El Regalo del Mwono

Foto: Nicolas Favresse

Los belgas escalaron en libre, la que hasta el momento, es la ruta más difícil de las Torres del Paine, escalada en ese estilo. Estuvieron 19 días en la pared, se quedaron sin comida, bajaron de peso, e inclusive uno de ellos perdió su vuelo a Europa. Pero lograron algo que nadie antes había hecho. Y esta es su historia.

Corría el año 1992 y hasta entonces nadie había escalado la ruta que hoy se conoce como El regalo de Mwono, en las Torres del Paine. Los británicos Paul Pritchard, Simon Yates, Sean Smith y Noel Craine se propusieron llegar a la cima de la cara este de la torre central de las Torres, un gigante de 1.200 metros de altura. Eligieron para subir el estilo con el que  se conquistaron la mayoría de las cumbres anteriormente: escalada artificial. Lo que significa que para llegar a la cima utilizan todo tipo de equipo necesario para escalar, cuando no hay suficientes presas naturales a las que aferrarse.

Cuando el grupo británico comenzó a escalar, se dio cuenta de que no tenían el equipo suficiente para llegar a la cima. Pero, para su sorpresa, encontraron una mochila repleta de equipo de escalada que colgaba en la pared. En medio de la nada, entre el frío, la nieve y el viento. Con ella lograron completar la primera ascensión y llamaron a la ruta El regalo de Mwono, ya que Mwono es el nombre del dios de las montañas, glaciares y  ruido de los indígenas de la zona. Pero al bajar se encontraron con los dueños de la mochila, que no era Mwono ciertamente, sino un grupo de escaladores españoles que había dejado la mochila ahí, un año atrás, para intentar luego terminar la línea que habían comenzado.

Esta historia nos la relató el belga Sean Villanueva O’Driscoll. El relato de la línea que los inspiró, a él y a Nicolas Favresse, para volver a las Torres del Paine una vez más y escalar en libre esa fisura que divide en dos la cara este de la torre central.

«Es muy impresionante. Es una fisura que separa toda la montaña. Parte en la base y sube hasta la cumbre. Es muy delgada, y para escaladores en libre se ve muy, muy difícil, pero al mismo tiempo se ve increíble porque es una pared lisa con solo una fisura. Y es muy empinada», cuenta Nicolás.

Los dos belgas, junto a su compatriota Siebe Vanhee, iniciaron la expedición de un mes, en la Patagonia chilena, en el verano de 2017. Eligieron escalar en libre la ruta, lo que significa utilizar solo sus manos, pies, cuerda y sistemas de protección para trepar la línea, sin  objeto alguno que compense la falta de presas naturales. Lo lograron y se convirtieron en los primeros en escalar en libre el El regalo de Mwono, la ruta más difícil escalada en ese estilo en las Torres del Paine, graduada en 5.13b. Y lo hicieron en una temporada marcada por la desafortunada meteorología. Algunos dicen que fue la peor temporada en siete años.

Sean y Nico se conocieron en el gimnasio de escalada, a los 13 años, y desde entonces escalan juntos. Siebe escala desde los 9 años y conoció a Sean y Nico tiempo después, ya que tienen 11 años de diferencia en edad.

Sean Villanueva, Nico Favresse y Siebe Vanhee tocan música para pasar el tiempo mientras esperan una tormenta cerca de la base de las Torres del Paine. Foto: Drew Smith

Sean Villanueva, Nico Favresse y Siebe Vanhee tocan música para pasar el tiempo mientras esperan una tormenta cerca de la base de las Torres del Paine. Foto: Drew Smith

«¡Es un lugar increíble! He soñado con estar acá desde hace cuatro, cinco años. He escuchado historias acerca de este viento loco que te eleva, o que las caminatas son tan difíciles que tendrás que recostarte, o que a veces el viento no te permite caminar con tu pesada mochila. Estaba emocionado de ir y verlo con mis propios ojos. Cómo era escalar en la Patagonia», cuenta Siebe, quien fue testigo de la potencia del fuerte viento y comprobó uno de los rumores que tantas veces había escuchado. Las carpas colgantes que instalan en la pared, a cientos de metros del suelo, tienen que tener dos anclas: una arriba, de donde cuelgan, y otra abajo para evitar que el viento vuele las carpas y mueva los anclajes superiores.

