Te Pito O Te Henua

(Runology)

«Desde la Isla de Pascua, el lugar más solitario del mundo, tan solo se alcanza a divisar un horizonte de aguas infinitas, salvo de noche, cuando la luna suspendida del firmamento constituye el único pedazo de tierra que los nativos han tenido a la vista a lo largo de su historia». Esta frase de José Vicente Alfaro, extraída de su libro El llanto de Isla de Pascua, no solo me produce escalofríos por la precisión con la que describe la isla, sino que también porque trae a mi mente el nombre original de ella: Te Pito O Te Henua, el ombligo del mundo.

Después de haber estado en Isla de Pascua por 5 días junto a Runology y amigos que se sumaron en esta ocasión, toda idea, expectativa o imagen que hubiese tenido de ella, han quedado en el olvido. Y es que no existe foto o video que describa el cómo se te aprieta el pecho cuando la pisas por primera vez. Puede sonar cursi, lo sé, pero todo aquel que haya ido a Rapa Nui sabrá de lo que hablo. Es extraño y desconocido pisar un lugar que está literalmente en el medio de la nada y esa sensación no te abandona durante todo el viaje.

Siempre escuché sobre la isla «o la amas o la odias», meses después de haber vuelto, aún con la nostalgia de extrañar un lugar que no es mío y una tierra en medio del océano, no comprendo qué podría haber odiado de ese lugar.

Ubicada a 3760 kilómetros en línea directa de Santiago de Chile, Rapa Nui es uno de los principales destinos turísticos de Chile, sin embargo, no es uno de los más visitados por los chilenos. Un grave error que lamentablemente solo se revela una vez que llegas al ombligo del mundo.

Solo unos minutos en tierra bastaron para que llegaran a mi mente los recuerdos de Iorana, la teleserie de Televisión Nacional. Y unos minutos más para darme cuenta que la ficción de la pantalla chica, es solo eso. Jamás se podría plasmar a la perfección el peso ancestral  y la historia del pueblo Rapa Nui que parece haberse quedado detenida en el tiempo. Es un lugar rodeado de misterio que esconde la tradición oral en cada punto de la isla. Mitos y leyendas abundan, y toda teoría científica pierde razón ante la fascinación que provoca el tratar de conocer más sobre este maravilloso pueblo y lugar.

Al estar ahí se pierde la noción del tiempo real, el continente queda en el olvido y te hechiza. Ahora estás en una isla, aislada y la única tierra que ves, además de aquella sobre la que estás parada, es la luna y de noche.

El tiempo para estar en la isla también pasa a ser un misterio, 5 días no fueron suficientes para nosotros, ya que tal como nos recomendaron los isleños, hay que vivirla como la viven ellos y bajo esa perspectiva cualquier plan tendrá modificaciones.

Soy de las que cree que nunca verás un lugar por completo, y siempre tendrás que volver una segunda o incluso una tercera vez. Eso pasa con Rapa Nui y ahora entiendo a quienes se han quedado a vivir.

El día que llegamos no aguantábamos las ganas de ver la isla y apenas sales del aeropuerto internacional Mataveri y te internas en Hanga Roa, la principal localidad, te das cuenta que no necesitas «salir a ver», porque siempre «estás viendo» y el infinito del océano es siempre el fondo perfecto.

Una visita a la isla no puede quedar exenta de compartir con los isleños y el día que llegamos jugaba Chile contra Paraguay. Un partido para olvidar, pero un asado para recordar junto a los rapanui. Cada uno de ellos es un verdadero embajador de su isla.

Una clásica postal de Rapa Nui (Runology)

Una clásica postal de Rapa Nui (Runology)

Al día siguiente vendrían los primeros kilómetros, 15 para ser exactos, bordeando la isla y haciendo turismo al mismo tiempo. Algunos corriendo y otros en bicicleta, se hacía imposible no parar a disfrutar de cada postal natural y lugar arqueológico que inundan el lugar.

