¿Un Adiós?

(Prasiit Sthapit)

Dos años después de inimaginable tragedia, el negocio del gran E o el Monte Everest ya no es para nada frecuente, y todo el mundo, desde las empresas de expediciones, los sherpas y hasta los aspirantes a escaladores y el gobierno nepalés cuestionan el futuro de la escalada comercial. Asimismo, nos encontramos con David Morton, un guía veterano que lleva todo un año preguntándose: ¿qué es lo que sucede cuando intentas abandonar la montaña más lucrativa del mundo para siempre?

El suelo que pisas puede cambiar en cualquier momento. Esto le sucedió a David Morton de manera literal cuando iba a ver a algunos yaks del Himalaya. El 25 de abril del 2015, el guía de montaña y fotógrafo, quién ahora tiene 44 años, salió de la localidad de Thame, una pequeña aldea sherpa de la región de Khumbu en Nepal. Conocía bien la ruta porque comenzó a trabajar desde el 2001 en el Himalaya, primero en Cho Oyu y Ama Dablam, y luego en el Monte Everest como guía principal para la empresa de expediciones de Seattle Alpine Ascents, asimismo, él había dado comienzo a un sin número de viajes fuera del valle de Thame, un centro regional de 1.000 personas aproximadamente. Uno de sus mentores más cercanos, Lakpa Rita, el legendario sirdar o líder sherpa, quién también trabajó para Alpine Ascents y subió 17 veces la cima del Everest es originario de la zona y ha contratado a muchos de sus hombres para trabajar como cargueros a gran altura. A veces cuando Morton vuelve a Seattle, las hijas de Lakpa Rita cuidan a Thorne, su hijo de cinco años.

La primavera pasada, Morton, quién ha llegado seis veces a la cima del Everest, estaba en el lugar al que denomina su segundo hogar, preparándose para guiar a un cliente hacia una montaña con una pendiente menor de 6.000 metros conocida como Kyajo Ri. Su cliente, un entrenador de golf de Carolina del Norte, se quedó en una cabaña en Thame mientras Morton organizaba el equipamiento en un pueblo cercano llamado Thamo (donde se encontraban los yaks mencionados al comienzo).

Él estaba tomando té con sus amigos cuando los objetos del edificio se comenzaron a mover. Al principio lentamente, pero luego con una inconfundible furia. El grupo salió corriendo, porque vieron que su casa oscilaba a causa de un terremoto de 7.8 grados de magnitud. Posterior al cese del temblor, Morton y sus amigos fueron a comprobar como estaban sus vecinos, pero todo estaba bien. El daño que causó en Thamo fue casi mínimo. La mayoría de los hogares lograron mantenerse en pie.

No se podía decir lo mismo de Thame.

Cuando Morton logró subir a una distancia desde donde podía visualizar la ciudad, se sentó en una planicie y lo que pudo observar fue a una ciudad destruida luego de lo que parecía un bombardeo. La mayoría de las casas se veían demolidas, por ejemplo, en una de ellas solo quedó en pie una puerta azul, asimismo, asesinaron también a la tía de un amigo. Afortunadamente, Morton estaba acostumbrado a decidir sobre las prioridades y brindar calma en situación de emergencia a los sobrevivientes de accidentes, pero cuando llegó a Thame, una hora después del terremoto, no había mucho que hacer. Su cliente afortunadamente estaba ileso, pero aturdido. Llegada la noche, todos en la ciudad yacían en un campo e intentaban dormir entre réplicas.

Al día siguiente, las nubes bajas cubrieron el cielo. Morton sacó su cámara para registrar la destrucción y lo que pudo observar fue lo siguiente: edificios derribados y una familia sentada sobre una tela en una suave llovizna. Una réplica provocó una avalancha en un paso cercano. Comenzaron a circular rumores de que algo similar había sucedido 24 kilómetros al noreste; el terremoto había causado un serac colgante (bloque grande de hielo fragmentado por importantes grietas en un glaciar) que caería sobre el campamento base del Everest, desencadenando un deslizamiento que mataría a 22 personas. De igual forma, mientras Morton ayudaba a un amigo a sacar los objetos personales de la casa en ruinas, una réplica de 6.6 magnitud sacudió Thame otra vez. Dos chicas que estaban a su lado empezaron a gritar. En ese momento, experimentó dos tipos de reacciones viscerales.

La primera, fue el deseo de estar cerca de su esposa e hijo; la segunda, un profundo alivio de no estar en el Everest.

