Soñando en Grande y en Verde

Matías Asún, actual director de Greenpeace Chile. Foto: Cici Rivarola

A sus 38 años, la vida de Matías Asún, actual director de Greenpeace en Chile, transcurre a alta velocidad, entre reuniones de trabajo, conferencias de prensa, escapadas a la montaña y sus constantes viajes a Valdivia. Pero pese a su extenuante y apretada agenda, el psicólogo social se da tiempo para conversar sin anestesia y de todo con Outside Chile, claro que sin desligarse de su rol de activista, y sin perder la esperanza en el devenir medioambiental del país y del planeta.

Corría  la década del 2000 y un joven Matías, después de haber egresado del Colegio San Juan Evangelista, entraba a estudiar la carrera de psicología en la Universidad Diego Portales. En aquella institución universitaria, Asún desarrolló un profundo sentido social,  que lo llevó a dedicar su tesis a la historia de la psicología que trabajan con comunidades.

Dándose cuenta tempranamente que  existe  una  tensión entre ciencia y activismo, entre dato duro o objetivo. «Y a mí me hacía más sentido eso otro, que está orientado por causas, por sentidos, por acciones colectivas. La ciencia y la objetividad son una manera de conocer, pero esa manera de conocer el mundo no genera cambios per se», asegura de entrada.

Advirtiendo también, que era necesario saltarse un poco los canales tradicionales y entrar por la ventana, debido particularmente a las políticas públicas que tenemos y sobre todo a la verticalidad de las empresas y de las organizaciones. «Bipasear la burocracia se volvió una necesidad en muchos casos», afirma.

Justamente, fue en aquel contexto comunitario, en que Matías comenzó a desarrollar cierta habilidad en el contacto con la gente, «y ahí en la conversación con personas surgían nuevas cosas, y uno se encontraba con otros haciendo nuevas cosas. Por ejemplo, hace unos años cuando trabajaba en proyectos comunitarios, empezamos a hacer congresos de trabajos en  comunidad, en donde no pusimos un límite  por lo  que entendíamos por trabajo comunitario y empezó a llegar gente que trabaja en centros primarios de atención de salud, médicos que trabajaban siempre en un box clínico, pero se dieron cuenta que a dos cuadras había un vertedero en donde habían familias que vivían encima , que no iban a ir al centro médico, y entonces ellos empezaron a ir a atenderlos allá y comenzaron a desarrollar su propia forma de trabajo comunitario».

«Y ellos después descubrieron que tenían todo un país que se había dedicado durante casi 100 años a hacer trabajo colectivo, comunitario, de empoderamiento social y de reencuentro social. Y entonces, esas cosas fueron muy útiles, porque aprendíamos de quienes recién entraban a este mundo, versus aquellos  que llevan cien años trabajando en esto. Y eso va nutriendo distintas maneras de entender. Por ejemplo un médico aprendía terapias con flores de Bach, o un poblador aprendía a contar su historia con un taller de geógrafos, pero que involucraba títeres. Entonces, cuando digo que el activismo es una acción con sentido, es una acción sentido que es colectiva, en donde nadie realmente tiene la razón. Es el conjunto el que define el sentido», asevera.

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Matías Asún. Foto: Cici Rivarola

Sin embargo, su entrada al mundo activista tardó un tanto en llegar. Gestándose posterior a sus experiencias trabajando  para el Banco Interamericano de Desarrollo y para el Ministerio de Vivienda, donde reconoce que se dio cuenta que le picaban las manos por estar metido en  un mundo más activista. «La burocracia me mató, me parecía que había cosas tremendamente potentes que se deberían haber hecho, pero entre la mezcla de la burocracia, y con la complicidad de la Cámara Chilena de la Construcción y con las grandes empresas inmobiliarias, después del terremoto sobre todo; la respuesta tardía, la idea de administrar por fases la reconstrucción. Hay gente que todavía está en mediaguas porque no hubo una respuesta rápida. Ese tipo de cosas destruyeron mi moral y la verdad me hicieron buscar nuevos rumbos y así fue cómo ocurrió», confidencia.