Una temperatura extremadamente agradable que nos hacía olvidar el frío de la capital. Pero tal como nos habían comentado los lugareños, si en un extremo de la isla hay sol y cielo azul, en el otro, la lluvia puede amenazar. Y así ocurrió, más no importó. Correr bajo la lluvia con moais observándote a un costado no tiene descripción alguna, y si bien nos mojamos bastante, el trail de ese día terminó con el sol en lo alto, por lo que la playa de Anakena nos guiñaba el ojo a los lejos. ¡Cómo decirle que no!

Agua cristalina y turquesa, arena blanca, fina y coralina, palmeras,  y el total aislamiento. Si eso no es paradisíaco la definición debe ser reconsiderada.

Anakena es la principal playa de Isla de Pascua e invita a bañarse en cualquier época del año debido a su temperatura media, y muy agradable, de 20ºC.

Una playa idílica que guarda en su historia la llegada del rey Ariki Hotu Matu’a a la isla, donde desembarcó con sus hombres y estableció el primer pueblo que dio origen a la cultura Rapa Nui que hoy conocemos.  Además, en ese lugar se encuentra el Aha Ature Huki, el primer moai que se volvió a levantar en la isla en los tiempos modernos. Y también la característica plataforma Aha Nau Nau, siete moais erguidos y uno de los conjuntos mejor conservados.

El solo hecho de nadar en esas aguas basta, pero también se pueden realizar otras actividades como kayak o pescar. Llegar hasta ella es muy sencillo y se encuentra a solo 18 kilómetros de Hanga Roa, aproximadamente a unos 20 minutos en auto por la única carretera que atraviesa la isla. También se puede ir en taxi o en bicicleta.

Esa segunda noche la intensidad del día nos llevó a comer en unos de los restaurantes locales, Te Moana, un ceviche de atún que no creo vaya olvidar algún día.

Al día siguiente el buceo era la primera actividad para algunos, mientras que otros decidimos correr por la costanera y hacer algo más de turismo sobre zapatillas.

El Centro de Buceo Mike Rapu fue el elegido para descubrir la isla bajo el océano y no nos equivocamos, una experiencial total, nueva para algunos y digna de repetir.

Esta tarde nos esperaba Rano Kau, el volcán más grande de la isla y uno de los escenarios más impactantes y bellos. Y por algo es uno de los lugares favoritos de los visitantes. En nuestro caso algunos subieron corriendo desde la base, un par de kilómetros cuesta arriba, otros en auto y otras, como yo, nos subimos a la bicicleta desde el puerto de Hanga Roa. La subida y los kilómetros pesaron, pero en el camino las dos «ciclistas» fuimos testigos de algo que jamás pensamos ver durante el paseo. Una ballena, inmensa, en medio del océano. La parada fue obligada, ya que los isleños y turistas que pasaban por ahí avisaban para que uno se detuviera a ver el espectáculo.

Una vez arriba del volcán la inmensidad del lugar, el silencio total y el infinito del océano como única vista, se ven solo interrumpidos por el viento. La vista es de alto impacto. Solo mar en el horizonte.

El cráter del volcán es casi circular y tiene una altura de 324 metros, se encuentra a pocos kilómetros de Hanga Roa y su laguna interior se debe a la acumulación de lluvia en el interior de la caldera del cráter volcánico. Tiene un kilómetro y medio de diámetro y su superficie está cubierta de numerosas islas flotantes de juncos de totora inestables.

A lo que vinimos (Runology)

A lo que vinimos (Runology)

Además de la flora que se puede observar, este lugar guarda mucha historia. Y hay muchas cuevas, petroglifos, restos de casas e incluso plataformas de moais. Todo esto revela la importancia que alguna vez tuvo este lugar para los antiguos y dentro de los cuales se encuentra la aldea ceremonial Orongo.

Bordeando el cráter, casi cayendo sobre el mar se encuentra esta aldea, otro de los escenarios más increíbles de la isla. Son 50 casas de piedra que datan del lugar que era habitado solo en los días previos en que se realizaba la ceremonia del Hombre Pájaro o Tangata Manu, en el mes de septiembre. Justo en la época que fuimos.

