Fotos: Camilo Novoa

Ignorados por muchos, los valles del río Azufre y Museo intentarán ser la vía que llevará a un grupo de escaladores hacia la imponente cumbre del Nevado San Juan.

A tan solo unos kilómetros de Santiago, siguiendo el serpenteante y violento  rastro que va dejando a través de profundos valles el río Colorado, y no sin antes tener que vérselas ante un extenso papeleo, accedimos junto a Camilo Novoa y Diego Ibaceta —compañeros de cordada para la ocasión— a uno de los rincones menos conocidos de la porción de la cordillera denominada como los Andes Centrales. Los valles del río Museo y Azufre presentan a quien los visita, paisajes tan disímiles como los colores vivos y dramáticos de sus caudales, tal como sucede con las infinitas cumbres que es posible coronar entre los profundo valles, rebosantes de posibilidades tanto alpinas como turísticas. Decidimos conocer estos parajes olvidados por nuestra propia cuenta, en una expedición con ánimos de exploración que a lo largo de diez días nos  dejó más de una lección engranada en la memoria. A través de cientos de kilómetros recorridos y horas compartidas en los confines de la carpa, pudimos conocernos mejor nosotros mismos y nuestros límites. El objetivo: internarse en el valle del Museo para aclimatar un poco, para después acceder por el valle del río Azufre y así coronar la cumbre del Nevado San Juan —una mole de más de seis mil metros de altura— así como una cumbre adyacente de similar altura, probablemente uno de los únicos seismiles sin ningún ascenso en los más de siete mil kilómetros de longitud que comprende la Cordillera de Los Andes. En esos diez breves días me hice de varias lecciones.

UNO: Hay lugares próximos a Santiago que son tanto desconocidos como increíbles por su propia ley, y están desprotegidos.

El Cajón del Maipo lo conocí hace bastante tiempo. Desde esa vez en octavo básico que me llevaron de campamento junto con mis compañeros de colegio al Cajón del Arenas y a la laguna del Morado, quedé en un estado permanente de catarsis y fascinación por todo lo referente a la montaña. Volví cada vez que pude, me asustaba con  las dimensiones de todo lo que veía, me aprendí los nombres y las formas de  todos los cerros del sector del Morado y soñaba con su energía. Pero siempre estuvo presente un bichito: «Lo que conozco como el Cajón es solo un pedazo, esto no se termina acá». Sabía que había otros valles, otras cumbres en las proximidades de mi propio parque de diversiones. Otras laderas y paisajes. En enero de este año tuve la oportunidad de ir a conocer uno de los rincones menos conocidos de esta zona. Aunque no en el Cajón propiamente tal, pero accediendo a ellos por el mismo, los valles del río Azufre y río Museo aparecieron como la opción perfecta para intentar nuevas cumbres.

Ubicado a pocos kilómetros de Santiago, estos valles se han mantenido en general —salvo excepciones como sucede con el volcán Tupungato— como rincones poco conocidos incluso entre círculos montañeros o de escaladores. Canal de acceso a imponentes cumbres que conocía en varios casos tan solo por fotos, sentí un poco de lo que había sentido esa vez cuando pequeño. Polleras, Chimbote, Tupungatito, Nevado del Plomo, Risopatrón, Tronco, Piuquenes, y un largo etc. Estaban todos tan cerca que sentí que podía tocarlos. Aun así, una duda rondaba pertinentemente en mi cabeza desde nuestra llegada a Chacayar el día 8 de enero a las diez de la mañana, lugar donde nos encontramos con nuestro arriero y los animales que nos ayudarían a cargar nuestras provisiones hasta el campo base: ¿Por qué es qué hay tan poca gente que visita este lugar, siendo que claramente tiene un potencial turístico fuera de lo común, inclusive a la par del Morado? Al parecer éramos los únicos dando vueltas por allí. No hacía sentido ¿Por qué no es esto un parque nacional, o una reserva? ¿Es culpa de AES Gener y el control de acceso que ejercen?

