Rehabilitando la Fauna Silvestre

El primer centro de recuperación de fauna silvestre del país mantiene firme su legado y hoy alberga a más de 200 animales para su recuperación.

En un rincón del Cajón del Maipo, se encuentra el Centro de Rehabilitación de Fauna Silvestre  Godofredo Stuzin (CRFS) del Comité Nacional Pro Defensa de la Flora y Fauna (Codeff), institución creada en 1992 a raíz de un convenio con el Servicio Agrícola y Ganadero (SAG), bajo el contexto de la ley de caza. Hoy, el centro se encuentra conmemorando 25 años de vida.

Tras unos cuarenta minutos de viaje desde Santiago, en el que fuimos acompañados por María José, la veterinaria y actual encargada del CRSF, llegamos a las inmediaciones de esta histórica institución, donde hoy residen alrededor de 240 animales, entre los que se cuentan loros choroy (Enicognathus Leptorhynchus), tricahues (Cyanoliseus patagonus bloxami), cachanas (Enicognathus ferrugineus), zorros culpeos (Lycalopex culpaeus) y una solitaria puma (Puma concolor).

Protocolos de rehabilitación 

De acuerdo a María José, «algunos loros llegan diciendo frases como ‘care huevo’, ‘mamá’ o te chiflan. Uno lo está limpiando y se te suben al hombro. Están acostumbrados a conductas que uno sabe que tenían en una casa. Llegan con problemas alimenticios, más que nada conductuales, debido al estrés de estar en la jaula encerrados. Les faltan conductas propias de vivir en comunidad, porque los loros son gregarios, es decir, siguen la tendencia a agruparse en bandadas súper grandes. Se pueden ver choroy de hasta 60 individuos».

 La veterinaria asegura que en estos momentos, solo se están enfocando en labores de rehabilitación, pues no cuentan con el personal, ni con los recursos para desarrollar labores de rescate. Cada vez que llega un animal al CRFS se activa un protocolo de rehabilitación: si el animal no necesita atención médica, se le ingresa a una sala de recepción donde se pretende disminuir sus niveles de estrés, y donde «sigue con la misma comida que venía, porque la idea es hacerle los cambios de a poco, para evitar que aumente el estrés.  En esa sala están ahí casi dos semanas, y en ese tiempo uno evalúa las conductas dependiendo de la especie, y se completa la ficha médica», explica la especialista.

 Posterior a esto, los ejemplares pasan a la denominada zona de cuarentena, la que según María José, se llama así «pero en el fondo ya estaban haciendo cuarentena estando aislados. Ya finalizado dicho proceso, se da inicio al trabajo para armar las bandadas en el caso de los loros, comenzado con la presentación de los animales en una jaula donde solo se encuentran los loros recién llegados,  estando separados de los que ya se conocen, tal como lo pudimos evidenciar en nuestro recorrido por el centro. Separación que de acuerdo a la encargada, consiste en una medida de precaución para disminuir el riesgo de algún ataque, pues los loros puedan matar a otros atacándolos, sobre todo los tricahues, que son bastantes agresivos».

Cuando ya se establece una bandada de alrededor de 20 loros, se trasladan en bloque a una jaula de transición, en la que en vez de presentarse individualmente, se presentan por grupos, y donde tienen dispuestos una serie de juegos creados por los propios voluntarios. Creaciones cuya función es aportar al enriquecimiento ambiental, y las que son sometidas a pruebas para ver cuáles son más efectivas y cuáles no.

Superada aquella etapa, se da paso a lo que Marías José llama fase de rehabilitación pura, en la que los ejemplares son transferidos una jaula más grande, donde se encuentran prácticamente aislados, y la que solo es visitada por el cuidador, quien se encarga de proveer los alimentos; y por la misma veterinaria, quien realiza evaluaciones de sus respectivos comportamientos.

El solitario ejemplar de una puma concolor. (Felipe Arias)

El solitario ejemplar de una puma concolor. (Felipe Arias)

En el caso de los loros choroy, que son ejemplares endémicos protegidos que han presentado mermas en su población en algunas zonas del país, —siendo categorizada como una especie «en peligro» y «vulnerable» por parte del Inventario Nacional de Especies del Ministerio del Medio Ambiente. «La principal causa de ingreso de los loros choroy es la tenencia ilegal, y el SAG realiza estos decomisos, pero no tiene lugar donde dejarlos. Estamos colapsados.  Hemos fallado, creo yo, en el plano educacional, porque en 25 años la principal causa de ingreso, que es por tenencia ilegal, sigue siendo la misma», devela María José.

Justamente, es en este plano en el que la actual directora ha decidido hacer hincapié mediante la reactivación de un grupo dedicado a la educación ambiental, el cual ofrece charlas a estudiantes de enseñanzas media y básica, así como a diferentes actores de la comunidad, pues una de sus principales motivaciones es acercar al público al centro.

