El fluir de Aniol Serrasolses

Aniol Serrasolses rema en Las Nubes en Chiapas, México en 2013. Foto: Marcos Ferro

Muchos dicen que nadie en su sano juicio salta una cascada de 40 metros en kayak. Pero Aniol asegura que los riesgos que toma son calculados, que la gente no entiende lo que hace porque no tienen su habilidad y experiencia. Sin embargo, cree que morirá en el agua, en el lugar donde se la juega, donde ha vivido los momentos más felices de su existencia.

«Igual quizás me voy a morir joven, puede ser, pero todo lo que he disfrutado y lo que he vivido con 20 años, 24 años, pues es mucho, yo ya me siento feliz con lo que he vivido», dice Aniol Serrasolses, uno de los mejores kayakistas del mundo, quien está rompiendo los límites en las aguas blancas más peligrosas del planeta: se lanzó por una cascada de 40 metros, la segunda más alta del mundo, de las que han sido corridas. Tiene el récord en velocidad en el río Stikine, considerado el «Everest» del kayak. Corrió una cascada de 35 metros, con un pozo sin la profundidad suficiente para caer en él. Esas son algunas de sus locuras…

«Ya me ves, no soy musculoso, para nada. Lo que sí, soy bien ligero. Entonces me encanta usar mucho el agua para cansarme menos y en vez de luchar contra ella, fluir, fluir. Y disfrutas mucho más. Te conectas mucho más con el río», comenta Aniol, quien no permanece más de cuatro meses en un mismo lugar, casi siempre duerme en carpas y en casas de amigos, y come lo que pueda, sin mayor elaboración.

Catalán, nacido en 1991, y auspiciado por Red Bull, tuvo uno de los mejores años de su carrera en 2016. Pero no comenzó de la manera más óptima: una lesión en su hombro derecho le mantuvo un mes fuera del agua a comienzos del año. No quiso operarse en ese momento, por lo que remó todo el año con un hueso no expuesto, que sobresalía dos centímetros sobre su hombro. Le dolía al remar y se cansaba más rápido, pero eso no frenó su empeño de tener un gran año en el río.

El accidente ocurrió en el rápido Sunset Falls, estado de Washington, EE.UU. Navegaba a 70 kilómetros por hora, se dio vuelta y su hombro golpeó contra una roca: «Es un rápido así, gigante, gigante. Y me di la vuelta y una roca lo reventó todo. Si me llego a dar en el cuello, en vez de en el hombro, me mato seguro, ¿sabes? Estuvo bien feo».

Su primer éxito fue romper el record de velocidad en el río Stikine, en British Columbia, Canadá, junto a su amigo kayakista Ben Marr. Son 87 kilómetros con rápidos clase 5+, el grado más alto de dificultad dentro del deporte. Existe la clasificación 6, para los rápidos imposibles, los que jamás se han remado. Cuando alguien logra correr un rápido clase 6, inmediatamente baja en la escala a clase 5+. «Esa escala es como la mierda. Porque es una escala que no ha cambiado, que no se ha adaptado nunca a los nuevos tiempos, porque ahora no se hace lo mismo que se hacía veinte años atrás, así que le faltan números», dice.

Aniol y Ben corrieron en cinco horas y 37 minutos los 87 kilómetros del río canadiense, lo que otros kayakistas corren en tres días. Su expedición duró 11 días, en la que bajaron el río siete veces y alcanzaron una velocidad máxima aproximada de 60 km por hora.

Su segundo gran logro fue en Austria, en el río Wellerbrucke, para la competencia Adidas Sickline, una de las más importantes del mundo, donde se coronó campeón entre 175 competidores. Nunca antes había ganado una competencia de tal importancia: «No, no me lo creía. La verdad que fue una sorpresa muy grande, ni en el mejor de mis sueños pensaba que iba a ganar la Sickline, porque yo no me dedico a esto, ¿sabes? Yo hago más expediciones, locuras, no realmente carreras».

El resultado le sorprendió, especialmente porque, por su lesión, no podía entrenar como quería: «Cuando entrenas para Sickline, lo que haces son intervalos de 30 segundos a muerte y descansas diez. Vuelves a hacer 30 a muerte, descansas diez, y eso como diez veces. Yo hacía dos y ya no podía más porque se me cansaba mucho el brazo, y del cansancio luego pasaba al dolor. Por lo tanto, todos los entrenamientos que hice fueron muy malos, notándome muy mal».