Con la llegada de la primavera, los clanes de la isla competían para obtener el primer huevo del ave manutara y así conseguir el poder de la isla. Esta ceremonia se llevó a cabo hasta finales del siglo XIX.

El manutara es conocido como el pájaro de la suerte, y cabe destacar que en un lugar donde la fauna es escasa y se divisan casi puras aves, era de esperar que existiese un culto religioso al respecto.

Esta especie de gaviota llegaba a la isla cada primavera para poner sus huevos, entonces, los participantes, hopu manu, descendían por el acantilado de 300 metros, nadaban hasta Motu Nui, el islote donde se encontraban estos pájaros, con la ayuda de un flotador, esperaban su llegada, y una vez que conseguían el primer huevo, el ganador anunciaba el triunfo gritando el nombre de su líder y la frase «Ka varu te puoko» (afeita tu cabeza).

El ganador guardaba el huevo y se lanzaba al mar para volver nadando a Orongo. El huevo tenía que llegar intacto. Muchos de los competidores morían en el intento. Cuando llegaba a tierra el hopu manu entregaba el huevo a su líder y así se convertía en el «jefe» hasta la próxima primavera, y este se rapaba la cabeza. Luego, aun cuando no hay detalles exactos y depende de la tradición familiar de cada isleño, la historia dice que se le consideraba una persona sagrada por un año, nadie podía acercarse o tocarlo, por lo que se recluía por seis meses en Anakena o en Rano Raraku, la falda del volcán. El hopu manu, por su parte, volvía a su casa con el orgullo de haber ganado.

(Runology)

(Runology)

En la actualidad se recuerda le emoción del Hombre Pájaro durante la Tapati Rapa Nui, en febrero, un festival con pruebas culturales y deportivas inspiradas en los antiguos hopu manu.

Otro día se nos iba en la isla, y aun quedaba mucho por ver. El hechizo rapanui ya era un hecho a esas alturas y aun cuando nos emocionaba un nuevo día,  no queríamos que esos atardeceres acompañados de Ventisquero se acabaran. Los colores que despedían la jornada eran la mejor combinación para un buen tinto.

A la mañana siguiente nuestro objetivo era el volcán más antiguo de la isla: Poike. El primero pedazo de tierra firme que emergió del mar. Es un lugar poco visitado debido a su lejanía, pero guarda rincones secretos y antiguas leyendas que no pudimos dejar pasar.

Para este trekking tuvimos la compañía del local Mea-Mea Haoa Tuki, quien nos guió por las laderas del lugar. Poike significa lugar donde se quiebra la noche, porque es el primer lugar en toda la isla donde llegan los rayos del sol. Con una altura máxima de 460 metros, termina abruptamente en acantilados costeros.

Cuevas y ruinas se pueden observar durante su ascenso, y una de las más conocidas es la Ana o Keke, también conocida como la cueva de las vírgenes.

La península de Poike esconde esa legendaria cueva, y su entrada se encuentra ubicada en los acantilados verticales, por lo que solo los arriesgados se atreven a conocerla. Y para encontrarla debe ser con guía, como fue nuestro caso.

Una cueva profunda de unos 380 metros y una altura que va desde 30 cm, hasta 2 metros de altura, lo que te obliga a ingresar arrastrándote. En su interior los petroglifos adornan las paredes y muchos están aun sin descifrar.

La leyenda cuenta que las jóvenes adolescentes eran aisladas en su interior. Con poca luz y escasa comida. Así las conservaban vírgenes para ritos relacionados con la fertilidad.

A diferencia de otras partes de la isla, aquí la entrada del Parque Nacional puede no ser requerida, ya que no hay un lugar físico, sin embargo, es bueno tener el ticket siempre a la mano porque puede ser requerido. La entrada para el Parque Nacional Rapa Nui la pueden comprar en el aeropuerto y tiene una vigencia de 10 días. Poike se encuentra a unos 20 kilómetros de Hanga Roa.

Luego de la larga caminata y varias horas al sol, Anakena resultaba ser, una vez más, el mejor panorama para terminar el día. Pero antes pasaríamos a la playa Ovahe.

