Una inespereda aventura por el área marina protegida de Lafken Mapu Lahual

Una imprevisible travesía por las entrañas de la salvaje e indómita Red de Parques Indígenas de Mapu Lahual.

A más de 60 kilómetros al oeste de Osorno, entre las comunas de San Juan de la Costa, Río Negro y parte de Purranque, se esconde la increíble y poco conocida Área Marina Protegida Lafken Mapu Lahual, cuyo nombre en mapudungún significa tierra de alerces. Territorio de más de 500 mil hectáreas, que se encuentra inmerso en la cordillera de la costa, y cuya extensión alberga la Red de Parques Indígenas Mapu Lahual, la cual es administrada por una decena de comunidades de origen mapuche-huilliche.

Zona dedicada principalmente a las actividades  madereras, pesqueras y al incipiente desarrollo del turismo, y la cual  se ha hecho conocida en el último tiempo por la localidad de Caleta Condor. Justamente, fue a través del nombre de aquel balneario que fue destacado por el diario británico The Guardian como uno de los diez paisajes más increíbles de Chile, que me interesé por ir a descubrir este mágico territorio abundante en biodiversidad, en el que conviven alrededor de 911 especies, entre flora y fauna.

Corría la primera semana de febrero, y luego del  fracaso de un ambicioso viaje en camión hacia la Patagonia, me puse a buscar destinos. Fue así como después de ver una publicación en Facebook en un grupo de mochileros, Caleta Cóndor se puso en mi horizonte. Tras buscar información sobre el lugar, y después de revisar un par de fotos, no dudé en comprar un boleto de bus con destino a Osorno. El objetivo era llegar en embarcación a la paradisíaca caleta.

Ya en la ciudad osornina,  abordé una desdeñada micro rural que a través de la Ruta UB 410 se fue internado hacia la costa con destino a Bahía Mansa, en un tranquilo viaje de alrededor de una hora. Al llegar a esta bella caleta de pescadores, de inmediato sentí el exquisito  olor a empanadas fritas proveniente de unos puestos de comida ubicados a metros del muelle principal, donde una decena de embarcaciones  aguardaban el cese de las fuertes ventiscas para adentrarse  en búsqueda de los diversos productos marinos típicos de la zonas, como los locos, las centollas, y las abundantes sierras.

Mientras que el par de lanchas que parten diariamente hacia Caleta Cóndor, —que son  las únicas embarcaciones que te llevan directamente a la caleta—, habían postergado sus viajes hasta la mañana siguiente. Aquello, produjo un cambio radical en mis planes: si iba a llegar, sería caminando a través de una caminata de más de 40 kilómetros. No había tiempo que perder, y mochila al hombro recorrí caminando los cerca de cinco kilómetros que separan Bahía Mansa con el espectacular balneario de Maicolpué.

Desde la costanera, se podían apreciar en toda su magnitud las dos extensas playas  de  arenas claras, que están divididas por el río que lleva el mismo nombre de la zona, y que contrastan con el intenso verdor del imponente  bosque valdiviano que cubre los escarpados cerros que protegen la bahía, los que dan la impresión de hundirse en el mar. Maravillado con el increíble paisaje, que era coronado con un grandioso sol,  no tardé mucho en llegar y sumergirme en las heladas y refrescantes aguas del Pacífico.

A diferencia de Bahía Mansa, Maicolpué está muchos más preparada para la recepción de visitantes, al contar con una decena de servicios de hospedaje, desde  económicos campings a la orilla de la playa, hasta cabañas y hosterías, además de una amplia gama de negocios, locales, como pequeños supermercados, botillerías, puestos de comida tradicional y de comida rápida.

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La fascinante aldea costera de Manquemapu, donde tuvo lugar el Festival Nómade 2017. (Felipe Arias)

Luego de una media hora de  búsqueda, di con un económico y tranquilo camping que está a menos de 400 metros de la playa, al borde de un estrecho camino que se interna entre los altivos cerros, y  a la vuelta de la terrosa avenida en que están instalados la mayoría de los locales comerciales.