«Las cosas son más simples si vas al Everest», dice Morton. «Si haces esto, es muy difícil tener otra vida». (Prasiit Sthapit)

«Las cosas son más simples si vas al Everest», dice Morton. «Si haces esto, es muy difícil tener otra vida». (Prasiit Sthapit)

A causa del trauma sufrido en la cima más alta del mundo hace un par de años atrás, el cerebro de Morton le envió el siguiente mensaje: ve a ayudar. Sin embargo, en el 2014 Morton había estado en la montaña cuando una avalancha en la cascada de hielo Khumbu, el glaciar movedizo entre el campamento base y el campamento I, mató a 16 sherpas. Ahora de pie en Thame, reflexionó sobre el caos en el campamento Base, la búsqueda de cuerpos y el sonido de los helicópteros que aterrizaban en búsqueda de heridos y muertos. Helicópteros que luego estarían trasladando reporteros con ansias de obtener la primicia. Por un momento, Morton pensó, estoy tan contento de no estar allí.

La culpa lo siguió rápidamente. Desde el 2012, Morton ha dirigido Juniper Fund, una organización sin fines de lucro que asiste financieramente a las familias de nepalíes que mueren mientras trabajan en las montañas. En el terremoto de 2015, al menos diez sherpas murieron en el Everest y muchos más resultaron heridos. ¿Por qué Morton no quiso ayudar a decidir sobre las prioridades en esta matanza? Luego regresó a los Estados Unidos y seguía conmocionado. Morton mide 1.70 y es musculoso, con partas de gallo alrededor de sus ojos y tiene una expresión pensativa. Cuando no está en su temporada de montaña, lee libros de filosofía pop (su favorito es La sabiduría de la inseguridad de Alan Watts) y habla en voz baja, a menudo con frases largas y que se superponen a las mismas haciéndole cuestionar su punto original. «Quizás puedo pensar demasiado en las cosas», dice. Se le ocurrió que podría terminar su trabajo como guía en el Everest.

En mayo, leyó un artículo en Vanity Fair escrito por Sebastian Junger que mencionaba los desafíos a los que se deben enfrentar los soldados que regresan de una guerra. Junger, quien recientemente dejó de reportear acerca del combate, cubrió no sólo los efectos del trastorno de estrés postraumático, sino que también la cuestión más compleja: la de reconstruir su identidad sin un solo deseo de adrenalina. «Lo que todas estas personas parecen abandonar no es ni el riesgo ni la pérdida propiamente tal, sino la cercanía y la cooperación que a menudo generan ambas», escribió Junger. Esto lo afectó, porque Morton sabía que si dejaba el Everest, no perdería ni las multitudes ni los egos, pero no sabía cómo se las arreglaría sin la necesidad ir a colaborar urgentemente a la cima del mundo con la regularidad de una temporada de lluvias.

No mucho después, un cineasta de Seattle lo llamó para hacerle una propuesta. Estaba planeando llevar a algunas personas de edad más avanzada, uno que sufría de trastorno por estrés postraumático, hasta la cima del Everest. El proyecto tenía grandes posibilidades de lograr publicidad. De hecho, algunos de los chicos conocían a Junger y necesitaban un camarógrafo con experiencia en la montaña. ¿A Morton le interesaría esta propuesta?

Dijo que lo pensaría.

LAS PERSONAS han seguido a los fantasmas que llegan a la cima del Monte Everest desde que George Mallory y Sandy Irvine en 1927 desaparecieron en los costados de la montaña. Una mirada en primera fila a la muerte es parte del atractivo: subes a la cima para desafiar a la muerte y, todos deben ir según plan, y lograrlo. Después de muchas de las tragedias sumamente difundidas, entre las que se incluye los eventos del libro Into Thin Air de 1996, ha aumentado el número de empresas interesadas en expediciones de montaña, asimismo, luego de la temporada 2006, donde murieron 11 personas, el número de escaladores del Everest aumentó de 447 a 572. «Siempre ha habido una catástrofe mística», dijo Jennifer Peedom, directora del documental Sherpas del 2016, quién pasó tres temporadas filmando en la montaña. «Lo peor de todo es que más gente viene». El hecho de que los escaladores inexpertos pudieran unirse al ascenso, a causa de la falta de regulación, sólo contribuyó al caos y generó un círculo de retroalimentación mortal.

Pero esta primavera, lo imposible parece haber ocurrido: el fetiche de la mortalidad en el Monte Everest ha alcanzado un límite. Después de tres desastrosos años la reputación del lado sur más popular de la montaña, en Nepal, ha tocado fondo. En el 2013, un violento enfrentamiento ocurrió entre los sherpas y los escaladores occidentales, esta situación dejó al descubierto uno de los secretos peor guardados de la montaña: una nueva generación de trabajadores nepalíes que pueden escalar a gran altura y ya no se consideran como subordinados de los agentes occidentales, conocidos por ser tradicionalmente dominantes. Luego vino la avalancha del 2014, que será recordada como el día más mortal de la historia del Everest, exactamente hace un año y una semana, hasta el terremoto del 2015.

