(Getty Images)

Es un combate a muerte. Medio millón de gatos salvajes, algunos de ellos infectados con un aterrador parásito zombi, están causando estragos en Hawái. Con ellos, las especies en peligro de extinción están doblemente en peligro. Algunos los evitan y los apodan «gatitos de la muerte». Otros, harán lo que sea por salvarlos.

Un domingo de noviembre por la tarde, Michelle Barbieri, una veterinaria de vida salvaje e integrante de la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica (NOAA: National Oceanic and Atmospheric Administration), recibió una deplorable noticia.

Una foca monje hawaiana de un puerto cerca de la playa Waikiki, ubicado en Oahu, estaba en peligro. El animal estaba «vagando», sin rumbo fijo, en lugar de sacudirse en la playa, perseguir peces o hacer cualquier cosa relacionada con el comportamiento típico de una foca monje de casi dos años de edad.

Tal informe no resultó ser inusual para la veterinaria. Como jefa médica del Programa de Investigación de la Foca Monje Hawaiana, con sede en Pearl Harbour del NOAA (National Oceanic and Atmospheric Administration), Barbieri recibe actualizaciones de docenas de voluntarios que frecuentan las playas y que se convierten, finalmente, en los ojos y oídos de la isla. De esta manera, la doctora monitorea la salud de los 1.300 miembros de la especie más amenazada en Estados Unidos. Todos ellos, pobladores de las aguas de Hawái.

La encontraron vagando por el Puerto Ala Wai. Barbieri reconoció inmediatamente a la  deambulante foca. En su cola llevaba atada la identificación RN36, pero los voluntarios acostumbraban a la llamarla Uilani o «Belleza celestial». Y era como una especie de celebridad, tanto por sus tontas travesuras como por su significado espiritual. Alguna vez, durante la bendición de las canoas hawaianas, habría aparecido debajo de un doble arcoíris. Desde ese momento, algunos incluso le otorgaron el nombre Aumakua, un ancestro deificado que provee de buena suerte a los equipos competidores.

Al revisar los videos de Uilani, Barbieri pensó en los posibles peligros que podría enfrentar un mamífero como éste. ¿Alguien la había alimentado y la había enfermado? ¿Había tragado un anzuelo o había sido golpeada por una hélice? Al día siguiente, el equipo de la veterinaria capturó a Uilani con el fin de transportarla a las instalaciones de las focas monjes del NOAA. Después de extraerle sangre y tomarle radiografías, Barbieri descartó algunos padecimientos. Ningún anzuelo, ni mordidas de tiburón. Y por último, ningún trauma relacionado con barcos.

Entonces, Barbieri debió considerar su peor temor: la toxoplasmosis. Se trata de una enfermedad causada por un protozoo parasitario llamado Toxoplasma gondii, responsable de la inflamación de los tejidos, del dolor insoportable y por último, de la inevitable muerte del paciente. Y lo peor de todo, es que no existe tratamiento.

En esos momentos, llegaron a la veterinaria los recuerdos de RB24, otra foca monje contagiada con toxoplasmosis. Antes de presentar una falla orgánica masiva, la RB24 sufrió el aborto de su cría. El caso significó un doble golpe a la conservación de especies.

Tres días más tarde a su captura, Uilani también estaba muerta. Una autopsia confirmó la toxoplasmosis. El fallecimiento de esta foca sacudió a Barbieri y a su jefe, el científico Charles Littnan. Su muerte era la tercera por toxoplasmosis en 12 meses —sin contar el feto de la RB24— y la octava desde 2001. Además del calentamiento global y otros peligros que han hecho disminuir la población de esta especie, el parásito de la toxoplasmosis se estaba incrustando ahora en las hembras fértiles.

Pero existe algo más espeluznante sobre la toxoplasmosis. Algo que puede llegar a sonar cercano a la serie The Walking Dead. Para empezar, los protozoos T. Gondii, perpetradores de la toxoplasmosis, solo pueden reproducirse en el intestino de los félidos, carnívoros pertenecientes a la familia de los gatos.  Un félido puede llegar a defecar  cientos de millones de protozoos en forma de células germinales, conocidos como oocitos microscópicos. De éstos, solo uno es necesario para infectar a otro animal.

Y si bien, la toxoplasmosis normalmente afecta a los felinos, una de sus facultades es que puede saltar de un gato a otro mediante el consumo de ratas ya infectadas. Precedentemente, los protozoos pueden alcanzar el cerebro del roedor, transformándolo en una especie de zombi que pierde completamente el miedo. Al no temerle al gato, la rata es consumida fácilmente. Es en ese preciso momento cuando el parásito garantiza supervivencia al interior de su mejor portador: el gato. Estudios revelan que las ratas con toxoplasmosis tienden a juguetear incluso, en la misma orina de sus depredadores.

Foca Monje de Hawái RN36, también conocido como, Uilani, antes de morir de toxoplasmosis (Cortesía de NOAA)

Foca Monje de Hawái RN36, también conocido como, Uilani, antes de morir de toxoplasmosis. (Cortesía de NOAA)

Pero Barbieri y Littnan no tenían pruebas de que la toxoplasmosis estaba zombificando los cerebros de las focas monje. Más bien, las focas parecían recibir los daños colaterales de un combate evolutivo a muerte, entre gatos, ratas y los T. Gondii ¿Por qué la toxoplasmosis mataba a las focas, entonces? Lo cierto es que muchas especies de insectos, aves, peces y otros mamíferos pueden adquirir y transportar oocitos sin manifestar ningún síntoma. Más allá de Hawái, la toxoplasmosis mataba a nutrias, delfines tomillo, canguros, e incluso,  a seres humanos.

Se calcula que un 23 por ciento de los norteamericanos ha tenido toxoplasmosis y en algunos países, esa cifra alcanza hasta un 95 por ciento ¿Los síntomas? Parecidos a los de una gripe, pueden presentarse dolores musculares y, esporádicamente, pueden aparecer signos de ceguera y epilepsia en recién nacidos, cambios de la personalidad en adultos y un aumento en abortos de carácter espontáneo. Además, la permanencia de la toxoplasmosis dentro de un sistema inmunológico comprometido puede ser fatal.