«El tema es que yo tomé la decisión de venir a trabajar a Greenpeace por The Clash, porque estaba escuchando las canciones, y en el fondo es como fuck it, que tanto, ya está. Yo me podría haber destinado a ser un asesor experto, y a la cresta, vámonos a hacer cambios con los que creen que el mundo se puede cambiar. Eso es mucho más divertido, es mucho más entretenido, más enriquecedor y no hay dinero que lo valga, punto».

Pero la historia no termina allí: en junio de 2011, un grupo de activistas se tomaron una plataforma petrolera en el océano ártico, dentro de los cuales estaba Paul Simonon, el ex bajista del grupo The Clash. «¡Y era él po weón! Y lo hizo sin esperar ninguna retribución, sin ninguna fama. Él lo hizo porque cree profundamente en la necesidad de la confrontación no violenta contra los poderes empresariales para demostrarles que no estamos de acuerdo. Entonces en el barco, habían un par de amigos míos y me pidieron un autógrafo. Yo siempre digo que es mi posesión más preciada. Y en esa historia le contaron la anécdota (a Simonon) y ahora hace poco me mandó la carátula del disco autografiada y ya le contaron lo que hemos hecho. Es poder conversar con tus héroes, con gente que ayudó a cambiar la historia de la música y ayudó a mantener vivo el espíritu rebelde del rock y del punk», cuenta con orgullo.

El Rol Social y la Rebeldía en la Sangre

Aquella inquietud del psicólogo por las problemáticas sociales, tiene su origen en las importantes figuras de sus progenitores: su padre, quien fue un reconocido psicólogo social, y su madre, que es antropóloga, y que fue una de las primeras terapeutas familiares. Ambos le permitieron entrar a un mundo intelectual y de mucha cercanía con los problemas sociales. «Para mí nunca fue una opción trabajar en alguna empresa. Yo creo que de ambos saqué cierta rebeldía. Yo no soy un tipo bueno para pelear, al contrario, preferiría no hacerlo, pero las convicciones que me enseñaron de chico ellos dos, no me dejan mucha alternativa», asegura.

De su padre, quien falleció el 2015 producto de diferentes tipos de cáncer a la piel, atesora valiosísimos recuerdos que le hacen brillar los ojos de emoción. «Tengo varios recuerdos de chico, el compromiso social, la idea de que somos todos iguales, la idea de lo que era para mí también tenía que ser para el resto. Se sentía muy comprometido con la idea de redes de resistencia global, que pudieran usar la creatividad, el humor, la confrontación no violenta, pero decidida contra aquellos que hacían el mal», afirma.

Para Matías, su muerte —que se dio en el marco de la venida del barco Esperanza de Greenpeace, a fines de noviembre de 2015—, significó afrontar un proceso de despedida terrible, pero que  le sirvió también para conocerse y para conocer otros modos de vida.

«Mi padre que era un psicólogo más duro, y más cognitivo, siempre tuvo cierto cercanía hacia otros enfoques más humanistas, más integrales, menos racionales. Y hacia el final de los días fue divertido verlo aceptar en su convicción tradicional, de psicólogo social tradicional, verlo aceptar otros mecanismos. Él siempre fue muy tolerante, muy aceptador, en tanto le sirvieran a los fines de las batallas sociales que estaba luchando, en las cuales estaba comprometido: en los derechos de la infancia, en los derechos de los niños abusados sexualmente, en los derechos de la diversidad sexual, en los derechos de los consumidores de drogas, en los derechos de reincorporación a la sociedad de los imputados y procesados, en los derechos de las personas con enfermedades mentales. En todos los temas que trabajó mi padre, temas terribles», sostiene orgulloso.

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República Glaciar. Foto: Greenpeace Chile

En aquella instancia de despedida, pero también de profundo aprendizaje, Matías recuerda con particular cariño la ocasión en la que su padre —de quien asumió sus cuotas de socio en Greenpeace— le manifestó el tremendo orgullo que sentía por su rol de activista. «Esa fue una conversación muy importante hacia el final. La sensación de decir, bueno, aquí nos quedamos nosotros, me puedo ir tranquilo. Mi padre fue un formador de mucha gente, y en ese sentido, hablar sobre aquello se volvió una conversación frecuente».

