Vi Veri Universum Vivus Vici

(Foto Gentileza de Tito Nazar)

Esta es una historia donde las montañas fusionan personas al son del amor con un término esperable.

*Lo que brilla ha nacido para el instante, lo auténtico permanece intacto para la posteridad.

Hace un tiempo escribí sobre el viaje que hice con mi padre por la Carretera Austral durante un mes sin descanso. En él, menciono a una persona que me abrió horizontes que me marcarían por siempre. Desde esa fecha había mantenido un contacto relativamente frecuente con ella.

Previamente, esta persona había comprado una van, a la que llamó «Mister-T», para irse a viajar por la costa sur-oeste de los Estados Unidos por al menos tres meses y medio. Su viaje comenzó a principios de diciembre  y eventualmente, salió por fin la posibilidad de unirme a ella por 3 semanas completas en su travesía, razón por la que debí comprar el pasaje con mucha prisa.

**Pues que cualquier elección implica renuncia a lo no elegido (prólogo)

Ya con el pasaje en mi correo electrónico, yo tendría una ventana de 2 días libres donde no vería a Terra Brooke. En eso, le pregunté a mi amiga Andrea López si era muy absurdo arrendar un auto en Los Ángeles, manejar 6 horas hasta el parque Yosemite y darme el lujo de correr unos 20 K, para volver al otro día a Malibú, donde Terra estaría terminando sus compromisos para comenzar el viaje. Entonces Andrea me respondió: «sí, es absurda, pero vale totalmente la pena».

El destino jugó a mi favor y terminé yendo a Yosemite con Terra, su van y su perro Rolo, a uno de mis lugares favoritos para conocer. Era época de invierno al cien por ciento y el frío y la nieve estaban a la vuelta de la esquina. Pero lo helado en EE.UU. era cálido, como lo estuvo en Chile hace dos temporadas: frío pero sin precipitaciones.

Viajar para mí no es algo atractivo en general, pues siento que la gente viaja más para cambiar de aire que para descansar y ampliar realmente sus visiones de esta fenomenología a la que llamamos vida… Pero tres semanas en una van es ciertamente una experiencia que valía la pena, incluso si lo de Terra y yo no resultaba, como llevamos intentando hace casi dos años desde que nos conocíamos. Las relaciones a distancias sí son posibles, pero ciertamente la energía a invertir es mayor, especialmente si el conocerse es parte del proceso de mantener ese lazo.

(Foto Gentileza de Tito Nazar)

(Foto Gentileza de Tito Nazar)

Debo confesar que lo que más me mueve las fibras son las montañas. Pero ver Yosemite y otros parques nacionales junto a Terra hacía que mi nivel de emociones fuera impulsado desde todos los ángulos favorables, algo así como un viento en popa que auguraba solo buenos momentos por suceder. Mi frenesí era maravilloso.

Con el favor de los mapas armé una travesía obvia para cumplir el sueño de un apasionado del trail running con toques de montaña: subir a Glaicer Point con 1000 de desnivel positivo, bajar a Nevada Falls y llegar a la cima del Half Dome.

El Half Dome, esa mole que los gringos rayan constantemente en sus conversaciones, y donde la escalada reventó desde la época de los hippies. Hoy es un clásico de la trepada en roca si eres uno de verdad… Siempre vi los vídeos en Yosemite de Alex Honnold, Ueli Steck y Dean Potter.

El Half Dome tiene una cara más fácil por donde se puede acceder sin implementos ni conocimientos de escalada, pero en las tiendas y en la información que entregaban los parques nacionales todos decían que los seguros se sacaban en temporada baja. Otros decían que hasta las cuerdas estaban sacadas (que en realidad eran cables de acero). Pregunté a tantos sobre el tema, pero en nadie pude confiar mucho.

Al final elegí intuir que la dificultad de subir el Half Dome sería un tercer a cuarto grado y que además las cuerdas de metal estarían puestas pero sueltas, colgando varios metros, y que los seguros que se incrustan en la roca para bajar la dificultad técnica estarían sacados, de seguro. Entonces, si era lo suficientemente cojonudo, haría cumbre sin tener que pedir permiso y/o reserva con un año de antelación, que es como se hace en temporada alta de cada año, permitiendo a solo 100 personas ascender el Half Dome por día.