Conversando con una señora que tiene un quiosco en el que los milcaos recién salidos del aceite hirviendo son la principal atracción, me fui enterando sobre los riesgos del viaje que deseaba emprender. —Usted está loco si quiere irse solo pa Cóndor. Es muy peligroso, no anda nadie. Imagínese le pasa algo, y a quién le va a pedir ayuda, a las vacas?— me dijo, mientras yo cuchareaba su exquisito pebre.

Pero como nunca hay que quedarse con la primera impresión, fui a preguntar a otra persona sobre la inhóspita ruta. —Tiene que tener cuidado, porque como no está bien marcado el camino, es fácil perderse. Yo ni cantando iría sola— me advirtió la dueña de un pequeño supermercado.

Su advertencia me hizo entrar en razón: era una locura ir solo. No me podía arriesgar a perderme en medio de bosques prácticamente vírgenes, sin mapa y sin compañía. Los planes volvían a cambiar. Fue así como tomé la decisión de continuar al día siguiente hacia el sur, pero solo hasta la inhóspita playa de Tril Tril, —ubicada a menos de 4 kilómetros—. De vuelta tenía pensado irme directo a Osorno, para partir el mismo día hacia Cochamó.

A la mañana siguiente, me desperté temprano para recorrer por un par de horas los alrededores del bello Parque Pichimallay. Tras aprovechar la mañana caminando por un breve sendero donde predominan especies como los alerces y los olivillos costeros, volví al camping  a recoger mis pertenencias, y  para luego  partir  después de almuerzo  rumbo a una de las playas más salvaje de la costa osornina, a la cual  se debe llegar  a través de un empinado camino que se encuentra en construcción, y que actualmente tiene una calzada pavimentada que permite el acceso a vehículos.

Después de unos 40 minutos de caminata, en la que fui acompañado por un simpático perrito hasta el descendente tramo final, llegué por fin a esta increíble maravilla natural cubierta de bosques nativos, en cuyas empinadas laderas se encuentran las menos de 30 cabañas que desde una vista privilegiada contemplan el océano.

Sin electricidad, sin señal telefónica y sin ningún negocio comercial, Tril Tril brinda una experiencia de desconexión absoluta, en la que el rugido del mar, el soplido del viento, y los mugidos de un par de vacas que llegan a pastar a metros de la playa, son la banda sonora perfecta para disfrutar de su naturaleza indómita.

Instalé mi carpa en un amplio pastizal a la orilla del río que atraviesa de forma paralela  parte de la playa en el que dos familias y una joven pareja de mochileros tenían instaladas sus tiendas. Apenas terminé de armar mi tienda, me dirigí a recorrer el  inolvidable balneario de arenas claras, que maravillosamente aquel día no tenía más de 20 visitantes: ¿Qué más se podía pedir?.

Caía la tarde, y junto a mis vecinos mochileros decidimos subir por las boscosas laderas para ver el ocaso desde un lugar privilegiado. En silencio, contemplamos maravillados como el astro solar fue formando un estrecho y brillante camino de luz por sobre el mar, mientras se iba trasladando de hemisferio.

Ya de vuelta en la zona donde teníamos las carpas, encendimos una fogata para cocinar y para calentar el cuerpo, en momentos en que la oscuridad era casi absoluta. Después de comer, un par de luces provenientes del descendente camino que llega a la playa nos llamaron la atención. Eran cinco mochileros que habían salido pasada las nueve de la noche desde Maicolpué.

De inmediato, se acercaron a saludar. Traían consigo esa buena vibra que se percibe en los mochileros. Les conté de mi frustrado viaje hacia Caleta Cóndor. «Nosotros mañana nos vamos  caminando, vamos weón» —me dijeron. Y yo, como sabía que tenía la comida y el tiempo suficiente, no le di vuelta al asunto. —«Vamos, no se diga más».

A  la mañana siguiente, luego de desayunar una gran ración de avena con leche, partimos raudos hacia la aventura. «Una vieja nos  metió miedo, nos dijo que nos podemos morir, que hay leones», me contaba uno de los muchachos entre risas. Comenzamos a ascender por un empinado sendero que asciende entre los cerros que bordean la costa. Tal como me dijo la señora de los milcaos, fueron las vacas  casi la única compañía que nos topamos en kilómetros.

