Compañeros de Rutas y Sueños

Max Keith y Moisés Jiménez (Cici Rivarola)

Esta es la historia de Max Keith y Moisés Jiménez, dos corredores que han sido protagonistas de cÓmo el trail running ha crecido a pasos agigantados en Chile y el mundo. Aquí te contamos sus proyecciones, sus ambiciones y su amor por la montaña.

El camino de una competencia de trail running fue lo que, sin saberlo, comenzaría a ser uno de los trayectos más importantes que realizarían juntos. Ahí, compitiendo, fue  donde se conocieron. Sin embargo, esta dupla hoy comparte mucho más que una ruta. No existe rivalidad, sino una amistad que les ha permitido compartir su gran pasión: correr en cerros. Esto los ha mantenido unidos desde hace más de cinco años, y hoy, además de tener sus respectivas responsabilidades y trabajos, creen que en algún momento podrán dedicarse cien por ciento a disfrutar de lo que les ha entregado felicidad, autoconocimiento y satisfacción. Aquí te mostramos la historia de cómo Max Keith y Moisés Jiménez se conocieron y han pasado los últimos años de sus vidas en las cimas de los cerros del mundo.

Max Keith tiene 28 años y es un tipo muy sencillo y tranquilo. Nació, creció y vivió dieciocho años de su vida en Iquique, una ciudad al norte de Chile, totalmente playera y con altas temperaturas la mayor parte del año. Una ciudad que según él, te inspira y motiva a estar siempre activo. Desde muy pequeño se la pasaba recorriendo algunos lugares en kayak o en el cerro andando en bicicleta. «Mi papá siempre fue deportista, trotaba y andaba en bici. Gran parte de mi infancia la pasé con él en el cerro, pedaleando o en el desierto. Como que por lo general uno se pone medio torpe en la adolescencia, pero yo lo pasé pedaleando. Desierto y playa», cuenta.

El 2007, dejó su ciudad natal para comenzar su vida universitaria en Viña del Mar. Allí estudió Ingeniería Comercial y como bien dice él, perdió cinco años de su vida. «Es chistoso, porque no me representa en nada de lo que soy hoy como persona. No sé por qué elegí esa carrera. A estas alturas tampoco es que me arrepienta, pero si pudiera volver a elegir, habría hecho otra cosa», dice. Afortunadamente se graduó a tiempo y no tuvo que estar más de lo necesario y actualmente ve su profesión como una herramienta para la vida.

En el ámbito deportivo, se interesó siempre por el mountain bike, pero recuerda que en su último año de universidad comenzó a correr porque conoció la Maratón de Santiago. «Toda mi vida había visto el correr como un deporte interesante, solo que no me motivaba mucho. Corrí como tres media maratón de calle y me aburrieron… porque encontré monótono correr en calle», señala.

Años después le comentaron sobre el Ultra Maratón de Los Andes, actual Endurance Challenge, el cual le llamó mucho la atención y decidió correr su primera carrera en cerro. «En esos momentos yo no conocía a nadie, de hecho, en mi ignorancia me inscribí en los 80 kilómetros sin antes haber corrido nunca en cerro, fue una locura. No le vi tanta importancia a la distancia y cuando empecé a entrenar me di cuenta que 80 kilómetros era probablemente más de lo que podía llegar a hacer, así que me inscribí en otra carrera antes del Endurance para prepararme», recuerda.

Instantáneamente, después de asistir a esa carrera se encantó. En ese momento estaba terminando la universidad, así que empezó a hacer planes de los lugares que iba a conocer corriendo. «Me obsesioné, quería dedicarme por completo a correr en cerro, obviamente no era ni bueno en ese tiempo, pesaba como diez kilos más jaja, fue como cualquier persona que un día se planteó un sueño y se quiso dedicar a eso».

«Obviamente todos se rieron, nadie me creyó, mis amigos no tuvieron nada de fe en mí, mis papás pensaron que era una moda y que se me iba a pasar. Hasta el día de hoy es un poco difícil dedicarse a esto 100%, pero siempre tuve la determinación de intentarlo», relata.

