De los árboles del jardín a campeón nacional de escalada

Foto gentileza: Connie lighter

El escalador estadounidense, Kai Lightner de 17 años, campeón nacional en 2015, descubrió su amor por la escalada a los seis años de edad, antes de conocer los muros, mientras trepaba árboles, postes y balcones. Su madre ha sido su compañera durante todo este viaje. Antes temía por su vida, ahora le alienta para que llegue a campeón mundial.

La gota que rebalsó el vaso. Eso fue para Connie Lightner, ver a su hijo Kai (ahora de 17 años), cuando tenía seis, en la cima de un poste, de alrededor de 15 metros de altura, que sostenía la bandera de EE.UU. Kai había escalado el poste sin protección alguna mientras su madre, profesora de la Universidad Estatal de Fayetteville, hablaba con su jefe. Al verlo en la cima, Connie horrorizada gritó. Acto seguido, una compañera de trabajo pidió a Kai calmadamente que bajara, e informó a Connie sobre un muro de escalada cercano. Parecía ser el lugar indicado para este niño que trepaba todo lo que podía: muebles, árboles, balcones. «Tuve que sacar las puertas para bebés de la casa… la mayoría de personas tiene puertas de bebés para evitar que los niños pasen de un área a otra. Eso nunca funcionó. Él pensaba que eran sus juguetes. Los árboles del jardín, que eran débiles, tuve que mandarlos a cortar porque eran demasiado débiles para soportar su peso, pero él lo hacía de todas formas», cuenta Connie.

No le gustó a Kai llegar a su casa y no ver árboles: «Estaba molesto. ¡No había árboles! ¿Dónde están los árboles? ¡No hay árboles!».

«Yo los mandé a cortar porque no eran seguros. No eran robustos. Tenía que salvarlo de él mismo porque tenía miedo de que se fuera a matar», cuenta Connie, riendo.

«Yo no veía cuál era el problema. Yo estaba bien», recuerda Kai.

Las que ahora son anécdotas entretenidas —y que Connie cuenta entre risas— fueron situaciones muy preocupantes cuando su hijo era pequeño. Una de ellas cuando Kai, de seis años, escaló por fuera del balcón del departamento de su tía, del tercer piso al cuarto. Y, como solía hacer con todos sus logros, llamó a su mamá para que celebraran juntos. Pero Connie no estaba para celebrar. Las celebraciones llegaron después, cuando Kai se transformó en escalador profesional y ganó campeonatos nacionales y panamericanos. De ninguna manera en aquellos momentos. «Estaba emocionado cuando logró subir, así que tenía que llamarme. Salí al balcón para ver dónde estaba y cuando miré hacia arriba, me horrorizó», recuerda Connie.

Fue un gran alivio para Connie encontrar ese muro de escalada. De inmediato aprendió a asegurar para tener un poco de control en la actividad de su hijo: «Podía tener una cuerda atada a él para que estuviera bien, así los dos estábamos bien con eso. Accedí a todas las horas en el gimnasio porque los dos nos sentíamos mejor (…) La primera vez que empezó a escalar yo aprendí a asegurar… si él lo iba a hacer, yo quería ser la que lo mantuviera a salvo».

Con seis años de edad, Kai fue al gimnasio de escalada por primera vez en su ciudad: Fayetteville, Carolina del Norte. «Estaba totalmente emocionado. Traté de escalar todo lo que había porque veía todas estas rocas y no sabía realmente lo que significaban, pero me gustaban mucho».

La primera ruta que intentó era una morada de dificultad 5.9 y de aproximadamente cuatro metros y medio de altura. No logró llegar al tope, lo que le causó frustración. Colgando de la cuerda lloró mientras su madre lo bajaba. Regresó todos los días de la semana al gimnasio para escalar esa ruta, hasta que finalmente lo logró. Se sintió increíble. «Y ese sentimiento de exigirme físicamente era un poco contagioso porque escalé esa ruta y quería escalar la siguiente. Y después de eso empecé a competir y quería ganar en las competencias».

Desde ese entonces la rutina de Kai durante la semana ha sido asistir al colegio, hacer sus tareas en casa y escalar en el gimnasio local que es principalmente de Boulder. Los fines de semana viaja a otros lugares para entrenar, ya que en su ciudad la escalada no es muy común. «Escalar no es muy popular en la comunidad afroamericana (…) por eso tiene que viajar para encontrarse con gente de su edad», cuenta Connie. Una vez a la semana viaja una hora y media a un gimnasio más completo en Raleigh, Carolina del Norte, donde se encuentra con otros jóvenes escaladores.