Terra reiteradamente me dijo que sin los cables ni los seguros bien puestos, la posibilidad de subir el domo era demasiado peligrosa, que ni pensara en hacerlo y que se molestaría mucho si lo intentaba. Pero en un momento ella sugirió que al menos fuera por mí mismo hasta la base, que igual valdría la pena. Ni lo pensé y de inmediato le dije que sí, total, yo solo pensaba en tener tiempo y luz para llegar arriba y ver el valle.

Mientras corría el Glacier Point con 1000 de desnivel positivo, pensaba en lo amable del sendero y en lo rápido, dinámico y divertido que era. Pero en muchísimos momentos me pregunté si podría subir el domo sin arnés ni seguros. Sabía que lo que estaba haciendo ya era épico, correr en Yosemite, California, pero también sabía que necesitaba cerrar el proceso pisando la cumbre.

(Foto Gentileza de Tito Nazar)

(Foto Gentileza de Tito Nazar)

Mientras más me acercaba a la base de los cables, más nervioso me ponía la idea de si sería o no capaz de seguir adelante, y si iba a volver o no con sentimientos de fracaso. Entonces cuando vi la pared donde estaban los cables, me asusté. Pero tuve tiempo de mirarla a medida que corría a la base y entendí que si sorteaba el primer tercio, el más vertical, todo estaría bien y que si subía, podría bajarlo.

Cuando llegué al primer seguro de los cables, apoyé los pies en una terraza de unos 20 cm de espacio y me tiré sobre la roca con los brazos caídos para descansar. Subí con todo lo que pude para arrancar de la parte expuesta y mis miedos eran tales que no podía bajar mucho la frecuencia cardiaca. Fue un momento donde pude salirme de mí mismo y fascinarme con lo que estaba pasando. Al mismo tiempo, había algunos escaladores progresando por la línea con sus arneses y seguros, mientras que por mi parte, y por mi falta de equipo, me podía mover más rápido. No sé si por el pánico o por la alegría…

***…si logras seducirme a fuerza de goces, sea aquél para mí el último día. Te propongo la apuesta.

Corriendo muy fuerte, logré la gloria de sacarme de la mente si podría o no hacer cumbre en el Half Dome sin arnés ni seguros. Cuando bajé a la base del cerro pude respirar mejor del miedo y cuando salí del granito solo me quedó correr 12 K hasta Mister-T.

Calculé mal la ruta estimando 33 kilómetros que terminaron siendo 44 kilómetros maravillosos, rápidos, sensuales, llenos de alegría y dicha. Cuando Terra me vio llegar me sonrió y preguntó si había hecho la cumbre. Yo le dije que sí, con algunas lágrimas. Me abrazó y se alegró por mí. Cuando llegué a la base de la mole sabía que el viaje ya estaba pagado y todo lo que vendría sería más sazón a la vida para recordar en mi vejez. Aún, casi un mes después, la gratificación que contengo en mi ser son conmovedoras.

Creo que Terra es la persona más precisa que he conocido. Además, ama la buena mesa lo que hace que compre todo orgánico, con mucho vegetal, pocas carnes y licores de calidad. Ella llevaba un par de meses de viaje cuando yo llegué y todo lo tenía resuelto en sus formas y metodologías, lo que me dificultó en algunos procesos porque todo tenía que ir de una manera específica, en un momento específico. Podrán imaginar que vivir dentro de una van que tiene cocina, cama plegable y 3 bicicletas que suman más de 9 millones de pesos, hacen que la logística de equipo, comida, bebestibles, cooler y perro, no sea tan simple como uno podría vislumbrar. Así es al menos, hasta que entiendes todo el funcionar de la van para que dos individuos puedan convivir en armonía.

No sé si Terra tuvo o no mucha paciencia. Creo que tuvo la justa. Varias veces se ponía nerviosa y perdía la paciencia con mis actuares y con mi déficit atencional compliqué las cosas. Soy excesivamente ordenado, pero eso lo logro por medio de la repetición: cuando algo es nuevo para mí, es muy costoso adaptarme a ello porque mi mente se escapa por el estrés que me produce, entonces cuando debo rendir cuentas ni sé dónde estoy parado.