Es fácil plantear la interrogante desde esa posición. AES Gener es implacable en el puesto de control de su planta hidroeléctrica ubicada en Alfalfal, a unos 50 kilómetros de Santiago. Una visita improvisada por el fin de semana a esta sección de la cordillera no es nada  fácil, quizás un imposible.  La cantidad de documentos que hay que enviar y tramitar con meses de anticipación y frente diferentes entidades da cuenta de la maraña de responsabilidades y actores que cuentan con intereses en la zona. Cartas dirigidas a los administradores de la Minera Río Colorado y al Comandante de Ingenieros del Ejército de Chile detallando cédula de identidad, itinerario, patente, modelo e incluso color del auto para poder transitar por un predio militar. Solicitud de permisos a Cementos Bío-Bío para poder entrar a Baños Azules. Suerte si llegas a la barrera de Gener —quienes se excusan como meros controladores del paso, bajo órdenes del Ministerio de Bienes Nacionales— habiendo olvidado las firmas autorizadas de Carabineros, si eres extranjero o si llegase a entrar más gente de lo permitido de una sola vez (tan solo treinta personas). ¿De qué se trata todo esto? Estábamos prácticamente en Santiago, no cruzando a la Argentina.

Foto: Diego Ibaceta

Foto: Camilo Novoa

David Valdés, director ejecutivo de Andeshanbook —ONG chilena que desde el año 2000 está abocada a la tarea de la documentación, difusión y protección de la cordillera de Los Andes— nos cuenta que «Hoy Día nos estamos juntando con AES Gener, como controladores del acceso, con Bienes Nacionales, como propietarios, y Andeshandbook como representantes de las personas que realizan actividades al aire libre, para ver qué se está llevando a cabo en Alfalfal, como se puede mejorar el acceso». La tarea no ha sido fácil y se ha dado de forma esporádica, tan solo en torno a temas puntuales, en mesas de trabajo que no son de carácter vinculante para ninguna de las partes. Multitud de propietarios, la falta de presencia de Conaf, existencia de terrenos fiscales administrados por el ejército y el peso de la burocracia hacen que el tema sea difícil de abordar, sobre todo a la hora de plantearse la idea de un parque nacional en el sector.

«Yo creo que es súper importante, ni siquiera bueno, que la región con mayor aglomeración de personas como es la Región Metropolitana, tenga una unidad de protección mayor, como un parque nacional. Hasta ahora hemos tenido solamente reservas y monumentos, pero ningún parque. Si bien se anunció la creación del parque nacional Río Olivares, en la práctica no existe ningún plazo, no existe una delimitación clara de cuál será el área que va a abarcar este nuevo parque, todavía está en la categoría de anuncio y no hay datos concretos, al menos hacia la comunidad, de cuándo se va a materializar esa idea».

Foto: Diego Ibaceta

Foto: Camilo Novoa

Con aproximadamente treinta kilómetros de extensión y accesible solo tras cruzar la barrera de Gener, la cuenca del Río Olivares se perfila como un sitio de interés público que potencialmente podría abarcar un Parque Nacional, pero que según Valdés no es posible vislumbrar ni en un corto o mediano plazo. «En el caso de Río Olivares hay muchos propietarios, va a ser lento y complejo». Al final del extenso valle del Olivares se esconde uno de los sistemas glaciares más grandes del país, uno que —aun cuando a escasos kilómetros de Santiago— es prácticamente desconocido por la población. La enormidad de los sistemas glaciares Olivares y Juncal Sur, recursos hídricos de proporciones colosales, debiese ser el principal foco de atención a la hora de la creación de un parque según explica Valdés, algo que por el momento no está en los planes y deja a los glaciares sin ninguna protección efectiva:

«Es importante que este parque abarque si o si los glaciares del sistema Olivares y también de Juncal Sur. Sería casi como un eufemismo que solo considere la cuenca del Olivares hasta el Gran Salto (Salto de agua de proporciones considerables y lugar hasta donde llega el área de protección) y no proteja los glaciares, que son lejos lo más importante de esa zona. Para que este parque también sea realista respecto a las actividades que se realizan en la zona, debería extenderse también al volcán Tupungato. Las visitas a la cueca del Olivares son más escasas».