Pangal Andrade, kayakista chileno que compitió en Austria, cuenta que Aniol estaba muy tranquilo antes de la carrera: «Nunca me voy a olvidar lo que me dijo… él es muy humilde, y me dijo: ‘hubiera preferido que ganara mi hermano’ (…) Hace rato que Aniol estaba haciendo una línea increíble. Y ese día fue su día de todos los días. Lo hizo perfecto, no tuvo ni un error. Tiene un don, del kayak. Cada uno tiene un don adentro de diferentes deportes y este es un pato correntino que fluye por las aguas mejor que nadie. Él está buscando llenar su alma y ponerle pasión y color».

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Aniol luego de remar en el rápido Jacob’s Ladder del río North Fork Payette en Estados Unidos en 2016. Foto: Carla Borja

Finalizó su temporada en India y Pakistán en un viaje de siete semanas. En India ganó la competencia de kayak Meghalaya Kayak Fest, un pequeño festival que se inauguró para potenciar el turismo de la zona. Regaló los premios a los niños locales que se iniciaban en el mundo del kayak.

Pero su objetivo era correr el río Indo en Pakistán: 140 kilómetros con rápidos clase 5+ y 6. El río más fuerte del mundo, según Aniol: «El último grupo que había estado, hace ocho años que fue, así que llevaba mucho tiempo sin nadie ahí, por la situación que se vive en Pakistán, de terrorismo y miedo de la gente, pero nosotros fuimos y estuvimos súper bien, todo muy seguro».

Sus amigos se fueron y Aniol se quedó solo por una semana remando distintos ríos y explorando la zona: «Era más como la experiencia de ver estos lugares solo. La conexión con el lugar es otra onda, o sea, remar solo, no hay nadie que te vea, no lo compartes con nadie, es como todo para ti, toda la experiencia es algo bien lindo».

¿No es irresponsable remar ríos solo?

Sí, si fuera mal kayakista, pero como soy bueno, todo bien. Sé lo que hago. Yo veo un río y si no es muy difícil, lo puedo hacer solo. No importa que no haya nadie. Y los que fui a hacer sí estaban bonitos, pero estaban más bonitos que difíciles, ¿sabes? No iba a correr ningún riesgo. Cuando encontraba un rápido grande lo caminaba, ¿sabes? Para estar seguro.

¿Y qué clase eran los ríos que remaste solo?

—Eh, grado 4+.

Finalmente, en noviembre de 2016 volvió a España a operarse el hombro y a recuperarse, lo que significó por lo menos dos meses fuera del agua.

Aniol tiene varias hazañas que han provocado que la gente diga que está loco. Y él ya está cansado de escuchar y leer esas opiniones: «Siempre es el mismo comentario, te vas a matar, te vas a matar, estás loco… y, o sea, seguramente me voy a matar haciendo kayak. Tengo más probabilidades de matarme en kayak que caminando por la calle, porque me la juego bastante en kayak. Pero yo no creo que esté tan loco. O sea, todo lo que hago tiene su lógica detrás. Es que la gente no entiende. Como no tienen esa habilidad para hacer lo que yo hago, no tienen la experiencia que yo tengo, no pueden entender, porque no se pueden poner en mi lugar, no más lo ven desde fuera y dicen … este está loco, pero es que al final tú haces kayak solo. Dependes de ti, y si tú estás cómodo contigo y sabes que puedes hacer una sección, yo la hago. Pero sí, me cansa un poco que siempre me digan lo mismo. Igual quizás tienen razón ellos, no sé, y yo estoy loco. Para mí, loco, loco es el tonto que se queda en su casa jugando al computador, o así, y no vive su vida, ni tiene nada por lo que vivir». El kayakista español asegura que después de todos estos años remando se conoce mucho más, sabe cómo reaccionar en situaciones extremas y está más calmado.

Pedro Astorga, kayakista chileno, amigo de Aniol, dice que el español tiene uno de los estilos más bonitos para remar en el río: «Es seco, pero igual está medio loco. Estos son los que están llevando el kayak a otro nivel. Están como empujando límites. Están empujando los límites y un error en cualquier momento te puede costar caro».