Una de las grandes dificultades de escalar en esta zona austral, son las condiciones climáticas. No es solo el frío que ronda los grados cero, el viento, las tormentas de lluvia y nieve, sino los inesperados y repentinos cambios climáticos: «Muchas veces estábamos en una tormenta y pensábamos que sería un día de descanso, pero después de media hora sale el sol y tenemos que escalar, tenemos que prepararnos, y luego de media hora nos damos cuenta de que no va a ser posible», dice Nico.

Siebe estaba nervioso, pues era la primera vez que viajaba a las Torres del Paine, lugar con condiciones climáticas extremas: «No sabía cómo me iba a desempeñar en estas condiciones y en estas paredes tan grandes, con el frío. No sabía si estaba mentalmente preparado, pero estaba muy emocionado. Uno de mis mejores amigos me dijo: ‘solo sigue la corriente de estos dos y todo va a estar bien’». Y es que Nico y Sean son dos veteranos de la escalada en Patagonia. Sabían cómo preparar el viaje, dónde estaba la entrada a la caminata, dónde comprar la comida en Puerto Natales y cómo enfrentar el frío.

Estuvieron un mes en el Parque Nacional Torres del Paine, pero vivieron colgados de cuerdas en la pared de roca, a cientos de metros del suelo, por 19 días.

Los primeros diez días los dedicaron a trasladar todo el equipo y comida a la base de la ruta. Para eso realizaron tres viajes desde la entrada del parque a la torre central. Además, aprovecharon de escalar tres días en los que el clima se los permitió, y fijaron cuerdas en la pared, en los primeros 400, 500 metros de la ruta.

Es así como instalaron el primer campamento, llamado portaledge, a aproximadamente 500 metros de altura e iniciaron su estadía de 19 días en la pared.

Para escalar grandes paredes, como la torre central de las Torres del Paine, los atletas escalan una sección de entre 30 a 70 metros de altura, instalan un anclaje, conocido como estación, y prosiguen a escalar la siguiente sección. Cada sección es llamada «largo».

La ventaja de escalar en equipo es que todos los largos deben ser escalados por lo menos por un miembro del grupo, sin caerse. No necesariamente todos deben escalar toda la ruta en libre. De esta forma, mientras uno está trabajando en los movimientos que debe realizar en una sección, el resto trabaja en otras secciones. Cada uno se asegura a sí mismo con las cuerdas fijas que instalaron.

La ruta de 1.200 metros y 26 largos tenía dos secciones difíciles que los belgas graduaron en 5.13b.

La primera que encontraron fue a aproximadamente 600 metros de altura. «La línea de la escalada artificial se veía imposible de escalar, era un diedro muy abierto y la fisura era muy delgada como para poner los dedos», recuerda Nico. Un diedro es cuando dos paredes se juntan formando un ángulo entre ellas.

La primera vez que vieron el largo, tanto Nico como Sean pensaron que no sería posible de escalar, pero Siebe alentó a Sean a intentarlo porque ese era su estilo de escalada: mucha fricción y pocos agarres. «La línea es tan hermosa, así que me inspiraba. Y Siebe me dio la motivación para ir y ver si era posible. En el momento en que la vi me di cuenta de que los movimientos eran posibles y que iba a funcionar», recuerda Sean.

«A veces tienes que observar por 30 minutos dos metros para saber si es posible o no. Porque con la escalada en libre, a veces no eres capaz de escalar un metro, un metro que es roca lisa. A veces depende de un metro el poder escalar toda la cara de una pared de mil metros o más», cuenta Nico.

