Pedaleando Sin Parar

(Tito Nazar)

Mi segundo semestre se llenó de buenas vibras apenas supe que iba a participar en uno de los encuentros cúspide en desafíos físicos: los 300 kilómetros non stop en bicicleta del Brevet 300.

A los que leyeron mi artículo anterior sobre el Brevet  sabrán que esta es una carrera que se hace sin parar y en la que cada ciclista distribuye su tiempo como quiere. Aquí puedes encontrar algunos puestos de control con lo justo y necesario: agua, bebidas isotónicas, frutas y a veces café.  Sin embargo, lo más brillante y sorprendente de todo es que no hay podio. O eres finisher o no eres finisher. Todo se trata de terminar.

He tenido la experiencia de viajar por varias horas entremedio de las montañas pero nunca 300 km y menos sobre una bicicleta de ruta. Alguna vez hice 205 km en solitario siguiendo la ruta Santiago-Olmué-Santiago, pero ya con 300 km la cosa comienza a ponerse seria. Son más horas sobre el sillín, implicando más factores impredecibles. El más temido, en lo personal, es el pinchazo de neumático porque hay que desmontar todo, inflar y remontar. También temía que me diera sueño o que me deshidratara demasiado, sin embargo mi cabeza no podía dejar de pensar en los pinchazos.

Semanas antes, la palabra Brevet era como un mantra para mí. Estimando que desde la partida a la meta iban a ser 14 horas, todos los días pensaba en el equipo que iba a elegir: si tricota ultra liviana o una más gruesa para el frío, si llevar gillete o cortavientos, si llevar softshell o no, si llevar manguillas y cubre piernas, si llevar comida tipo sándwich o si llevar dos bidones de agua o tres. Al final, cada gramo cuenta y lo mejor es andar con lo mínimo.

En los Brevets está permitido hacer drafting. Esto es cuando alguien va adelante tuyo mientras que tú vas pegado a su rueda trasera. De esta forma se aprovecha el túnel de viento que genera el puntero, logrando un ahorro energético de hasta un 30 por ciento. Comento esto porque al hacer un Brevet uno puede elegir hacerlo con alguien más. Esto podría llegar a ser una enorme ayuda en caso de pinchazo. También se pueden ir acordando los momentos de comer/beber, se tiene apoyo moral, no se lidia con la soledad en la noche, y por sobre todo, el drafting hará que llegar a la meta sea bastante más seguro.

Por eso, además de mi preocupación por los pinchazos también pensaba en encontrar a un amigo para hacer drafting. Una semana después decidí hacerlo con mi amigo Gato Ernesto Li, pero no se lo dije porque temía que podría cambiar de decisión a última hora.

No puedo expresar en palabras la emoción de haber logrado 300 km en solitario y sin más ayuda que los cinco puestos con agua y plátanos con los que me fui encontrando. El drafting me aseguraba la llegada a la meta, sí, pero nunca iba a conocer mi verdadera velocidad promedio o cómo lidiaría con mis sensaciones y las adversidades.

Al final opté por llevar luces de bicicleta, una linterna de frontal de repuesto, un cargador de baterías, una polera liviana, una chaqueta corta-vientos, dos puñados y medio de frutos secos, 3 barras de cereal con granola, 10 mil pesos chilenos en efectivo, lentes y todo el equipo de mecánica básica en caso de emergencia.

Semanas antes de la carrera había hecho unas cuantas salidas en bicicleta: 50 km promedio por el San Cristóbal, San José de Maipo por el Toyo y San Gabriel. Sin embargo, me prometí a mí mismo no montar más la bicicleta si no era acompañado, sobre todo porque debía  llegar fresco el sábado.

(Tito Nazar)

(Tito Nazar)

Lamentablemente, el miércoles previo al evento la bicicleta me falló de manera tan catastrófica que estuve varias horas del día siguiente pensando en que me perdería el desafío. Pude olfatear la frustración máxima: estaba física y mentalmente preparado, pero algo externo me estaba empujando fuera de mi sueño. Ese jueves fue un parto trabajar y tener que encontrar por todo Chile la pieza que me faltaba. Finalmente la encontré en Santiago y en ese momento pude volver a sentir mi corazón latiendo fuerte en el pecho por hacer la travesía. «Brevet 300, voy por ti con todo lo que tengo…no sé si hay mañana, solo sé que el tiempo es ahora», pensaba.