Cuando conocí a Barbieri y a Littnan en Honolulu, después de la muerte de Uilani, discutimos el hecho de que en Hawái no existen félidos nativos. Pero lo que sí tiene Hawái, y muchísimo, son mininos domésticos. Según las cifras, solo en Oahu habitan 350 mil de estos. Pero para Littnan, dueño de un programa que cuenta con precisión las focas de 182 kilos que hay en la playa, eso es una subestimación bruta.  «Los gatos son depredadores pequeños y evasivos que viven en el bosque y no ha habido ningún esfuerzo sistemático para contarlos», dice. No obstante, cualquiera sea su número, ellos producen millones de oocitos que fluyen hacia las cuencas y se adentran en el océano, integrándose finalmente a la cadena alimenticia de las focas. «Hay mucho que no sabemos», dice Littnan. «Lo que sí sabemos es que los gatos defecan y las focas mueren. Solo se reducirá la toxoplasmosis disminuyendo a los anfitriones definitivos —los gatos», dice firme.

Ya casi anochece. Me estaciono en un parque del condado de la isla Kauai y los gatos no tardan en materializarse. Uno gris atigrado se acerca cautelosamente desde las sombras y se frena a 4 metros de mi izquierda. Luego, un gato anaranjado se pone de cuclillas a mi derecha, me mira fijamente y comienza a defecar en el pavimento. En segundos, ese par se convirte en seis. Luego en diez.

Cuando llegan Basil y Sue Scott en un pequeño SUV (vehículo utilitario deportivo), incluso más gatos aparecen y se deslizan hacia el lugar. Basil es un ingeniero electrónico y a sus 61 años, luce una barba entrecana y ojos de color avellana intenso. Sue, de pelo corto y rojizo, tiene 71 años y es una artista gráfica retirada. Ambos se reúnen esta tarde como voluntarios del Proyecto Gatos de la Comunidad de Kauai (KCCP, sus siglas en inglés: Kauai Community Cat Project), una organización sin fines de lucro que se ocupa de las colonias de félidos en la isla. Su presidente es Basil.

Al instante, envolvemos los faroles delanteros. Antes de irnos, Basil rescata del auto un cubo de 19 litros de comida húmeda para gato. «Vamos», dice él. Marchamos a través de un campo hacia una fila de árboles. De pronto, Sue grita: «¡Aquí, gatito, gatito!». Cientos de ojos brillantes aparecieron por todos lados. No podía haber imaginado el circo que nos esperaba en esos bosques: gatos gordos, gatos raquíticos, gatos negros, gatos llenos de manchas, entrando y saliendo a la luz, avanzando rápidamente en los matorrales, frotando mis pantalones, afilando las garras en los troncos de los árboles, arremolinándose en círculos alrededor de Basil. Yo conté 50. No, 53. Es difícil ser preciso con todas las idas y vueltas. « ¡Hay 45 gatos aquí!», dijo Basil en forma definitiva, perturbado por mi sobreestimación. ¿Cómo puede saberlo? Llueven gatos.

Él y Sue comienzan a llenar con grandes pegotes de comida unos platos plásticos esparcidos por el bosque. Los gatos se abalanzan, boxeando entre ellos para salir, siseando, devorando las provisiones malolientes tan pronto como los Scotts las derraman sobre los platos. Me llevan a conocerlos. Conozco a Forest y a Badass. Conozco a Fluffy Tail (Cola Mullida). «Este siamés es nuevo», dice Sue, examinando a un recién llegado que probablemente fue abandonado. Una vez distribuida la comida, salimos del bosque con una docena de gatos todavía moviéndose alrededor de nuestros pies. Desfilamos hacia la siguiente estación de alimentación, a 27 metros de distancia, para palear más comida.

Existen aproximadamente 20.000 gatos salvajes en Kauai, y Basil insiste en que la mejor manera de reducir su número y manejarlos es a través de una práctica llamada TNR (de sus siglas en inglés: trap, neuter, return) y que consiste en atrapar, castrar y devolver. La TNR requiere que los cuidadores alimenten una colonia con regularidad y se aseguren de que todos los miembros estén esterilizados, lo que significa atrapar a cada uno individualmente, haciéndolo castrar por un veterinario para devolverlo finalmente a la colonia. Con el tiempo y por desgaste natural, una colonia donde se realizó la TNR desaparecería o disminuiría en tamaño drásticamente.

La gran gracia de la TNR, me asegura Basil mientras vamos de aquí para allá a través del bosque, es que modera no solo la cantidad de gatos, sino también la depredación del gato en la vida salvaje, debido a que un minino alimentado es menos propenso a cazar. Basil calcula que 3.000 gatos están bajo la técnica TNR en Kauai. Su organización monitorea 25 colonias y según él, el 90 por ciento de esos gatos están castrados. «Es difícil hacerlo con todos. La gente está abandonando gatos constantemente. Ese es el mayor problema», admite.

Visitamos una colonia al otro lado del parque. Basil apunta a un hotel cercano. En el estacionamiento existe una especie de vertedero para gatos domésticos no deseados que frecuentemente están fluyendo hacia sus colonias. «El hotel no nos permite ejercer en su propiedad», se queja Basil. «Ellos dicen que quieren que desaparezcan. Bueno, ¡desparecerían si nos permitieran esterilizarlos y castrarlos!», agrega. Estaba tan resentido como cuando una tienda de comestibles le prohibió que siguiera alimentándolos en el estacionamiento. Entonces Basil y Sue intentaron atraer a esos gatos hacia un campo vecino, pero los lugareños también los sacaron corriendo de allí. Actualmente, ellos alimentan a los gatos atrayéndolos a través de un agujero que hay detrás del restaurante  adyacente. Basil sacude su cabeza. «Esa gente simplemente no lo entiende», dice.

La otra gente que simplemente no lo entiende, aparentemente, son los científicos. Tres semanas antes de mi llegada, en marzo, legisladores del estado se reunieron en una audiencia para celebrar un proyecto de ley presentado por el Departamento de Tierras y Recursos Naturales de Hawái (DLNR: Hawaii’s Department of Land and Natural Resources) que pretendía prohibir alimentación de gatos salvajes en tierra estatal. Esta iniciativa, conocida como la Ley del Senado 2450, recibió el apoyo de científicos y conservacionistas de todo el país. La argumentación a favor de la prohibición parecía convincente.