Encontraron una variación de la línea original de la escalada artificial. De toda la pared de roca de 1.200 metros, se alejaron de la ruta original por unos 35 metros.

Sean se dedicó tres días a probar los movimientos de ese largo, por aproximadamente una hora. Mientras tanto, Nicolas y Siebe trabajaban, cada uno por su lado, en largos a mayor altura. ¿Cómo llegaron más arriba de la sección que Sean intentaba escalar? Lo hicieron en escalada artificial.

Al tercer día de trabajar la ruta, Sean decidió intentar escalarla en libre sin caerse: «Fácilmente podías resbalarte en cualquier momento. Así que me enfoqué a ser muy preciso en poner cada pie y mano perfectamente. Y simplemente lo hice con toda mi fuerza. Me dije a mi mismo, no me importa, lo voy a intentar con toda mi fuerza, voy a darlo todo, y funcionó (…) Estoy muy feliz. Fue un largo mágico».

Lo logró al primer intento.

«Era un diedro abierto y tenías que hacer unos movimientos muy raros en los que básicamente no usas realmente tus manos. Era más como escalar con tus rodillas encogiendo tu cuerpo. Era como escalar en una chimenea. Movimientos únicos (…) Estaba muy sorprendido que lo lograra al primer intento. Si no lo hubiera hecho a la primera, de seguro no habríamos podido escalar la ruta completa», confiesa Nico.

Luego de esta sección, vino el segundo largo difícil grado 5.13b. Tanto Nico como Siebe probaron los movimientos para puntear esta sección, pero el clima no era lo suficientemente cálido como para intentar escalarla, por lo que continuaron escalando secciones más arriba.

«Hacía tanto frío que sólo podríamos tener una buena oportunidad si las condiciones eran perfectas. Si no, nuestros pies se entumecían y nuestras manos también, y así era imposible escalarla», recuerda Nico.

Para hacer un largo se necesitan habilidades ninja. Aquí está Sean Villanueva escalando a la perfección. Foto: Nicolas Favresse

Para hacer un largo se necesitan habilidades ninja. Aquí está Sean Villanueva escalando a la perfección. Foto: Nicolas Favresse

Quienes conocen a Nico y a Sean, o han visto alguna de sus películas, saben que hay algo que les acompaña a todas sus expediciones. Y ese algo es música. Generalmente Nico viaja con un mandolín, pero esta vez llevó un guitalele, una especie de guitarra, pero más pequeña. Y Sean cargaba su flauta irlandesa. ¿Y Siebe? «Lo voy a decir y ya: No tengo un gran talento musical. No toco ningún instrumento, así que me uní con un arpa de boca. Es el más fácil (…) Es chistoso, todos me preguntan qué instrumento toco. Mi respuesta siempre es: no, no, yo bailo. Siempre bailo, sí, sí, bailo. Incluso en la pared en el portaledge bailo», dice Siebe riendo.

Generalmente, cada mañana se despertaban con la música que se proyectaba del guitalele de Nico. Era difícil que tocaran juntos, ya que dormían en diferentes carpas. Sean compartía con Siebe, y Nico estaba solo.

«Tuve una inspiración muy única. Generalmente soy muy tímido para cantar, pero ahí no me importó, cantaba a todo pulmón», relata Nico.

A cientos de metros, se llevó a cabo un remoto y privado concierto cuando los instrumentos de viento y cuerdas se unieron para el cumpleaños de Sean.

Era siete de febrero y «tuvimos una fiesta de cumpleaños, así que invitamos a Nico a nuestro portaledge (…) Fue un momento muy especial», cuenta Sean.

Tocaron música, comieron, cantaron «Feliz cumpleaños», e inclusive tenían regalos preparados.

«Hicimos palomitas de maíz, una invención de Nico», cuenta Siebe.

Entre otras canciones, tocaron Homenaje del grupo argentino Siete Venas, para honrar a todos los alpinistas y escaladores que han muerto en las montañas.