(Foto Gentileza de Tito Nazar)

(Foto Gentileza de Tito Nazar)

Pasamos a Las Vegas buscando climas más cálidos, y ahí arrendé una bicicleta de ruta para salir con Terra y dos amigos de ella. Yo no quería hacer deporte en una ciudad tan seca y plana, pero para mi fortuna conocí las Red Rocks en una salida de unos 40 kilómetros que disfruté en demasía. Sin embargo, espero no tener que volver a viajar por placer a Las Vegas, pues conocer la famosa parte de los casinos no me impresionó para nada, excepto cuando vi el letrero del Cirque Du Soleil haciendo eltributo  a Michael Jackson. Pero vi el letrero muy tarde, y ya me había perdido lo que pudo ser la función de mis sueños, dado que nunca vi al original vivito y coleando.

En la lista de Terra estaba todo lo que debíamos ver, y ahí figuraba especialmente el Grand Canyon, pero no pudimos verlo por el mal tiempo. Los accesos se habían bloqueado y aunque queríamos, no hubiéramos podido ir.

De Las Vegas nos fuimos a un sector que yo conocía por mis apasionados amigos que escalan en roca: el Zion National Park. Fue mejor de lo que esperaba. Preciosas rocas rojizas con harta cultura y cracks de las estéticas más bellas que haya visto se erguían hacia los cielos celestiales (cito celestial en una forma espiritual, dado que los primeros blancos que poblaron la zona, como Utah en general, fueron los mormones, de ahí la explicación a muchos de los nombres de la zona).

Desde aquí seguimos con la ruta Angel´s Landing (aterrizaje de ángeles), una escalada preciosa de tercer grado. Como era temporada baja y con nieves caídas, fue una suerte que lleváramos los crampones (microspikes) de zapatillas para movernos con mucha confianza por planchones de nieve y hielo que fácilmente nos pudieron quebrar una muñeca en caso de caída. No podíamos creer lo afortunados que éramos caminando con poca gente y en un lugar donde los veranos llegan hasta sobre lo 40º C.

Oye, ¿pero y Rolo? Rolo es un perro de kilo y medio, mezcla de chiguagua con no sé qué más. Es el típico perro de casa: bueno para caminar si lo sacabas, pero si lo dejabas en una cama cubierto en frazadas se quedaba feliz también, pudiendo dormir largas horas de día y de noche si era necesario. Por lo  tanto, como no le permitían el acceso a los senderos en los parques (excepto en los lugares de camping), no pudimos sacarlo con nosotros a los senderos. Recuerdo que una vez lo íbamos a sacar a un trek a escondidas, pero el clima se puso bestial y ni nosotros pudimos hacer algo ese día. Rolo perdió olímpicamente.

Ya más adaptado a Mister-T y a sus dinámicas, poco pude colaborar en la cocina, una de las cosas más demandantes del día dado que la dieta es cosa muy importante para Terra. Yo me limité a alimentar a Rolo y ordenar las cosas cuando aprendí donde iban los bolsos. Tuve tres sectores donde dejar mis cosas, estuve algo apretado, pero fui estrictamente con lo justo llevando en el avión 16 kilos en la maleta, más el bolso de mano con pertenencias personales, el computador y el libro.

(Foto Gentileza de Tito Nazar)

(Foto Gentileza de Tito Nazar)

(Foto Gentileza de Tito Nazar)

(Foto Gentileza de Tito Nazar)

Cayó nieve y pasamos frío de verdad. Era tanto, que muchas veces llegábamos al lugar de dormir y dejábamos el motor prendido unos minutos con el máximo poder de calor para terminar de comer y para ir poniéndonos rápidamente capas sobre nuestros torsos, desplegar la cama y meternos bajo las tapas.

Las noches eran demasiado gélidas pero las tardes eran agradables, con tonos rojizos y románticos. Nunca fue divertido pensar en las noches de frío penetrantes, sobre todo cuando el vehículo no era muy térmico, pero sí lo era imaginarse el día siguiente con un nuevo desafío a la gravedad, donde veríamos aristas, riscos y piedras erguidas que nunca imaginamos. Salir temprano de mañana con las sombras gélidas, y agradecer cuando el sol nos permitía sacarnos las plumas, era una bendición mayor.