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Otra de sus hazañas fue el proyecto Keyhole de Red Bull en 2014, en el que Aniol corrió una cascada de 35 metros de altura y 3.000 metros cúbicos de agua por minuto en British Columbia, Canadá, cascada que nunca antes había sido corrida.

Para llegar al tope de la cascada tuvo que rapelear por 100 metros con su kayak. Su hermano Gerd, también kayakista profesional, era parte del equipo de seguridad. Cuando Aniol ya estaba arriba de la cascada, Gerd remó hasta justo adelante del sitio donde explotaba el agua en el pozo y con su remo probó su profundidad. El nivel del agua sobrepasaba por poco la mitad del remo. Aparentemente, el pozo no era lo suficientemente profundo como para correr esa cascada.

«Yo no vi nada de eso, yo ya estaba preparado en mi kayak. Si lo hubiera visto, seguramente no me hubiera echado», cuenta Aniol.

«No era hondo, no donde podíamos llegar. Yo tenía como el sentimiento de que estaba hondo abajo de la cascada, porque es casi imposible de que no. Especialmente por esa cantidad de agua y la altura y todo, pero igual se metía el remo y era como la mitad de un remo», recuerda Tino Specht, kayakista, amigo de Aniol y director del video de Red Bull.

«Luego, en el último momento me empezaron a decir que no era hondo abajo. Fue una pesadilla, ¿sabes?», comenta Aniol.

Las comunicaciones por walkie-talkie comenzaron a fallar.

«Era casi que presenciar el suicidio de mi amigo (…) Mi radio se murió y lo único que escuché fue a Aniol decir: la voy a correr igual», dijo, en el video de Red Bull, Lorenzo Andrade, otro kayakista chileno y productor.

Se lanzó, por el lado izquierdo, inmerso en el agua de la cascada que lo cubrió por completo mientras bajaba. Llegó al fondo de ésta, desapareció por unos segundos en la turbulenta agua blanca que explotaba en el pozo…¡y apareció! Triunfante alzó los brazos con un grito de júbilo, acompañado por los gritos de felicidad de sus amigos, aliviados al ver que Aniol estaba vivo, sin un rasguño.

«Claro que lo hizo perfecto y salió todo perfecto. Pero más estresante que la chucha», recuerda Tino.

¿Por qué te tiraste igual?

Porque estábamos tan metidos… que ya no había marcha atrás y realmente quería hacerlo y confiaba que iba a estar bien, pero claro, que te digan eso justo antes de que te vayas a aventar es como: ¡qué miedo!

¿Cómo tomas esas decisiones?

Es que soy muy impulsivo a veces. Quiero hacer algo y ya, lo quiero hacer y punto, y se acabó. Y si hay cómo bloquear todos esos problemas que están pasando, que me dicen esto no va a estar bien, o lo otro, como que bloqueo eso y ni escucho, y lo hago.

¿Crees que eso es una virtud o un defecto?

—Pues a veces me ha salido muy mal eso, me ha traído malas consecuencias, obviamente, pero también a veces es la única manera de poder hacer lo que hago. Ser capaz de no escuchar a nadie y que te entre por un oído y te salga por el otro lo que te dicen, y que te importe nada. Mmm probablemente menos virtud…

En 2011, se lanzó en kayak por la segunda cascada más alta del mundo de entre las que han sido corridas. El primero en correrla fue Rafael Ortiz, amigo de Aniol. La cascada se encuentra en México, se llama Big Banana, y mide 40 metros. Ese ha sido uno de sus momentos de mayor satisfacción: «Te sientes muy afortunado. Correr una cascada de 40 metros, o sea, el ser humano como que no está preparado para eso… tener la suerte de haber aprendido para poder hacer algo así y vivir esa experiencia, yo lo encuentro bien fuu… lo máximo».

En 2012, se tiró por la cascada del Puma en el sur de Chile, cascada de 35 metros que nunca antes había sido corrida.

«Las experiencias que tienes kayakeando son siempre muy intensas, son fuuu. Esos tres, cuatro segundos son los más increíbles de mi vida siempre», cuenta.

