pero que no existían las condiciones climáticas para que volase.

Una expedición de españoles que bajaba por el Gasherbrum I (G1) dijo haber visto a Olek provocar una avalancha, tratar de esquivarla y luego caerse a una grieta.

Los que estaban en el campamento base eran aquellos montañistas con algún tipo de dificultad física o los que venían de vuelta. Tomás cuenta que un grupo de tres porteadores pakistaníes fueron al día siguiente a buscar al polaco: «intentaron llegar a la grieta y no pillaron nada. Ellos eran realistas, iban directamente a buscar el cuerpo a esas alturas.

Una grieta súper grande. De hecho, los mismos del equipo de pakistaníes que subieron al día siguiente a seguir con la búsqueda para ver si lo encontraban, llegaron y dijeron que era un abismo», comenta Martín.

Nunca encontraron el cuerpo.

El montañismo es un deporte de alto riesgo. En altura, la temperatura es baja y el oxígeno disminuye. Los expedicionarios pueden sufrir edema pulmonar o cerebral. Ambos pueden ser fatales. A eso se le suma el riesgo de avalancha y de tormenta.

Rafael, Martín y Tomás conocían a los polacos desde que llegaron a Pakistán. Compartieron durante más de un mes en las distintas etapas de la expedición. «Era un amigo cercano (…) era una persona muy alegre. Siempre salía en las fotos contento, riéndose, y fue duro», confiesa Martín.

A las dos de la mañana Rafael, Martín, Richard y Piotr partieron de vuelta rumbo al campo base. Pasaron por el campo uno a desarmar el campamento y siguieron el camino a las cinco de la mañana, con aproximadamente 25 kilos de peso en sus espaldas.

Esa noche Tomás durmió muy inquieto: «Me desperté a cada rato pensando en el accidente. Que es como la noche crítica. Si el gallo se cayó, ojalá que se haya muerto al tiro. Pero no sabí».

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Foto: Cristian Phillips

Los tres reflexionaron acerca de los riesgos que tiene el deporte que practican:

Martín: «Te hace darte cuenta de que estas pequeñas decisiones arriba no son tan pequeñas. Que la consecuencia que tienen es tremenda. Y que de un minuto a otro podí estar tomándote una taza de té afuera de la carpa con ellos,  a estar dentro de una grieta. Fue súper impactante porque habíamos estado 5 minutos antes tomándonos una taza de té con él».

Rafael: «Eso hace un poco que se refuerce tu estilo con que tú haces montaña. Sentí que en verdad que todas las medidas y maneras de evitar riesgos que nosotros estábamos tomando, era la forma correcta de afrontar una expedición de este tipo».

Tomás: «Es como lo fácil que es matarse. Cómo hace cuatro días estábamos echando la talla con el polaco y ahora se murió. La impotencia de no poder hacer nada».

Entre el campo uno y el base hay un glaciar. En variadas ocasiones habían recorrido esa zona de hielo y nieve. Pero estaba diferente. La radiación del verano provocó que las grietas crecieran y que los puentes de nieve firme  se derritieran. Eran las once del día y se demoraron alrededor de una hora en cruzar una grieta de unos 15 metros de profundidad. Encordados saltaron un poco más de dos metros de largo.

Rafael y Martín querían acampar en el glaciar y partir más tarde cuando la ruta estuviera más firme. Pero Richard y Piotr querían llegar lo antes posible al base. Tenían una sola cuerda. La de Richard. «Llegó un punto de tomar la decisión si seguir o esperar hasta el otro día y ahí es donde uno toma malas decisiones y muere gente. Además, estábamos  con el tema de nuestro amigo que se mató en la cabeza. Fue una pelea con los demás y  había una sola cuerda», cuenta Rafael.

Siguieron camino al base. Incómodos con la decisión. Corriendo riesgos que no querían correr. Diez horas se demoraron en cruzar el glaciar.

Un poco antes de llegar al campamento base, el ayudante de cocina, Isaac, los recibió con galletas y jugo. «Muy simpático, muy buena persona, pero weón porque  no te podí meter al glaciar solo, sin cuerda sin nada», recuerda Martín.

Más abajo esperaba Tomás. Los ayudó a cruzar un río de agua del glaciar de dos metros de ancho. Una tormenta de lluvia y agua nieve se desató. Los seis empapados. Abrazos. Estaban juntos de nuevo los tres sanos y salvos.

Al llegar al campamento los porteadores salieron de las carpas a recibirlos. A felicitarlos por la cumbre y a dar las condolencias por Olek.

La cena en la carpa comedor fue sobria. A petición de Tomás no hubo decoración. No les entregaron el collar de flores por la cumbre y no hubo brindis. Pero sí comieron el summit cake, la torta que entregan cuando se llega a la cumbre. «Andábamos todos como así, shockeados. Todos afectados. No daban ganas de celebrar nada», cuenta Tomás.

Cuatro días después, de camino a Askole, descorcharon la botella de vino que Tomás llevó desde Chile. En la noche, junto a Piotr, Richard y otros dos montañistas, chocaron las tazas metálicas. Un brindis por la cumbre y por Olek. Hasta el día de hoy Tomás guarda la botella vacía.

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Foto: Cristian Phillips

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