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(Felipe Arias)

La ruta se fue volviendo cada vez más exigente a medida que nos internábamos cada vez más al interior de los boscosos cerros del Parque Pedro Leroy, en el que predominan especies como los alerces, coihues, tepas, raulíes, canelos  y arrayanes, que junto al olor a tierra mojada, crean un aroma especial y único. El peso de las mochilas y las pronunciadas subidas del sendero, sumados al intenso calor, comenzaron a pasar la cuenta después de un par de horas de caminata, por lo que en más de una ocasión  nos vimos en la obligación de parar a descansar. Pero a pesar del cansancio, el ánimo era el mejor.

Seguimos a través de antiguos caminos madereros que en más de una ocasión nos fueron confundiendo, hasta llegar al ansiado estero, donde teníamos dispuesto almorzar y hacer una pausa más larga. Luego de lo cual continuamos a tranco firme hacia Caleta Huellelhue, sector en el que nos habían dicho que se debe cruzar en bote a través del río del mismo nombre.

Cuando pensábamos que ya nos encontraríamos con ningún ser humano en el camino, aparecieron dos tipos que iban de vuelta hacia Maicolpué, quienes nos dieron indicaciones para tomar un atajo. «Van a ver un letrero que señaliza que el camino hacia Huellelhue está a mano izquierda, pero tienen que seguir a la derecha y caminar hasta llegar a una casa de madera y de ahí subir por la colina hacia encontrar un camino», nos dijo uno de ellos.

Al llegar al sector donde estaba el mencionado cartel, dudamos si hacerles caso o no. Pero finalmente terminamos por seguir su dudosa recomendación, internándonos a través de un estrecho sendero plagado de matorrales. Tras largos minutos de caminata, llegamos la mencionada vivienda, la que en esos momentos estaba deshabitada, y que tenía una decena de manzanos con pequeñas  y sabrosas manzanas verdes, las que sin culpa sacamos y comimos como si fuesen un regalo caído del cielo.

Tras subir la colina, comenzamos a descender hacia la pequeña y apacible caleta perteneciente a la comuna de Río Negro, donde Don Sergio Llancar, su señora, sus hijos y un par gatos viven hace más de 30 años en una bonita casa de madera a unos cuantos metros de las aguas del río, y en la que ofrecen alojamiento, comidas típicas, además del cruce en bote hacia la otra orilla, y otros paseos.

Conversando con Don Sergio camino al bote, me fui enterando del preocupante aislamiento en que viven las no más de 15 familias, las que no cuentan con un servicio de salud que pueda atenderlos en caso de sufrir alguna enfermedad, teniéndose que trasladar por una decena de kilómetros a pie para llegar al camino que conecta la zona con la ruta hacia  Río Negro,  que se encuentra el  Centro de Salud Familiar (CESFAM) y el Hospital .Y en casos de mayor gravedad, los pacientes deben trasladarse más de 50 kilómetros hacia el hospital de Osorno.

Como el  bullado caso de Diego Aucapán, menor que en agosto de 2014 tuvo que ser trasladado de urgencia desde Huellehue al hospital comunal durante 8 horas, dos en lancha, cuatro caminando y dos en ambulancia,  debido a un intenso cuadro de hepatitis. Debido a su gravedad, el menor de nueve años debió ser trasladado al hospital regional de Osorno, y posteriormente trasladado en helicóptero hacia Santiago, donde fue atendido de urgencia en el Hospital Luis Calvo Mackenna.

Después de ser dejados por Don Sergio en la otra orilla —servicio que tiene un costo de mil pesos por persona—, continuamos ascendiendo por una arenosa ladera, que cada ciertos tramos tenía dispuestos escalones de madera, la que al cabo de menos de una hora de caminata, nos condujo hacia nuestro primer destino: la indómita, virgen y desolada playa de Rada Ranu.

Aquel balneario de aguas y  arenas claras que se encuentra cercada por verdosos cerros  cubiertos de bosques nativos, nos sorprendió con su espectacular belleza, haciéndonos olvidar  del cansancio de las más de seis intensas horas que nos demoró llegar allí. Continuamos caminando descalzos  por sus casi 3 kilómetros de extensión para dar con el mejor lugar para acampar.