La cascada más alta del mundo, por la que un kayakista se ha lanzado, se llama Palouse, mide 57 metros y se encuentra en el estado de Washington en Estados Unidos. En 2009, el estadounidense Tyler Bradt la corrió.

Aniol no planea romper el record de Bradt, de correr una cascada más alta de 57 metros: «Sabes, lo que pasa, que con tanto tamaño es bien arriesgado. Ya está llegando a un punto en que te la juegas mucho. Tiene que ser una cascada perfecta, perfecta, perfecta para ser un tamaño tan grande. Y no hay tantas».

Este kayakista español confiesa que le encanta la sensación de superación en el kayak extremo, que esa es una de sus satisfacciones: poder hacer algo que pocos en el mundo son capaces. Y claro que siente miedo y adrenalina: «Para mí el momento más intenso, de más miedo, no es justo cuando ya lo estoy haciendo, sino antes, cuando estoy pensando si lo debería hacer. Esa decisión de voy o no voy va a cambiar tu futuro (…) Una vez que ya me meto en la corriente y que ya me decidí que voy a hacerlo, no hay tanto espacio para el miedo porque el 90% de mi mente está enfocada en cada remada, cada pequeña cosa que tengo que hacer para que la línea sea perfecta y pueda hacerlo correctamente, para que no me haga daño. Y lo que uno tiene que aprender es cómo usar este miedo de una forma positiva, que no te paralice, que sea un miedo que ayude a concentrarte (…) Lo malo es el pánico. El pánico sí que es cuando uno se bloquea. Cuando uno entra en estado de pánico ahí ya cagaste».

Momentos de desesperación en el agua no le han faltado. Uno de ellos ocurrió en Chile, en los Ojos del Caburgua, en el río Desagüe. Había remado muchas veces esa cascada de aproximadamente ocho metros, sin problema alguno, pero esta vez hizo un truco de freestyle y al caer abajo su faldón explotó. El kayak se llenó de agua. Quería salir remando, pero no podía. Trató de salir nadando, pero las corrientes no lo dejaban. Sus amigos no tenían la habilidad de remar hasta el lugar en el que estaba Aniol. Una cuerda habría hecho la diferencia, pero ninguno de sus amigos había llevado una: «De flojos que eran, de malos que eran, no andaban con cuerda, así no me podían salvar».

Haciendo un curso de apnea en las Islas Canarias en 2015. Foto: Gines Diaz

Haciendo un curso de apnea en las Islas Canarias en 2015. Foto: Gines Diaz

Estaba acompañado, pero la situación decía otra cosa: tenía que salir de ahí por su propia cuenta. Nadaba y nadaba, pero el cansancio pudo más y se hundió. «Me empecé a ir profundo cada vez más y ya llegó un punto que me fui bien profundo y nadaba y nadaba para arriba y nunca llegaba a la superficie. Y me pasó una y dos veces. Estaba a punto de desmayarme y ya como que dejé de luchar. Así, ya cagaste, ya fue. Y estaba así medio muerto y dije: ya, prueba una vez más», recuerda. Una corriente lo empujó hacia afuera, nadó y llegó a la superficie. Pálido, vomitando agua.

Parte del equipo fundamental para remar es una cuerda de rescate. En esa ocasión solo Aniol llevaba una en su kayak: «Por eso te digo que es súper importante la gente con la que remas. Que sean buenos porque son ellos los que te tienen que salvar si algo malo pasa. Y tú a ellos (…) Hay gente mala kayakeando, pero que es segura. Que sabe hacer… que lleva una puta cuerda al río. Es que son cosas básicas, ¿sabes?»

Por lo mismo, no le gusta remar con cualquiera: «Prefiero ir siempre con mi gente, con el Evan, el Tino, el Loren, el Pangal… con toda esta gente me encanta remar, pero ya lo que es gente novatos y así, solo me gusta ir con ellos, si son mis amigos».

Muchas veces, en el río, algunos kayakistas se quieren unir a su grupo. Antes siempre decía que sí, pero ahora muchas veces se niega, para evitar accidentes: «Yo ya estoy llegando a un punto que soy más mala onda y ya le digo a la gente: no sé si quiero ir contigo. Yo nunca pensé que sería así, pero es que pasan muchos accidentes así. Gente que dice: ‘ah ya, si voy con estos puedo hacer algo mucho más difícil de lo que haría, porque estos saben y voy a estar seguro, me van a salvar’. Pero no, no es así, la mentalidad tiene que ser: hazlo cuando estés preparado».