Los senderos eran fáciles, rápidos y con mucho falso plano, pero por otro lado mis esperanzas de afianzar los clavos de la relación con Terra parecían disiparse en una danza de malentendidos y no conjugaciones sobre la forma de llevar el viaje. Muchas veces tuve pena porque era capaz de entender lo que nuestras diferencias estaban anunciando. No paraba de sorprenderme el estar viviendo una experiencia máxima, desde el modo cómo viajábamos, hasta los lugares en los que estábamos; ver esas planicies amarillas y rojas absorbiendo los rayos del sol invernal en un plácido y natural fluir, al contraste de no poder converger nuestros sentimientos mutuos en una relación tranquila y alegre.

Ella también estaba triste. Era parte de la ironía de la naturaleza, estar viendo esas formaciones de tierra de arena con perfiles tan fuera de lógica, y estar los dos presenciando todo esto, querernos profundamente, pero no poder llevarnos bien. Parecía que soportar una temporada de varios meses más no sería una idea sana si seguíamos así.

En Bryce teníamos el plan de hacer dos trekking en el mismo día: uno de 12 Km y otro de 15 (no podíamos correr tanto porque Terra estaba saliendo de una lesión lumbar). El primero fue hecho en más tiempo del esperado y para el segundo, Terra eligió elongar y dormir, mientras que yo, con una sed descontrolada corrí a la van y me vestí para seguir con la segunda ruta en modo trail running, cerrando un circuito rapidísimo y helado y haciendo que mis vistas en el Parque Nacional Cañón Bryce fueran más valiosas que las que había presenciado con Terra.

Cuando ella me preguntó si valía la pena hacer el trail, le dije que quizá, que no lo sabía. Pero sí lo sabía y era mejor que el primer loop, Solo fue que elegí llevar la verdad en mi corazón y no entregarle ese sentir de arrepentimiento por no haber ido juntos. Lo que corrí y vi ese día quedó guardado plácidamente como una de mis mejores corridas después de California.

****El que sabe aprovechar el momento oportuno es el verdadero hombre.

Mientras Terra manejaba, Rolo pasó tantas horas sobre mis piernas como ningún perro lo había hecho. Su estilo de vida y su forma de ser, al final terminaron ablandando mi corazón y terminé queriendo a esta criatura, pues nunca había llegado a generar un lazo de afecto por una especie de su tipo. Creo que a pesar de lo viejo que es, terminó confiando en mí y algunas veces, mientras yo manejé, también se sentó en mis piernas. Cuando eso pasaba lo dejaba ser y solo sacaba una sonrisa. Terminé queriendo a Rolo más de lo que pretendí y eso también complicaba mi partida a casa.

Por más que intentamos planificar nuestras vidas, siempre los imprevistos terminan azotándonos y recordándonos que no somos dignos del olimpo. Que la vida sea fácil producto de la planificación es fantasía de humanos. Incluso proyectar días con anticipación es un desafío.

En un plan de hacer un cañón angosto que nos tenía con los ojos brillantes de emoción y dirigiéndonos a él, nos encontramos con un camino intransitable para Mister-T. Debimos girar 180 grados y volver al pavimento, fracasados y frustrados. Ahí, debimos improvisar y elegir un lugar cualquiera para pasar la noche. En eso le dije que me parecía sensato dormir en una ruta llamada Burr Trail Road. Aquel lugar es una formación geológica impresionante con un serpenteo en una carretera absolutamente espectacular. Muchas veces le comenté lo increíble que sería hacer eso en bicicleta de ruta.

Elegimos el lugar natural para protegernos del viento. Estábamos tan felices por haber salido victoriosos a pesar de la derrota. Ya con las chaquetas de plumas puestas, Terra sugirió que camináramos hacia una meseta donde el sol iba a pegar en un rato más y en solo 15 minutos llegamos al paredón. Vi la roca y no me quedó más que gritar un buen garabato chileno al ver aquella increíble roca picada por indígenas milenios atrás. La calma del lugar era tan especial, y el perro al escuchar su propio eco ladraba cumpliendo con su labor de protector del territorio. Con risa, yo solo me limité a hacerle vídeos. La calma venía del sol, de la tierra, del polvo, de la cerveza, de la risa y de nosotros.