Se demoró alrededor de quince horas en terminar los ochenta kilómetros de la carrera. «Para mí fue muy impactante, fue súper revelador darme cuenta que había corrido esa distancia… bueno en verdad caminado… jaja porque caminé mucho. Pero fue lo máximo que podía haber hecho en mi vida a esas alturas. No pude caminar como en una semana y lo pasé pésimo, pero apenas crucé la meta pensé que lo quería hacer de nuevo», agrega Max.

Moisés Jiménez (26), por su parte, es una persona inquieta y extrovertida.  Nació en Venezuela en una ciudad llamada Maracay, donde vivió hasta los ocho años de edad, para luego trasladarse a un lugar completamente diferente al cual estaba acostumbrado: Coyhaique. «Llegué al sur de Chile desde un lugar donde la media eran 37 grados», dice. Cuando se instaló en la región, le llamó mucho la atención la cantidad de cerros que habían y hoy lo considera el lugar hídrico para toda clase de deporte al aire libre. Recuerda haber crecido mirando los cerros y pensando ¿Qué habrá del otro lado? ¿Qué habrá allá arriba? ¿Habrá gente que haya llegado a esa cima?

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(Cici Rivarola)

Para Moisés, la ciudad que lo vio crecer tiene un gran significado, ya que además de entregarle su cultura y valores, lo mantiene ligado un lazo familiar hasta hoy. «Allá es donde vive gran parte de mi familia. No tengo la posibilidad de volver porque no es seguro volver, pero sí hay muchos recuerdos y cosas que me marcaron y que conservo dentro de mí. Cuando me vine a Chile aprendí a desprenderme de las cosas, lo que hoy me ayuda a desligarme muy fácil, yo no extraño a gente, me cuesta mucho tener sentimientos arraigados por un lugar. Si tengo un cerro cerca me siento cómodo, eso es clave», afirma.

Con su familia iban todos los fines de semana a hacer picnics a la Reserva Nacional de Coyhaique, que en ese tiempo quedaba a solo dos kilómetros de su casa. «Me acuerdo que cada vez que íbamos, a la vuelta yo trotaba al lado del auto hasta la entrada, que son como dos kilómetros, pero igual… tenía 9 años. Era como un juego, era inquieto, quería saber que había más allá. En Coyhaique pude resolver esa inquietud de ver todas las cosas que puedo explorar», cuenta.

El 2009 entró a estudiar Ingeniería Civil Electrónica en Viña del Mar. «Si tú me preguntas ahora si me veo ejerciendo como ingeniero civil electrónico mi respuesta es no. Pero en ese tiempo fue el balance perfecto, porque corría en las mañanas y me iba después a clases. Corría a las seis o a las siete de la mañana y luego me iba a la universidad. Llegaba a las clases muy cansado, me tomaba un café e intentaba entender algo», comenta.

Desde muy chico siempre le gustó hacer deporte. En el colegio probó sus destrezas en todas las disciplinas que pudo, pero según él, nunca fue bueno en ninguna. «No soy alguien con afinidad motriz alta ni manejo del balón. Me gustaba correr en los partidos, pero no era el que hacía los puntos. Nunca. Lo intentaba y practicaba, pero no podía no más. Así que un día empecé a trotar como cualquier persona, tres veces a la semana. Pesaba como 15 kilos más que ahora, tenía una contextura más sureña», relata entre risas.

Un verano viajó a Coyhaique por vacaciones y comenzó a leer artículos europeos y ver vídeos sobre corridas en cerro. Al día siguiente, con todas las ganas del mundo se internó en un cerro de la ciudad y corrió durante una hora. Cuando volvió a Santiago para empezar de nuevo la universidad, fue al cerro El Carbón para probar suerte. «No llevé agua, nada. Era como el primer fin de semana de marzo y hacía mucho calor. No pude llegar a la cumbre porque estaba deshidratado, me sentía pésimo, no podía trotar de vuelta, de hecho caminé un poco. Cuando llegué a mi casa pensé ‘esta wea es la raja’. Y ahí empecé a trotar más, todos los fines de semana iba a los cerros de Santiago, pero siempre solo, hasta que un día dije… voy  a meterme a una carrera», cuenta.