En una ocasión, un kayakista que se les unió nadó siete veces en un mismo día. «Los kayakistas son súper buena onda en ese sentido. Aun a mí me cuesta mucho decir que no, ¿sabes? Pero ya cada día tengo menos tolerancia con eso. Es que es ahorrarse problemas. No quiero ver morir a nadie más en el río».

En 2014, Juan Antonio de Ugarte, kayakista peruano y amigo de Aniol, falleció frente a él. «Éramos bien amigos. Muy simpático, muy amigo de sus amigos, buena persona y muy divertido pa’ viajar con él… era la risa. Nos cagábamos de la risa todo el rato», cuenta.

Estaban en Chile, corrieron la cascada Nilahue, de 18 metros, como tantas veces lo habían hecho antes. Esta vez Juan se lanzó, cayó mal, se dio vuelta, perdió su remo y la corriente lo arrastró hacia una cueva de aguas turbulentas. «Él cayó muy por la izquierda. La línea estuvo mala. Se le salió el remo. Ese fue el problema. Y se fue directo al lado malo (…) Es un lugar que es muy difícil sacar a alguien. Un lugar que tienes que evitar», recuerda Aniol.

Ya en la cueva no pudo mantenerse dentro del kayak. Ian Salvat, otro kayakista, remó hasta la cueva para ayudar a Juan. También se salió de su kayak. Ahora eran dos luchando contra las aguas para mantenerse a flote. Aniol corrió la cascada y les lanzó una cuerda para sacarlos: «Ahí andaban como aguantando, aguantando… y yo no me podía meter porque íbamos a ser tres ahí palmados todos. Y le decía agárrate de la cuerda, agárrate, y el Juanito ya no escuchaba tanto. Ya como que el Ian lo sujetaba, sino el Juan se iba pa abajo».

Finalmente, Ian logró salir. «Se agarró de la cuerda y de mi kayak y remamos pa’ atrás. No sé cómo pudo salir. Se fue profundo como 20 segundos y salió. Y ya a la que fui por Juan otra vez, ya no estaba. Se lo había tragado el agua (…) El Ian tuvo suerte de salir», recuerda Aniol.

Alrededor de 40 minutos después salió Juan, ya sin vida. Le hicieron reanimación cardiopulmonar, pero no reaccionó. «Mejor que nunca despertara porque después de tanto tiempo uno nomás sería un vegetal toda su vida. Estuvo bien feo. Muy feo», recuerda.

Un año después, la familia y amigos de Juan hicieron un viaje por el río Apurimac en Perú, su preferido. Llevaron las cenizas y las esparcieron por el río para que fluyeran como Juan en vida. Los amigos kayakistas de Juan continuaron el viaje hasta el cañón El Abismo para dejar la caja en donde habían estado las cenizas, al lado del río. Pusieron una libreta en su interior, para que quien pase por ahí lo recuerde y escriba algo en su memoria. «Está en un lugar así increíble. Un cañonazo precioso (…) donde siempre íbamos con el Juanito», cuenta.

Aniol, emocionado, mostró el video del memorial que le hicieron a Juan en el Apurimac: «Mira, él es. ¿Te acuerdas de él? ¿Te gustó el video?».

En 2015, Aniol regresó al lugar del accidente. Mientras contaba cómo fue el volver al salto Nilahue, su tono de voz cambió, se fragilizó: «Sí, la fui a ver, pero no la salté ni nada. No me dio nada de ganas. Probablemente algún día la voy a saltar otra vez…»

Después de la muerte de Juan, Aniol no dejó de remar ni un día: «Dije: ya, si me tomo un día fuera del agua, seguro me va a costar volver a entrar, va a ser raro. No le di tiempo a curar nada. Fue como… bien, bien, estoy bien, estoy bien, estoy bien y ya, haciendo el loco otra vez».

