Compartiendo la Magia de la Naturaleza

(Tito Nazar)

Esta es la historia de dos amigos que crecieron juntos, en contacto con la naturaleza y que a pesar del tiempo, la distancia y los diferentes objetivos de vida, lograron crear un vínculo especial que los mantiene unidos hasta hoy.

Con Gonzalo somos amigos desde los dos años, de esos amigos que se quieren como hermanos. Vivíamos en Punta Arenas, a media cuadra de distancia y hacíamos todo juntos. En ese tiempo, solo tenía que decir: «mamá, voy a la casa de Gonzalo» y llegaba nomás. Cuando él no estaba me devolvía a mi casa a  hacer otras cosas, porque sabía que en un rato Gonzalo me iría a buscar para jugar a la pelota o andar en bicicleta.

Nos gustaba inventar modelos de autos. Hacíamos nuestros propios kartings con las piezas de una Yamaha 80 que tenía mi papá. Pasábamos horas conversando sobre el futuro, queríamos conquistar el mundo, ganar mucho dinero y trabajar poco; no concebíamos el mundo sin éxito. En eso, llegaron las Mountain Bikes y con ellas el sueño de hacer viajes y paseos lejos de casa.

Desde chico siempre me dejaron ir a donde yo quería, pero a Gonzalo no. Ya cuando fuimos creciendo, los permisos aumentaron y así fue como a los 14 años nos dejaron ir a San Juan, 65 kilómetros al sur de Punta Arenas. Me acuerdo que nos fuimos cargados, con nuestras mochilas de senderismo de 70 litros llenas, para pasar la noche en un campamento del lugar. Llegamos adoloridos y  con mucha hambre, así que lo primero que hicimos fue comer un pollo asado. Se nos cayó sobre una madera quemada, pero poco nos importó porque el hambre era más grande. Al día siguiente, nos devolvimos pedaleando de pie, para no apoyarnos en el asiento; tiempo después de la experiencia, descubrimos las alforjas de bicicletas y ahí nos dimos cuenta que estábamos entendiendo mal la disciplina del Bike Touring.

Gonzalo va despedirse de mi porque nos vamos a Chacabuco (Archivo Tito Nazar)

Gonzalo va despedirse de mi porque nos vamos a Chacabuco (Archivo Tito Nazar)

Ya más grandes, el tiempo para hacer cosas juntos no era el mismo. Teníamos distintas actividades y responsabilidades. A Gonzalo siempre le fue muy bien en el colegio. A diferencia mía, él pasaba mucho tiempo ahí, era parte del centro de alumnos por lo que generalmente estaba muy ocupado. Yo prefería hacer cosas al aire libre, estar fuera de mi casa, del colegio. Pero como nos veíamos poco, pensamos que yo podría cambiarme a su colegio y repetir de curso, así podríamos estar más tiempo juntos. Finalmente nunca lo hice. Sin embargo, a pesar de que cada vez nos veíamos menos, yo estaba seguro que los dos hacíamos un equipo insuperable.

Gonzalo entró a estudiar ingeniería electrónica en Valparaíso y yo medicina veterinaria en Santiago. Estábamos lejos, pero en segundo año de universidad a Gonzalo se le ocurrió que podíamos viajar en bicicleta desde Puerto Octay hasta Temuco. Mi idea, de que los dos hacíamos un gran equipo, se confirmaba cada día más. Gonzalo era un líder innato, me entregaba la seguridad que necesitaba cuando me sentía inútil.

Ese viaje, que cambió mi vida, se convirtió en un recuerdo lejano. La universidad, las responsabilidades, nuestras vidas separadas, me pasaron la cuenta. La rutina y la cotidianidad me sumergieron en una depresión que me alejó de todo lo que amaba; extrañaba a Gonzalo, a mi compañero de viajes, a mi hermano.

No tenía muy claro qué quería hacer con mi vida, hasta que repentinamente explorar la naturaleza y  maravillarme con sus aventuras parecía ser un deseo muy grande. Empecé a subir montañas. Gracias a eso vi cosas increíbles que nunca olvidaré y que me hubiese gustado compartir con mi mejor amigo. Tal vez con su compañía las cosas hubiesen sido aún mejor, pero él tenía otros intereses, otros sueños.

Gonzalo en Petrohue (Archivo Tito Nazar)

Gonzalo en Petrohue (Archivo Tito Nazar)

Durante las vacaciones yo trabajaba como guía turístico en Magallanes, mi tierra. Con lo que ganaba me compraba todo tipo de equipos para subir montañas y hacer escalada. A medida que pasaba el tiempo fui conociendo otros deportes. Empecé a hacer esquí de montaña, me metí en valles y cornisas donde la gente no llegaba. Vi otra cara del universo, más solitario y mágico. Aún recuerdo estar a más de 3 mil metros de altura y ver durante muchos segundos una mariposa volar sobre la laguna del Morado, en temperaturas bajo cero. Esos son los momentos en que te conectas en mente y alma con la naturaleza.