A la espera de una definición más concreta, la zona corre el siempre presente riesgo de explotación indiscriminada de sus recursos, una situación lamentablemente extensa y común en la región, incluso afectando zonas que son consideradas monumentos naturales, como sucede con El Morado y las faenas de Alto Maipo a los pies del glaciar de la misma montaña, el más visitado de la región y que producto de la acción humana desaparece a un ritmo alarmante.

DOS: Diez días compartidos tan solo entre tres personas en medio de Los Andes se hacen interesantes por  decir lo menos.

«¡Enrique!». El silencio absoluto es quebrado por el grito  alerta de Diego. Es mediodía y el viento que trajo el amanecer al expuesto  portezuelo que lleva a la cumbre del cerro Trono (cincomil quinientos metros sobre el nivel del mar) ni siquiera asoma, ni una sola nube en el horizonte que permite ver hasta el mar. El sol rebota sin filtro en el interminable campo de penitentes que nos separa de la cercana cumbre, y el calor se hizo hace un par de horas algo insoportable, emanando de un cielo con un tinte azul muy profundo, casi negro, y una nieve en llamas. «¡Qué pasa!», pregunto agobiado. Quiero tan solo llegar a la cumbre del cerro que estamos haciendo tan solo de aclimatación, pero los  penitentes han sido una desagradable sorpresa que ralentiza nuestro movimiento a una batalla constante para tratar de no doblarse un tobillo o tropezar en la inmensidad de la afilada nieve. Me concentro solo en caminar, derribar penitentes y respirar en alguna especie de ritmo, ritmo que Diego interrumpe y que me había costado un rato alcanzar. Quiero llegar, y rápido. «¿Cómo se ve la rimaya?». No lo creo. No hay rimaya, pienso, pero luego observo bien. Si hay una rimaya más arriba, y no se ve pequeña. Lo que con una cuerda sería un obstáculo negociable sin mayores problemas me golpea con un miedo que no había sentido hasta el momento. Tan cerca pero tan lejos. Dejamos la cuerda atrás pensando que el paso a la cumbre estaba limpio de este peligroso tipo de grieta que separa dos partes de un mismo sistema glaciar como la boca de un gigante, pero nos equivocamos, y con creces. A pocos metros de mi posición —en la última ladera antes del punto más alto de esta montaña— aparece el  abismo, escondido entre dientes. No quiero ni imaginar lo que sería caer y morir ahí dentro, solo, consciente. Me parece una opción cruel, pero camino hacia donde está y veo que hay un puente de nieve consolidado que parece ideal para cruzarla.