Fuimos a Arches National Park y a Canyonlands, y siempre en nuestras mentes y conversaciones saltaba el tema sobre el destino final previo a mi retorno en Denver: la ciudad de Moab, de la que en realidad sabía muy poco. Había leído artículos de Carola Fresno en la revista FullOutdoor y sabía además por Andrea López, que había corrido 200 millas en la zona y que además ella amaba sus senderos y cervezas. Con eso, yo solo me limité a saber que tenía que ir.

(Foto Gentileza de Tito Nazar)

(Foto Gentileza de Tito Nazar)

Moab resultó ser un paraíso bien particular, con muchos lugares protegidos y por visitar en forma de trekking y trail running. Tiende a ser algo infinito, además es una especie de capital del mountain bike a nivel mundial, pues existen infinitos senderos para bicicletas que también se pueden correr.

Andrea me había dicho que debíamos ir a comer hamburguesas. La diosa de la fortuna estaba sobre nuestras almas en ese, el último día jueves de la temporada baja, pues como de costumbre, el plato de comida costaba 5 dólares, pero por ser el último jueves quedó todo en 3 dólares. Quería comerme dos porciones, pero los platos eran tan voluptuosos que con uno y un schop de cerveza artesanal fuimos a nuestro cuartel para terminar de pasar la noche, una vez más, entre el frío y viento suave de Moab, cobijándonos entre frazadas y plumas.

Era fin de mes y moverse en una van con itinerarios, es al final de cuentas, una cuota de estrés a la agenda. Por ello le pedí a Terra que nos tomáramos el día libre de senderos y que nos dedicáramos a hacer cosas como la «gente normal». Entonces elegí pagar por una ducha de agua caliente, y acceso a internet ilimitado en una librería con el fin de planificar lo que nos quedaba por hacer en el sector.

Convenimos con Terra que lo mejor era irnos en bicicletas a lo que terminamos arrendando una mountain bike, para mí, de doble suspensión con características increíbles. Un lujo que solo en los Estados Unidos me podía permitir por unos 70 dólares. Una vez más, no estaba demasiado entusiasmado en hacer algo que no fuera correr, pero terminé disfrutando la salida en demasía con un loop de 35 kilómetros en una jornada soleada pero fresca, agradable, y con unas rocas con una adherencia que fueron realmente un lujo a probar. Moab es un sector para el MTB difícil de concebir, debido a la gran variedad de lugares que hay para recorrer. Por último, como Moab está en un estado bien mormón, encontrar alcohol es un parto, por lo que agradecí enormemente que hubiera un cooler especial para mis cervezas al interior de Mister-T.

*****Sólo por una incesante actividad es como se manifiesta el hombre.

Las tardes eran calmas y algunas veces el viento era más penetrante que otros días, con el frío siempre clavando en la cara, especialmente. Para ese entonces me encontraba adaptado a todo el quehacer de la van, a manejar por las autopistas y las calles chicas, a sacar a Rolo en las mañanas a que hiciera sus necesidades y a nivelar el vehículo para que quedara derecho y así no dormir con la cabeza más baja con respecto a los pies. Las mecánicas de actuar cobraban más automatización y eso me daba confianza, pero las relaciones con mi compañera no mejoraban a pesar de mis esfuerzos. A esas alturas, ambos ya éramos capaces de vaticinar el final que nos esperaba para cuando me tocara montarme en el avión camino a Santiago.

Nuestro destino como grupo esperaba su fin en Denver, Colorado, donde comenzarían mis 36 horas de viaje a casa. Allí Terra improvisó una visita a un lugar llamado Boulder, que según ella era muy bonito. Le comenté muchas veces que me sonaba como un lugar de mucha montaña y que los deportes alrededor de ellos son quizá los más «atómicos» de todo el país. Pero ella me dijo que no lo creía, que había estado allá en el pasado y que no era tanto… El tema es que sin señal de celular no podía buscar esa información, y cuando la tenía, me dedicaba a mis asuntos personales de casa.

