Brevet: una experiencia religiosa sobre dos ruedas

Foto Portada (referencia): Josh Nuttall

En medio del silencio, esta carrera revela caminos cargados de bellezas ocultas. Se trata de Brevet, un circuito que, además de resistencia, exigirá a cualquiera ser dueño de un espíritu realmente libre.

Por redes sociales veo que un amigo le da Me Interesa a un evento. La curiosidad, obvio, hizo que diera clic y que al mismo tiempo se abriera un nuevo mundo: El Brevet 200. Leo que es una «carrera-no-carrera» de 200 kilómetros y que tiene más magia de lo que se puede esperar de una simple carrera.

Brevet es ciertamente algo distinto a lo convencional. Exige resistencia y un espíritu libre como telón de fondo. Primero que todo no hay podio, aunque sí hay ganadores y perdedores: o eres un finisher o no lo eres. No es tema saber quién terminó primero, o segundo o quinto, menos el último lugar. Eso desde ya cambia drásticamente el tipo de persona que hace y participa en los Brevets.

Los Brevets van por un circuito específico que el mismo ciclista debe sortear. Se debe planificar la alimentación e hidratación. Se puede parar para comer y descansar donde se quiera mientras no se salga del circuito. Lo importante es que se cumplan con tiempos de corte y que no se reciba ayuda externa. Es una carrera de autosuficiencia, un condimento bastante sabroso para probarse a uno mismo si se tiene la capacidad de estar tantas horas sobre el asiento.

Austral Randonneur lanza un Brevet de 200K en Quintero. Se paga una muy razonable suma de dinero, vas a un taller de bicicletas, revisan que tu bicicleta esté mecánicamente apta para la carrera, y por último, te dan una hoja de control en cada puesto para certificar que pasaste.

Quintero, 5:45 AM.

Me levanté y tomé el café en grano que había traído desde la casa. Escogí la ropa para salir y cargué todo en la bicicleta. En una pequeña mochila llevaba capas de ropa extras y dinero en efectivo. Luego de eso me dirigí a la línea de partida. Aquí nos chequearon y nos dieron el número de participación. Todos nos veíamos las caras mientras exhalamos vapor de nuestras bocas. Sentíamos palpitar las ansias por nuestras venas, pero a la vez mostrábamos un relajo que nunca antes había percibido. Mucha distensión y buena camaradería.

Dieron la partida en un silencio total. Quintero a esa hora era un pueblo sepulcral y las luces de las bicicletas alumbraban el camino con el sol levantándose en el horizonte ardorosamente. Al comienzo, el viento fresco era revitalizador a pesar del frío que sentíamos. 

Foto: Tito Nazar

Foto: Tito Nazar

Salimos de la ciudad y nos metimos por un sector de calles con subidas y bajadas suaves. Después de doblar 90º a la derecha nos encontramos con un camino de casas grandes y preciosas de veraneo, con unos pastizales verdes maravillosos. También nos acompañaron árboles grandes rectos y gloriosos junto a alguna que otra tórtola y ocasionalmente alguna loica que caminaba por las pasturas.

Aún era muy temprano. Fui conversando con Franco, quien tenía un sentido de orientación mucho más claro que el mío. Él estaba anonadado de que existieran caminos secundarios tan bien ocultos para el deleite de nosotros. No vimos ni un solo auto hasta que perfilamos a Concón. Luego entramos en plena ciudad para cruzar raudamente por Reñaca y más al sur por Viña del Mar y así saborear un poco el Océano Pacífico mientras rasgábamos el viento con nuestras bicicletas.

En un momento inesperado, Franco pinchó un neumático y me pidió que me fuera. No podía abandonar a que fue mi guía por más de 70 K pero nuestros ritmos eran muy diferentes. Sin él no habría llegado al punto de control 1 (PC1).

En el PC1 me ayudaron a cargar la ruta en el celular para usarlo de mapa, le inflé la rueda a  Franco y me despedí de él. Nos hicimos un favor creo. Él se sentía presionado por mí y yo presionado por el frío. Ahora ambos íbamos a movernos a nuestro propio ritmo.

Franco es un verdadero amante de la bicicleta y disfrutaba mucho pasar horas y horas sobre ella. Me contó sobre su idea de hacer un viaje por Carretera Austral. Quedamos en contactarnos dado que yo conozco por allá muy bien la zona.

Recuerdo que me encantó ese juego de pedalear por calles concurridas para sumergirnos nuevamente en curvas y pendientes suaves y con una excelente calidad de asfalto. Nos maravillamos con el silencio para de nuevo atravesar una localidad pequeña y menos silenciosa. Teníamos a Villa Alemana en el bolsillo. Ahora iríamos hacia Limache.

Foto: Tito Nazar

Foto: Tito Nazar

Los puntos de control eran geniales. Parar un rato para hablar con los chicos era muy grato. Tomaban tus datos, firmaban tu tarjeta de registro y te ofrecían toda la ayuda posible. La camaradería era un valor muy presente en la carrera en todo momento.

La temperatura era perfecta. Era fresca en la mañana y una vez que se levantaba el sol, este sacaba la niebla de los campos mostrándonos las bondades de los lugares costeros. Recuerdo en el PC2 habían unos chicos junto a un auto. Les pedí que me cuidaran la bicicleta para ir a una tienda en la que usé el baño y compré una cantidad de chocolates que no tenía contemplado consumir. Creo que compré algo así como cuatro Trencitos, dos Prestigios y unos mini chocolates. Dejé algo extra en la mochila porque predije que me vendría un segundo atracón de azúcar antes de la meta.

Acoplado a la bicicleta partí de nuevo. Fueron muchos kilómetros de soledad total donde muy de vez en cuando pasaba algún vehículo. Las carreteras interiores eran de nuestro total regocijo y sin problemas de seguridad alguno. No podía parar de pensar en la motivación que tenía la organización por revelar caminos que están cargados de bellezas ocultas para los transeúntes comunes.

Foto: Tito Nazar

Foto: Tito Nazar

Limache, Quillota y La Calera eran los siguientes destinos y hacían que persistiera mi disfrute de esa dualidad ciudad-campo. Siempre me ha costado retomar el ritmo una vez que me detengo así que me propuse no parar hasta llegar a la meta. Fue un traverse considerable de este a oeste para pasar por la entrada de Puchuncaví, seguir a Horcón, pasar por Ventanas y llegar finalmente a la meta: Quintero.

Si llegaba a Puchuncaví sabía que abordar la meta era seguro, pero no dejaba de cruzar los dedos para no pinchar el neumático. Ya estaba extenuado y solo quería llegar a la meta para celebrar y reparar la cámara. Elijo irme muy atento a mis movimientos mirando constantemente el camino para evitar vidrios estrepitosos que atentasen contra mi chanchita-sexy.

Foto: Tito Nazar

Foto: Tito Nazar

Con banderines a lo lejos y con el Austral Randoneur nos recibieron en la compañía de bomberos como victoriosos gladiadores. Nos dieron un plato de pastas delicioso y suculento, una Birra Weichafe deliciosa (deben probarla) y un masaje de Home Studio Terapias de una calidad que nunca en mi vida había probado. El servicio post carrera fue increíblemente bueno.

La camaradería y el espíritu altruista amalgamado por una devoción religiosa a la bicicleta, hacen de los Brevets en Chile una experiencia que todos deberíamos probar. Lo digo con profunda convicción en mis palabras. El Brevet es una de las mejores experiencias deportivas que he tenido últimamente. Los invito a todos al Brevet300K que se realizará en octubre, uno de 400k que se realizará en noviembre y uno de 600k que se hará en diciembre.

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