En Puerto Natales, Nico y Siebe compraron los regalos para Sean. «Fueron a una tienda antes de entrar al parque. Creo que vendían cosas raras y compraron lo más raro que encontraron», relata Sean entre risas.

Uno de los regalos era un paquete que se llamaba Cuatro al hilo rompe calzón. Un polvo que contenía jengibre, levadura de cerveza, linaza y otros ingredientes que supuestamente entregaban energía sexual. Lamentablemente Sean no podía consumirlo porque es celiaco.

Planeaban estar en la pared no más de 15 días, pero el día 15 llegó despejado, y decidieron escalar a la cima.

Todavía les faltaba escalar uno de los largos difíciles, así que se quedarían un día más. Pero el clima no los acompañó. Durante cuatro días estuvieron atrapados en sus carpas. El frío y el viento les impedía escalar y mucho menos desarmar campamento para llegar a tierra firme. Las cuerdas estaban congeladas.

La comida había sido calculada para 15 días solamente, por lo tanto, el día 15 comieron la mitad de la ración, para llegar al día 16. El día 16, la mitad de la mitad. El día 17, la mitad de la mitad de la mitad. Y el día 18 se acabaron la comida. Sólo les quedaba sopa para preparar, la cual tomaron en la mañana del día 19.

No sabían cuándo sería posible bajar. No tenían pronóstico del tiempo. Cada mañana se despertaban esperando ver el cielo despejado. Nico, solo, en una carpa de un metro por dos  de largo, tocó música, cantó, leyó, durmió y pensó, pensó y pensó durante esas 96 horas que estuvo refugiado a cientos de metros del suelo, mientras el viento, la nieve y el frío imposibilitaban su bajada.

«Es una situación única. Piensas en muchas cosas, ves las cosas desde otra perspectiva (…) Nunca logro estos estados de conciencia acá abajo. Es como una terapia. Como limpiar tu mente de alguna manera», analiza Nico.

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Después de 19 días viviendo en la pared, los tres escaladores tocan tierra firme. Foto: Sean Villanueva

Sean y Siebe, que compartían una carpa, tenían que ponerse de acuerdo si querían estar sentados o acostados. Pasaron esos días igual que Nico, con la diferencia que ellos tenían con quien conversar. «Momentos como estos no pasan en tu vida cotidiana cuando estás trabajando o tienes gente a tu alrededor. Tienes tiempo para pensar, para la creatividad. Se me ocurrieron muchas ideas y sueños (…) Para mí, hacia el final, lo único que me volvía loco era no saber cuánto tiempo faltaba para poder salir. Y que todavía teníamos que escalar un largo más», agrega Siebe.

La comida era escasa y no había mucho que hacer. «Para mí era muy importante que no habláramos de comida, porque cuando hablas de comida, empiezas a pensar en comida. Y yo ya estaba pensando mucho en comida. Empecé a soñar con comida. Imagina tres días en el mismo espacio de dos metros cuadrados, sin hacer ninguna actividad. Después de un rato hasta dormir es difícil. Es un juego mental», cuenta Siebe.

«Tenía un poco de miedo de que en un momento no tuviera la energía para poder hacer algo, para poder bajar, por ejemplo. Porque necesitábamos un poco de energía y fuerza para bajar. Pero me gusta el reto de la comida. Todo eso me gusta», comenta Sean, quien no tuvo problema en estar esos días refugiado en el portaledge.

Los libros que Sean y Siebe llevaron a la torre trataban principalmente temas de sociología, filosofía y espiritualidad. Nico no empacó libro alguno. Tomaba prestados los de sus amigos, pero no estaba tan emocionado con el tipo de literatura. «Nico se quejaba de los libros:‘¡Demasiado pensar, qué están haciendo, por qué estarían interesados en pensar tanto!’», recuerda Siebe.