«Hay mucha adrenalina y euforia en mi cerebro cuando escalo, porque amo absolutamente todos los aspectos de la escalada. Escalar es mi pasión. Lo he hecho desde que era extremadamente joven. Ha sido siempre una parte de mí…»

Su mamá es quien mejor le conoce y en quien más confía para que le asegure. Sin descansar, Kai escala ocho o diez veces seguidas una ruta de 15 metros de alto, lo que le toma alrededor de una hora. «Diez años después y todavía me tiene asegurándolo toda la semana», cuenta Connie.

«Es en quien más confío. Y probablemente es la única persona que acepte asegurarme por una hora seguida sin querer escalar», confiesa Kai.

«Sé lo que va a hacer antes de que lo haga. Puedo leer su cuerpo. Así que a él le gusta que yo lo asegure porque se siente seguro. Sabe que lo conozco», cuenta su mamá.

Connie ha intentado escalar, pero dice que no es lo suyo: «Mis brazos para asegurar están bien. Mis brazos para escalar, no tanto (…) He tratado, pero no me gusta. Me duelen los dedos, los brazos… No estoy interesada. Dejo que él haga eso».

Desde hace diez años, Connie, mamá soltera, va con Kai todos los días de la semana al gimnasio para su entrenamiento, y le acompaña a la mayoría de viajes en los fines de semana. Si ella no puede ir, Kai va con su entrenador Shane Messer, a quien conoció a los seis años, en el muro de escalada en Fayetteville. Shane trabajaba en el gimnasio el primer día en que Kai lo visitó y desde entonces ha sido su entrenador. Ahora vive en Boston, por lo que Kai viaja para allá para entrenar.

A los diez años Kai escaló por primera vez fuera del gimnasio, sin contar, claro, todas las veces que trepó árboles desde muy pequeño. «Mi mamá y yo teníamos miedo de la escalada outdoor porque pensábamos que era algo que solo la gente loca hacía, pero muchas personas de la comunidad de escaladores nos presionaron para hacerlo, porque decían que era el siguiente paso. Así que fuimos fuera y fue increíble. Nos encantó. Bueno… a mí me encantó. Mi mamá, por otro lado, no estaba muy emocionada», cuenta Kai.

«No me gustaban las caminatas, no me gustaba estar en el polvo, no me gustaban los bichos. Me gustaba verlo a él escalar. Y sería…», ríe Connie. «Todo lo demás era una adaptación. Era muy distinto».

¿Estabas asustada?

-Oh, definitivamente, definitivamente. Porque hay muchas más cosas que pensar. O sea, las rocas afiladas, los bordes afilados… cuando estás asegurando hay mucho más en que pensar (…) Daba miedo y él era tan pequeño. Creo que esa es la parte miedosa porque los niños no tienen la mejor concentración todo el tiempo.

Kai Lightner y su mamá, Connie Lightner en el gimnasio Earth Treks Rockville en Maryland. Foto: Carla Borja

Kai Lightner y su mamá, Connie Lightner en el gimnasio Earth Treks Rockville en Maryland. Foto: Eduardo Espinosa

Mientras su mamá cuenta su experiencia al aire libre, Kai no puede evitar cantar la canción que está de moda, Love Yourself de Justin Bieber, y que suena en el gimnasio de escalada Earth Treks Rockville, al cual fue invitado por el American Alpine Club para conmemorar los cien años de los parques nacionales. Junto a él, los escaladores Paul Robinson y David Allfrey realizaron una pequeña demostración y compitieron amistosamente con otros escaladores. Fue en aquella ocasión que nos reunimos con Kai y su madre para esta entrevista, en el estado de Maryland, EE.UU.

En 2015 viajó a España con su entrenador, por una semana y media, y compartió con Chris Sharma, quien escaló por primera vez la ruta Era Vella de grado 5.14d, la que Kai se proponía  escalar. Lo logró y hasta el momento ha sido la ruta con mayor dificultad que el joven escalador ha realizado. Su madre no pudo acompañarle, pero cuando Kai le informó por teléfono que había logrado la ruta, Connie chilló de euforia y emoción. Estaba en alta voz y no sabía que la grababan para el video de la marca Evolv que auspicia a Kai. «Sabía que lo podrías hacer (…) Estoy tan orgullosa de ti. No he podido dormir, he estado mirando mi teléfono todo el día, sigo mirándolo tratando de ver. Oh mi Dios», fueron las palabras de Connie cuando conoció la noticia, las cuales quedaron grabadas en el video de Evolv.

«Durante el año pasado he empezado a dejarle viajar solo cada vez más (…) Él toma buenas decisiones ahora. Es un buen chico. No tengo que preocuparme de que sea negligente y que no piense, porque él piensa en la seguridad. Ahora me siento mucho más cómoda con él. Nunca lo habría hecho años atrás», comenta Connie.