Michelle Barbieri de NOAA en Turtle Bay, Oahu (Tom Fowlks)

Michelle Barbieri de NOAA en Turtle Bay, Oahu. (Tom Fowlks)

Para empezar, no existe prueba científica de que alguna vez la TNR, en sus 30 años de práctica, haya podido eliminar una colonia de gatos en algún lugar. Luego, están los estudios que demuestran que los gatos continúan cazando incluso cuando son alimentados. Súmese ahora el efecto mortal de la toxoplasmosis en focas monjes y al menos en dos especies de aves hawaianas. Además, todo este problema en torno al parásito zombi está sucediendo en Hawái, lugar donde se apila el 78 por ciento de las extinciones de Estados Unidos. En total, más de la mitad de las 130 especies nativas de aves han desaparecido, mientras que las restantes sobreviven a la extinción. «Enfoques como la TNR están, en última instancia, diseñados para mantener a los gatos en los paisajes, no para reducir su población», escribió Chris Lepczyk, un ecologista de la Universidad de Auburn, en una página de opinión en el periódico Honolulu Star Advertiser. «Los gatos no son animales salvajes ni son parte de los ecosistemas hawaianos; bajo cualquier estándar científico son una especie invasora», agrega. Por último, defiende que deberían ser manejados, tal como sucede con las ratas, las mangostas y cerdos salvajes, todas especies que han devastado la fauna nativa de Hawái, según él.

Pero ratas, mangostas y cerdos no tienen apoyo de grupos sólidos y bien financiados. Los gatos sí. Partidarios de la TNR, en su página de Facebook de la Sociedad Humanitaria de Hawái (Hawaiian Humane Society),  tildaron de maligna a la Ley del Senado 2450 y denunciaron que sus autores estaban «involucrados con el diablo». Y cuando los legisladores estatales dieron comentarios públicos durante una reunión en febrero, más de 100 defensores de gatos inundaron la sala de audiencias legislativas con testimonios emocionales que se extendieron por dos horas. En esa oportunidad, una mujer comentó que cuidaba amorosamente cerca de 400 gatos salvajes.

Pero si la 2450 se hubiera convertido en ley, al menos se hubiera clarificado la confusa situación legal con respecto a los gatos salvajes en Hawái. Hasta el momento, en tierras federales y estatales los oficiales tienen autoridad para sacrificar gatos que dañen la vida silvestre, apuntando a zonas  que están fuera del camino de la naturaleza, abundantes en especies de alta prioridad. Definitivamente, no se centran en parques ni playas copiosas de familias haciendo picnics. «Tienes una gran interfaz pública en esos lugares», me dijo un biólogo estatal. «Comienzas a hablar de matar gatos y la gente se siente molesta», me explica. A nivel municipal, ciudades como Honolulu tienen ordenanzas contra la alimentación de gatos en algunos parques, pero lo cierto es que cada vez más se toleran las colonias TNR.

Después de la muerte del proyecto de ley, la atención se deslizó desde Oahu hasta la sede estatal de Kauai, lugar donde un proceso poco usual se estaba desarrollando. Aquí, el consejo del condado de la isla había decidido abordar el problema de los gatos salvajes, reuniendo para ello a un equipo de trabajo que investigara el tema, para finalmente poder redactar una ordenanza basada en los hallazgos. Había mucho en juego. Kauai, apodada como El Arca de Noé por conservar especies que no se encuentran en otra parte, es también conocida por ser la isla con más aves en peligro de extinción en todo el archipiélago de Hawái. Si Kauai lo hacía bien, la ordenanza podría servir como modelo para todo el estado.

Llegué a Kauai cuando la redacción de la ordenanza, que llevaba cerca de un año en construcción, iba ya en su última etapa, transitando hacia un final incierto. Todo el mundo estaba molesto, incluido Basil. Antes de separarme de Sue y de él en el parque, me comenta que a pesar de sus mejores esfuerzos, la ordenanza no es más que un desastre porque finalmente y desde un principio, lo que determina es hacerles daño a los gatos. Basil no cree en que a la TNR se le permita continuar. Pero esto no significa su renuncia. «La alternativa es matar a los gatos y eso generaría resentimiento y enojo en esta isla», insiste él. «Créeme, hay un montón de perros chatarra ahí afuera listos para atacar. Vamos a desnudar nuestros colmillos y hacerles la vida muy difícil. Mi equipo es famoso por ello», promete.

El gato doméstico, Felis catus, como todas las especies domésticas, no tiene un rango geográfico nativo. Va donde nosotros vamos y ha estado en movimiento desde que evolucionó del gato salvaje, hace 9.500 años, desde la Creciente Fértil del Medio Oriente. La expansión del Imperio Romano los llevó por toda Europa como mascotas y como cazadores de ratones, llevándolos incluso a China mediante de la Ruta de la Seda, hace ya 2.000 años. Además, con el establecimiento de vías comerciales y asentamientos europeos hacia el año 1.700, los gatos comenzaron a cruzar el Pacífico como tripulantes de barcos infestados de ratas. En ese contexto, eran miembros indispensables.

Para el siglo XIX, los gatos alcanzaron las islas del Pacífico. Gracias a criadores prolíficos, con hembras capaces de producir dos crías al año —hasta seis gatitos por camada— pronto hicieron metástasis. La población se expandió tanto que Mark Twain describió su abundancia en Honolulu en 1866 como «compañías de gatos, regimientos de gatos, ejércitos de gatos, multitudes de gatos».

Esta gran diáspora gatuna, sin embargo, ha desencadenado un daño bastante desmesurado.  Hasta el momento, el Felis catus ha contribuido en un 14 por ciento a las extinciones de reptiles, mamíferos y aves modernas. En Estados Unidos, donde el número de gatos salvajes es básicamente desconocido (algunos científicos especulan que la población le gana a los domésticos en casi 86 millones), el Smithsonian Conservation Biology Institute (Instituto Biológico de Conservación Smithsonian; antiguamente: Centro de Investigación y Conservación) estima que los gatos matan 2,4 billones de aves y 12,3 billones de mamíferos al año. El problema se hace más grave en las áreas con climas cálidos, zonas donde justamente abundan las especies en peligro de extinción. Entre ellas se encuentra California y Florida, pero en este ámbito, Hawái termina por empequeñecer a cualquiera.

La toxoplasmosis, no obstante,  no solo asusta por su propagación hacia las focas monjes. En 1993, como un último y desesperado esfuerzo por rejuvenecer a la población, 12 cuervos hawaianos o alalas, fueron dejados en libertad. En total, se lanzaron 27 aves criadas en cautiverio que se etiquetaron para un rastreo satelital. 21 murieron durante los cinco años siguientes, y al menos 5  de ellas fallecieron a causa de la toxoplasmosis. En esa oportunidad, el resto de las aves fueron devueltas al cautiverio. Finalmente, el último cuervo hawaiano del que se tuvo rastro, desapareció en 2002.