Instalándonos en un amplio y plano pastizal, a unos pocos metros del riachuelo que desemboca en el mar,  muy cerca de las cuatro únicas carpas que habían en el deshabitado lugar, las que eran ocupadas por un grupo de mochileros que venían desde Caleta Cóndor, y que habían llegado el día anterior al  mágico balneario. La tarde culminó con una entretenida y agotadora pichanga a la orilla del mar, mientras un grandioso atardecer pintaba arreboles en el cielo.

Sentados alrededor de una fogata instalada en la arena, cenamos, conversamos y disfrutamos del sonido del mar y de la guitarra, en una apacible y estrellada noche que probablemente nos costará olvidar.

A la mañana siguiente, desayunamos y partimos raudamente hacia nuestro destino final. Pero antes de abandonar el inolvidable balneario, una  sorpresa aguardaba por nosotros  en un roquerío ubicado en las faldas del boscoso cerro que cerca la parte sur de la playa. Era un pequeño y hermoso pudú, de manchitas cafés,  que estaba disfrutando de la brisa marina arriba de una roca. Por unos breves, pero tremendamente mágicos segundos, estuvimos admirando a este bello ejemplar, hasta que se perdió entre la agreste vegetación en búsqueda de su madre.

Continuamos la caminata internándonos por los senderos del parque Gilberto Cumlef, en medio de sus inalterables bosques, donde sin duda, uno de sus mayores atractivos son los delicados y rojos copihues que cuelgan de sus retorcidas enredaderas, cuyo nombre  proviene del verbo kopun, que en mapudungún significa estar boca abajo.

Las empinadas laderas nos fueron desgastando a media que corrían las horas. El camino se fue volviendo tedioso e interminable, mientras el peso de las mochilas sobre los hombros incomodaba de sobre manera. Teniendo que parar cada ciertos minutos para descansar, ocasión que también aprovechamos para  hidratarnos y comer. Por momentos, me era inevitable pensar en que esos mismos caminos fueron recorridos por los antepasados de los actuales habitantes indígenas de la zona.

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(Felipe Arias)

Pese al evidente cansancio, la motivación y el ánimo no decayeron, e incluso aumentaron cuando después de casi cinco horas de extenuante caminata nos encontramos con un increíble y pequeño balneario de aguas turquesas. Completamente maravillados comenzamos a descender por la ladera para llegar de inmediato a aquel soñado lugar donde debíamos abordar el segundo bote para trasladarnos a la otra orilla y así poder continuar el sendero.

Apenas llegamos, algunos se dedicaron a buscar a la persona dueña del bote, mientras que yo junto al resto decidimos darnos un merecido y gélido baño. En momentos en que seguíamos esperando a que apareciera la persona que nos podía cruzar en su embarcación  a través del magnífico río Cholguaco, apareció un pequeño bote que era comandado por un amable señor que accedió a cruzarnos sin cobrarnos ni un peso.

Felices descendimos de la barcaza, y tras una breve pausa, retomamos la marcha por el tramo final  de menos de cinco kilómetros, en el que nos encontramos con un par de empinadas pendientes y con una pantanosa zona, donde una enorme chancha amamantaba a sus cerditos. Llegando a la ansiada caleta luego de terminar de bordear el bello río que circunda la península.

Tras cotizar diferentes ofertas de alojamientos, decidimos quedarnos en el económico camping de la Comunidad Mapuche Lafkenche (2.500 pesos por persona), ubicado a unos 400 metros de la playa y a un costado del río Cholguaco. Allí  tuvimos la oportunidad de compartir con Don Florentín Hernández, un simpático caballero de origen mapuche, que trabaja en el camping, y que iba para todos lados con su radio —único medio existente para comunicarse entre las comunidades de la zona— y un maletín.

Don Florentín, me contaba que es muy poca la gente que viene durante el invierno, donde predominan las lluvias y el frío, por lo que es el verano la temporada en que los lugareños deben tratar de sacar los mayores réditos económicos para soportar el resto del año.

Temporada en la que ofrecen desde desayunos, almuerzos, comidas típicas,  hasta cabalgatas, excursiones a pie, en kayak y  en lancha por diferentes sectores de esta maravilla natural, en los que se puede avistar toninas, pingüinos, e incluso ballenas, entre otras especies.