Durante las primaveras y veranos me dediqué a correr por los cerros. Mi meta era subir un cerro en Magallanes pero luego pensé en grande y comencé a correr las llamadas «ultras». La primera fue de 50 kilómetros en Torres del Paine. Me acuerdo que mientras corría, antes de llegar a la meta, vi el glaciar de Grey y me puse a llorar por su belleza. No extrañaba a nadie, ni siquiera a Gonzalo. Ahí entendí que la magia de la naturaleza es para quien la quiere ver.

Hace una tiempo atrás Gonzalo estaba sentado en mi comedor y conversamos sobre lo distinto que somos, pero al mismo tiempo, la linda amistad que hemos construido. A pesar  de no tener nada en común, creemos que nos mantiene unidos ese lazo que creamos durante la infancia. Él hoy tiene pareja, una hija y un trabajo estable, es valorado en su ambiente, tiene proyecciones y es un estratega innato. Yo por primera vez en mi vida,  tengo un trabajo estable, con rutina, pero en la que está presente el contacto con la naturaleza. Salgo todos los días a las 4 AM a correr 22 kilómetros al  cerro y cuando no puedo, trato de salir a andar en bicicleta.

Los fines de semana son para alguna travesía local de 200 kilómetros en bicicleta o 40 kilómetros corriendo por los cerros. A esto lo llamo «experiencias catárticas», porque me elevan el espíritu.

Tito Nazar (Archivo Tito Nazar)

Tito Nazar (Archivo Tito Nazar)

Hace poco Gonzalo, tuvo tiempo libre y me pidió que subiéramos un cerro. Decidí llevarlo a mi patio trasero, el Cerro San Cristóbal, atravesarlo corriendo por los senderos y así subir a la cima del Cerro Carbón. Mientras trepábamos, me preguntaba si él sentiría la misma dicha que yo sentía. Estaba agradecido de la vida por compartir esos momentos en la naturaleza junto a mi mejor amigo, algo que había soñado hace mucho tiempo.

Gonzalo, el niño que jugaba a la pelota una vez por semana y que recorría los paisajes magallánicos en bicicleta, había perdido su buen estado físico, le costó seguir mi ritmo, pero lo disfrutó. Luego de esa experiencia, bajamos de las alturas con un nuevo aire, más optimista y con los deseos de repetir la hazaña. Nada es como antes. Aún extraño a mi amigo, pero hoy elijo dejar fluir mi espíritu en el cielo, en los árboles, en los cerros. La energía que me entrega la naturaleza llena cada esquina de mi corazón y me nutre el espíritu.

Siguiendo con su trayectoria, Gonzalo me hizo viajar en diciembre del presente año al campo de sus padres en las cercanías de Temuco para yo ser el padrino en su matrimonio. Su señora, Afra, vistió de un blanco marfil perfecto. Quien entregó los anillos de matrimonio fue Julián, hijo de Afra. Alessandra, la hija de ambos de 2 años de edad estaba vestida como una princesa.

Gonzalo y Tito en la cumbre de El Carbón (Archivo Tito Nazar)

Gonzalo y Tito en la cumbre de El Carbón (Archivo Tito Nazar)

Los padres de los novios se veían formidables y los míos viajaron desde Punta Arenas para acompañar a quien conocen desde que salió de la cuna. Mi padre se admiraba al recordar a ese mocoso montado sobre un saco de papas fritas y hoy verlo sentado en la mesa de honor del matrimonio forjando una nueva etapa en su vida.

Mi hermano sigue su camino. Yo sigo mi sendero también, pensando en qué travesía  montarme, o en qué carreras medirme. Lo de llevar una vida normal no es para quien escribe: solo diviso senderos, amaneceres, atardeceres, animales, polvo y roca, glaciares y aventuras, cervezas y café, pensamientos y filosofía de montaña.

¿En algunos años más podré escribir en qué van los caminos del Gonzalo y mis senderos elegidos? ¿Se juntarán? ¿O nuestras autopistas tomarán otras direcciones? Por el momento, tengo un corazón que late lento y profundo, y una sonrisa que se esboza en mi rostro mientras agradezco la felicidad de estar acá, vivo y consciente.

Matrimonio de Gonzalo (Archivo Tito Nazar)

Matrimonio de Gonzalo (Archivo Tito Nazar)


Esta experiencia apareció en la edición de Outside Chile enero/febrero 2018

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