Se comunicaban entre ambas carpas, pero poco. A los gritos intercambiaban algunas palabras que se llevaba el viento con su rápido pasar.

«A veces Nico hablaba, pero no a nosotros, sino que a él mismo. Eso era muy chistoso. No sé, él probablemente no te contó eso, pero yo te lo cuento. Y lo escuchábamos, y nos mirábamos: ‘¿nos está hablando a nosotros? No, no, solo está hablando’. Está bien, era muy chistoso. O a veces empezaba a conversarnos cuando estábamos acostados y medio dormidos. Nos hablaba y le decíamos que sí no más (…) Él gritaba y no le entendíamos. ‘¿Qué dijo Nico?, No sé. ¡Sí, Nico!’ Y seguíamos leyendo nuestros libros», cuenta Siebe.

«Hablábamos lo básico. Estaba nevando tanto que solo salía si realmente lo necesitaba. Si tenía que ir al baño. Porque no me encantaba la idea de salir sólo para verlos», relata Nico.

Defecaban colgando de la cuerda. Pero como el segundo portaledge que instalaron estaba sobre la sección que todavía tenían que escalar, hacían caca en una bolsa. En las bolsas vacías de la comida. No querían ensuciar la ruta que luego debían escalar. «Si estás doce días en ese campamento, son tres personas, haces caca todos los días, la ruta se ensucia mucho y no quieres escalarla (…) Son las cosas cotidianas, pero te acostumbras. Pero debo decir que no es muy cómodo hacer caca en una bolsa. Y si le agregas viento y lluvia, no es lo mejor. Así que estoy muy feliz de estar de vuelta», cuenta Siebe.

Llegó el día 19, y para suerte de los belgas, amaneció despejado. Al fin podrían bajar. Pero no antes de intentar escalar el último largo que les quedaba. Primero intentó Siebe, quien lamentablemente no lo logró. Y luego, alrededor de las 2 de la tarde, Nico se preparó en la carpa, calentó sus pies, metió un pedazo de roca caliente en el magnesero para calentar sus manos, y lo escaló con éxito.

De esta forma, los tres belgas completaron la primera ascensión en libre de la ruta más difícil escalada en ese estilo en las Torres del Paine.

«Estaba eufórico. Sonreía todo el tiempo. Simplemente feliz y sonriendo por una semana», dice Sean.

«Estaba muy feliz, hicimos algo increíble, pero al mismo tiempo sentía algo inconcluso. Este era el largo que yo quería escalar, y no pude (…) Sabía que había cosas más importantes, como llegar sanos y salvos abajo. Simplemente pones otra mentalidad y tratas de pensar claramente. Dejas de lado al ego», comenta Siebe.

A las 12 de la noche, después de 19 días, llegaron a tierra firme. Nico había perdido su vuelo que tenía programado para el 18 de febrero, pero pudo embarcarse en otro. Sean y Siebe viajaron a El Chaltén, en Argentina.

Comer fue una de las primeras cosas que hicieron.

Nico: «Quizás por diez días estuve obsesionado con la comida. Comí mucho».

Sean: «Diez años atrás habría estado desesperado por comer cuan pronto estuviera abajo, pero ahora… claro que comí más la primera semana, pero no estaba desesperado».

Los tres perdieron alrededor de cinco o seis kilos en la expedición. Es lo más delgado que han estado.

«Perdí mucho músculo en la torre central, sigue ahí», comenta Siebe.

Los tres han escalado rutas con grados mayores de dificultad. Pero las condiciones climáticas hicieron a esta igual o incluso más difícil. Aprovecharon al máximo cada momento que pudieron escalar. No pensaban mucho en el futuro. Vivían el presente.

Siebe: «Esa fue una de las mayores lecciones de este viaje. Vive el momento y disfruta cada momento. Saca provecho de cada momento. Ahora escalamos, ahora descansamos, tomo mi sopa, leo mi libro, y está bien».

Esta entrevista aparece en la edición de Outside Chile, mayo-junio 2017

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