Magia en el Desierto

(Runology)

Dicen que si no te conquista a la primera, debes darles una segunda oportunidad porque la magia aparecerá. Algunos llegan por tres días y se terminan quedando diez, otros se quedan por años y quizás para siempre. Hace 15 años conocí al que llaman ‘el desierto más hermoso del mundo’, pero fue en este nuevo viaje de Runology que encontré ese encanto del que tanto hablan. La esencia de San Pedro de Atacama es profunda e intensa y el hechizo es igual de inmediato que el rechazo. Te encanta o lo odias.

A 98 kilómetros de Calama te encuentras con este pequeño pueblo de adobe entre calles polvorientas y cientos de turistas de todas partes del mundo. Los extranjeros se mezclan entre las miradas de los atacameños y a medida que te vas alejando del centro, las voces se van apagando y la maravilla comienza.

Tanto que hacer, pero con pocos días y nuestro mantra «no a lo turístico típico», los consejos del local y nuestro guía Amarillo, fueron el plan perfecto para empolvarnos de la magia de San Pedro.

Llegamos de noche entre un cielo repleto de estrellas y estrellas fugaces a la orden del paciente que las espera.

A diferencia de otros lugares de Chile, San Pedro es místico…siempre. Y se agradece. No sé si es la altura, el clima, el polvo o los lugareños, pero es como entrar en una cápsula del tiempo. Los días parecen ser más largos y la energía que contiene se deja sentir casi a propósito.

El primer día fuimos a la Quebrada de Guatín. Nos habían hablado de los infinitos cactus que escondía y también de sus alturas, los que bordean los siete metros y cientos de años. También conocido como el Valle de los Cactus o la Quebrada de Cardones, en este lugar, a pocos minutos del pueblo, se unen el río Purifica y el Puritana. Es la misma ruta que te lleva a los Géiseres del Tatio.  Y es necesario ir en auto. Llegamos al comienzo de la quebrada y con algunas indicaciones del ‘Amarillo’ comenzamos el primer trekking.

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Caminamos río abajo entre formaciones rocosas, caídas de agua y cactus. Cuánto caminar, es decisión propia. Se puede hacer un ‘ida y vuelta’, o lo que hicimos nosotros, ir de un punto al otro donde nos esperaba el auto para volver al pueblo. El sendero es muy especial y se convierte en un tipo de laberinto. Solo debes seguir el curso del río y descubrir la flora y fauna que esconde el lugar.

El estar en altura y al sol, requiere de ropa, alimentación y una hidratación necesaria, un alto en el camino y algunos minutos de descanso.

Nuestra tarde ya tenía planes: algo de viento y el Valle de la Muerte. En vez de ir a la gran duna decidimos comenzar desde arriba. A medida que nos íbamos acercando a las Cornisas del Valle de la Muerte, el consejo del guía fue «cuidado al abrir las puertas», miradas de duda que rápidamente fueron contestadas. El viento era impresionante y sin el previo aviso, no solo nos hubiese faltado abrigo, sino que también habría una puerta menos en esa camioneta.

Desde ese lugar la vista panorámica es de alto impacto, y mientras caminas bordeando las cornisas, abajo se aprecian las dunas y uno que otro turista haciendo sandboard, y a lo lejos cordillera y volcanes.

Estos volcanes no se pueden dejar pasar, evitar u olvidar. En una panorámica desértica, su imponencia hipnotiza y el misticismo que guardan hace lo suyo. Justo cuando la parte geográfica se vuelve algo «fome» (con respeto) aparece la palabra leyenda y todo vuelve a cobrar sentido. Los ancianos del lugar dicen que los volcanes fueron antiguos guerreros y los cerros doncellas, y a partir de ahí las historias deambulan entre turistas y atacameños.

Tanto el volcán Licancabur como el Juriques se ven envueltos en un triángulo amoroso junto al cerro Quimal. Los atacameños consideran a estos volcanes como personas e incluso dicen que tienen sangre real. Ahora bien, al igual que en otros pueblos originarios, las historias varían, pero me quedo con esta versión que hace mucho más fantástica la geografía del lugar.

(Runology)

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Cuenta la historia que el Príncipe Licancabur era un volcán real, y que tenía un compañero que hacía de escudero y lo cuidaba: Juriques, tan apuesto como Licancabur aseguran. Este Príncipe se casaría con la Princesa Quimal, por lo tanto, esta fue en busca de la bendición de su padre, el volcán Laskar. Pero como en todo triángulo amoroso, nadie pudo evitar que Juriques se enamorara también de Quimal, y esta se confundió, llegando a pensar en cancelar el matrimonio.

Fue entonces cuando Laskar tuvo que intervenir para salvar a los aldeanos de San Pedro ante el posible estallido de los demonios más grandes de los oponentes. Entonces este hizo erupción decapitando a Juriques, y de acuerdo a la leyenda, su cumbre plana es justamente porque fue ‘descabezado’. Pero no estando satisfecho, Laskar envió al exilio a su hija Quimal, mandándola al Gran Salar de Atacama, donde está hoy.

Quimal, arrepentida, dijo siempre estar enamorada de Licancabur, pero ya era demasiado tarde. Si viajan en abril dicen que al amanecer la sombra del Licancabur se alarga por el salar y toca los pies del cerro Quimal.   