Terminé conociendo algunos escaladores y yendo a un museo donde vi las botas con las que Hillary subió el Everest. No culpo a Terra, ella estuvo allí cuando era ciclista profesional y su target mental estaba en otro foco. Boulder era el lugar donde podría vivir, con las pistas de esquí y las lomas más sexis que vi en todo el viaje, donde el aire se respiraba y la montaña era, como quizá solo en el Yosemite la sentí. Boulder era el lugar donde debí quedarme más días, pero con ese frío del demonio debo reconocer que era poco factible. Terra sintió que mi corazón había quedado carente de Colorado, pero estaba bien. Vi tanto, en tan poco tiempo, que ver más siempre era sobredosis, llevándome a un estado de éxtasis tan alto que llegaba a veces a la intolerancia sensitiva, sin poder concebir plenamente las maravillas que estaba viviendo en carne propia.

(Foto Gentileza de Tito Nazar)

(Foto Gentileza de Tito Nazar)

En Boulder pude por fin ver las tiendas a las que quería acceder para equiparme y conseguir alguna cosa interesante para traer a casa. Pero para mi desgracia, todo lo que quería estaba fuera de temporada, por lo que no compré absolutamente nada, ni siquiera una visera.

En el paseo central, con un sol cálido pero con un aire helado, parados en una esquina, acordamos Terra y yo que lo mejor sería terminar la relación de pareja que habíamos intentando alimentar esforzadamente, y que camináramos cada uno en direcciones diferentes, cuestionándonos también si valdría la pena esperarnos una temporada más para intentar vernos de nuevo.

Terra hizo el último tramo hacia el hotel donde pagué para poder ducharme y dormir bien antes del ultra de 36 horas de viaje a la capital. Inmerso en una ciudad en Norte América, el silencio y la incomodidad y la pena nos tenían en un estado de prudencia. Ya no había montañas nevadas, los senderos estaban lejos y ahora solo había estructuras de metal y concreto a nuestro alrededor.

En la habitación, me senté en el escritorio para pasarle todas las fotos que tomé y ella en la cama con el computador sobre sus piernas me pasó todas las que ella a su vez tomó. Una vez hecha la transferencia recosté mi cabeza en la cama y Terra puso a Rolo junto a mí una última vez para que durmiéramos juntos. Y un rato después ella lo tomó para arrimarse en la otra cama.

La despedida se hizo breve. Mister-T me dejó en la sección de bajada de pasajeros, me despedí de Rolo y rompí en llanto, momento en que Terra se bajó para abrazarme y despedirnos. Y a medida que se alejaban, sabía que no volvería a ver a Mister-T, o a Rolo ni a Terra.

Se cumplió mi segunda predicción: terminé una relación pero me llevé una experiencia de por vida y tan amplia, que no soy capaz de abarcar con palabras todo lo que en este viaje experimenté.

******El hombre yerra mientras tiene aspiraciones.

Ahora estoy en casa. Me siento a salvo y protegido, un terreno donde piso seguro. Estoy solo y sé que ahora me deparan más rumbos, más sueños y menos carreras de trail running, aunque también estoy viendo si sale un viaje especial  al esquí de randonée. Ahora serán viajes sin tener que pensar en hacer funcionar una relación donde nos separaban tierras, océanos, horas de diferencia y toda la vida.

No fuimos el uno para el otro y el tiempo dirá si realmente aprendimos de nuestras vivencias. Al final, son nuestros actos los que realmente nos demuestran si crecimos o no comparado con ayer.

Agradezco a la vida por haberme puesto en frente a gente aventurera por naturaleza y por haber asentado en mi destino un viaje que no será borrado de las historias que le contaré a mis hijos.

Por ahora, solo me queda caminar y ver amaneceres, una de las cosas que sé hacer muy bien.


*Citas extraídas del Libro «Fausto», de Goethe, Editorial Alianza.

Vi Veri Universum Vivus Vici (Por el Poder de la Verdad, yo, estando Vivo, he Conquistado el Universo)


Héctor ‘Tito’ Nazar escribió sobre el viaje con su padre a la Patagonia chilena en la edición de marzo/abril. Él es corredor de trail runner y ciclista. Fundado de Nexusrun.

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