Por su parte, de su madre —quien luego de la separación de sus padres se hizo cargo en solitario de Matías— recalca su profundo compromiso social, «la convicción y la lealtad del siglo en el que nació. Esa lealtad y esa amistad, y ese compromiso que es difícil de replicar en este otro mundo». Inevitable le es rememorar las numeras vacaciones en las que junto a su madre recorrieron parte del sur del país:

«Mis viajes eran sentados en los buses en los autos mirando las hojas gigantescas de los árboles de los parques nacionales, y en general llegábamos hasta el final de Chiloé. Más para abajo era más difícil llegar y como mi madre andaba sola conmigo, le era un poco difícil. Me acuerdo muchísimo del lago Lanalhue, me acuerdo de los cóndores, me acuerdo de las araucarias y de sus hojas gigantescas y prehistóricas, me acuerdo de las nalcas, me acuerdo de las cruces en transbordador a Chiloé, me acuerdo del olor de las algas en las playas del interior de Chiloé, me acuerdo de la historia de la mitología chilota. Lo tengo bastante grabado, mi madre hizo un esfuerzo importante por enseñarme el valor de los parques nacionales y el valor de la ecología como un modelo de vida», relata.

Hippismo Tecnológico

Pero a diferencia de ella, de quien dice que es la más ecológica de la familia, Matías se reconoce como un hippie tecnológico al estar mucho más orientado hacia la tecnología, a la cual considera como un aumentador de las  capacidades naturales:

«Me encanta la naturaleza, pero también creo que está en el hombre, buscar nuevos límites con la tecnología. Expresado en el sentido más básico, nuevas botas para escalar, que te permitan llegar a montañas con más personas, o naves espaciales, que te permitan saber más sobre los límites del universo, o mayor tecnología que te permita hacer desaparecer fronteras y de pasada, reducir la huella de carbono. Todo ese tipo de cosas me parece alucinante, me parece que son parte de una revolución, pero al mismo tiempo he tenido una formación que me permite valorar no tanto las especies per se, sino la interacción», asegura.

De acuerdo al psicólogo, parte del activismo surgió con el  boom de la blogosfera, a raíz del frenético desarrollo del mundo digital, cuya idea es la de compartir,  generar  nuevos conocimientos, nuevas tecnologías,  y nuevas formas de trabajo, «y ese compartir supone además que nadie es dueño de la idea, sino que la idea existe en un tránsito entre las personas y los momentos. Entonces mi idea de colaborar con todo aquello es para favorecer a una gran conversación, pero lamentablemente la carga de trabajo me lo impide. Me he puesto más flojo», reconoce.

Matías considera que, paradójicamente las redes sociales han tendido hacia la homegenización al corporatibizar ese espacio en vez de otorgar más libertad. «Lo terrible es cómo las redes sociales han reproducido las desigualdades sociales, han tendido a homogenizar el discurso y se han convertido en un canal de dominación. Paradójicamente una dominación que nosotros ayudamos a sostener de manera directa. La dominación se volvió un objeto de consumo y eso es muy complejo. Nuestro negocio es convertir la esperanza en un objeto de deseo, la esperanza de otro mundo posible, de convivir, de vivir en paz, que pueden ser tremendamente tangibles, pero por alguna razón, la tendencia en Chile es a buscar culpables, en joder la vida al otro, decir te lo dije, es un asco».

Una Relación Tardía

Pero la relación del psicólogo con el mundo outdoor no se gestó en su infancia —como se puede creer—, sino que se fue gestando en su etapa  adulta. «Uno viaja,  llega a distintos lugares, y conoce distintos lugares y realidades, pero llegar a la cima de una montaña, parado arriba de un glaciar, sabiendo que estás parado sobre una tonelada de agua y que donde dos metros más allá puede haber una grieta, en donde el aire es muy fino y donde todo es blanco, y uno dice guaaa. Eso me ha pasado en humedales, en los bosques en la Patagonia, cuando conocí el río Baker. Y son en esos momentos cuando uno dice: Dios santo, lo que está en juego aquí no tiene valor, no es posible ponerlo en precio. Y eso ahora lo he empezado a valorar mucho más, quizás porque estoy conectado mucho más con su defensa, con todo este mundo medio ambiental», afirma.

