Hacia el Tesoro más Valioso del Cusco

Una larga y profunda travesía por la capital del Imperio Inca y sus más bellos alrededores…

Atravesando la verdosa y extensa llanura amazónica a bordo de un bus proveniente de la ciudad de Río Branco, arribamos a la frontera que separa el selvático estado brasileño de Acre con el departamento peruano de Madre de Dios, a eso de las 19:10 pm, a diez minutos del cierre de la aduana. Diez malditos minutos que significaron haber excedido los 90 días de estadía contemplados en mi visa de turista; además de haber alterado el itinerario de los otros seis viajeros que también debían hacer el trámite aduanero.

Con mucha impotencia y molestia, y luego de exponer nuestros reclamos ante el personal del bus —el que se había comprometido a llegar antes de las siete de la tarde— accedimos a continuar el viaje hasta el fronterizo distrito de Iñapari, ubicado a unos kilómetros del vecino municipio de Assis Brasil, con el objetivo de encontrar algún alojamiento donde pasar la noche. Así fue como llegamos a una humilde y barata posada iñaparense, donde pudimos refugiarnos por un par de horas para así volver de madrugada hacia la aduana brasileña.

«Primera persona que atiendo, y  primera multa que tengo que cursar. Se pasó en un día, va tener que cancelar una multa de cien reales», me dijo entre risas el funcionario aduanero que me atendió. Resignado, firmé el documento que acreditaba la falta, equivalente a 20 mil pesos chilenos; el monto que se debe cancelar por cada día de permanencia extra.

Concluidos los trámites aduaneros, en los que ni siquiera nos revisaron nuestras pertenencias, partimos raudos en una van hacia Puerto Maldonado, capital del departamento de Madre de Dios, la cual se emplaza en plena cuenca del extenso río Madre de Dios, a unos 228 kilómetros al oeste de Iñapari. Así y luego de cinco horas y media de trayecto, llegamos a la calurosa y húmeda localidad, considerada como la  principal vía de acceso sur a la selva amazónica.

(Felipe Arias)

(Felipe Arias)

Sin tiempo que perder, me dispuse a comprar un pasaje con destino hacia la otrora capital del Imperio Inca. De esta forma terminé partiendo, tan solo un par de horas después, junto a dos de los mochileros con los que quedé atrapado en la frontera. Se trataba de una  joven pareja de argentinos, que llevaban más de un año recorriendo Brasil, sobrepasando con holgura el visado de tres meses. Ellos habían tomado la arriesgada y no recomendable decisión de atravesar ambos pasos fronterizos de manera ilegal, para así evitar ser multados por una millonaria suma.

El Cusco Profundo

Tras once extenuantes horas de viaje y mientras una suave llovizna tornaba aún más fría la incipiente mañana, nos desplazamos desde la selva hacia la sierra con el fin de llegar hasta el terminal del Cusco. Y apenas accedimos al interior del pequeño y siempre atochado rodoviario, una decena de personas se abalanzaron sobre cada uno de los pasajeros ofreciendo de manera insistente, alojamientos y un sinfín de paquetes turísticos.

«Sea bienvenido al Cusco, ¿de dónde nos viene a visitar?», me preguntó amablemente Rosario, una longeva mujer de origen quechua, que día tras día y a partir de las 6 am, recibe con mucho entusiasmo a los clientes que visitan el pasillo donde se ubica su pequeño puesto de desayunos en el emblemático Mercado de San Pedro, frente a los locales de jugos naturales.

Entre uno y otro café, me fue contando acerca de la gran relación que se ha construido entre sus colegas, con quienes comparte el estrecho espacio en común donde trabajan, hace más de dos décadas. Así lo pude evidenciar, al ver a Rosario recibir una especie de hallulla de parte de su vecina de al lado para que pudiera prepararme un delicioso pan con palta.

Caminar por este auténtico patrimonio cultural de la ciudad, cuya construcción estuvo a cargo por Gustav Eiffel —el mismo arquitecto de la famosa torre francesa— es un verdadero viaje sensorial: atiborrado de colores, olores, sabores, texturas y emociones ante las que nadie puede quedar indiferente. Vale la pena recorrer cada  uno de sus numerosos y poco luminosos pasillos, clasificados según los   productos que ofrecen, además de aprovechar de comer alguna que otra comida típica, así como beber una gran jarra de jugo natural, probar algún exquisito postre peruano, degustar un delicioso trozo de queso artesanal, y cómo no, conversar con su gente; el más grande tesoro cusqueño.

Después de hospedarme una noche en un tranquilo y bien ubicado hostal del centro de la ciudad, junto a la la clandestina pareja de argentinos, decidí buscar un lugar con más onda y menos restrictivo, donde sus huéspedes tuvieran un lugar para recrearse. Así fue como encontré un hostal ubicado en la misma avenida en la que están emplazados la Iglesia de San Pedro y el mercado del mismo nombre. Resultó ser bueno, bonito y barato, además de contar con todo lo que anhelaba: bar, mesa de ping- pong y viajeros de los cuatro continentes.