No fuimos en abril y no vimos el amanecer, pero tuvimos uno de los mejores atardeceres. El color de la arena, con el cielo, y ya asumiendo el viento, fueron el mejor final del primer día. Bajamos corriendo las dunas y abajo, el ‘Amarillo’ nos esperaba con una copa de vino Ventisquero para hacer el ‘salú’ correspondiente.

Una larga y extendida comida en el restaurante La Estaca, también recomendando por el local, nos dejaron listos para descansar y dormir.

Sueño reparador. Debíamos preparar las mochilas y 4.280 metros aproximadamente, de altura nos esperaban. Dos horas en auto para llegar al salar de Capur y pasar luego al de Talar, atravesando el pueblo de Toconao y Socaire. No hay transporte público hasta el lugar, pero se puede contratar un chofer que te lleve hasta allá y te recoja en el otro salar. No hay señal de celular y se debe llevar mucho abrigo porque hay bastante viento y la temperatura es baja. Además, se debe llevar agua y dormir bien la noche anterior al ser una excursión en altura.

Estos salares son parte de una cadena de lagos salados de superficie blanca cristalizada en medio de la Cordillera de Los Andes, esto en perfecto contraste con el cielo azul. Es un recorrido de un poco más de 11 kilómetros que comienza en el extremo norte del salar de Capur, para ir ascendiendo hasta llegar al Talar. Este sendero es poco visitado debido a su altitud y longitud, sin embargo, es el escenario perfecto para la fotografía.

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En el salar de Capur pudimos ver flamencos y otras aves típicas del lugar. Cuando llegamos a Talar, algunos con algo de dolor de cabeza por la altura, la idea era ver las Piedras Rojas, nombre que reciben porque al estar totalmente limpias luego de las lluvias, toman este color intenso y el contraste de éstas con el paisaje desértico y el cielo azul son de las mejores postales del lugar. El viento una vez más se hacía presente con mucha fuerza y las horas en altura se manifestaban lentamente.

Luego del trekking volvimos al pueblo. Nos esperaban un par de horas y una parada en Toconao para conocer a uno de sus artesanos, Alejandro González, quien es parte de la fundación Smartrip, la cual dona el 20% de sus ingresos a estos programas sociales.

Una vez más, el día se iba entre viento y tierra, esa tierra rosada característica de San Pedro que le da los matices perfectos a la vista.

Burros salvajes y vicuñas salían a saludar a la carretera mientras volvíamos a San Pedro para terminar el segundo día en el desierto más hermoso del mundo.  Luego de horas en altura y bajas temperaturas, volver al calor intenso merecía otra tarde más de descanso en la piscina del Hotel Cumbres.

Esa noche la conversación distendida y el resumen del día tuvo lugar en un clásico del pueblo: el restaurant Adobe con sus fogones y el olor a humo que se impregna en cada prenda, pero un lugar donde definitivamente llegan todos por una copa de vino o una cerveza helada.

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Una larga mesa con amigos se fueron uniendo a medida que volvían de sus excursiones del día, quienes aceptaron responder las 1001 preguntas de The complete book of questions (El libro de todas las preguntas). Entre risas y momentos más serios que otros, cada quien aportó con una conversación espontánea y digna de recordar.

Al día siguiente el medio de transporte elegido fue la bicicleta. Hay varios lugares en el pueblo donde arrendarlas y cuestan tan solo $3.000 por unas 6 horas aproximadamente.

Para los amantes del pedaleo, San Pedro ofrece varios caminos y senderos con hermosos y atractivos paisajes. Uno de los más clásicos está solo a 3 kilómetros del pueblo, el que se dirige hacia las ruinas del pukará de Quitor, una antigua fortaleza inca.

Por el mismo camino se encuentra el Valle de Catarpe, nuestro elegido. En este valle hay tres parajes a visitar: la Quebrada del Diablo, el Túnel y Catarpe. El trayecto desde el pueblo es muy fácil, y teniendo como objetivo la iglesia que esconde Catarpe, la capilla de San Isidro, hicimos un pequeño desvío y nos adentramos algunos kilómetros en la Quebrada del Diablo, lugar que tiene ese nombre por ser un cañón angosto y algo tenebroso en el corazón de la Cordillera de la Sal. Además, a su misterio se le suma la leyenda del llanto de un bebé que se suele escuchar a través de sus laberintos.

(Runology)

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Desde que salimos del pueblo, camino a Catarpe, entramos un poco en la quebrada, y salimos para dirigirnos a la capilla y luego volver. Como siempre el calor y el sol hacen necesaria la indumentaria, el agua y el protector solar.

De vuelta al pueblo, luego de un par de horas matutinas arriba de las bicicletas, ya comenzaba el conteo final. Pocas horas quedaban para volver, pero este lugar tenía más que ofrecernos.

San Pedro es la combinación perfecta de paisajes, desierto, infinidad de colores, estrellas y lugares tan únicos y especiales como él mismo. Un paraje impactante e inolvidable, un lugar definitivamente hostil y precario, pero capaz de provocar una atracción indescriptible por esa cultura que se esconde a  2.408 metros de altura en medio del desierto más hermoso del mundo…y es Chile.

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