Precisamente, son este tipo de alucinantes postales naturales los que Matías siente como una necesidad conocer, pero no en un ámbito deportivo, sino más bien de tipo contemplativo. «Llegar y observar esos lugares, es una de las pocas cosas que me producen tranquilidad, que te permiten pausar, estar frente a parajes, como un bosque de arrayán en Chiloé. Ese tipo de cosas, son las que más me interesan. Me tiene muy cabreado que sea difícil acceder a muchos lugares naturales, como el Valle de las Arenas. Lo primero que hago el sábado en la mañana es ver como está el tiempo para ir al Cajón del Maipo o a sectores endémicos de Santiago para ir un ratito, o para ir a parcelas con amigos fuera de la ciudad. Estoy tratando de pasar la mitad del tiempo en Valdivia, para salir a navegar, pasear por los humedales. Mi pareja es de allá, entonces estoy tratando de convivir con su familia y generar más integración. Y eso está generando otra cosa. Es otra cosa despertarte y ver el río en la mañana», revela con entusiasmo.

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Matías recibiendo el premio póstumo del Colegio de Psicólogos en reconocimiento a la contribución de Domingo Asún —su padre— a la Psicología en Chile. Foto: Archivo Matías Asún

Amor y Odio Capitalino

Nacido y criado en la ciudad de Santiago, Matías ha desarrollado una cariño especial por esta urbe que para bien o para mal,  a nadie deja indiferente. Le molesta profundamente que le digan Santiasco, y que la critiquen en vez de ayudarla a hacerla una mejor ciudad.

«Esta ciudad tiene infinitos problemas. Transformarla en una ciudad más sustentable y más limpia es un trabajo que nos va a tomar varios años. Recién estamos empezando con el temita de las bicicletas. Todavía está en pañales el desarrollo de la industria solar. Mientras venía caminando a la entrevista, veía como la gente barría en esta polvareda en la que estamos sin regar un poquito. La idea es que Santiago está tan hecho pedazos que pa’ qué voy a mojar el polvo, si total mira cómo está el ambiente. No hacerse cargo es uno de los principales problemas urbanos de Santiago. Decirle Santiasco no ayuda, porque vives en un asco», asegura con un evidente tono de molestia.

Representando a los que no tienen voz

Sin ser biólogo, ni experto en temas medio ambientales, el psicólogo cuenta que tiene la fortuna de convivir con especialistas que son capaces de explicarle el funcionamiento de un bosque. «Y quien haya tenido la posibilidad de que le expliquen un río, le expliquen un glaciar o le expliquen un bosque, es alucinante. Cómo tratamos de encontrarle sentido a cada una de las moléculas  que conforman cada una de las especies, que están en equilibrio en un bosque, y empezar a mirarlo con ojos más racionales e intentar entender esa realidad es imposible. Uno se descubre además viendo bosques distintos a cómo lo ven los industriales. Uno ve bosques como seres vivos, y los otros ven recursos», clarifica.

«Como cuando nos pasaba en medio de la batalla contra Hidroaysén, donde mucha de la gente planteaba lo del potencial eléctrico. Entonces, yo escuchaba la palabra río. Y después uno decía, el potencial hidroeléctrico se vierte en el mar como si fueran dólares que caen. Yo veo a un río que le está haciendo bien al mar, porque le aporta nutrientes y esos nutrientes permiten que existan delfines, ballenas, pingüinos y otras especies. Por ello, es necesario que uno pueda representarlos de alguna manera, a aquellos que no tiene voz. O aquellos que consideramos que tiene sentido darles voz», asegura con plena convicción.

De acuerdo a Matías, una situación similar de discusión es la que se generó a partir de la iniciativa a favor de proteger los glaciares —la que fue impulsada por Greenpeace, junto a otros organismos—, donde «para los expertos que piensan desde una lógica inmobiliaria, los glaciares son áreas, pero para aquellos que pensamos que los glaciares son agua, lo vemos como un volumen, como metros cúbicos y no en metros cuadrados. Y son metros cúbicos, porque los glaciares son un estado de la materia, no una superficie per se. Ahí estuvo todo el juego de la República Glaciar, cuya gracia es que fundamos un país sobre nubes congeladas, que están arriba de la montaña. Si nos decían que no era verdad, entonces nos reconocían que eran agua y que estaba en un estado, y que por tanto, no había legislación. El juego fue entrar en su misma lógica, para demostrar lo absurda que era».