Tres situaciones son las que han influido: la mala suerte, el mal humor y la publicidad desfavorable. Hablé con un par de guías occidentales que se quejaron porque habían sido vilipendiados por los medios de comunicación a causa del número muertes de los sherpa en la montaña. Guy Cotter, director ejecutivo de Adventure Consultants, quien ayudó a producir Everest, el largometraje sobre el desastre de 1996, lamentó el «racismo inverso» de los medios al atacar a los guías occidentales mientras ignoran la culpabilidad de los guías de ascenso nepalíes, quiénes cobran mucho menos y a veces no velan por la seguridad de sus trabajadores. Dave Hahn, un corresponsal de Outside y guía principal para RMI Expeditions, quién ha subido 15 veces (más que cualquier otro occidental) me dijo: «Somos culpados por el terremoto, por la desigualdad económica ¿Qué más podría para difamar al Everest?».

Actualmente, muchas otras situaciones. Una crisis constante de combustible en Nepal provocada por la fuerza del poder político tras el terremoto se ha mantenido desde el otoño pasado, lo que contribuye a dudar sobre la estabilidad del país, sin mencionar la disponibilidad de los helicópteros de rescate. Hablé con diez dueños de empresas, y la mayoría me dijo que las reservas han disminuido en un 50% en toda la industria de expediciones para subir el Everest. Al menos en dos de ellas, las más importantes, RMI y Benegas Brothers Expeditions, han cancelado por completo sus temporadas para el año 2016. Una tercera, Mountain Madness, había considerado regresar al Everest luego de 7 años, pero luego del terremoto decidieron no hacerlo por al menos otro año. «La gente está en una lista de espera», dijo el guía estadounidense Adrian Ballinger, dueño de Alpenglow Expeditions, quienes ofrecen viajes de alto nivel en el lado chino menos conocido del Everest. Aunque la ruta china no fue azotada por avalanchas, Ballinger dijo: «Muchos de mis clientes, quienes deberían estar listos, tienen la esperanza de poder visualizar al menos uno o dos años exitosos».

Parientes de dos sherpas apoyados por Juniper que murieron en el Everest. (Prasiit Sthapit)

Parientes de dos sherpas apoyados por Juniper que murieron en el Everest. (Prasiit Sthapit)

Los que se ganan la vida en la montaña no son inmunes a la paranoia. Unos cuantos escaladores destacados de los Sherpa han decidido no pasar por la cascada de hielo, entre ellos Lakpa Rita, quién tomó esta decisión tras la avalancha del 2014, cuando cinco de sus empleados, cuatro de los cuales contrató de Thame, perdieran la vida. «Perdí una parte de mi», dijo. Además, en el conflicto del 2013 mencionó que todo fue culpa de la tragedia. «La lucha, lo arruinó todo», dijo. «Después de eso, creo que el mismo dios se enfadó». (En la cultura sherpa, el Everest no es sólo una montaña, sino una deidad viviente). Me dijo que volvería para administrar la expedición de Alpine Ascents desde el campamento base, le preocupaba no poder conseguirlo porque en ese caso el agente podría contratar sherpas de otra aldea y la gente en Thame tenía una necesidad urgente por conseguir trabajo luego del terremoto. «Todo el mundo quiere trabajar porque necesitan recuperar todo lo que perdieron», dijo.

Hahn me dijo que él también había pensado dejar el oficio. «Cuando llegué a casa, no estaba tan mentalizado por volver», dijo. «Pero siempre estaba dejando espacio para que los sentimientos cambiaran, y de manera predecible, lo hicieron. Las personas inteligentes no lo manifiestan por escrito». Aun así, no tiene una expedición programada con guía al Everest para este año, porque RMI la suspendió. Hahn me dijo que podría volver a subir solo para demostrarse a sí mismo que todavía puede lograrlo.

Esta primavera, lo imposible parece haber ocurrido: el fetiche de la muerte en el Everest ha llegado a un límite.

El conflicto de MORTON se sentía de otra forma. Las expediciones al Everest le generaban una cantidad de ingresos importante, pero nunca cambio su personalidad de la manera en que lo hizo Hahn. En los últimos años, había retomado la fotografía e incluso se postuló a la escuela de derecho. Ahora, en sus casi cuarenta años, quería pasar más tiempo con su familia. Después del terremoto, tampoco podía ayudar porque estaba cuestionándose la cruel verdad sobre la industria que amaba: el hecho de que en los últimos 15 años, casi la mitad de las personas que murieron en el Everest recibieron ayuda local contratada. Según la base de datos del Himalaya, de las 102 muertes en el Everest desde el año 2000, 46 eran nepalíes (la siguiente nación más afectada fue Corea del Sur con siete muertos).

Desde el 2012, Morton se ha desempeñado como director ejecutivo del Juniper Fund. Dicho fondo ayudó exitosamente a ejercer presión para aumentar los beneficios, de $ 5,000 a $ 15,000 dólares ($3.340.00 a $10.022.000 pesos) por muerte accidental, para los trabajadores de las expediciones a gran altura. Como complemento a ese ingreso se prometió ayudar a las familias de cada sherpa muerto en una expedición utilizando donaciones privadas. Antes del 2015, el Juniper Fund ayudaba a 20 familias, sin embargo, a causa de los eventos del año pasado el número aumentó a 12 familias más.