Foto: Diego Ibaceta

Foto: Camilo Novoa

«Se ve bien, voy a cruzarla», le digo tanto a él como a Camilo, quienes se encuentran un poco más abajo que yo. Parece que nunca consideré siquiera la opción de no cruzarla,  incluso sin una cuerda que me ate a mis compañeros de cordada, lo que seguramente detendría mi caída. Aguanto la respiración y cruzo el delicado puente de nieve dura lo más rápido que puedo. Miro a mi izquierda y veo hasta donde ilumina la luz en la grieta, y no más allá, la oscuridad me lo impide. En un par de segundos estoy al otro lado, vivo. «Pero qué mierda», pienso. Acabo de cruzar una grieta desencordado, poniéndome en riesgo de manera totalmente injustificada, en contra del sentido común, un error de manual. Una absoluta estupidez. La fiebre de cumbre se apoderó de mí hace un buen rato. Continúo mi camino sin detenerme entre el laberinto helado de los penitentes y en media hora de trance llegó a la cumbre. La felicidad de estar en este lugar supera el miedo que tenía hace un momento. El cielo completamente azul, el horizonte al alcance de la mano y los más desenfrenados deseos aparecen como la realidad. Ha sido un largo camino, pero ha estado interesante por decir lo menos. Hacia el norte veo el plato principal: la cumbre del Alto San Juan, de 6148 metros de altura se alza desde el principio del valle a mis pies en una pendiente ininterrumpida. Un poco más al norte, la masa gigantesca del volcán Tupungato hipnotiza. Se ve mucho más cerca de lo que en realidad está. Vuelvo a mi mirada hacia el camino que acabo de recorrer y veo a Camilo de manera automática. Su parca naranja hace imposible que no fuese así. La tranquilidad absoluta desaparece tan pronto como había llegado. Todavía hay que cruzar esa rimaya a la vuelta, por la mierda. La temperatura subirá a medida que la tarde siga avanzando, y el puente que nos soportó a los tres se irá haciendo cada vez más débil, la nieve cediendo ante el enceguecedor azote del espectro ultravioleta. Al rato estamos los tres en la cumbre, nos sacamos la foto, nos reímos un poco, pero la gravedad del asunto no me deja tranquilo. Me voy apenas puedo, quiero cruzar rápido. Quiero dejar de pensar en lo que mi familia tendría que pasar si llego a caer ahí dentro, sin dejar rastro. ¿Cómo fuimos tan poco precavidos? Todos sabemos que no vale la pena morir aquí, no habría siquiera que pensar en esto si tuviéramos la maldita cuerda. El ángulo en bajada va a hacer difícil ver la grieta. ¿Por qué lado la cruzo? Estoy prácticamente corriendo hacia abajo. La encuentro y cruzó tal como lo hice al principio. El alivio llega de un golpe, pero mis compañeros aún deben someterse a la ruleta rusa. En el mismo orden, primero Camilo y luego Diego llegan a tierra derecha. Las horas que nos quedan para llegar al pixel amarillo que vemos a varios kilómetros, nuestra carpa, serán expeditas y fuera de cualquier peligro objetivo. Pienso en cómo le prometí a mis viejos, que no haría estupideces, pero un extraño dolor de rodilla que no había sentido nunca hace que se me olviden rápidamente mis cavilaciones. ¿Qué va a pasar ahora? La expedición comenzó hace apenas cuatro días y mañana tenemos que caminar diez agotadoras horas hasta nuestro campo base. Esto recién comienza.