Para apreciar en forma completa cómo los gatos han afectado a cada centímetro de Hawái, pasé un día caminando arduamente por una cresta a través de la selva bajo una llovizna constante, acompañado por Andre Raine, coordinador del Proyecto de Recuperación de Aves Marinas en Peligro de Kauai (Kauai Endangered Seabird Recovery Project). Aquí no hay un camino exactamente definido, motivo por el que necesitamos cuerdas para atravesar los tramos más verticales y resbaladizos por el barro. De esta manera, llegamos a la orilla de un acantilado de 1.200 metros de altura, ubicado en la Reserva de Área Natural Hono O Na Pali, uno de los puntos más inaccesibles de la isla. Es en estas altísimas orillas donde la pardela de Newell, una especie en peligro de extinción con menos de 40.000 aves, cava su madriguera, justo por encima de los acantilados. En varios de estos agujeros instalamos cámaras activadas por movimiento. De esta forma, Raine podrá monitorear la actividad de las aves durante la próxima temporada de anidación.

Más tarde, en la oficina, observamos las imágenes que Raine obtuvo de la temporada pasada. En uno de los videos se ve cómo un tabby gris, un gato con un distintivo pelaje a rayas, se dirige hacia la cámara, la olfatea y luego se mete en la madriguera. Acto seguido, arrastra hacia afuera a un polluelo de Newell y sujetándolo con sus garras delanteras, lo desgarra en pedazos con sus dientes. A la noche siguiente regresa y de forma similar destruye a un adulto. De pronto, con la barbilla manchada de sangre y unas cuantas plumas colgando desde una esquina de su boca, el felino frena y mira directo a la cámara, como diciendo: «¿Qué diablos planean hacer al respecto?». Y como si fuera poco,  luego regresa a la madriguera para dar a luz a cuatro gatitos. «Tengo imágenes de ellos entrando en otras madrigueras», dice Raine. «Ella les enseña a cazar», me explica. Entre 2014 y 2015, el equipo de Raine descubrió los cuerpos de 48 pardelas de Newell y petreles hawaianos asesinados por gatos en la reserva.

Basil y Sue Scott en su recién construido refugio para gatos. (Tom Fowlks)

Basil y Sue Scott en su recién construido refugio para gatos. (Tom Fowlks)

En zonas rurales como estas, los guardabosques atrapan a los gatos con trampas de acción rápida y mortal, o bien los aprisionan vivos para luego dispararles en la cabeza (método considerado compasivo por la American Veterinary Medical Association). Pero lo que nunca se ha intentado en Kauai, o en ningún lugar de Hawái, es un esfuerzo de erradicación amplio en toda la isla. Al menos 83 islas de otros lugares se consideran exitosas en este sentido. Tales campañas dejaron libres a los gatos con el fin de emplear sobre ellos una combinación de trampas para patas, venenos, caza, perros, jaulas, fumigaciones en hoteles y, de acuerdo con un artículo científico publicado por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (IUCN: International Union for Conservation of Nature), también se incluían «golpes con palos». Asimismo, este artículo cita a 19 campañas que no tuvieron éxito, señalando que el fracaso se debió a que «el personal de los centros turísticos escondía a los gatos en sus habitaciones» o que existió «incapacidad de matar a los animales más rápidamente de lo que se reproducen». Consecuentemente, donde sí tuvieron éxito las campañas, las especies de aves regresaron o fueron reintroducidas a las islas libres de gatos.

A diferencia del calentamiento global, la deforestación o cualquiera de los intrincados problemas que afectan a la biodiversidad mundial, los científicos ven el dilema de los gatos salvajes como una fruta colgando bajo, potencialmente fácil de manipular cuando se trata de ayudar a mejorar la vida silvestre.  Si bien, el  accidentado terreno de Kauai hizo casi imposible la erradicación de los gatos, el artículo del IUCN señala que, junto con los problemas de financiación, «las cuestiones sociales parecen ser el principal factor que limita muchas erradicaciones».    

Teniendo en consideración la rápida expansión nacional del movimiento TNR al cual quiere desesperadamente que Kauai se una, Basil Scott se opone pugnazmente a este tipo de erradicación. Existe una estimación de 250. 000 profesionales de la TNR presentes en Estados Unidos y al menos 430 municipios han aceptado oficialmente la práctica, incluyendo grandes ciudades como Jacksonville, Florida, y San José, California.  La bien financiada cruzada está dirigida por varias organizaciones sin fines de lucro, como Cat Allies (Aliados a los Gatos) y Best Friends Animal Society (Sociedad Animal de los Mejores Amigos). Esta última recibió $80 millones en contribuciones durante 2015, incluyendo donaciones de las gigantes industriales PetSmart y Petco. Además, PetSmart Charities (Organizaciones Benéficas PetSmart). Gracias a estos aportes, la organización se ha encargado de donar dinero a grupos defensores del bienestar de los animales e incluso, ha financiado talleres sobre cómo presionar a los gobiernos locales para que adopten la TNR.

El mensaje irradiado por este movimiento puede parecer tentador para los gobiernos locales que buscan hacer lo correcto con sus gatos salvajes. Dado que más de 1,5 millones de gatos son sacrificados en refugios cada año, el mantra divulgado en el sitio web de Best Friends parece venir como enviado del cielo: «A largo plazo, la TNR disminuye el número de gatos en la comunidad de manera más efectiva que la trampa y la matanza». Aquí llaman a la TNR «la alternativa humanitaria».

Antes de que Scott asumiera el liderazgo de la TNR en Kauai, la principal defensora de los gatos salvajes de la isla era una mujer llamada Margaret Hanson, presidente de la organización Kauai Ferals (Félidos de Hawái), a la cual Basil y Sue también pertenecían. En 2011, Hanson compareció ante el Consejo del Condado de Kauai e instó a los miembros a apoyar la TNR. Pero no fue sorprendente que se resistieran.  Tiempo antes, este mismo condado había tenido que defenderse ante la Corte Federal por no proteger a las pardelas de Newell, lo que llevó, entre otras cosas y para el disgusto de todos, a una prohibición de los juegos nocturnos de fútbol en las escuelas secundarias. ¿La razón? Las luces confunden a los polluelos de Newell y los hacen caer desde el cielo, convirtiéndolos en presa fácil para los gatos. A raíz de estos problemas, los miembros del consejo decidieron a considerar una acción más agresiva.