«Ver morir en repetidas ocasiones a más sherpas es muy difícil. Sentí como si mi tiempo en este mundo estuviese contado y eso comienza a entristecerme», me dijo Morton. Me dijo que podía entender a un escalador que está dispuesto a morir en una primera subida bien planificada en un lugar remoto, sin embargo, «allí arriba solo se sientes vacío». Él consideraba que aunque las excusiones a la montaña fuesen más seguras o mejor reguladas no mejoraría en nada. «En algún punto, mientras más participes más agravas la situación», dijo. Luego, unos minutos después, dudaba de sí mismo. «Quizás esa no es la manera correcta de pensar, tal vez lo adecuado es amoldarse e intentar mejorarlo. Los lugareños necesitan los trabajos. Parte de mí piensa así: ¿Por qué dejar de hacerlo si te gusta?».

Morton sabía que dejarlo no iba a ser fácil. «Las cosas son más simples si vas al Everest. Si te dedicas a esto es muy difícil tener otra vida», dijo.

LOS GUIAS DE ESCALADA son competitivos y sus números son incontables si consideramos la cantidad de subidas, de clientes en general y en sus expediciones. Morton, por otro lado, quería ver el mundo. Él es hijo de un operador de renta de Seattle, que contaba con títulos en ciencias políticas y en un programa llamado Historia Comparativa de las Ideas en la Universidad de Washington. En invierno, se iba a Utah a trabajar a la nieve y, después de graduarse, viajó a Chile, Bolivia y Perú, donde se quebró una muñeca y algunas costillas en un accidente de parapente. Mientras se recuperaba, comenzó a trabajar en la compañía de equipos (para el aire libre) Kavu, aquí conoció a su futura esposa, una mujer joven de California llamada Kristine Kitayama. En el 1995, en un muro de escalada, Morton conoció a Scott Fischer, el irresponsable dueño de Mountain Madness, quién acababa de subir el K2, la segunda montaña más alta del mundo. Morton estaba aterrorizado. Ingresó al programa de guía de Mountain Madness y en la primavera del 1996 se reunió con Fischer, justo antes de que el escalador se fuera a Nepal, donde moriría en el Everest de acuerdo a los eventos narrados por Jon Krakauer.

Finalmente, Alpine Ascents contrató a Morton, primero fue al Himalaya en el 2001 en un viaje de entrenamiento para guías y desde ese momento vuelve todos los años. Al principio, Morton no tenía ganas de subir el Everest. Vio la cima de la misma forma en la que algunos músicos podían ver el evento South by Southwest: demasiado concurrido y expuesto. «Recuerdo haber pensado en lo genial que era no haber llegado nunca a la cima», dijo.

En una calle en Lukla (Prasiit Sthapit)

En una calle en Lukla (Prasiit Sthapit)

Thame cambió de opinión. En el último medio siglo, y específicamente desde la aparición de los guías comerciales a principios de los 90, el Everest se ha convertido en un medio de agitación socioeconómica. Hoy en día, los sherpas del valle de Khumbu son algunas de las personas más adineradas de la nación, y la razón es la buena voluntad de los extranjeros que pagan para que los ayuden a subir su montaña diosa, conocida localmente como Chomolungma. «El Everest ha ayudado a comprar muchas casas», dijo Morton. Muchas de esas casas estaban en Thame.

En el 2004, el dueño de Alpine Ascents, Todd Burleson, le ofreció a Morton su primer trabajo en el  Everest. Morton fue con otros dos guías, ocho clientes y una veintena de sherpas, entre ellos Lakpa Rita. Estaban en el campamento II cuando Morton vio a un guía argentino llamado Gustavo Lisi en una carpa. Lisi había dejado hace poco a su cliente, un médico boliviano, en la cima de la cumbre donde finalmente murió. La noticia del hecho (ahora famoso en la tradición del Everest) ya se había dado a conocer en toda la montaña. Morton recuerda haber visto a Lisi en su carpa, luego él le manifestó su preocupación por el cliente, tras lo cual el argentino lamentó rápidamente el incidente antes de preguntarle si quería ver fotos de la cima. Lisi le mencionó: «Es tan hermoso allá arriba», asimismo, Morton pensaba: ¿qué está pasando?

En el camino a la cumbre, Morton nunca vio al cliente de Lisi (se supone que se cayó de la cima). No obstante, pasó por el lado del cadáver de Fischer, que permanece en la montaña (esa fue la primera de muchas veces). Cuando el equipo de Alpine Ascents llegó a la cima, Lakpa Rita y los otros sherpas estaban eufóricos, abrazándose y tomando fotos. Desde la cumbre, Morton miró al mundo en todo su esplendor. La altura era monstruosa, parecía como si no estuviera entre los Himalayas, sino más bien mirando directamente sus cumbres.