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Foto: Camilo Novoa

Toda la carga emocional de la expedición la compartimos entre nosotros tres, y nadie más. Las situaciones de estrés, agotamiento, monotonía y tedio eran  pan de cada día y sobrellevarlas de manera asertiva fue clave. El momento de mayor tensión se dio casi al concluir nuestra expedición, cuando el kilometraje acumulado era considerable y el agotamiento de las capacidades físicas palpable. Luego de un día entero perdidos al haber seguido la huella de un río que nos alejó  del objetivo, logramos el 17 de enero llegar al campo base a 4200 metros de altura. Veo al Alto San Juan y el Mesetas —aún sin ascensos— y el corazón me late más rápido, la respiración se hace superficial. Tengo miedo. Vacilo. Las cumbres se alzan a miles de metros por encima de nosotros. Siempre supe que esa pared significaba el trayecto más expuesto de nuestro viaje. Nos habían contado de primera fuente acerca de la caída de piedras y de la pendiente que imposibilita el armar una carpa, tan solo un vivac al aire libre era nuestra opción allá arriba. Mi mente conocía la pared desde antes de llegar, pero la caída de rocas no se detiene. Se escucha a kilómetros aun cuando suena a pocos metros, rompiendo el impasible y absoluto silencio de los Andes, y el rastro que va dejando la lluvia de roca es evidente, parece un vómito negro que sale desde la misma canaleta helada que debemos cruzar casi a seis mil metros. Al llegar la noche la caída de piedras no cesa y la escuchamos desde el interior de la carpa con atención, y yo con un sentimiento de culpa por lo que venía. El plan es subir en la madrugada por las mismas pendientes, pero  comunico a mis colegas lo que vengo meditando desde hace varias horas: «Con esa caída de piedras yo no voy a subir». El silencio en los confines de la carpa duró hasta la mañana siguiente, cuando comenzamos nuestro descenso. El desayuno fue tenso y el ambiente era de ansiedad por llegar cuanto antes a las vegas del Zinc, nuestro centro de operaciones durante la duración de la expedición. Darse la vuelta nunca ha sido fácil y esta no era la excepción. Todavía nos quedaban muchas horas juntos —al menos un día y un poco más— y había que hacerse de ánimos para volver a una relación normal, de cordialidad al menos. La responsabilidad de la decisión la tuve yo. No existía la posibilidad de que Diego y Camilo subieran y yo me quedase esperándolos en el campamento, las provisiones no alcanzaban para dividir el grupo en dos partes distintas. El enojo se me hizo saber, pero todo llegó hasta ahí mismo, no hubo más rencores. El último día, el de bajada de vuelta a Chacayar, requería de una buena planificación logística y teníamos, inevitablemente, que tener que conversar para poder salir de ahí. Todo el peso que los arrieros llevaron de subida en términos de equipo técnico, lo tuvimos que bajar en nuestras espaldas, con cargas que llegaron a pesar más de veinticinco kilos. Dividir ese peso de manera equitativa exigía que arreglásemos la reyerta. Relaciones cara a cara, aquí y ahora. De eso, en gran parte, se trata la montaña para muchos. Al menos aprendemos, y si vamos con más gente, nos relacionamos. Las pantallas y mensajes de WhatsApp no mediaron acá, y a fin de cuentas, lo disfrutamos.

TRES: El calentamiento global está causando graves estragos, aquí y ahora.

Nuestros planes originales para el cerro Trono no eran subir el largo y tedioso lomo que lleva hasta su más bien llana cumbre solo chaleando, pero la situación era más bien desesperada. A los pies del cerro, en el valle del río Museo, la canaleta de hielo que se supone nos llevaría a la cumbre no se veía por ningún lado. Era nuestro segundo día de expedición, y el panorama no se veía muy alentador. Estaba todo seco. En las fotos, la canaleta de hielo de hasta sesenta grados de inclinación se veía como un objetivo entretenido, un desafío más bien duro. Pero aquel día no estaba, ni tampoco el día que volvíamos desde las alturas al campo en Vegas del Zinc en una maratónica jornada de doce horas. El sol brillaba altísimo al mediodía, y al cruzar el glaciar que bajaba desde las faldas de nuestro cerro vimos cascadas gigantescas de agua que transpiraban desde el hielo azul a la parte «muerta» del hielo, aquella parte de la masa glacial cubierta por morrena y que no regenera su volumen en hielo. El estado de la ruta que lleva a la cumbre del Alto San Juan fue el clavo final para que nos hiciéramos los tres de la misma opinión en cuanto a las condiciones climáticas del sector: la «temporada» se había adelantado muchísimo. Las condiciones ideales para haber venido, suponíamos, las hubiésemos encontrado a finales de octubre, pero a aquellas alturas del verano podíamos ver con nuestros propios ojos cómo ni siquiera precipitaba. Tan solo una tormenta de baja intensidad durante los tres primeros días, y sería.

El calentamiento global golpea la puerta trasera de Santiago, como en todo el mundo, pero no nos damos cuenta. Los altos hielos cordilleranos, uno de nuestros principales recursos a nivel país, corren grave peligro por diferentes frentes, y el reloj sigue corriendo.

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Foto: Camilo Novoa


 

Esta experiencia aparece en la edición de Outside Chile, julio-agosto 2017

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