La carrera partió en el sector de Plaza Italia a las 20 horas en punto y sería una carrera con modalidad nocturna. Arrancamos por las avenidas hacia el Cajón del Maipo y fuimos midiendo los ritmos, especialmente una vez que entramos a las Vizcachas. En esos momentos decidí irme con el Gato, pero me di cuenta que mi amigo no estaba tan entrenado para trabajar en equipo. Entonces me despedí de él y cada uno terminó por concentrarse en su propio ritmo.

Podría contar que me perdí del puesto de control Nº 1, pero algo más interesante fue que, en mi desesperación por volver al punto perdido, terminé siendo testigo de cómo la gente de “Valdivia de Paine” celebra los fines de semana en la calle misma. En plena ruta algunos se sentaban en el paradero de micros, otros ponían carros de comida rápida y jugaban con los niños en la calle, mientras adultos y ancianos conversaban de la vida bajo la luminaria de los caminos. Fue un momento de mucha reflexión, especialmente durante esa noche. Al final encontré el bendito puesto de control pero volví a perderme, acumulando 45 minutos más en resolver mis estupideces. Entonces decidí bajar el ritmo y estar más pendiente del GPS.

Por la noche continué hacia el norte por un camino que resultó ser bastante húmedo. Aquí fue cuando decidí concentrarme en todo. La noche había caído y lo mejor era estar atento, con los ojos bien abiertos y preocupado de comer e hidratarse bien para llegar lo antes posible a la final. Pero pasó lo que temí. La noche en los sectores rurales es una boca de lobo (como diría mi padre), por lo tanto el trabajo con las linternas se volvió importante. El frío se apoderó de todo y la humedad bajó la sensación térmica otro poco.

Crucé Talagante y Peñaflor para llegar a Bollenar. Ahí el puesto de control (PC) era el 2 y el 3, pues, haríamos una vuelta por el norte acumulando 100 km que nos llevarían de regreso a Bollenar. En ese loop se encontraba María Pinto, Santa Inés, Curacaví, Los Quilos, El Carmen y Chorombo.

En el PC 2 me dijeron que se venía la parte más solitaria y oscura del trayecto. Mentalizado en ello, recuerdo que envié un audio de Whatsapp a un amigo que me esperaría con café en Curacaví a eso de las 3 AM. En esos momentos me acordé de Schopenhauer escribiendo que el ser humano es el único que tiene consciencia de mirar al cielo y contemplar las estrellas. Sí, estaba tan de noche que mi foco iluminaba lo justo, mientras que mi luz trasera tintineaba su rojo flúor entre la brisa helada. Recuerdo que debía mover los dedos para aumentar un poco la circulación. La verdad es que no la estaba pasando de lo mejor. Entre las 1 y las 4 AM pasé frío especialmente en los pies. Por ahorrarme algunos gramos de capas pasé varias incomodidades termo-regulando el frío en mi parte baja.

(Tito Nazar)

(Tito Nazar)

El camino era muy plano y con la oscuridad se me hizo algo monótono. De repente, Morfeo me empezó a tentar. Sentí un sueño de tal calibre que los ojos se me iban cerrando mientras giraba los pedales. No lo podía creer. Era frustrante no poder obligarme a mantener los ojos abiertos. Las únicas veces que me pasó algo similar fue cuando hacía aclimatación en altura (es un efecto típico de puna) pero nunca me había pasado, que moviéndome tan activamente, los ojos luchasen por colapsar y llevarme a un plácido descanso dejándome tirado en plena carretera. Estaba lejos de sentirme cómodo, pero a la vez me sentía bendecido de estar ahí y más aún, por elección. Es interesante esa dualidad de no estar cómodo y de no querer estar en otro lugar, de todas formas.

Antes del amanecer el frío era demasiado, especialmente por esa zona que era muy plana, donde se generaba mucha fricción por el viento creado. Miré el reloj muchas veces esperando a que el sol levantase. Se me hizo algo angustiante la espera. Solo quería llegar el PC 3 para descansar un rato y comer plátanos para llenar mi estómago con algo más que alimento deportivo.