LA MUERTE SE VOLVIÓ HABITUAL. «He cargado un montón de cuerpos hacía abajo, sin recordar quienes o cuando», me dijo Morton. Las primeras experiencias con la muerte, sin embargo, se quedan contigo. En el 2006, Morton estaba en la cascada de hielo cuando nos avisaron por radio que venía una avalancha cerca. Lakpa Rita y él dejaron a sus clientes con otro guía, corrieron hacia adelante y se encontraron con tres sherpas de otra expedición que habían muerto. Sin nada que hacer, regresaron a buscar a sus clientes y decidieron seguir subiendo. «Todo lo que hicimos fue simplemente caminar por el camino indicado», dijo Morton. Cinco clientes llegaron a la cumbre.

Después del viaje, Morton se contactó con la esposa de uno de los sherpas del accidente, una mujer llamada Nima Lhamu, quién estaba embarazada. Morton y Kristine se comprometieron a apoyar, al bebé que aún no nacia, con su educación y así las familias estrecharon lazos.

En el 2007, Morton fue el guía líder de un grupo de 12 clientes. Durante el ascenso a la cumbre, él y Lakpa Rita ayudaron con el rescate de un escalador nepalí que había caído inconsciente. Cuando Lakpa Rita ayudó a la mujer a bajar en un trineo contorneó una característica geológica del Everest llamada Geneva Spur. Miró hacia la cara del Lhotse, que limita con el Everest al sureste y vio lo que él creía era una roca que caía de la montaña. No era una roca, sino una venerada mujer sherpa llamada Pemba Doma. Esa noche, Morton y Lakpa Rita comenzaron el ascenso a la cumbre del Everest. Dos días después, luego de dirigir a nueve clientes de arriba a abajo, llevaron el cuerpo de Pemba Doma en un trineo desde el campamento II al campamento base, bajando cuidadosamente con poleas su cadáver a través de la cascada de hielo.

En el 2008, Morton nuevamente volvió a subir, encabezando una expedición que contaba con tres guías, diez clientes y veinte sherpas, después de esto decidió dejar de realizar viajes con tantas personas. «No hay forma de tener un control sobre tanta gente», dijo.

Retomó la fotografía y comenzó a dirigir una tienda de viajes enfocada a clientes solitarios: subía al Everest en la primavera, además de otros siete ascensos a la cumbre en otoño e invierno. Posteriormente consiguió un acuerdo de patrocinio con Eddie Bauer, y entonces el 2010 la compañía les pago a él y a la montañista Melissa Arnot para escalar el Everest, obviamente con Morton al abordaje.

Para la subida de Arnot, la esposa de Morton, Kristine, tenía ocho meses y medio de embarazo el día en que llegó a la cumbre. Volvió al campamento base y llegó a Seattle a tiempo para el nacimiento de Thorne, el 11 de junio. Un mes más tarde, viajó a Pakistán para escalar la montaña K2 pero no llegó a cumbre.

Ese otoño, Chhewang Nima, un sherpa conocido por subir grandes alturas murió en una expedición en la que iba acompañado de Arnot, por esa razón Morton comenzó a investigar el seguro de muerte accidental. «Al principio estaba conmocionado por lo que tenían que pasar las familias», me dijo Morton. No cabe duda de que el trabajo forzoso a gran altura es una manera rápida de ganarse la vida. El ingreso promedio anual de los hogares en Nepal es de $496.000 mientras que para los sherpas que escalan fluctúa desde $1.360.000 a $4.074.000 por estación. Sin embargo, en caso de morir, sus familias suelen endeudarse. En la cultura sherpa, una persona no puede reencarnarse hasta que su familia realice una minuciosa ofrenda (puyá) o una bendición. La familia trae regalos, quema enebro para purificar el aire y contrata a lamas budistas para dirigir la ceremonia. Hace 7 años, muchas familias realizan una puyá anual, que puede costar miles de dólares. Esa situación causa gran preocupación, incluso antes de considerar el impacto emocional de la pérdida.

«A veces yo soy como Jesucristo: ¿eso es lo que has estado haciendo durante los últimos diez años?», dice Morton

Además agrega: «Hay una experiencia superficial de toda esa muerte cuando estás en la montaña. Cada año hay una o dos. Algunas personas que suben no comprenden lo que pasa con las familias locales. Recuerdo haberles comentado a algunos escaladores quienes vieron a ciertas familias después de un accidente. Ellos tuvieron como este tipo de reacción: Oh, Dios mío, las familias sherpas estaban muy angustiadas y yo pensaba como… ¡no me digas!».