A un kilómetro y medio de Anakena en dirección sudeste se encuentra esta pequeña playa, que sigue conservando su carácter virgen y un acceso rocoso.

Rodeada de acantilados, esconde cuevas y los restos de un antiguo crematorio ceremonial. Si bien es perfecta para tomar el sol, deben tener en cuenta que debido a sus altas paredes, el sol se pierde rápidamente.

Una tarde de playas que comenzaban a despedirnos del paraíso pascuense y la nostalgia de un lugar que todavía no abandonábamos ya se hacía sentir entre los visitantes.

Con tanto atardecer inolvidable y colores que solo se ven en Isla de Pascua, no podíamos irnos sin ver el amanecer y el lugar elegido fue el Ahu Tongariki, una plataforma de 15 moais con el Océano Pacífico a sus espaldas. Es la estructura ceremonial más grande construida en la isla.

Paraíso (Runology)

Paraíso (Runology)

Con la postal natural capturada para siempre en nuestras mentes, partimos al volcán  Rano Raraku, uno de los sitios arqueológicos más extraordinarios del planeta. En este lugar eran elaborados los moais, por lo que puedes ver decenas de ellos, era literalmente una fábrica y ahí se esculpieron casi todas las estatuas que se encontraron en la isla (1.000 en total). Además, este volcán alberga en su interior una laguna de agua dulce.

Otra de las infinitas leyendas, cuenta que el fin de esta actividad de esculpir moais, fue debido a que existía una anciana con el poder de mover las estatuas. Pero en una ocasión, los trabajadores comieron langosta sin dejarle a ella, y esta se enojó, haciendo desplomar las esculturas, deteniendo este trabajo para siempre.

La tradición oral también habla de una batalla en el Poike en la cual se eliminó a la mano de obra que realizaba este trabajo, y otros dicen que fue un desastre natural, como un gran terremoto o tsunami.

Pero todo parece indicar que fue un abandono paulatino, de la mano de la decadencia de las creencias, guerras y escasos recursos disponibles. Aunque la leyenda de la anciana enojada con poderes le da el misticismo necesario a la historia.

(Runology)

(Runology)

A pocos metros del ingreso a Rano Raraku, se puede tomar un camino a la izquierda que te lleva a un cráter con una laguna interior. Uno de los principales humedales, en una isla donde no hay ríos ni arroyos. Aquí, durante el Festival Tapati, se lleva a cabo la Tau’a Rapa Nui, un triatlón de carácter ancestral y que cuenta de tres disciplinas: remo, correr con 20 kilos de plátanos encima, y finalmente nado, con la ayuda de flotadores.

Sabíamos que dejando la cantera de moais, se venía la última actividad en Rapa Nui: esnórquel en los motus. Estas islas fueron creadas por lava originaria de volcanes más pequeños y movimientos telúricos submarinos. Desde el puerto de Hanga Roa, y una vez más en compañía del Centro de Buceo Mike Rapu, el equipo completo se subió a un bote para hacer algo de esnórquel y volver a lanzarse al mar antes de subirse al avión.

Una vez más la isla nos sorprendía, pero esta vez debajo del agua. Los corales, la claridad y la fauna submarina hacían difícil volver al bote, además eso significaba volver al «conti».

El regreso era inevitable, pero cada uno de los que acompañó a Runology en este viaje hubiese hecho lo posible por perder el vuelo. Y es que la isla es mágica, tiene algo, quizás son los Aku Aku, los espíritus guardianes, los moais que parecen observarte todo el tiempo, esa energía mística de las infinitas leyendas e historias que se esconden en cada rincón de Rapa Nui, los isleños, o quizás, el simple hecho de lo desconocido y todo lo que hay por descubrir. Es inevitable querer impregnarte de toda la historia, cultura y creencias del lugar.

Te Pito O Te Henua, «el ombligo del mundo», le hace honor a su nombre, es un must go para todo chileno y definitivamente provoca una adicción que te hace extrañarla siempre, por lo que volver es un hecho.


Esta entrevista apareció en la edición de Outside Chile, noviembre/diciembre 2017

Compartir

scriptsell.neteDataStyle - Best Wordpress Services