(Felipe Arias)

(Felipe Arias)

Como ya había visitado Machu Picchu en otra ocasión, y como marzo es un mes en el que abundan las lluvias, no tenía ganas de volver a hacer aquella misma y larga travesía. Esta vez, estaba interesado en visitar la concurrida montaña Vinicunca, conocida como la Montaña Arcoíris, un macizo cuyos colores fueron descubiertos hace apenas dos años a causa del deshielo provocado por  la intensificación del calentamiento global.

Revisando el poco alentador pronóstico del tiempo, un frente climático frío, con lluvias y nevadas en la alta montaña, opté por postergar la ida y esperar los días que fuesen necesarios para que las condiciones meteorológicas se apaciguaran. Y qué mejor que aguardar en compañía de un grupo de apasionantes y divertidos mochileros de la misma hostal en la que estaba, con quienes salimos a devorarnos a pie aquella mágica ciudad.

Deambulado por las pedregosas callejuelas, fui sintiendo el rigor los 3.400 metros sobre el nivel del mar, cuyo efecto me provocó el denominado mal de altura, a raíz del drástico paso del Amazonas a la altiva sierra. Sentí mareos y un punzante dolor de cabeza. La solución llegó de la mano de infusiones de hoja de coca, planta que lamentablemente sufre el estigma de ser el principal compuesto de la destructiva cocaína.

Superada la puna, retomé la rutina de sumergirme en el Cusco profundo. Ese que tiene como lengua principal el quechua cusqueño, una variante del quechua hablada por 1,5 millones de personas. Y ese que está marcado por una profunda pobreza, con gran parte de sus comunidades dedicadas a la inestable agricultura;  y a la realización de  trabajos informales, sumamente mal remunerados.

«¿Sus hijos también hablan quechua?», le pregunté a una veterana señora de rostro mineral, luego de escucharla conversar en quechua con otra mujer en sus improvisados puestos de frutas en plena vereda. «Claro que sí papacito, es su lengua», me respondió orgullosa mientras su pequeña hija se lanzaba a correr en medio de la caótica feria al aire libre que se pone en las afueras del Mercado Cascaparo, a menos de 300 metros del Mercado de San Pedro.

Extasiado, me quedé horas deleitando cada tonalidad, sonido, fragancia, movimiento y expresión que allí surgía, de modo genuino. Tampoco me perdí la oportunidad de conocer el  Mercado Cascaparo, que es sin duda alguna, uno de los menos turísticos de todo el Cusco, donde  casi el 90 por ciento de sus locales son atendidos por mujeres. Como un niño que se come el mundo con sus ojos, fui recorriendo y admirando cada uno de sus intrínsecos rincones, todos tan diversos, todos tan sorprendentestrarse con mensajes en los muros y en las poleras de alguna que otra persona, aclarando que: «la hoja de coca no es droga, es medicina».

La Ciudad que Nunca Duerme

El Cusco, como buena capital turística, no conoce de descansos, ofreciendo siempre una serie entretenidos y descontrolados panoramas bohemios para sus visitantes más fiesteros, incluso los días domingos. Ya de vuelta la hostal, la previa había comenzado a eso de las 9 pm. Entonces, después de una ducha exprés, me integré al grupo de los valientes que querían salir; conformado por una canadiense, un colombiano, un argentino y un francés,

Cuando ya era pasada media noche, y luego de unas cuantas cervezas, nos encaminamos a la Plaza Mayor del Cusco, donde reside la bella y renacentista Catedral Basílica de la Virgen de la Asunción, construida entre los siglos XVI y XVII sobre un antiguo palacio inca; y donde están emplazados los mejores y más concurridos clubes nocturnos. Esta vez, decidimos ingresar a Mama África, un prendido pub-discoteque de tres pisos, en el que abundan los extranjeros, y cuyo cierre se hace a altas horas de la madrugada.

(Felipe Arias)

(Felipe Arias)

En su interior, la fiesta estaba en llamas, y el calor que allí se sentía, obligaba a desprenderse de las prendas de abrigo. Y en eso que esperaba a que el barman me atendiera, se me acercó un tipo para preguntarme si le podía hacer el favor de invitar a su prima a un trago, a la vez que dejó un billete en mi mano.  Extrañado, accedí a su pedido y me acerqué a conocer a su prima, una simpática y guapa peruana radicada en España.

«Hoy fue el día de la mujer y estoy de acuerdo con las demandas de igualdad que se piden. Por eso, yo te quiero invitar a beber, quiero cambiar los roles. Pide lo que quieras», me dijo con mucha convicción.

Pero me negué tajantemente, pues no quería quedarme con el dinero que su primo me había pasado. Finalmente llegamos al acuerdo de que yo pagaría la prima ronda, y que las siguientes serían auspiciadas por ella. Entre un trago y otro, la noche se esfumó como la bruma en la montaña hasta que dieron las 6 am, momento en que los primeros rayos del sol se hicieron presentes, atestando de contrastes la sin igual ciudad que ya iniciaba sus actividades.