Luego de terminar de armar nuestras carpas, partimos raudamente a la playa, la que con sus aguas turquesas y sus arenas blanquecinas no deja indiferente a nadie. Allí nos deleitamos con su indescriptible belleza,  y con su sobrecogedora tranquilidad, que nos hicieron olvidar por completo las casi 13 horas de caminata.

Ya bien entrada la tarde, cuando el ocaso terminaba de pintar el cielo, regresamos al camping a cenar y a prender una gran fogata a un costado de nuestras tiendas. Guitarreado fogón que duró hasta altas horas de la madrugada y que terminó congregando a un par de prendidos campistas más, los que encendieron aún más el improvisado carrete con la llegada  de sus troncos de madera y sus respectivos brebajes alcohólicos, entre los que sobresalía un exótico melón calameño con vino blanco.

A la mañana siguiente, un radiante sol nos obligó a  salir de nuestras carpas a eso de las 11 am. Motivado, salí a recorrer esta aislada caleta que no tiene calles ni alumbrado público. Encontrándome con una pequeña ñiña de evidentes rasgos indígenas, que jugaba a la orilla del río con un palo de madera, y con un par de caballos salvajes que se alimentaban en un amplio y verde pastizal que conduce a la playa.

La ocasión la aproveché para ir a comprar pan amasado recién salido del horno a la casa de una amable señora, que ofrece almuerzos, sopaipillas empanadas de locos y de diferentes mariscos de la zona; y para sellar una pichanga de fútbol con un par de niñitos que estaban peloteando a pocos metros del mar, a un costado de su bella casa de madera, con los que acordé juntarme a las siete de la tarde en el mismo lugar.

Tras seis largas horas de caminata, arribamos a la salvaje y desolada playa de Rada Ranu, una de las joyas menos exploradas de la costa osornina, y un lugar ideal para descansar antes de partir a Caleta Cóndor. (Felipe Arias)

Tras seis largas horas de caminata, arribamos a la salvaje y desolada playa de Rada Ranu, una de las joyas menos exploradas de la costa osornina, y un lugar ideal para descansar antes de partir a Caleta Cóndor. (Felipe Arias)

Después de comer nuestro desayuno-almuerzo, volvimos a pasar el día a la orilla del océano con la infaltable guitarra. Pese a la baja temperatura del agua, nos sumergimos tanto y más que el día anterior. No había preocupaciones y una sensación de libertad absoluta nos invadía.  Jugamos un entretenido juego de cartas  llamado care caca, el que yo no conocía, y en el que terminé siendo el peor debutante de su historia, al perder en todas las partidas. Ganándome las burlas del resto.

Intenté reivindicarme en el póker, el que jugamos con fichas hechas de trozos de algas, pero definitivamente no era mi día, y no pude demostrar el talento que según yo tenía. Caía la tarde, y un espectacular atardecer nos avisaba que era hora de ir a jugar a la pelota con los pequeños. Durante una hora y media estuvimos jugando a pie pelado sobre el pastizal, hasta que la pichanga no dio para más.

Volvimos al camping, para cenar y organizar la última fogata de nuestro viaje. Al día siguiente yo tenía previsto volver en embarcación a Bahía Mansa y de ahí dirigirme a Osorno, mientras que los muchachos tenían pensando caminar ocho horas más hacia el sur de la caleta, con destino a la localidad costera de Manquemapu, para desde ahí tomar locomoción a Osorno. Sin embargo, fue tanta la buena onda que se generó con el grupo de amigos viajeros, que decidí hacerles caso y me comprometí a seguir con ellos, priorizando la aventura por sobre  la comodidad.

Armamos una gran fogata al medio del camping, a la que habíamos invitado a un par de personas. Entre ellas, a un grupo de seis amigas que nos habíamos topado en la playa, y que inesperadamente llegaron tras habernos buscado por todos los campings del lugar. Cantamos, reímos, y contamos historias de terror junto al fuego, con una imponente luna llena de testigo, y con la visita inesperada de una breve llovizna que si no hubiese sido por el fogón, nos habría empapado.

