Descenso en Cerro Castillo: Un Día de Pura Vida

(Nicolás Gantz)

«La japonesa» es una ruta ubicada en Cerro Castillo que ha sido ascendida por escaladores, pero que nunca antes había sido explorada como línea de descenso en esquí. A continuación, el relato de esta aventura por algunos de sus protagonistas.

«Siempre tuve esa inquietud de llegar un poco más lejos, de conocer nuevos valles y nuevas montañas. Hace poco, esa inquietud me llevó a una línea con la que soñaba hace mucho, una línea que nos llevó a empujar nuestros límites. Un proyecto así, siempre significa una aventura», relata Vicente Sutil (23) al comienzo del video Corazón del Castillo, producción audiovisual que detalla algunos de los momentos más importantes que vivieron los atletas Raimundo De Andraca (24), Sebastián Rojas (28) y Vicente Sutil —acompañados del fotógrafo Nicolás Gantz y los camarógrafos Claudio Vicuña y Peter Wojnar— cuando descendieron en esquí la línea La Japonesa en la cara sur del Cerro Castillo, en la Patagonia chilena.

La travesía

El 20 de octubre, el despertador del equipo sonó  a las cinco de la mañana. «Lo único que se escuchaba era el sonido de la lluvia sobre las latas de zinc del hostal. Miramos por la ventana y estaba lloviendo de forma patagónica y las nubes estaban súper bajas», cuenta el fotógrafo Nicolás Gantz. Fue entonces cuando pensaron que la ventana que habían esperado por meses en Santiago de Chile, habría fracasado. Pero «a eso a eso de las 8 de la mañana ¡Pum! se abrió el cielo y la excitación de todos era pa’ saltar en una pata. Ahí tomamos los caballos y subimos de una», recuerda Sutil.

(Nicolas Gantz)

(Nicolas Gantz)

Una vez realizado el primer tramo, llegaron al campamento base alrededor de las cuatro de la tarde, donde decidieron descansar hasta el otro día para ir directo a la línea que buscaban. Al día siguiente, despertaron a las tres y media de la mañana, con la sensación de que la jornada auguraba un buen final. «Teníamos que esperar la luz del día para ver la línea y saber por dónde subir, porque, al igual que para bajar una montaña, tú necesitas verla, sacarle la película y tener claro por dónde vas a subir, cuáles son los lugares expuestos, cuál línea puede ser rápida, cuál puede ser lenta, dónde puedes descansar y dónde no». Una vez en pie «bordeamos la Laguna Cerro Castillo y, cuando llegamos a la zona donde está el glaciar, nos encordamos por si alguno se caía a una grieta. Una vez allí, esperamos alrededor de una hora con 45 minutos para que amaneciera», cuenta Sutil.

Cuando el sol comenzó a iluminar las primeras paredes de la cumbre de Cerro Castillo, ya tenían un primer plano, y con ello una panorámica de la ruta que debían randonear para luego descender esquiando por La Japonesa.

A eso de las 10 de la mañana, escucharon a lo lejos el desprendimiento de un cúmulo de rocas y cuando voltearon, se percataron que en la pared norte de Cerro Castillo estaba ocurriendo una avalancha. Pasado un rato, miraron a sus pies y vieron que venía entrando una niebla que en cualquier momento iba a subir por sus piernas para terminar obstruyéndoles la visión. Ambas circunstancias eran muestra de que era momento de tomar una decisión.

La vida está hecha de decisiones

En febrero de 2017, Sebastián Rojas y Vicente Sutil estuvieron atrapados bajo una tormenta de nieve por 10 horas en el Mont Blanc. Armaron un iglú, en el que se refugiaron hasta que se abrió una ventana, momento en el que pidieron un helicóptero para ser rescatados.

«Estábamos caminando en la nieve y nuestros cuerpos estaban exhaustos. Nos caíamos, nos tironeábamos, nos tratábamos de levantar, nos tambaleábamos. Cuando el Seba se caía, yo le gritaba que se parara. Cuando él se paraba, yo me iba al suelo, y él me tironeaba para que yo me levantara esta vez. “Vamos, vamos, no te podís morir”, me decía», cuenta Sutil.