Tiempo después, otra amiga murió y él no podía dejar de pensar en ella mientras remaba. Después de eso, en una expedición en Colombia, en el río Putumayo clase 5 y 5+, experimentó bloqueos mentales: «Lo que más me jodía era… ya tengo que llegar de acá hasta allá. Y era de estar aquí, listo para hacer el movimiento y mi mente decía no, no vas a poder, no vas a poder. Y ¡cómo no voy a poder, tengo que, tengo que hacerlo, no hay otra! Ya estás dentro del rápido. Entonces esa falta de confianza te mata, ¿sabes? Si tú tienes que ser el que más cree en ti mismo. Si tú no crees en ti, ya cagaste».

En cierta ocasión fue a un psicólogo deportivo, quien le aconsejó aprender la técnica de apnea. El curso duró tres días en los que le enseñaron a relajarse, a respirar profundo y a aguantar la respiración, por más tiempo, bajo del agua. El primer día duró 3 minutos y 45 segundos sin respirar. Luego de eso, su confianza regresó y no experimentó más bloqueos mentales.

Aniol celebra el primer descenso de la cascada Keyhole en Canadá en 2014. Foto: Eric Parker

Aniol celebra el primer descenso de la cascada Keyhole en Canadá en 2014. Foto: Eric Parker

Su relación con Chile es muy estrecha. Todos los años viaja a este país austral a disfrutar de sus turbulentas aguas y de su gente, ya que en Chile tiene muchos amigos. «Es como una segunda casa para mí. Un lugar donde seguro podría vivir, donde quizás quiero vivir, comprar un terreno en Patagonia o en Futa», comenta. «Nada más los precios, muy caro todo. Es como Europa, pero así con sueldos de mierda».

En Chile, país con riqueza hídrica, existen proyectos hidroeléctricos con los que el kayakista español no está de acuerdo. «Para mí, (las represas) son el cáncer de los ríos. Te pretenden vender que es una energía limpia y verde, pero tiene unos efectos súper negativos en el medioambiente, en los ecosistemas.

Entiendo que en la sociedad en que vivimos necesitamos energía, pero hay muchas formas de sacar energía que no requieran represar todos estos ríos. Acá el Maipo es un buen ejemplo de lo que está pasando. Están secando un río enorme y va a cambiar todo el lugar, va a quedar un desierto acá (…) Este lugar se va a la mierda, como a tantos lugares les ha pasado lo mismo. Porque acá no es una represa lo que están haciendo, van a secar el río prácticamente (…) Es un proyecto que en teoría se vende como para Santiago, que Santiago necesita electricidad, cuando realmente el beneficio de este proyecto se lo está llevando una empresa de una familia para sustentar las minas. Entonces, ¡qué mierda es esto!» protesta Aniol cuando se refiere al proyecto hidroeléctrico Alto Maipo que pretende entubar por 67 kilómetros el 90% de las aguas del río.

Chile cuenta con el 82% de los glaciares de Sudamérica. «Esa es una suerte muy grande, pero también viene con una responsabilidad que hay que cuidarlos, porque están en Chile, pero son del mundo», agrega.

Dice que practica un deporte que tiene peligro de extinción por todos los proyectos hidroeléctricos que se han llevado a cabo o están camino a realizarse. Desde que comenzó a practicar este deporte, a los 12 años, cuenta que ha visto más de 20 o 30 ríos arruinarse: «Perder unos lugares y unos espacios tan increíbles como estos, a mí me rompe el corazón y me produce una tristeza bien grande y me gustaría hacer mucho más para evitarlo (…) En todo el mundo están así, a full con represas y están cagando todos los ríos de este planeta, que son las venas de la tierra. Y sin ríos nos vamos a ir todos a la mierda, así que no nos vamos a dar cuenta de lo que estamos haciendo hasta que ya sea demasiado tarde, pero así es el ser humano. Imbéciles somos».

Si algún día tiene hijos, le gustaría enseñarles a remar y mostrarles los lugares donde él ha sido tan feliz. Por eso le duele pensar que ríos a los que quiere, y en donde rema, ya no vayan a existir.

¿Les enseñarías este deporte a tus hijos a pesar del riesgo que tiene?