¿Has pensado alguna vez en escalar sin cuerda (free solo)?

-Kai: No. Nunca, nunca, nunca, nunca escalaré en free solo. Nunca.

-Connie: ¿Ni si quiera lo piensas?

-Kai: Ni siquiera un pensamiento.

-Connie: Me gusta mucho esa respuesta. Estoy muy feliz con esa respuesta (ríe).

-Kai: Esta es una de las cosas en la que mi mamá y yo estamos de acuerdo. No voy a escalar en free solo. Simplemente no podría hacerlo. Respeto a Honnold por hacerlo. Sin embargo, yo no podría. Es muy peligroso (…) Él está loco.

Para Kai no es una opción escalar sin cuerda. Sin embargo, cuando era pequeño era así como lo hacía.

«No tenía más opciones. Esa era la única manera que tenía para escalar (…) Árboles, los trepaba hasta la cima», cuenta Connie.

¿Qué tan altos eran los árboles?

-Connie: No sé. Mucho más altos que una casa. Quizás cuatro pisos si fuera un edificio, cinco pisos, trepaba hasta arriba, hasta llegar a las ramas. Llegaba a las ramas, y cuando eran muy delgadas, ahí paraba. Pero de todas formas me asustaba porque podía calcular mal. Era un niño.

-Kai: Tenía fe y confianza.

-Connie: No, un poco de estupidez. En Estados Unidos hay un dicho que dice que Dios cuida a los bebes y a los bobos. Él era ambos cuando era pequeño, así que estaba muy protegido (ríe).

No le teme a la altura ni a un posible accidente. Lo que sí teme es el fracaso. Pero cree que justamente el no triunfar siempre, hace que sus victorias sean emocionantes y gratificantes.

A sus 17 años Kai, de 1 metro 85 de estatura, es un escalador profesional a quien le pagan por hacerlo. Tiene cuatro auspiciadores: Adidas, Evolv, Clif Bar y Maxim Ropes. Sin embargo, no desea dedicarse solamente a escalar. Quiere ir a la universidad, estudiar una carrera y compatibilizarla con la escalada. Le gustan mucho las matemáticas y tiene la mejor ayuda en su casa, ya que su mamá es profesora universitaria de estadísticas. Es un buen alumno y tiene un trato con su mamá: si no tiene buenas notas, no escala.

Kai escalando en el gimnasio Earth Treks Rockville en Maryland. Foto: Carla Borja

Kai escalando en el gimnasio Earth Treks Rockville en Maryland. Foto: Carla Borja

Le encanta competir. Lo hizo por primera vez a los siete años en el Campeonato Nacional Juvenil. Su madre cuenta que no le fue muy bien porque estaba tan emocionado con el público que se dedicaba a saludar más que a escalar. Pero desde entonces ha sido campeón juvenil de Estados Unidos diez veces, tres veces en Panamericanos y una en un Mundial. En 2015, cuando por primera vez pudo participar en la categoría adulta, obtuvo el primer lugar en el Campeonato Nacional y este año obtuvo el segundo lugar en esa competencia. Su sueño es ser el primero del mundo de la categoría adulta. Lo más cerca que ha estado fue en 2015 cuando llegó a semifinales.

Una lesión en su espalda lo mantuvo tres meses en completo reposo luego del Campeonato Nacional en marzo de este año. Los doctores se demoraron en diagnosticar el problema que le causaba dolor, ya que Kai no tuvo accidente alguno que le provocara la lesión. Connie cuenta que por un período los médicos pensaron que su carrera en la escalada había terminado. Afortunadamente no fue así. Kai canceló su participación en todas las competencias de agosto y septiembre, incluyendo el Mundial en París, pero se prepara para volver a los muros en el Mundial de China, en octubre.

«Hay mucha adrenalina y euforia en mi cerebro cuando escalo, porque amo absolutamente todos los aspectos de la escalada. Escalar es mi pasión. Lo he hecho desde que era extremadamente joven. Ha sido siempre una parte de mí. Escalar es como una liberación de estrés del resto del mundo y puedo enfocarme en mí y en lo que amo».

Disfruta mucho al escalar y competir, y planea seguir haciéndolo sin importar la ruta que tome su vida en los próximos años. Ha sido afortunado, ya que encontró su pasión en los primeros años de vida. Hay quienes necesitan una vida entera para encontrarla. Y a veces ni toda ella es suficiente…

ESTA ENTREVISTA APARECIÓ EN LA EDICIÓN DE SEPTIEMBRE/OCTUBRE 2016 DE OUTSIDE CHILE

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