Por fin se hizo la luz el domingo. Unos pocos minutos después llegué al PC 3. Una vez aquí, comí frutos secos y me tomé una pastilla con sales hidratantes para evitar los calambres. También comí unas barras de cereal que había llevado y pocos minutos después ya estaba en marcha. Me quedaban 75 km por delante y estaba determinado a finalizar la carrera a toda costa y lo antes posible. En eso, las temperaturas ya auguraban un calor fuerte para el medio día, entonces sentí la urgencia de salir raudamente de ahí para arrancar del calor y para llegar por mi cerveza, el premio que me esperaba al llegar a la meta.

Una amiga, Loreto Pérez, me había dicho que me quería esperar en la meta. Pero antes de llegar, la cosa se había puesto algo más complicada. La calidad de los pastelones de cemento iba empeorando y podía sentir la línea divisoria de las mismas en todo el marco de la bicicleta. Eso hizo que se me fatigaran los músculos y mi trasero ya no estaba soportando de lo mejor el sillín. La única solución era pedalear de pie, cosa que a su vez me cansaba aún más. Las suaves pendientes ahora costaban más y solo los planos me los podía bancar decentemente. Si las planicies eran muy extensas debía parar pero aprovechaba de acomodar cosas en el bolso, guardar los guantes, sacar los lentes para el sol y guardar la chaqueta corta-vientos.

Pasé por Talagante una última vez y poco a poco empezó a aumentar el tráfico vehicular a medida que me iba internando más y más en la capital. Llegué por fin al último PC del Brevet que se encuentra a solo 30 km de la meta. Solo me quedaba un 10 por ciento para terminar lo que fueron 13 horas de recorrido. Me comí un plátano y tomé mucha agua. Ahora tenía calor y venía muy agotado, las piernas no me respondían armónicamente y la elongación muy poco me recobraba del cansancio general. Pensé que mantener una velocidad no podría ser posible por la calidad del pavimento y por mi agotamiento, pero mirando el reloj supe que iba a un ritmo promedio de 30 km la hora. Eso me levantó la moral para llegar rápido a Estadio Nacional, lugar donde la última mesa de Austral Randonneurs montó la meta.

Recuerdo que le envié un audio a Loreto pidiéndole comida consistente para la meta. En esos instantes llevaba un par de horas con hambre. Solo quería llegar, bajarme de la bicicleta y comer con una cerveza en la mano.

Pasando por el sector de Padre Hurtado empezaron a aparecer los semáforos más seguido. Debo admitir que cada vez que me pillaba una luz roja lo odiaba, pero a la vez lo agradecía porque me ayudaba a recobrar las piernas y el trasero. Faltaba tan poco…

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(Tito Nazar)

(Tito Nazar)

Maipú y Cerrillos estaban por fin a mis espaldas. Sentir el final ya era inminente y solo cruzaba los dedos por no pinchar tan cerca del final. Entonces aparecí por detrás de la Villa Olímpica y ya sentía olor a Olimpo, de regocijo, de emociones que me quebraron un poco el semblante. Lo estaba logrando, concretando, materializando mis visiones. Una vuelta más para llegar a la meta. Vi a Juan, el director de carrera y frené junto a los dos chicos que me antecedieron por 5 minutos. Me quedé mirando a Juan. Tuvimos una conversación banal que no logro recordar de qué trató. Creo que le dije que me perdí varios kilómetros, momento en que aproveché de preguntarle si había cerveza. Él me asintió.

En eso me dirigí al restaurant Match Point, registré mi pasaporte de meta con cada timbre estampado y saludé a Loreto, la que me espera con los sándwiches más ricos que he comido en todo el año. Me regaló su café de grano que había ordenado justo antes de mi llegada y me comí de inmediato el plato de pastas que venía incluido para nosotros.

Por fin llegó mi cerveza pero mi felicidad fue mayúscula cuando conversando con Loreto, supe que hice la carrera en 13 horas y 50 minutos, justo debajo del tiempo esperado. Mi alegría era hacia dentro, supongo por el cansancio. Había cruzado 300 km dentro de un tiempo decente y solo. Cuando pienso en esto, me cuestiono esas frases populares que dicen que hacer cosas grandiosas tienen valor solo si tienes con quien compartirlas.

¿Y luego qué? Bueno, como siempre, Austral Randonnerus premió a sus participantes no solo con Birra Weichafe de calidad, sino que con increíbles masajes de Home Studio Terapias.

Ahora solo me queda la profunda alegría de haber cumplido un sueño que me exigió planificación, preparación mental y física. Pero como todo sueño, cuando se cumple, viene el siguiente.

¡Nos vemos en enero con el Brevet 400km!

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