—Claro que les enseñaría. Es lo mejor que he conocido en mi vida. Y yo creo que es un deporte peligroso en cierta medida, pero no tiene por qué ser tan peligroso si se hace cuidadosamente y con buena cabeza… que no haga cosas que no tenga el nivel pa’ hacer (…) Ya si se volviera loco y fuera como yo de mayor, ahí ya no sé. Pero siempre intentaría inculcarle unos valores donde sea una persona respetuosa con el río, que no haga locuras y que se cuide. Que no haga lo que yo, sobre todo. O sea, que no vaya solo… todo eso.

—Vas a ser el típico papá que le va a mentir a sus hijos acerca de lo que hacía para que ellos no lo hagan…

—Sí, yo era piola, hijo, yo no hacía nada.

Aniol conoció el kayak por su hermano mayor, Gerd, quien un día, paseando en bicicleta por la orilla del río Ter en Girona, vio pasar a un grupo de kayakistas de entre 40 y 50 años. Les pidió probar el kayak, y desde ese momento todos los fines de semana se juntó con ese grupo para remar. «Ese río es de lo más fácil, más fome que hay en el mundo. Un río plano, que no hay ni un rápido. Siempre andábamos viendo videos y como soñando de salir de ahí», cuenta Aniol.

Un año después, Aniol se unió al grupo. Con 12 años conoció por primera vez este deporte que se transformaría en su pasión. «La primera vez que me subí fue como… ¡qué difícil! Pero me encantó hacer un deporte que era en la naturaleza. Las sensaciones muy buenas, así, velocidad. Era como montarse en un tren de olas y ¡guau!, pura diversión. A mí me encantó, desde el primer día», confiesa.

Desde entonces, con su hermano remaron todos los fines de semana y descubrieron nuevos lugares.

Se demoró un año en aprender el giro, cosa que algunos lo aprenden en un día. Pero no era el mismo giro que hoy se enseña.

A sus 15 o 16 años comenzó a trabajar con Gerd en empresas de rafting, en el Pirineo. No fue a la universidad y se dedicó a remar. «Yo nunca fui mucho mejor que los demás niños. Lo que pasa es que todos se han ido saliendo. Y eso es lo que a mí me ha hecho tan bueno, la constancia. Pero yo nunca consideré que tuviera más talento que otros, lo único que remé mucho más que ellos», explica.

Gerd es su hermano, su mejor amigo y su persona preferida para remar.a Le respeta y confía plenamente en él, y se entienden perfectamente: «Yo con mi hermano nos podemos explicar algo y sin que yo vea el rápido entiendo exactamente por dónde hay que ir. Con señales le puedo decir exactamente cómo tengo que hacer un rápido».

En 2015, Gerd ganó el campeonato North Fork en Estados Unidos y Adidas Sickline en Austria. Aniol se siente muy orgulloso de los éxitos de su hermano y no siente envidia: «Él es mejor en carreras y así, y yo soy mejor en cascadas. Él es más fuerte, yo soy más guapo… Todos tenemos lo nuestro», dice riendo.

Cuenta que su hermano, además de tener talento, tiene una gran fuerza de voluntad, y que a todo lo que hace le pone muchas ganas: «Es una persona muy inteligente, que ha tenido mucha influencia en mí, porque sin él nunca estaría remando lo que remo, ni hubiera tenido esta vida. Él me ha regalado esto. El kayak. Que es el mejor regalo que me han hecho nunca y se lo agradezco un montón».

Un regalo con el que ha vivido los mejores momentos de su vida, los segundos más intensos. Un deporte extremo, de riesgo, que pocos manejan con la maestría de los hermanos Serrasolses. Aniol sabe que toma riesgos, más que otros kayakistas, pero dice que se cuida y que tiene los riesgos calculados: «No me quiero morir, obviamente, tengo una familia y me importa tanto. Y mis amigos… no por mí, morirse es lo fácil. Toda la gente que dejas detrás, eso es lo que realmente me dolería, ¿sabes? Dejar a mi mamá o mis hermanos… puta, joderles la vida así, eso nunca me lo perdonaría, pero no, no me va a pasar nada. Yo me cuido, en realidad me cuido. Dentro de mi locura, me cuido y con la edad va a ser cada vez menos. Ahora estoy en el top de las locuras, pero no va a ser siempre así, para nada. Hay que sobrevivir unos años más y ya todo va a ser calmado». 


Esta historia aparece en la edición de Outside Chile, marzo-abril 2017

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