En el 2012, Morton y Arnot iniciaron el Juniper Fund para abogar en favor del aumento en los mínimos de las políticas de expedición. Asimismo comenzaron a recaudar fondos paralelos, aproximadamente unos 15.000 dólares ($10.445.000) que se comprometen a utilizarlos para pagar, por cinco años, a la familia más cercana de cada trabajador de expediciones en gran altura que muere realizando su trabajo en Nepal. En este momento, Morton estaba enfocado en proyectos con auspicio, como el intento del año 2012 por reconstruir la ruta del primer ascenso americano del Everest, en 1968, hasta la muy compleja cumbre oeste (que fracasó). En el 2014, lo contrataron como camarógrafo y consultor de seguridad en el Everest. Kristine vino a visitar el campamento base y la pareja subió al campamento I pasando por la Cascada de Hielo.

«Si me preguntas ahora, jamás hubiese hecho eso. Recuerdo que un par de amigos nos vieron y nos dijeron: ¿Están de vacaciones? o ¿Sólo decidiste llevar a tu esposa por la maldita cascada de hielo?», dijo Morton.

El 18 de abril de 2014, Morton estaba en su carpa escuchando música con los auriculares puestos cuando el Sirdar de Adventure Consultants, Ang Dorje, quién fue fundamental en los esfuerzos de rescate durante el desastre de 1996, entró con una mirada de pánico. Morton le preguntó qué sucedió y Ang Dorjee contestó que había comenzado una avalancha en el hombro oeste de la cascada de hielo, entonces él se levantó rápidamente para ayudar. «Esto no es común, pero ya estaba familiarizado con ese escenario», dijo.

Camino a visitar familias Sherpas

Camino a visitar familias Sherpas (Prasiit Sthapit)

Después de que la radio encontró señal, escuchamos al alguien decir que 16 personas estaban desaparecidas y presuntamente muertas. Pronto aparecieron las sombras de los helicópteros, que rodearon el cuerpo luego de soltarlo desde la cascada de hielo. Morton y Lakpa Rita se encontraron. Lakpa Rita lloraba desconsoladamente, abrazó a Morton y no lo soltó. Cuando Morton llamó a Kristine, se las arregló para poder decir algunas palabras y luego de cortar también comenzó a gritar.

EL PASADO MES DE NOVIEMBRE, Morton regresó a Nepal para reunirse con las familias que apoya el Juniper Fund y también para buscar departamentos, porque estaba planeando mudarse a Katmandú en la primavera, así dividiría el tiempo entre Katmandú y Seattle. Cuando nos reunimos, expresó su duda sobre si compartir o no sus opiniones sobre el Everest. Era un tipo tranquilo, dijo, y sin predisposición a hacer grandes declaraciones, asimismo, estaba preocupado por sus finanzas (el Juniper Fund le estaba pagando una remuneración de solo 19.500 dólares ($13.165.000) al año, menos de lo que gana un solo viaje al Everest. Tenía planeado continuar guiando en cumbres menos conocidas, pero esos viajes tampoco son tan bien remunerados como el Everest. ¿Debería plantearse volver?

Más tarde hablé con uno de los amigos de Morton quién había sufrido una transición similar, Neil McCarthy, un ex guía de Alpine Ascents quién dejó de ser guía en los Himalayas después de un viaje ahí. MacCarthy y ahora es un especialista en desarrollo de liderazgo nos dice lo siguiente: «Es una cosa muy aterradora cuando eso es lo que has hecho durante tanto tiempo… si piensas, ¿Qué valgo yo si no me dedico a esto? Dave está en una posición única. No sé si hay alguien más en el mundo que pueda responder a esta llamada con el fin de crear algo que reconozca la humanidad de las personas que hacen este loco trabajo. Él cuenta con el intelecto, la experiencia y las conexiones para llevarlo a cabo. Yo tampoco creo que se haya propuesto ser el líder operativo de una organización sin fines de lucro. Si yo estuviera en su posición, yo también estaría luchando con ella».

Una noche en Katmandú, Morton y yo salimos a cenar con su amiga Luanne Freer, la fundadora y directora del Everest ER (la clínica médica del campamento base del Everest). No tardó mucho en aparecer el tema de la montaña y en el momento que Morton decía que estaba teniendo dudas sobre su regreso, Freer preguntó: «¿Lo estás pensando en voz alta?» Luego exhaló profundamente y dijo: no sé a qué te refieres con esos cambios, pero para mí eso fue repentino. «¿Cuán fuerte debe hablarnos esa montaña para decirnos que NO ESTÁ TODO BIEN?».

Freer es una médica emergencióloga de 58 años de Montana, quién se sintió atraída por trabajar en el Everest después de visitar el campamento base en el 2002 y ver cuán limitada era la atención médica para los sherpas. Ella instaló una carpa e inauguró una tienda en el 2003, entonces en consecuencia volvía cada primavera excepto para el 2014. El trabajo la desgastó (se divorció de su marido y sus amigos se lamentaban por ella), sin embargo, ella se sintió atraída por la urgencia de la montaña. Esto le sonaba familiar.