El grupo de la Fuerza Especial de Gatos Salvajes de Kauai (Kauai Feral Cat Task Force) se reunió por primera vez en 2013 y en esa oportunidad, Hanson fue invitada a participar. Hanson, una mujer de 59 años, práctica y con gracia, encontró rápidamente terreno en común con los defensores de la vida silvestre. Esto no sentó bien a la gente de su propia organización. Ella mantenía grandes diferencias filosóficas con Basil y Sue por considerar débiles algunos puntos de la TNR. Según el criterio de Hanson, todos los gatos abandonados y las camadas de gatitos que llegaran debían ser removidos de forma permanente. Para que el método funcionara, había que llevar algunos de ellos a refugios, para la práctica de la eutanasia. «Con el tiempo, Sue se volvió más apasionada en la idea de que cada gato necesita ser salvado», dice Hanson. «Ella y Basil estaban abriendo refugios al aire libre. Estaban almacenando gatos», comenta. Para Hanson las colonias de los Scott estaban creciendo en tamaño, no disminuyendo precisamente.

Esta tensión culminó el día en que la junta de Kauai Ferals realizó una votación para remover a los nuevos gatos hacia el único refugio de la isla, la llamada Sociedad Humanitaria de Kauai. Siendo un refugio abierto, KHS (de sus siglas en inglés, Kauai Humane Society) acepta a todos los animales pero sacrifica a los gatos que no se reclaman o adoptan. Por la otra vereda, grupos de no matanza  como Alley Cat Allies (Aliados de los Gatos) trabajan mano a mano con el movimiento de la TNR. «Los Aliados de los Gatos dicen que se deberían eliminar a los nuevos gatos abandonados de las colonias establecidas», dice Hanson. Pero el «pequeño secreto sucio», continúa ella, es que muchos de esos gatos no son buscados por los refugios que defienden la no matanza. «¿Qué sucede con los gatos viejos y enfermos si el refugio no los toma?», se pregunta. En esa ocasión, Hanson votó a favor de llevar los gatos a la KHS. Todos los demás miembros de la junta de Kauai Ferals votaron en contra. Como resultado, Hanson abandonó la organización que ella misma había fundado. Y fue así como Basil Scott asumió el control renombrando al grupo: Proyecto Gatos de la Comunidad de Kauai (Kauai Community Cat Project).

En 2014, la Fuerza Especial de Gatos Salvajes de Kauai emitió su informe final. ¿La meta? cero gatos salvajes para el 2025. Para alcanzarla, abogó por un programa TNR sólido, operado desde el condado, con todas las colonias registradas y monitoreadas por directivos certificados. Las nuevas llegadas de gatos y crías serían removidas rápidamente para adopción o eutanasia. Las colonias registradas en tierras privadas necesitarían permisos de sus propietarios. Después del año 2020, todas las colonias serían reubicadas a propiedad privada y luego cercadas por completo.

Andre raine dirigiéndose a un sitio de excavación de pájaros (Tom Fowlks)

Andre raine dirigiéndose a un sitio de excavación de pájaros. (Tom Fowlks)

Esto frustró a Scott y culpó a Hanson por claudicar ante una multitud de vida silvestre. «Margaret nunca discutió un solo punto», dice él. Scott veía a Hanson como algo más que  una pésima defensora. Desde su punto de vista, ella era una de las peores cosas que una persona puede ser: una asesina de gatos. Después de que Hanson dejó la organización, Scott alegó que, por rencor, ella atrapó a cinco gatos de una de las colonias que estaba manejando y los trajo a la Sociedad Humanitaria de Kauai, donde cuatro fueron sacrificados. Cuando le cuento esto a Hanson, ella suspira con cansancio y dice: «Basil y Sue van a decir lo que quieran. Eso es lo que hacen. No voy a rebajarme a eso con ellos».

Acuerdo reunirme con Basil Scott una mañana para correr a lo largo de la costa este de Kauai. Me siento algo inquieto. A pesar de su madura edad, Basil es esbelto y está en forma. Compite en carreras de nivel en todo el país y había corrido a campo abierto para la Universidad de Duke, la misma donde estudió ingeniería eléctrica en la década del 70. Scott quiere mostrarme algo, así que se mantiene en primera mientras caminamos hacia el sur desde la biblioteca pública de Kapaa por un sendero al lado del océano.

«Se supone que todo esto es un hábitat crítico para las aves», se burla mientras corremos.

« ¡Es un chiste!», exclama. Marchamos a grandes pasos junto a parques bien cuidados, pasando por jardineras de hoteles con bordeadoras de malezas. De pronto, aparecen diez mujeres sobre mantas de yoga en un prado de césped, todas ellas en posición de guerra mirando hacia el mar. «¿Ves algún pájaro en esos hoteles?», pregunta Basil señalando las banderas en miniatura. «Las pardelas del Pacífico hacen nidos en madrigueras sobre la tierra. Pero yo no veo ninguna pardela, ¿y tú? No en esos hoteles ¡Ja!», dice mofándose.

Scott despliega un pequeño y colorido mapa de Kauai titulado Hábitats Conflictivos para las Aves 2015 (Sensitive Birds Habitats 2015) que incluye el área en donde estamos corriendo ahora. Este mapa es el resultado del trabajo del comité en el cual se sienta Scott, el mismo que está encargado de redactar una ordenanza del condado, basada en los hallazgos de la Fuerza Especial de Gatos Salvajes de Kauai (por la cual Scott no oculta su desprecio). El mapa indica además, que la mayor parte de Kauai es un hábitat sensible para las aves, una noción que Scott encuentra absurda. «Los conservacionistas del comité literalmente argumentan que el estacionamiento del Walmart debería designarse como área de conservación de la vida silvestre. Es irreal », dice.

Una de las principales convicciones de Scott, es que los gatos salvajes que viven en áreas remotas son diferentes a aquellos que viven en las ciudades o cerca de ellas. Las «comunidades de gatos», como las llama él, que están bien alimentadas y que viven en lugares como en los que estamos corriendo, no son la amenaza que destruye la vida silvestre. Sí lo son sus primos de la jungla, según Scott. Para él está bien que eliminen a los gatitos sanguinarios de las cumbres de las montañas, siempre y cuando dejen a los gatos de la ciudad en paz. Que existan áreas de la ciudad que reciben la etiqueta de «hábitat conflictivo para las aves», significa que la TNR se necesita más que nunca (él reconoce que la ruta en donde corremos y el estacionamiento del Walmart se han etiquetado así porque son áreas con efectos secundarios para las pardelas de Newell). Esta es su otra gran convicción: la TNR funciona. A pesar de lo que dice Margaret Hanson, Scott afirma que todas sus colonias han disminuido en tamaño a lo largo de los años. Es difícil reducirlas a más del 50 por ciento, admite, debido al basural constante, pero no se puede culpar de eso a la TNR. «Necesitamos una campaña de educación pública sobre la posesión responsable de mascotas, no una de erradicación», dice firme.