En ese mismo sentido, y utilizando el ejemplo del caso del vertido de miles de toneladas de salmones en Chiloé —que generó un grave crisis socioambiental—, Matías explica la forma en que opera en muchos casos la ciencia, al formular preguntas que no  necesariamente están ligadas a una dependencia con intereses económicos, pero que finalmente no llevan a solucionar la preocupante situación ambiental en que estamos insertos:

«El Gobierno mandó a hacer un estudio para demostrar que ellos tenían razón. No se hacía ninguna pregunta que ellos no pudieran contestar políticamente. Entonces en ese sentido, la ciencia puede estar no necesariamente cooptada por intereses. Podríamos hacer un estudio de cómo hacer más sustentable las empresas termoeléctricas a carbón, y eso sería una pregunta científica verídica, pero es un desperdicio de plata. Y por lo tanto, alguien tiene que pararlo y exigir que la  pregunta sea cómo hacemos energía sustentable, no cómo mejoramos una porquería de industria. Para eso se requiere básicamente acción política, y el activismo es  fundamentalmente  eso, es acción con sentido político».

El compromiso de Matías con el resguardo del medio ambiente trasciende el ámbito de las ideas, y con el tiempo ha ido adquiriendo prácticas mucho más sustentables. «He empezado en los últimos años a incorporar el reciclaje. Lo más duro ha sido qué productos consumir, qué productos privilegiar. Muchos de esos productos, que son elaborados con materias primas de mejor calidad, tienen un valor mucho más alto, lo que genera un impacto en la economía doméstica, pero me he empezado a acostumbrar. Y ahora estamos en la casa aprendiendo a comer de manera más saludable, estamos comenzado a producir alimentos con materias primas, estamos haciendo nuestras propias barras de cereales, panes y  ese tipo de cosas. Yo diría que la alimentación es la variable más ecológica que he implementado, porque me encanta comer, me encanta. También he implementado varios pequeños cambios, en términos de ropa, en estilo de vida, en cómo privilegiar espacios más verdes».

Sin embargo, debido a su apretada agenda y por un tema de tiempo, Matías reconoce que le es un tanto difícil movilizarse de forma más sustentable. Que si bien se va caminando todos los días al trabajo —pues vive muy cerca de las oficinas de Greenpeace Chile—, la mayoría de las idas a reuniones las hace en automóvil.

Fuera de sus funciones en la organización internacional conservacionista, el incesante Asún no se detiene y colabora con una serie de causas de manera directa o indirecta. «Soy activista todo el día, no me puedo entender fuera de eso, tengo un problema. Pero últimamente he empezado a disfrutar más el tiempo libre y de los espacios de esparcimiento. Me encanta estar con mis amigos, con gente que me cae bien. Me encanta tener una relación de confianza, dejar de lado el personaje público,  donde es posible relajarse un poquito más. Y si tuviera que decir lo que más quiero hacer, es dormir siesta, tratar de descansar un ratito», asegura entre risas.

Un Futuro Esperanzador y Teñido de Verde

Pese al evidente deterioro de nuestro ecosistema a nivel país, Matías es profundamente optimista en cuanto a su futuro. «Yo creo que vamos ganando. Perdimos Ralco, pero Hidroaysén no lo hicimos. Ya no se están haciendo centrales a carbón, hay un par, pero las mínimas.El carbón lo erradicamos. No hay centrales nucleares en Chile. No se van a hacer más represas, por lo menos las más grandes, las otras las estamos peleando. La expansión de la industria del salmón está cuestionada, el salmón ya no es la súper alimentación del futuro. Y bueno, las forestales necesitaban un remezón, y si hay algo que se puede sacar en limpio de los incendios, es que el tema forestal hay que controlarlo», afirma tajantemente.

¿Son las nuevas generaciones las fuerzas de cambio que se necesitan para transformar este país? —le pregunto. «Las fuerzas de cambio están en todos aquellos que tienen la posibilidad de mirar el mundo de manera distinta, y de desafiarlo a ver si es posible implementar esos cambios, y eso necesariamente no está en las nuevas generaciones. Es mucho más probable que un niño entienda la importancia de los bosques, los glaciares y del mar, y la relación con los animales la tienen incorporada. De adultos parece que eso se nos olvida, pero  también hay adultos que tienen la voluntad de ayudarnos con las acciones, de difundir las acciones que hacemos y de financiarnos. Entonces claramente es algo más transversal», asegura.