(Nicolás Gantz)

(Nicolás Gantz)

Esa experiencia les enseñó sobre aquello que no se aprende en la escuela: el amor es el arma principal para dar cada una de nuestras batallas. «Todo el rato tuve una pelea entre dos decisiones: una era como libérate, tírate al piso y se acabó. Y, por otro, decía: “no, no puedo no volver a ver a mi familia, los amo, no puedo despedirme así de fácil”. Yo no creo en dios, no creo en nada después de la muerte, me muero y se acabó. Entonces pensaba “si me muero acá, nunca más voy a volver a ver a mi familia, ni darles un abrazo, un beso, mirarlos a los ojos”», cuenta el esquiador, Vicente Sutil, quien no pudo dormir esa noche. «Hoy pienso que la fuerza interior que tuve en ese momento, me la dio mi familia. Yo les decía en mi cabeza “mamá, papá, ayúdenme. Tengo que volver a verlos, tengo que aguantar”. Entonces pienso que, por un lado, esta actividad te desapega, porque dejas de pasar tiempo con tus seres queridos, pero, por otro, esa misma distancia te hace sentir más amor y apego a la vida», reflexiona.

Este recuerdo ha estado presente en las decisiones de Rojas y Sutil, quienes no dejan de emprender nuevas aventuras.

(Nicolás Gantz)

(Nicolás Gantz)

¿Momento propicio para descender?

Era 21 de octubre en Cerro Castillo, a eso de las 10 de la mañana cuando la cordada compuesta por Rojas, Sutil y De Andraca, decidió seguir subiendo, rápidamente, para alcanzar el punto más alto de La Japonesa, aun cuando habían presenciado una avalancha en el lugar.

Sin duda alguna, esta decisión conllevaba un riesgo. «Cuando pasan las horas en la montaña, el sol del día empieza a calentarla y así empieza a escurrir nieve o agua, que no sólo bota nieve, si no que todo lo que pilla a su paso, como rocas. En chile, le decimos mierdalita», explican. Aún teniendo esos antecedentes, la cordada avanzó rápido, pues el trecho que les faltaba era menor y las condiciones del clima y la nieve podrían permitírselo hasta, por lo menos, que el sol tocara la pared sur.

Cuando llegaron al punto más alto de La Japonesa, obtuvieron la dulce recompensa de haber corrido el riesgo.

(Nicolás Gantz)

(Nicolás Gantz)

«Eran paredes de 60°, totalmente verticales. En cada giro, tenías segundos de vuelo en los que parecía como que estabas flotando hasta que ¡pum!, entrabas a la nieve. Siguiente giro, vuelo, más vuelo y ¡pum!, entrabas nuevamente  a la nieve. Como que durante toda la bajada, ibas volando. Era increíble», señala Sutil para especificar el sentimiento fugaz que experimentó durante los dos minutos que duró el proceso de esquiar en freeride esta ruta que, históricamente, ha sido reconocida por su potencial para la escalada. Es así como progresivamente en Chile se está experimentando esta mezcla de disciplinas que hasta hace algún tiempo era impensable.

¿Pero qué es lo que les motiva a correr tales riesgos, como explorar una montaña nunca antes explorada?

«Si yo pensara en qué me da seguridad, elegiría dedicarme a algo que me permita estar estable en un lugar, mantener una rutina, evitar tomar decisiones distintas cada mañana, pero perdería el niño que llevo dentro cargado de energía y que es un explorador innato. Si tú miras a los niños, te das cuenta que no tienen miedo porque no tienen una sociedad encima que les diga qué hacer, ni les entregue una pauta diciendo qué está bien o mal. Simplemente, dejan fluir aquello que les nace. En cambio, cuando crecemos perdemos esa inocencia y dejamos entrar el miedo a nuestras vidas. Preferimos estar seguros a seguir lo que sentimos, que es lo que nos encamina a la felicidad y la realización de nuestros sueños. Nosotros buscamos no perder esa esencia que tenemos desde que nacemos y que la mayoría de la gente pierde», dice Sutil.

(Nicolás Gantz)

(Nicolás Gantz)

Y es así, como cada día y cada decisión que se toma en la montaña es un riesgo que están dispuestos a asumir, siempre analizando con la cabeza fría las circunstancias que están más allá de su alcance. «Lo que nosotros hacemos en la montaña, como los surfistas en el mar, son deportes en los que necesitamos mucha experiencia, muchos años, mucho conocimiento. Podemos tener el talento, pero si no tenemos el estado físico o la lectura de montaña, no somos nadie frente a ella. Pero a medida que vamos creciendo, vamos ganando talento, estado físico, conocimiento y  experiencia que tenemos que ir cultivando cada día», reflexionan.

Los riesgos, entonces, son tomados con la precaución y el conocimiento de causa que merecen. Mantener la cabeza fría y no desesperar ante una avalancha o una tormenta en Chamonix, por ejemplo, son decisiones que les permiten progresar en el deporte y jugar con los límites inimaginables del cuerpo y de la mente.

Un descenso más en esquí será, entonces, un día más merecido de vida. De pura vida.


Esta experiencia apareció en la edición de Outside Chile marzo/abril 2018

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