Un Arcoíris en lo Profundo de los Andes

A bordo de un turístico bus, partimos de madrugada con destino al distrito de Pitumarca, a través de la carretera que conduce de Cusco a Puno, un trayecto de más de cien kilómetros que pasa por las localidades de Andahuaylillas, Quiquijana y Checacupe. Fueron tres horas y media de viaje en las que aprovechamos de dormir, para despertar finalmente en el poblado de Ocefina, emplazado a unos 4.000 metros sobre el nivel del mar.   

Allí, en medio de la tranquilidad del valle cordillerano, desayunamos por unos 30 minutos, junto a los cerca de 20 aventureros- que en su mayoría eran europeos-,  para luego recibir las indicaciones de los guías, y así continuar el viaje con destino a Machuraccay; desde donde se comienza la ascensión de alrededor de 1.000 metros de desnivel hacia Vinicunca.

Tras pagar los 10 soles (2.000 pesos chilenos) que la comunidad de Pitumarca cobra por el ingreso, comencé la espectacular ruta de ascenso junto a Philipp, un simpático viajero alemán  que conocí en el hostal y con quien decidí contratar el tour. Para nuestra fortuna, las condiciones meteorológicas estaban mucho mejores en comparación con las del día anterior, en el que la nieve y la nubosidad no dejaron apreciar el cromático macizo.

A un costado de la ruta, una decena de hombres y mujeres de la comunidad de Pitumarca ofrecían sus servicios de arriendo de caballos por unos 12 mil pesos, así como una serie de snacks y bebidas. Gente de origen quechua, de rostros curtidos y ropajes multiculores, para los que el turismo es su principal sostén económico. Napaykunakuy fue la bienvenida en quechua que me dio una tierna señora cuando nos cruzamos de frente.

A medida en que fuimos ganando altura, mis latidos del corazón comenzaron a acelerarse, y cada paso fue costándome el doble. Sin embargo, de ninguna manera pensé en detener la travesía. El majestuoso y multicolor valle, donde pastan cientos de llamas y alpacas salvajes; y la increíble vista que se va teniendo de la cordillera de Vilcanota, fueron razones más que suficientes para seguir hacia Winikunka, nombre que proviene de dos voces  quechua: Wini, a raíz de las pesadas y redondas piedras negras que yacen en el lugar, a  las que les  denominaban wini rumi (piedra), y Kunka, cuyo significado en español  es cuello,  debido a que la estrechez del cerro se asemeja a un cuello de paso.

(Felipe Arias)

(Felipe Arias)

Luego de tres horas y media de caminata, en las que se recorren cerca de 6 kilómetros, llegamos a la base de montaña, situada por sobre los 5.000 msnm. Entonces, un frío y creciente nevazón empezó a azotar la expuesta y angosta zona, desde donde se puede apreciar los famosos siete colores de Winikunka, originados a partir del choque de placas tectónicas que terminaron empujando hacia la superficie una serie de sedimentos minerales. Y desde donde también se puede observar la cuarta montaña más alta de Perú, el imponente Ausangante (6,384 msnm), macizo que ocupa una parte importante dentro de la cosmovisión  inca, pues se dice que por medio de las aguas que escurren de sus eternos glaciares, nace la energía masculina que fertiliza a la Pachamama,.

El frío calaba hondo y la nieve se encargaba de cubrir aún más el denominado Valle Rojo. Pese a ello, estaba Marcia, una amable joven quechua que se encontraba arropada atendiendo con una sonrisa su improvisado puesto de bebidas. Mientras tiritaba encogida de hombros, me contaba que llevaba solo un par de meses ascendiendo cada día a la montaña, equipada  tan solo con unas desgastadas sandalias y sus relucientes ropajes andinos.

Había que comenzar el rápido descenso de vuelta, era peligroso exponerse a la nevazón y las frías ventiscas. Trayecto en el que nuevamente nos fuimos deleitando con la sublime belleza del valle, pero esta vez desde otra perspectiva. Detrás de nosotros, una inclemente tormenta comenzaba a desencadenarse, por lo que fuimos apresurando aún más el paso. Y luego de dos horas de bajada, llegamos al estacionamiento donde estaba nuestro bus.

Era tiempo de regresar al Cusco. Volver con la satisfacción de haber conseguido el objetivo, y con aún más ganas de retornar a recorrer las entrañas de los Andes peruanos, además de tener la dicha de compartir con su gente. Al fin y al cabo de eso se trata la vida, de volver a los lugares que te estremecieron el corazón.

«Sí, quisiera volver; quisiera volver a todas partes; volver siempre; no dejar nunca de saborear la tierra, los mares, los cielos, las ciudades, todo lo que forma este mundo deslumbrante. Lo más delicioso que puede dar la vida es eso: partir sabiendo que se va a volver; volver sabiendo que se va a partir. ¡Ah! Si siempre, si eternamente pudiera ser así», Salvador Reyes, El continente de los hombres.


Felipe Arias es corresponsal y colaborador de Outside Chile. En la edición de marzo-abril, escribió sobre sobre el primer centro de rehabilitación de fauna silvestre en el país.

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