«Yo diría que en la sociedad chilena se viene una ola de convicción medio ambiental fuerte, que el sistema político no es capaz de entender, y yo creo que no lo va a entender. Entonces vamos a tener que seguir presionando para generar los quiebres necesarios que permitan que la cuestión se entienda. Es evidente que la respuesta ante los incendios forestales ha sido deficiente. Es evidente que la respuesta ante los derrames y a los deslizamientos de tierra con las lluvias hace dos  años en el norte generaron más problemas. Es evidente que la respuesta frente a la crisis social y ambiental de Chiloé fue deficiente. Es evidente  que no hay respuesta sobre la invasión de la industria forestal en el centro del país. Es evidente que el sistema político sigue pensando en la naturaleza como un recurso, y no está entiendo los límites y los costos que está significando esto para muchas personas, no solo en términos de salud, en términos de identidad, de convivencia», afirma con descontento.

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Matías Asún. Foto: Cici Rivarola

Para Matías, hay un antes y un después del proyecto Hidroaysén, que sin duda, ha marcado el desarrollo de los movimientos conservacionistas y la masificación de sus demandas. «La política oficial de los gobiernos  en los últimos años  era que necesitamos Hidroaysén, y nosotros dijmos ¡No! Y probamos además,  sin tener ningún poder de interlocución de alto nivel , que no se necesitaba Hidroaysén, que no había que hacer pedazos los ríos, que no queremos más termoeléctricas. Y hoy en día, el Estado no pone tantas trabas como la sociedad civil en la defensa del medio ambiente. No es parte de la agenda política, es parte de la agenda ciudadana. Y a mí eso me tiene muy contento. Dentro de los movimientos medio ambientales están confluyendo hacia trabajos en conjunto. Yo creo que no están dando origen a nuevo movimiento social, pero sí por lo menos están creando redes de colaboración  que nos hacen infinitamente más efectivos. Y es un proceso que no va a parar», afirma esperanzado.

En ese sentido, el joven activista considera  que el legado de Douglas Tompkins es tremendamente importante para el futuro medio ambiental de nuestro país. «Me parecen súper interesante las decisiones en vida que tomó. Las donaciones que se están haciendo, bajo las condiciones que se están haciendo, que siguen en discusión, van a implicar problablemente una transformación profunda en los métodos conservación de ese país. Me parece que su legado, y fundamentalmente, el grupo de personas que estuvieron trabajando con él en su fundación, es súper interesante y va a marcar un hito, de la misma manera que la derrota de Hidroaysén. Yo creo que el legado de Tompkins va tener mucho impacto en el ámbito de los medios de conservación, y va a desarrollar también, toda una ecología económica en torno a cómo gestionar eso».

Matías sueña en grande y en verde. Por ello,  uno de sus sueños sería  ver políticos que cumplan, que incluyan en el mediano y en el largo plazo una política medio ambiental en serio. «Que los ministerios del medio ambiente, como este que tenemos ahora, no esté dibujado, y sea un Ministerio del Medio Ambiente real, con capacidad para  realmente  marcar la agenda. Yo no quiero que hayan más partidos verdes, yo lo que quiero es que hayan más verdes en los partidos, en todos. Que entiendan los políticos  los límites del desarrollo, y que puedan ver los potenciales que tiene Chile en cuanto al desarrollo sustentable, justo digno y equitativo. Que no se muevan por temor a la insurrección, o a la inestabilidad económica, sino que simplemente entiendan el valor de la dignidad de la vida. Y yo creo que eso no lo entienden, y no lo valoran. Para mí ese es un sueño de justicia, que el sistema político haga un cambio sustantivo».

Otro de sus sueños sería que las organizaciones conservacionistas dejaran de ser necesarias, y que  dejase de ser necesario tener que denunciar las causas que se están denunciando y que esas problemáticas sean cubiertas y le importen a los medios de comunicación. «Eso para mí sería fantástico. También lo sería que se reconocieran los derechos de los pueblos indígenas. Seríamos mucho más ecológicos, si fuéramos más democráticos. Si fuéramos más democráticos escucharíamos más a la gente, no tendríamos un sistema político que parece no le entra, que no entiende la demanda ciudadana por el resguardo medioambiental. Y seríamos un país más ecológico, si fuéramos un país más integrado, más inclusivo, más diverso. Si entendiéramos el valor de la diversidad, podríamos entender al pescador artesanal por el valor de su trabajo en términos identitarios, y no solamente por la cantidad de lucas que genera la pesca que produce», afirma convencido.