El 2012 se inscribió en una competencia de 21 kilómetros en Olmué. Hasta ese entonces, nunca había corrido en calle, ni siquiera cinco kilómetros. «No tenía idea de cuánto corría normalmente, no sabía cuánto eran 21 kilómetros, así que fui no más. Estaba muy nervioso, más encima me enfermé y fui con fiebre (pero no iba a dejar de ir). Me acuerdo que hacía mucho calor y yo estaba con cortavientos con gorro y todo. Corrí y dije ‘esto es lo mío’», recuerda.

En octubre de ese mismo año Moisés se inscribió para correr los 50 kilómetros del Endurance Challenge y conoció a Max Keith: «Fue el primer Endurance de Moi y el segundo mío. Como había corrido 80 kilómetros la vez anterior y me había ido mal decidí correr 50. Y ahí nos topamos», dice Max. En ese tiempo seguían siendo muy pocos los que conocían las competencias de trail, por lo tanto el círculo de corredores era muy acotado. «Yo tenía claro quiénes eran los mejores de esa época», agrega Max.

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(Cici Rivarola)

«Entonces me acuerdo que estábamos en la hacienda Santa Martina y en el kilómetro 15, al comienzo de la carrera, este weón me pasa muy rápido. Me di cuenta que no había cinta y que Moisés se me había escapado, yo pensaba en mi cabeza ¿quién es? No me puede pasar jaja… con la competitividad a flor de piel. Cuando veo que no había cinta, empiezo a gritarle, ¡Oye parece que nos equivocamos! ¡No es por acá! Y Moi iba con música porque no me escuchó, pasó no más. Entonces me di la vuelta y le avisé a los de atrás que estábamos mal y nos devolvimos por el camino correcto. Después seguimos y yo pensé… ah este weón cagó…llegó a Providencia…ja, ja, ja. Diez kilómetros después Moisés vuelve a pasarme hecho un mono. Y yo no la creía», cuenta.

En el último tramo Max alcanzó a Moisés y logró pasarlo. Cuando la competencia había terminado se acercaron de inmediato a conversar, eran de los pocos que tenían menos de 25 años, así que rápidamente se hicieron muy amigos, intercambiaron teléfonos y quedaron de ir a correr juntos.

Se dieron cuenta que ambos estaban trabajando y estudiando en Viña del Mar, por lo tanto se les hizo mucho más fácil coordinar salidas a entrenar. Lo que hacían era juntarse todos los días antes de sus deberes y correr. «Ahí se nos iban ocurriendo ideas, Max siempre venía con un cerro nuevo e íbamos juntos. Cuando nos inscribíamos en carreras, antes de ir, acampábamos por el lugar y hacíamos rutas por otros lados. No había mucha gente que hiciera ese tipo de cosas. Coincidimos en que teníamos los mismo intereses, teníamos el mismo sentido del humor, así que enganchamos de una», dice Moisés.

Conquistando Cerro Castillo

El año 2013, Max se autoimpuso subir 200 cerros en un año. Tenía un blog donde escribía sus travesías y cuando lo concretó el 31 de diciembre de ese mismo año, la marca The North Face Chile se interesó por él. «Me escribieron una carta felicitándome», dice. Y desde ese momento comenzó lentamente a involucrarse dentro del mundo del deporte y el trail running.

Moisés por su parte también estaba probando suerte con algunas marcas. «Yo entré a The North Face un poco después que Max, cuando él ya estaba pololeando con ellos ja, ja, ja…todo era muy bonito en esa época», cuenta.