Pero Scott tiene una certeza todavía más fuerte: los gatos no son los principales conductores de toxoplasmosis. «El parásito se reproduce sexualmente en gatos», reconoce, «pero también se reproduce asexualmente en otras especies», agrega. Él me cuenta sobre una planta de tratamiento de aguas residuales que se desbordó hace un par de años y explica que «la toxoplasmosis estaba en ella, porque las personas tienen toxoplasmosis».

El problema con los argumentos de Scott, más allá de la cuestión del abandono de los animales domésticos que todos están de acuerdo en abordar, es que la mayoría de ellos no se respaldan. «Basil es ingeniero, así que conoce toda la jerga», dice Bill Lucey, director del Comité de Especies Invasoras de Kauai (Kauai Invasive Species Committee) y redactor de la ordenanza de escritura  junto a Scott. «Básicamente él toma una mentira y la repite una y otra vez. «La TNR funciona, la TNR funciona, la TNR funciona». Como si por decirlo lo suficiente se hiciera realidad», dice.   

En 2003, el Diario de Áreas Naturales (Natural Areas Journal) publicó un artículo que llevó por nombre Métodos de Atrapar/Castrar/Devolver Inefectivos en el Control de Colonias de Gatos Domésticos en Tierras Públicas (Trap/Neuter/Release Methods Ineffective in Controlling Domestic Cat ‘Colonies’ on Public Lands). El estudio analizó la TNR en dos parques del condado de Florida, durante un año. En esa ocasión, los investigadores  concluyeron que la disminución en el número de gatos que lograba la TNR, finalmente se compensaba con las nuevas llegadas, tanto de gatos abandonados como de vagabundos atraídos por la comida. Durante el período que duró la investigación, se observó que 47 de los 128 gatos que habitaban en ambos parques correspondían a llegadas nuevas. Además, otros 36 gatitos habían sido abandonados. En el artículo, los investigadores deducen que «el alto número de gatos y crías que fueron arrojados, confirma que el asentamiento de las colonias de gatos en tierras públicas, con acceso irrestricto, fomenta el vertimiento ilegal de gatos». En otras palabras, la colonia de TNR probablemente causó el vertedero. Definitivamente, para los científicos, la TNR no logra reducir las colonias de gatos.

Pero los estudios son diversos. La investigación de una colonia con TNR en Londres determinó que no hubo disminución de la población de gatos después de cuatro años. Asimismo, un estudio alrededor del condado en San Diego no mostró disminución en diez años. Con excepción de Roma, los científicos detectaron una disminución de un 16 a un 32 por ciento en el tamaño de la población  sobre un total de 103 colonias, luego de diez años. Sin embargo, según sus mismos investigadores, la TNR era igualmente «una pérdida de tiempo, energía y dinero si no se podía frenar el abandono de gatos». En 2002, luego de decretar que la TNR no funcionaba y que en definitiva, dañaba la vida silvestre, la Marina de Estados Unidos ilegalizó las colonias salvajes en todas las instalaciones.   

Y aunque Scott defiende que las colonias cercanas a las residencias de humanos son relativamente inofensivas, estos gatos son acusados con frecuencia de provocar las masacres de aves en Kauai. Durante el verano de 2003, los gatos dieron muerte a 60 pardelas cerca de la popular Playa Shipwrecks. La matanza solo se frenó una vez que los funcionarios eliminaron una estación cercana de comida. Desde 2012 hasta 2015, funcionarios del Refugio de Vida Silvestre Nacional de Hanalei (Hanalei National Wildlife Refuge) recolectaron la suma de 237 cadáveres de aves acuáticas en peligro de extinción, todas devastadas por los gatos. Muchas fueron halladas en el extremo norte del refugio, que está ubicado al otro lado de la calle de un centro comercial, entre una estación de bomberos, condominios y una población de animales callejeros alimentados por los residentes de la zona. En relación a esto, Scott dice que no existen pruebas firmes que vinculen a las colonias de gatos con las muertes de las aves.

Tal como sucede con los temas sobre la evolución y el calentamiento global, tampoco existe un debate legítimo en torno a la toxoplasmosis. Sin gatos, dicen los científicos, la toxoplasmosis no puede dañar a las focas monjes. «Solo los gatos la liberan en sus heces», dice Barbieri, la veterinaria de NOAA.  «Humanos infectados, cerdos, focas, cualquiera sea la especie, si no es un félido, la infección existe solamente en los tejidos de su cuerpo», explica.

Doctores en filosofía y otros expertos en vida silvestre del comité de la escritura de la ordenanza expusieron esto a Scott repetidamente en las reuniones, pero fue en vano. Lo cierto es que todos se quejaban de que Scott estaba usando claramente un manual de estrategias diferente:

«Él da un discurso obstruccionista y confunde», dice Hob Osterlund de la Red de Albatros de Kauai (Kauai Albatross Network).

«Es el mismo clima de estrategia que usan los negadores», dice Lucey.

«Sus iniciales son ‘B.S.’», dice Makaala Kaaumoana, de Cuenca Hanalei Hui (Hanalei Watershed Hui). «No crea que no las usamos».

Scott niega emplear cualquiera de estas tácticas. Sin embargo, Penny Cistaro, directora de la Sociedad Humanitaria Kauai (Kauai Humane Society) y simpatizante de la técnica TNR, pudo haberse convertido en una partidaria de Basil si éste no hubiera ayudado a llevar adelante una campaña pública —aunque sin éxito— para que la despidieran de KHS. Cistaro tiene la desafortunada tarea de supervisar la eutanasia de cientos de gatos cada año, lo que considera bastante desgarrador. Pero Scott, que quiere que KHS termine con esta práctica, llama a Penny «la reina de la muerte». «Basil ha hecho de mi vida un infierno», comenta Cistaro.

Para contrarrestar el argumento de Scott de que la TNR es más humana que la eutanasia, Cistaro y el resto del comité contaban con un aliado inesperado: Personas por el Trato Ético de los Animales (People for the Ethical Treatment of Animals), una de las organizaciones defensoras de derechos de animales más grandes del mundo. PETA, por sus siglas en inglés, es reacia a la TNR. Considera a la eutanasia como una desgracia necesaria. Según ellos, numerosas tragedias podrían evitarse. En su sitio web, PETA expone algunos desgarradores casos que dejan expuestos a los gatos salvajes. A modo de ejemplo, en Doylestown, Pennsylvania, un gato fue hallado con clavos de enmarcado en su cabeza. En Elkhorn, Nebraska, un gatito sin hogar sufrió la amputación de una pata congelada luego de que se le quedara atascada en un desagüe de tormenta. En Pittsburgh, un hombre fue arrestado por rociar lavandina en las caras de dos gatos salvajes y luego golpearlos hasta la muerte con un palo de hockey. Este gran espectáculo de horror llena las siguientes 56 páginas del sitio web de PETA.