Asimismo, la administración de la joven veterinaria se encuentra generando lazos con diferentes organizaciones que se preocupan del rescate y la rehabilitación de la fauna silvestre. «No hemos trabajado en conjunto, falta que conversemos todos para potenciar el trabajo. Pretendemos crear una red de apoyo y de contacto. También la  Asociación de Médicos Veterinarios de Fauna Silvestre de Chile (AMEVEFAS) está tratando de revivir una red de contactos que había entre los centros, y nosotros también estamos en pro de eso», cuenta María José.

Otro de los ejes de la administración de la joven, ha sido la reapertura de los voluntariados, labor que la veterinaria conoce de sobra, pues fue voluntaria del centro durante  su etapa universitaria, y posteriormente se hizo cargo de uno de ellos. Los voluntarios se constituyen como uno de los pilares del centro, pues son ellos los que se encargan de la realización de importantes y variadas actividades,  tales como mantención de las instalaciones, el enriquecimiento ambiental de las jaulas y la alimentación de los animales.

Sin embargo, no ha sido fácil poder armar los grupos de voluntarios —tanto de verano como de invierno— debido a una alta tasa de deserción histórica, pues muchos de ellos, que provienen en su mayoría del campo de la veterinaria, se desencantan al no tener el contacto esperado con los animales, lo que para la veterinaria tiene que ver con el desconocimiento del proceso de rehabilitación animal.

El aporte de Bárbara Zentilli

 Un lugar especial en la historia de esta entidad es el que ocupa la médico veterinaria Bábara Zentilli, quien encabezó la administración del centro durante más de 20 años, a partir del año 1998. En este tiempo, la experta se encargó de profesionalizar la forma en que se realizaban las tareas de rehabilitación, constituyendo un reconocido equipo de trabajo junto a la educadora ambiental Vivian Leirsensohn, y la bióloga Loreto Matthews.

El legado de este equipo se encuentra más vigente que nunca, tal como asegura María José, el que se puede evidenciar en muchos de los protocolos de rehabilitación que actualmente se ejecutan, como en la cantidad de árboles nativos que hoy son parte del paisaje del centro, y en la infraestructura que se sigue utilizando hasta hoy. Uno de sus principales hitos fue la primera liberación —a nivel mundial— de una bandada cohesionada de Loros Choroy en 2006.

Animales emblemáticos 

Cojito es el nombre del tímido zorro culpeo que llegó en 2011 y que fue traído por el SAG a causa de la amputación de su pata delantera izquierda, luego de quedar atrapado en una trampa para cazar llamada huachi. Durante su estadía en el centro, Cojito ha podido lograr importantes mejoras, tanto físicas como conductuales, sin embargo, aún se puede percibir en su rostro el dolor que le produce estar en cautiverio.

 Otro de los animales emblemáticos, y uno de los más antiguos, es Espuma, una puma hembra que fue rescatada de un centro de exhibición ilegal y trasladada al centro por personal del SAG en 2006. Al igual que el caso de Cojito, la experiencia de Espuma cumple un importante rol educativo, sobre todo para las nuevas generaciones.

Cojito (Felipe Arias)

Cojito (Felipe Arias)

El eterno cuidador 

Hablar del CRFS sin mencionar a Don Víctor Olate, sería dejar afuera a un personaje sumamente trascendente dentro su historia, quien durante estos 25 años se ha entregado por completo al servicio y al cuidado de los animales del centro. Este, además de ser lugar de trabajo también es su hogar y el lugar donde sus hijos crecieron. Hace ya un cuarto de siglo este oriundo de Los Ángeles ha desempeñado labores de mantención, limpieza, así como de alimentación, contención y manejo de las distintas especies. Aprendizajes que asegura nunca haber esperado tener, pues antes de ingresar al centro solo había tenido contacto con los típicos animales de campo.

Uno de los desafíos más difíciles que ha tenido que enfrentar el eterno cuidador, ha sido «aprender que los animales están de paso, y que hay que tratar de no encariñarse con ellos». Con emoción, Don Víctor recuerda las tantas veces que estrechó fuertes vínculos con ellos, tal como la vez que terminó llorando cuando un primate fue liberado.

Don Victor Olate, cuidador del CRFS (Felipe Arias)

Don Victor Olate, cuidador del CRFS (Felipe Arias)

Apadrinamiento

Para poder  financiar los altos costos de mantención que conlleva rehabilitar a más de doscientos animales —los que no logran ser cubiertos con el aporte monetario del SAG—, el centro dispone de planes de apadrinamiento para aportar recursos para el cuidado y mantención de uno o más animales. Apadrinamiento  que tiene un costo mínimo de cinco mil pesos, el que se puede realizar de manera individual o grupal (familias, colegios, grupos ecológicos), y que contempla una jornada de educación ambiental y la entrega de informes mensuales del proceso de rehabilitación del animal apadrinado. De igual forma, el centro se encuentra abierto a la recepción de aportes no monetarios, tales como materiales de construcción, herramientas y  alimentos para los animales.

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