A pesar de tener una marca de respaldo, ellos afirman que eso no les aseguró sus futuros ni los mantiene viviendo una vida de lujos. «No es como que las marcas llegan y te dicen: tomen gástense todo esto y vaya a cualquier parte. Todo ha sido gracias al trabajo que hemos hecho» dice Max. «No estamos cerca de vivir una vida lujosa por correr en el cerro, eso no existe. Lo que hemos hecho ha sido a capela no más. Por ejemplo, cuando partimos con TNF, a nosotros se nos ocurre la idea de ir a correr afuera, pero ellos no estaban preparados para este tipo de ambiciones, entonces nos apoyaron con lo que ellos podían. Si uno quiere profesionalizarse de alguna forma, quedándose acá, de repente no avanzas y te puedes perder mucho. Todo está pasando afuera. Mucha gente atribuye el éxito que hemos tenido a eso. Las cosas que hemos logrado han sido por la consistencia que hemos tenido», aclara Moisés. Entonces fue así, como tiempo después se reunieron con la marca que los auspicia para comenzar un importante proyecto en Cerro Castillo (Coyhaique), que suponía abrir una nueva ruta en un tiempo nunca antes registrado por nadie. Los días de preparación y planificación fueron muchos e intensos, pero culminaron en un logro inédito para ellos: recorrer 55 kilómetros en uno de los lugares más increíbles y exigentes del sur de Chile. «El 2015 nos internamos dos semanas para correr el circuito. Sin pretensiones. Por lo general la gente se demora tres o cuatro días en hacerlo y nosotros lo hicimos en seis horas y media», cuenta Max. ¿Y por qué Cerro Castillo? Bueno, porque fue el lugar con el cual Moisés ha soñado desde que llegó a la Patagonia y uno de los cerros que Max siempre quiso conocer. «Siempre fue mi excusa perfecta para mejorar en todos los ámbitos, porque sabes que para ir tienes que entrenar, y a la hora de rendir cuentas, tienes que llegar hasta arriba. Para mí, esa es la parte entretenida de cualquier deporte: subir», dice Moisés. Después de lograr el récord, ambos quedaron fascinados con Cerro Castillo, así que decidieron armar un proyecto diferente que involucrara nuevamente tener que visitar el lugar. «A los dos nos interesa hacer otras cosas que no sea competir, como explorar y conocer sitios nuevos y siempre hemos tenido la oportunidad de hacer cosas», cuenta Moisés.

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Asimismo, el año 2016 los dos escribieron una lista con varios desafíos por cumplir en diferentes regiones de Chile y dentro de ese escrito estaba una travesía por Cerro Castillo. «Por una cosa de gusto, obviamente elegimos ese proyecto, pero era el más difícil de todos los que habíamos propuesto, porque se escapaba de nuestra zona de confort», dice Max.

Para ellos, esta aventura se les dificulta en términos de habilidades, porque implica además de correr, escalar y moverse en hielo, cosas que ninguno de los dos realiza muy a menudo. Independiente de eso, decidieron llevarlo a cabo, se prepararon un par de meses y este año a principios de marzo fueron a tantear terreno a la región de Aysén. «Fuimos a conocer la ruta, con varias ideas en nuestra cabeza. Nos dimos cuenta de muchas cosas, aprendimos mucho de las condiciones del cerro, que necesitamos y qué no, pero nos faltó experiencia. El proyecto está por dos o tres niveles de lo que hicimos», agrega Max.

Actualmente, están reforzando las prácticas que no tienen dominadas, pero que de alguna forma siempre les han llamado la atención y que han sido parte de su estilo de vida. «Los últimos dos años, me he metido un poco más en el mundillo de la escalada. He estado yendo a gimnasios, leyendo cosas, viendo que están haciendo afuera. Creo que tiene mucho que ver con la vida al aire libre, con subir cerros. Llegó un punto en que pensé: no quiero correr de aquí a 100 años, y tomé involuntariamente la decisión de hacer una par de carreras al año y entrenarme bien pero también aprender a escalar o a randonear, que son cosas que siempre me han gustado. Más que hacerlo como amateur o de forma recreativa mi idea es hacerlo más en serio», señala Max.