Cuando el comité revisó la evidencia sobre la TNR, determinó que la mayoría de las 57 colonias salvajes de Kauai se encontraban demasiado cerca de las zonas sensibles para las aves. De hecho, parecían quedar pocas tierras no privadas que fueran adecuadas para reubicar a una colonia. A raíz de esto, el comité estableció reglas estrictas sobre dónde y cómo la TNR podía llevarse a cabo.

Siendo realistas, no importaba si Scott pasaba por alto todas estas evidencias científicas. Todo lo que él buscaba era provocar la indignación de los miembros de su grupo y la de otras organizaciones a favor de los gatos en Hawái. Probablemente, recién en otoño, el consejo del condado celebraría audiencias públicas sobre la ordenanza. Preparándose quizás para ello, Scott se dedicó a exaltar el ánimo de los seguidores de la TNR. Un posteo en Facebook publicado por el Proyecto Gatos de la Comunidad de Kauai (KCCP) con Basil de presidente,  compara a los conservacionistas con Hitler y el asesinato de «comunidades de gatos al aire libre» con el Holocausto. En un artículo publicado en primera plana del diario The Garden Island (La Isla Verde), se puede leer la denuncia que hace Scott hacia las reuniones del comité de la ordenanza, alegando que éstas se llevaban a cabo «en secreto». Aunque el presidente del comité explicó más tarde que el grupo necesitaba libertad para proponer ideas, el diario volvió a apoyar a Scott en un artículo de redacción posterior que se preguntaba si el comité estaba tramando ideas «drásticas y extremas». Luego estaba el posteo del KCCP alegando que el equipo de Lucey, el Comité de Especies Invasoras de Kauai (Kauai Invasive Species Committee, KISC), podrían estar pensando en robar una propiedad privada para confiscar los gatos domésticos de la gente. El caos de Facebook siguió: «¡Ellos no tienen ni idea de los guerreros apasionados y dedicados a la defensa de los gatos con los que están tratando!», aulló un usuario. Otros amenazaron con violencia: « ¡Se acercan a mi propiedad y NO habrá disparo de advertencia!», posteó una mujer. Otra declaró: «Sobre mi cadáver. Es hora de conseguir un arma». Esa última respuesta llegó de Martha Girdany, la vice presidente de KCCP.

En esa oportunidad, Lucey estaba furioso. Su equipo trabaja puerta a puerta en todo Kauai para identificar y eliminar especies invasoras de todo tipo y un punto a respetar es que solo acceden a propiedades privadas con el permiso del propietario. «Estas son amenazas violentas de gente inestable con armas», dice Lucey. «Estamos rodando en los jardines de la gente con camiones del KISC. Si nos topáramos con un amigo de los gatos  que hubiera leído toda la noche las publicaciones de Basil, sería una situación potencialmente peligrosa», agrega. En la siguiente reunión de comité, Lucey se enfrentó con Scott a la cara: «No te atrevas a amenazar a mi gente otra vez, ¿entendido? Quita esa publicación », le dijo. La publicación, sin embargo, aún sigue en pie.

Scott insiste en que todo esto se podría haber evitado si el resto del comité de ordenanzas no conspirara contra él. Él me sugiere que vea cómo funciona realmente la colaboración. Para ello me dice que me contacte con Inga Gibson, consultora de políticas para la Sociedad Humanitaria de los Estados Unidos en Hawái (Humane Society of the U.S. in Hawaii). Durante años, Gibson encabezó un grupo de fauna silvestre en Oahu. «Ella fue capaz de conseguir que el Servicio de Pesca y Vida Silvestre (Fish and Wildlife), el Departamento de Tierras y Recursos Naturales (DLNR, de sus siglas en inglés) y los defensores de los gatos,  se sentaran y dijeran: ‘¡Cortemos ya con estupideces! Hablemos de manera constructiva’. «A diferencia de nuestro grupo, realmente llegaron a hacer algunas cosas buenas», dice Scott.

La idea de una comunidad positiva entre los defensores de los gatos y conservacionistas parece refrescante, así que tomo el consejo de Scott y busco a Gibson. Su grupo comenzó a reunirse en 2009, en Honolulu, sin mandato ni presión. Por entonces, solo los congregaba el esfuerzo de encontrar consenso. «Nosotros no tuvimos un facilitador», dice Gibson, quien se convirtió en la moderadora ad hoc del grupo. «Pero las reuniones rara vez eran polémicas o poco profesionales», continúa. Por un tiempo, los miembros sí encontraron áreas de interés que coexistían. Estuvieron de acuerdo sobre la necesidad de disminuir los gatos salvajes en las tierras y trabajaron juntos en un video de servicio público sobre la posesión responsable de mascotas.

Un joven albatros en un sitio de anidación cerca de la bahía Moloaa de Kauai. (Tom Fowlks)

Un joven albatros en un sitio de anidación cerca de la bahía Moloaa de Kauai. (Tom Fowlks)

Luego, en Abril de 2012, en un guayabo de fresa cerca de la entrada del Sendero Aiea Loop, ubicado a dieciséis kilómetros del centro de Honolulu, un biólogo llamado Eric VanderWerf descubrió dos nidos de un pájaro  silvestre en peligro de extinción: el Elepaio de Oahu. En el lugar existen 1.200 de estas aves, su tamaño es el de un gorrión y ocupan las cadenas de montañas más altas de Hawái. VanderWerf estaba emocionado de haber encontrado un nido a una altura más baja. Pero estaba menos contento de haber encontrado una colonia de gatos a 90 metros de ese nido. Cuando el grupo de Gibson se enteró de esto, adoptaron la situación como caso de estudio.                 

La Kumbayá* se evaporó rápidamente. (*Kumbayá/Cumbayá: canción tradicional afroamericana de principios de siglo XX. En la cultura popular la canción se asocia a la cercanía, al abrazo y al canto alrededor de la hoguera cuando suena una guitarra española. En este caso, se refiere a la metáfora de que ‘la hermandad, los acuerdos, los puntos de vistas en común’ se desvanecieron).