Freer, no estuvo durante el terremoto del 2015 en el Everest, pero una vez que escuchó las noticias de sus colegas en el campamento base, regresó a Nepal. La devastación la siguió a su regreso a Montana en el verano. Originalmente, después del terremoto, quiso presionar públicamente para detener las expediciones en el Everest. Hace poco, no obstante, sus sentimientos habían cambiado. «Logré que su popularidad bajara un poco. Pidámosle al Papa y al Dalai Lama que venga, bendigan la montaña y digan que nadie debe subir ahí, así finalmente podré decir: quizás este no es el lugar para mí ahora. En el 2016 planeó estructurar la clínica y luego dejarla en manos de otros médicos, quienes parten su labor al inicio de la temporada de escalada. Este solía ​​ser mi lugar favorito en el mundo y ahora es un lugar terrorífico», dijo.

Morton nos comentó: «Si no vuelvo al Everest, esto cambia radicalmente mi salud mental. Cada vez que vuelva, dependeré aún más del próximo año. Esto es en parte la razón por la que quiero parar».

Freer no se podría identificar con eso porque es una voluntaria. Eso si nos dijo que extrañaría a los pacientes: «No hay nada como ayudar a un sherpa que está enfermo o lesionado y luego verlos trabajar para llevar dinero a su casa o familia. O a un occidental que logre su objetivo de llegar a la cima. Se trata de sentirse importante, útil e imprescindible».

Morton estuvo de acuerdo, por lo que agregó: «Sientes que estás experimentando. Podía encontrar esa misma trascendencia en otro lugar, pero los desafíos son más altos en el Everest. La parte más difícil no es por las cosas que ves, sino cuando te vas a casa, ves a tus amigos y no te sientes tan cercano».

Cuanto más hablaban los dos, más evidente era su luto por la misma situación.

Freer dijo: «Oh, Dave, no lo sé hay tantos fantasmas allí arriba».

EN LOS PRÓXIMOS DÍAS, Morton fue a ver a algunas de las familias de la gente fallecida. Quería asegurarse de que estas estuviesen recibiendo los pagos, asimismo, estaba planeando realizar videos de recaudación de fondos con las viudas contando sus historias. La gerente de operaciones del Juniper Fund, una mujer sherpa de 24 años llamada Tsering Dolker, llevaba una carpeta llena de nombres y fue nuestra guía por todo Katmandú. Morton estaba intentado organizar una sesión de video con una mujer llamada Menuka cuyo marido murió en la avalancha del 2014 en el Everest.

¿Dónde dijiste que estaba Menuka?, preguntó Morton. Tsering Dolker respondió que Menuka no estaba contestando su teléfono, por esta razón, Morton sugirió conducir a su casa. No obstante, antes de ir allí, Tsering Dolker llamó a un amigo de Menuka, esta fue una buena idea porque así nos enteramos de que Menuka se había marchado a la India.

«¿Temporalmente?», preguntó Morton.

«Permanentemente», respondió Tsering Dolker.

Recorrimos el lugar un rato. «¿Recuerdas a Kam Phuti, la esposa de Pasang Karma?, preguntó Morton. ¿Sabes dónde está?»

Luanne Freer en la sala de emergencia del Everest en el 2012. (Grayson schaffer)

Luanne Freer en la sala de emergencia del Everest en el 2012. (Grayson schaffer)

No, dijo Tsering Dolker. El teléfono de Kam Phuti estaba apagado. Nos devolvimos unas cuantas veces mientras Morton navegaba en su computadora portátil. «Son tantas familias», dijo, y Tsering Dolker comenzó a llamar. Morton finalmente eligió un destino. El camino cada vez se veía menos pavimentado y de pronto estábamos tocando surcos profundos. Luego Tsering Dolker dijo: «Oh, ahí está ella». El conductor se detuvo en una concurrida esquina y vimos a una mujer con un abrigo azul y efectivamente era: Pasang Lhamu. Su marido murió en Annapurna el 2015, en una expedición con una empresa llamada Dreamers Destination. Fuimos a su casa a tomar el té y allí Morton le preguntó: «¿Dreamers Destination la ha ayudado en algo?».

«No me han ayudado en nada», respondió ella. Nos contó que había recibido un pago del seguro, pero no fue suficiente como para cubrir la ceremonia Puyá. Utilizaba el dinero del Juniper Fund para enviárselo a la escuela de su hija, Nima Doma, y espera algún día poder enviarla al extranjero, quizás a Europa. En seguida nos fuimos a ver a una joven de unos veinticinco años llamada Ang Pasi, quién había perdido a su esposo el 2014 en la cascada de hielo. Ang Pasi, comenzó a amamantar mientras que el hermano de su difunto esposo, Phurba, trabajaba llenando tazas de té. Ang Pasi dijo que el dinero la ayudó, sin embargo, desea enviar a su hermano a la escuela y para eso necesitaría más dinero. Morton le informó que el Jupiter Fund solo podía apoyar a la familia más cercana de una víctima. Ellá sonrió y Phurba sirvió más té.