Por su parte, Moisés a lo largo del tiempo también se ha interesado por deportes relacionados a la montaña. El 2012 se inscribió en un taller de escalada en la universidad y le encantó. «Al mismo tiempo estaba corriendo en cerro. Entonces llegó un punto en que tuve que decidir por uno de los dos. Vi cuál me gustaba más en ese momento como para casarme con ese. Elegí el trail y dejé de escalar por varios años. Pero hace un tiempo mi nivel de entrenamiento me dejó usar energías en otras cosas, entonces volví a meterme en otras disciplinas. Para mí correr es lo principal, pero lo que me interesa ahora es moverme en la montaña, ya sea andar en bici, esquiar, hacer randonée o escalar y crecer en todo eso. Disfrutar de la montaña. Esa es la meta», explica Moisés.

Los dos se han cautivado mucho por la escalada de manera separada, pero lo juntaron en el punto que les permitió crear un proyecto serio y relacionado con la montaña; el lugar que para ambos significa algo indescriptible.

«Lo valioso de esto, es que nos interesa mezclar disciplinas e ir un poco más allá de asistir a una carrera. Queremos estar en este ambiente quizás incómodo para nosotros, pero que nos va a servir para desarrollarnos como atletas de montaña, que es lo que a los dos nos interesa», dice Max.

Desde los comienzos hasta ahora

Cuando se internaron en el mundo de correr en cerro, había menos de la mitad de eventos y carreras que hay en la actualidad. Según ellos existía un ambiente muy diferente, de más compañerismo y buena onda. «Éramos tan poquitos que íbamos solo a pasarla bien, en el fondo no se prestaba para nada más. No importaba si la carrera era más larga o más corta. Íbamos y aprovechamos lo que había, la idea era disfrutar», cuenta Moisés.

Ambos partieron desde muy abajo, con lo justo y necesario. Les costó mucho tener éxito en las competencias y la deshidratación siempre fue parte de sus carreras. «Nunca he sido una persona de lucas. A mí y al Moi nunca se nos ha dado nada fácil, yo creo que cometimos los mismos errores por años, pero eso nunca nos desmotivó. Cuando corría terminaba cada vez más mal, pero al día siguiente quería volver», dice Max.

Más que triunfar en el podio, Max y Moisés siempre corrieron por gusto, y si bien les afloraba una parte competitiva, vieron eso como una manera de entrenar, más que de ganar una medalla o una satisfacción personal.

«En ese tiempo no habían tantas redes sociales, entonces podías ir a correr y nadie se enteraba, y era igual de confortable que ahora. Hoy, si no se publica en Instagram es como que no lo hiciste ¿cachai? Al final todos entramos un poco en ese juego, y creo que está bien porque es parte de la evolución, pero se ha perdido un poco la esencia y familiaridad que había en un principio», recalca Max.

Creen que si bien muchas personas suben cerros o corren ultra distancias por temas de apariencia, en la medida que haya más gente practicando esta disciplina las marcas utilizarán más recursos para hacer eventos y levantar el deporte en Chile. «Nosotros tenemos la responsabilidad de aportar nuestro granito de arena para que el deporte crezca de la mejor forma posible, no me siento dueño de la verdad ni nada, pero creo que han habido elementos que no nos han favorecido, no solo a mí, sino que a todos los que suben cerros», dice Max.

Para Moisés el trail running se ha convertido en el deporte del ego, una forma de impresionar a los demás con las carreras y con los kilómetros acumulados. «Ese es el cáncer de este deporte, por lo menos aquí en Chile se ha convertido en una competencia de ego más que en una competencia deportiva. Para mí sigue siendo disfrutar la montaña, me da lo mismo cuando alguien viene y me dice ‘oye tengo 40 ultras’. Por ejemplo, el primer semestre no corrí ninguna carrera y no me cuestiono si soy o no un corredor porque estoy seis meses sin competir. Estoy preparando proyectos, estoy entrenando todos los días y me siento incluso más inspirado, motivado y corredor que nunca, todos los días», afirma Moisés.