La gente a favor de los gatos insistió en que el mayor peligro para el elepaio, en definitiva, eran las ratas y no los gatos. Es cierto, dice la gente de vida silvestre, pero los gatos matan a estas aves también. Un defensor de gatos sugirió alimentarlos más para que no cazaran. Esa es una idea espantosa, contrarrestó la gente de vida silvestre. Los gatos cazan. Eso es lo que hacen. La gente de vida silvestre sugirió, en cambio, mover a la colonia a un vecindario más cercano. Pero los vecinos podrían oponerse a eso, argumentaron los defensores de gatos. Estos últimos optaron por una matriz de riesgo, un modelo de probabilidad para discernir los niveles de amenaza al nido: la TNR. ¿No es la amenaza clara como el cristal, preguntó la gente de vida silvestre? No, dijo la gente de vida silvestre, la TNR no funcionará. Así que el grupo no hizo nada.

En Julio, VanderWerf encontró los restos de un polluelo en uno de los nidos. Desde entonces, él no ha visto a los adultos. No puede probar que lo hayan hecho los gatos, pero calcula que hay una posibilidad aceptable. El episodio lo enfureció: «Si no podemos estar de acuerdo en que no se trata del mejor lugar para una colonia de gatos, entonces no podemos ponernos de acuerdo en nada», dice él. Chris Lepczyk, un ecologista parte del grupo, agrega: «Cuando se trata de una cabeza, la gente de gatos siempre se aleja. Quieren el status quo. Fuimos usados como carnadas». Al final, el prometedor grupo de Gibson de la vida silvestre de los gatos se disolvió posteriormente.           

Lleno de curiosidad, decido comprobar yo mismo el comienzo del sendero Aiea Loop. Llego al atardecer. A unos 90 metros del punto de partida, cerca de unas mesas de picnic, cuento 14 gatos comiendo de platos parcialmente escondidos detrás de los arbustos. En otro punto, a un par de cientos de metros de la entrada, me tiro hacia un estacionamiento en donde siete gatos están engullendo la carne fresca de pescado que alguien ha arrojado junto a una camioneta pickup. La camioneta está ocupada. Llamo golpeando la ventanilla del conductor. Una mujer baja lentamente la ventana. Tiene una larga trenza rubia y un bronceado profundo, y parece estar en sus cuarenta. Es cautelosa. Yo también lo sería si un extraño golpea mi vehículo después del atardecer en un parque. «Tenía un pez dorado extra», dice ella, justificando el pescado salpicado a mis pies. Pero apenas mencioné mi interés en la TNR, su comportamiento cambió. Ella se volvió charlatana.   

Su nombre es Julie Anderson. Durante 15 años practicó la TNR de forma regular, pero la abandonó recientemente. Estaba gastando 300 dólares mensuales en comida para gatos, pagaba por tratamientos para sarna y piojos. Sus trampas costaron 90 dólares por pieza, y tenía 15 de ellas. Estaba gastando 5 dólares por castración y había atrapado y castrado a unos 500 gatos. «Es súper adictivo. Yo estaba en una misión », dice. Julie seguía pensando que si solo podía atrapar a un gato más, la colonia estaría completamente castrada, y que eventualmente desaparecería. Su trabajo estaría hecho. «Pero nunca hay uno solo más; la gente seguía tirando más gatos. Era abrumador», dice ella. Su compañero financió todo. «Después de un tiempo él no pudo pagar la hipoteca. Perdimos la casa », reconoce. Él se mudó a su condominio. «Pensábamos que también perderíamos el condominio, a menos que aunáramos esfuerzos. Todo nuestro dinero estaba yendo a los gatos», confiesa Julie.

No es sorprendente que el comportamiento de algunos defensores de la TNR haya hecho que, al menos un miembro del comité de ordenanzas de Kauai, hiciera mención a la toxoplasmosis. Las investigaciones vinculan a esta enfermedad con todo tipo de problemas psicológicos, incluyendo esquizofrenia, trastorno obsesivo-compulsivo, trastorno bipolar, neurosis y tendencias suicidas. La toxoplasmosis incrementa la producción del neurotransmisor dopamina, dicen los científicos, que puede promover la búsqueda de recompensa y la toma de riesgos. Un estudio de este año reveló que los adultos con trastorno explosivo intermitente, al que se incluyen agresiones verbales o físicas, tienen el doble de probabilidades de esta infectados con toxoplasmosis. Makaala Kaaumoana, de la Cuenca Hanalei Hui, dice que antes de servir en la fuerza especial y en el comité de ordenanzas, ella no estaba familiarizada con los defensores de la TNR. «Algunos muestran un comportamiento muy malo», dice ella. «¿Por qué personas perfectamente razonables en otros aspectos de sus vidas actúan así?», alega finalmente. Por su parte, Scott apunta a que las pruebas de toxoplasmosis son negativas. Él es simplemente un luchador, insiste: «Soy como Rocky en esas reunions del comité, pero es como ser un Rocky luchando contra siete Apollo Creeds», dice él.   

Para finales del verano, la lucha solo había aumentado. Scott había unido a cinco grupos nacionales defensores de la TNR para ayudar a redactar una ordenanza totalmente diferente, centrada en la TNR, la cual presentó al condado. Los defensores de la vida silvestre, por otro lado, habían unido su causa con la fuerza cultural más poderosa en la isla: el retorno del fútbol en las escuelas secundarias los viernes por la noche. Si prohibir la TNR y eliminar a los gatos salvajes reducía con éxito las colonias, entonces tal vez las luces del estadio podrían brillar otra vez. Habría mucho menos gatos esperando atacar a los pichones de Newell caídos.

Una tarde visité a Scott en su casa. Él y Sue viven con 36 gatos: 12 adentro, 12 vagando libres y 12 al interior de una casa para gatos ubicada en el patio trasero, un refugio de tres por cuatro metros construido con madera, malla gallinera y plástico corrugado. Todo pintado en color pastel. Los gatos se reclinan en perchas y hamacas. Detrás de este lugar, Scott está construyendo un «área de rescate cerrada» más grande, una instalación cercada con capacidad para 40 gatos. Dice que él y otros están instalando refugios como éste en todo Kauai. Ellos no están renunciando a la lucha, explica, pero sí quieren una estrategia alternativa para salvar tantos gatos como sea posible. «Hay colonias de gatos que alguien ha pasado su vida cuidando», explica Scott. «Nosotros podemos hacernos cargo de esos gatos. Pero luego le diremos al condado: Ahora es vuestro turno de manejar la situación. Nosotros lo intentamos. Ahora la responsabilidad está en ustedes». Esta es su última palabra.

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