Esta vez la velada no duró tanto como la anterior, puesto que debíamos partir a las 9 am con un guía que nos internaría por cuatro horas hasta la mitad del camino hacia Manquemapu, cuyo nombre en mapundungún significa tierra de cóndores. Pasada la hora acordada, comenzamos la ardua caminata, y de inmediato comencé a recriminarme el haber continuado caminando con la mochila al hombro, pero como me había comprometido, no podía abandonar: mi palabra estaba en juego.

Don Ricardo, el simpático guía que nos cobró 25 mil por sus servicios, nos fue hablando  de la caleta y de la flora de la zona. Confidenciándonos que encuentra excesivos los  20 mil pesos (por el viaje de ida y vuelta) que se cobrar a los visitantes a la caleta, puesto que es un negocio que solo beneficia a los dueños de las embarcaciones y  no a la comunidad en general, y que por su precio, termina alejando a muchos viajeros. Opinión que sin duda, comparto.

Cuando nos estábamos acercando al mirador en que se puede ver al balneario en toda su magnitud, nos cruzamos con un lugareño que comenzó a encarar a nuestro guía. «Este señor me estafó con dos animales, es un fresco» —nos dijo ante la mirada atónita  de Don Ricardo, quien no fue capaz de decir nada, y que unos metros más allá nos desmintió el asunto.

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(Felipe Arias)

Ya en el mirador, maravillados contemplamos la magnífica forma de tortuga que tiene la península y el contraste que se produce entre el verdor del océano y las oscuras aguas del río Cholguaco. Allí tuve que enseñarle a Don Rica a tomar una foto, para que nos inmortalizara con la caleta de fondo, quien al cabo de un par de fallidos intentos, pudo tomar una correcta postal.

Continuamos atravesando los bosques vírgenes de Mapu Lahual, pasando por empinadas cuestas, que nos obligaron a parar a descansar en varias ocasiones, y por una bella, extensa y  pampa de alerces, donde predominaba un cementerio de alerzales secos, cuyos troncos desnudos y altivos apuntaban hacia el cielo.

Nos quedaba muy poca comida, así que debimos racionar hasta el poco pan que alcanzamos a comprar antes de irnos. Medio pan para cada uno, y una cucharada por cabeza- hasta que se terminara la olla- fueron las extremas medidas de racionalización que debimos adoptar para el tramo final.

Luego de cuatro horas, llegamos hasta un bello estero, donde el guía nos dejó, y donde aprovechamos de almorzar un improvisado almuerzo, compuesto por arroz, cuscús y una crema de alcachofas que había llevado para el viaje. Resultando una extraña, pero deliciosa  y contundente mezcla.

Seguimos nuestra marcha por el terroso y a veces laberíntico sendero, el que nuevamente se fue adentrando en el bosque nativo. A medida que avanzábamos, nos fuimos encontrando con diversos y antiguos caminos madereros, así como también con gran cantidad de troncos cortados de alerces y de refinadas tejuelas a sus alrededores.

Cuando el camino se volvía eterno, y cuando el peso de las mochilas y el cansancio ya pasaban la cuenta, salimos del frondoso bosque, y el esperado sonido del mar —que en más de una ocasión confundimos con el viento— nos avisó que estábamos llegando.

Mientras descendíamos por la empinada ladera que da hacia el también paradisiaco balneario de arenas claras y aguas azulosas, comenzamos a escuchar un potente sonido proveniente de la playa: era la música electrónica del Festival Nómade, que aquel domingo estaba concluyendo, tras cuatro días de juerga.

Habíamos escuchado de que se estaba llevando a cabo, pero nunca pensamos que se mantendría hasta ese día, por lo que nuestra sorpresa fue mayúscula. La inesperada e inolvidable aventura terminaba con una exclusiva y bizarra fiesta a la que  entramos sin pagar nada, y con un inesperado viaje a bordo de un auto de una pareja de suizos que me llevaron a la mañana siguiente camino hacia Osorno.

Nada ocurrió como lo tenía planeado, y eso fue sin duda lo mejor. Aprendí que a veces hay que fluir tal como fluyen libres hacia el mar los descontaminados e indómitos ríos de Mapu Lahual.


Esta experiencia apareció en la edición de Outside Chile, septiembre/octubre 2017

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