Ambos mantienen esta opinión porque han tenido la posibilidad de experimentar competencias y conocer la cultura deportiva de otros países. Por ejemplo, en Europa y EE.UU. tienen filosofías muy diferentes del deporte que se relacionan más con un estilo de vida. «Los deportistas de afuera llevan años en la montaña y no se creen más o menos porque han corrido tantos kilómetros o subieron tal cerro, es parte del día a día…y eso me gustaría ver más acá, más gente disfrutado de la vida al aire libre, pero por gusto», recalca Max.

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(Cici Rivarola)

Cuando Max compitió en el extranjero se dio cuenta del gran nivel deportivo que existe, conoció a personas que además de ser mayores que él, tienen trabajo, familia y una vida atlética activa. «Pero no por eso son héroes o mejores. Se te bajan todos esos humos falsos que se hacen en Chile. La realidad en otros países es otra, viven el deporte de otra forma. El respeto que tienen cuando alguien gana es diferente al de acá», cuenta.

Por otro lado, Moisés critica que en nuestro país las competencias intentan premiar por todo, y eso hace que las personas suban su ego. «Deberían ir por satisfacción, no porque te vas a subir al podio por ser de la categoría entre 50 y 52 años que vive en Santiago y son calvos. Y si no existe esa categoría, igual buscan un premio. En Europa si tienes 100 o 15 años te premian por los primeros tres lugares y si no, no. Para mí esas cosas culturales son interesantes», comenta.

Sin embargo, para Max y Moisés este deporte sigue significando lo mismo que cuando partieron, lo que necesitan para estar felices. Siempre han intentado estar al margen de todos los problemas que se generan en torno al trail running, porque para ellos no representa algo superficial, muy por el contrario, la montaña les ha permitido ser ellos mismos, y hoy, forma parte de sus vidas y pretenden seguir haciéndolo por muchos años más.

«Esto de alguna forma me ayudó a encontrarme. Quizás si no corriera estaría trabajando como ingeniero comercial en una oficina de mierda, angustiado con mi vida. Aunque ahora paso más tiempo en Santiago, igual todos los días me levanto y voy a correr, llevo una vida bien diferente, tengo hartas libertades. Yo sé que mucha gente cree que podría tener un vida más cómoda de la que tengo ahora, pero quizás no sería tan feliz», dice Max.

«Con este deporte he conocido gente increíble, he vivido experiencias. Conocí otras culturas, otros lugares. Me di cuenta de las cosas que son realmente importantes, que van más allá de lo material. Aprendí a valorar las experiencias y me volví más ambicioso, consistente y ordenado. Correr le da forma a mi vida. Les he dado lecciones a ciertas personas, mis viejos al principio miraban mal esto de correr. Me decían ‘anda a estudiar, qué haces corriendo’… y ahora vivo y giro en torno a esto, y se han dado cuenta de lo importante que es para mí. Lo han aprendido a valorar y a entender, y así con muchas personas. Entonces eso es un buen regalo, el poder darte cuenta que le has demostrado a gente importante que éstas cosas valen la pena, que más allá de comparar cotizaciones o asegurar tu vida y empezar a pagarla, yo estoy muy feliz viviéndola», finaliza Moisés.


Esta entrevista apareció en la edición de Outside Chile, septiembre/octubre 2017

El 14 de octubre, Moisés Jiménez compitió en el Endruance Challenge 2017 y ganó la categoría de los 50 kilómetros. Además,  fue el mejor latinoamericano de la carrera CCC de Ultra Trail du Mont Blanc al finalizar en la posición 38 de la clasificación general de los 100 kilómetros, el septiembre pasado.

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