Hablar sobre el devenir de nuestro deteriorado ecosistema, sin mencionar la figura de Donald Trump, resultaría dejar fuera de la discusión a un personaje que preside una de las naciones que más contamina en el orbe, y en quien reside la decisión de frenar o no gigantescos proyectos que podrían en peligro una serie de  reservas medio ambientales estadounidenses.

«Donald Trump un desastre, le respondimos que lo ibamos a desafiar, no sé si viste el mensaje que le pusimos en un edificio. Nos estamos presentando.Estamos hablando de comunidades originarias que tienen todos las leyes a su favor, salvo el acoso corporativo. Son  proyectos cuya dimensión es bestial. Entonces la vamos a tener difícil. Llevamos 45 años (Greenpeace), y hay proyectos que nos demoran menos tiempo y otras más. El tratado antártico nos demoró  20 años, pero ahí está la Antártica. Llevamos casi siete años trabajando duro por la preservación del Ártico, y ya logramos la preservación de varios territorios, y logramos además poner el foco del planeta sobre el Ártico. En cinco u ocho años más vamos a ver cómo estamos. Una piedra en el zapato no nos va impedir cambiar el mundo, por muy poderosa o pedante que pueda llegar a ser», sostiene con convicción.

«Es evidente que este tipo es particularmente peligroso, sus políticas. Las señales han sido de un nivel de desconocimiento bestial de la investigación científica sobre cambio climático, sobre identidad. Yo creo que es una señal de castigo a la capacidad del sistema político norteamericano y global, de hacerse cargo de sus propias necesidades. Es una mezcla entre un ejercicio de marketing y de desinformación muy bestial amparado por él, pero mezclado con un voto de castigo que no reconoce identidades ni principios en la política», asegura.

-Se nos vienen unas nuevas elecciones, ¿cómo ves este proceso? 

«Se nos vienen unas nuevas elecciones y los candidatos que están mejor son aquellos que no tienen domicilios políticos o que lo tienen arreglado a precio de huevo. Pero los atributos están asociados a características individuales y a trayectorias individuales, y en donde el atributo más deseable es que sean menos corruptos que el resto. Entonces eso te habla de un sistema quebrado, profundamente quebrado. Votar por el menos corrupto suena aterrador. Aquí lo dicen de manera distinta. Vamos a ver cómo funcionan algunos de los cambios que la red de organizaciones pro transparencia han estado promoviendo.Cuando te dicen necesitamos a apoyar a la industria forestal, están diciendo que van a robar. Pero todavía existe eso,  de decir de una manera correcta que uno va a apoyar los intereses empresariales en contra de la gente, porque todavía existe cierta creencia que la destrucción del media ambiente es fuente de empleo. Cuando es evidente que no es así».

«Todo el mundo necesita proteínas del mundo de los seres vivos para poder vivir, otra cosas es hacer pedazos un territorio que tiene una función ecosistémica clave para el sostén de la vida, con calidad digna y justa, con tal de generar un poco de lucas. Y otras cosas además, muy distinta es que esas lucas no fluyan para generar una economía más dinámica y saludable, que no tienda a la acumulación, versus la miseria de todas las personas que hoy viven. No se resuelve ni con lo uno, ni con lo otro. Ni con mecanismos más sustentables, ni sin mecanismos de redistribución de la riqueza y del bienestar, que son necesarios que se implementen».

«No podemos depender de las decisiones de tres o cuatro personas, para implementar cambios sociales sustentables, porque si llegan a tener hijos, y los hijos no piensan lo mismo, se va todo el sistema al carajo, porque conservan demasiado poder. Por eso yo decía que un sistema más democrático, es decir, donde el poder esté efectivamente en las personas, va a ser un sistema más ecológico, porque te empieza a importar la diversidad y el valor del otro. Y si el valor del otro te importa, entonces te tienes que hacer cargo  de que el otro es una persona igual que tú», concluye.


Esta entrevista aparece en la edición de Outside Chile, julio-agosto 2017

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