También fuimos a ver a una hermosa mujer de 30 años con un diente de oro llamado Dawa Diki. Su marido, Lakpa Chhiring, murió hace seis meses en el campamento base durante el terremoto. Él también había trabajado con Dreamers Destination y el dinero del seguro aún no llegaba. Dawa Diki pidió un préstamo de 7.000 dólares ($4.730.000) porque necesitaba pagar la ceremonia de la puyá. Nos relataba que su suegra y ella no se estaban llevando muy bien porque ella quería un poco del dinero del Juniper Fund. «Sus suegros siempre se quejan de ella sin importar cuánto ayude», nos explicó Tsering Dolker. «La mía también», dijo Morton y todos rieron. Ese fue el único momento que Dawa Diki no lloró durante nuestra conversación.

Finalmente, nuestra última visita fue a una mujer llamada Anita Lama, cuyo marido también había muerto en la avalancha del 2014. Ella y su hija vivían en un pequeño departamento de un dormitorio. Nos sirvió té y nos contó que iba a la escuela para obtener un título en trabajo social. Además nos dijo que estaba teniendo problemas para obtener la ciudadanía de Umi, su hija, porque la niña tenía un apellido diferente al de su padre. La Constitución de Nepal impide a las madres solteras otorgar la ciudadanía a sus hijos. Anita Lama recuerda haber oído que una de las mujeres apoyadas por el Juniper Fund se volvió a casar. Entonces ella le preguntó: ¿La familia de esa mujer seguiría recibiendo apoyo? Morton le respondió que los niños sí lo continuarían recibiendo.

Al final del día, Morton parecía bastante triste y nos dice: «Tengo un enorme torbellino de dopamina, que me produce una ansiedad por estar en las montañas. Desplazarse en un taxi para ver a todas las familias es demasiado, es mucha tristeza y obviamente no soy yo el que está pasando por eso».

Le pregunté si estaba manejando el Juniper Fund con un sentimiento de culpa, y él rechazó rotundamente la idea. El transporte de montaña es un buen trabajo, dijo, especialmente cuando lo comparas con la alternativa más común: viajar a Catar para trabajar en los estadios de la Copa del Mundo, donde más de 150 nepalíes murieron en el 2014. Simplemente estaba tratando de mejorar la única desventaja de la industria. Me señaló que la desventaja no era irrelevante. «Es por eso que estoy haciendo esto», dijo. Le pregunté si alguna vez contrataría a un sherpa para llevar sus propias cosas por una montaña y no se sorprendió muchísimo cuando se lo dije. A lo que respondió: en una expedición personal jamás pensaría en una cosa así. Bebimos una cerveza en el techo de un hotel mientras el sol se ponía sobre Katmandú y sonaba de fondo una banda sonora de pájaros, monos, bocinas de taxis y ladridos de perros.

«Nada sobre el Everest es justo, ¿sabes? Es increíble lo poderoso en cuanto a  producción y a muerte se refiere, y luego las secuelas de eso. Los que tienen y los que no tienen. Es un microcosmos del mundo de muchas maneras, y lo cierto es que no es bonito. Para las viudas, él Everest es considerado un amigo con beneficios económicos. Sabía que ocasionalmente recibía versiones acerca de la verdad que eran evasivas o beneficiosas y entiendo el porqué. Este trabajo puede ser muy doloroso, sin embargo, también es una conexión. Es duro, es real y te hace sentir más cerca de la gente», agrega Morton.

El trabajo era mucho más difícil que escalar el Everest. Nunca lo había sentido tan irrelevante. «A veces me siento como Jesucristo. Empiezas a pensar… ¿eso es lo que has estado haciendo durante los últimos diez años?, sin embargo, creo que sólo pierde su validez una vez que estés listo para hacer otra cosa», esa fue la respuesta que le dio Morton al cineasta de Seattle, que llevaba a gente de avanzada edad a la cima del Everest, para que buscara otro camarógrafo.

EN ENERO, Morton me llamó desde Nepal. Hace poco, el Juniper Fund pudo garantizar el apoyo a las 32 de sus familias por cinco años y al mismo tiempo estaba logrando avances en la creación de un grupo de apoyo y brindando formación profesional a las viudas. Tenía ganas de trasladarse durante parte del año a Katmandú para guiar y escalar cimas menos conocidas del Himalaya y pasar tiempo en la arena permanente del mundo actual.

No obstante, hace poco se dio cuenta de que había vuelto a pensar en el Everest. Las tragedias se estaban sintiendo cada vez más lejos. Se preguntó si, se diera la oportunidad correcta, podría regresar algún día. «En caso de existir una razón importante para volver a visitarla iría, pero solo para concluir una etapa», dijo y al mismo tiempo se preguntaba si era posible cerrar esa etapa.

El tamaño de algo depende desde el ángulo en que lo mires. Desde un punto de vista, el Everest es la montaña más grande de la tierra. Sin embargo, para la mayoría, es tan pequeño.


Esta experiencia apareció en la edición de Outside Chile marzo/abril 2018

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