La Sirena de Aguas Gélidas

(Fotos gentileza de Bárbara Hernández)

Tiene 32 años, es psicóloga, tiene un magíster y además está encargada del directorio de deportes de la comuna de Recoleta. Conocida como la sirena de aguas gélidas, Bárbara Hernández nos cuenta sobre su pasión por el agua, la natación y la naturaleza.

Cuando tenía 6 años, Bárbara Hernández acostumbraba a ir de vacaciones con sus papás al litoral central, y lo primero que hacía cuando se bajaba del bus era meterse al mar. No importaba lo helada que estuviera el agua, ella se quedaba nadando todo el día.

Sus papás —Daniel Hernández y Ana Huerta— preocupados porque Bárbara no sabía nadar, decidieron llevarla a un taller en la piscina de la Universidad de Chile que se ubica en Estación Mapocho. De esta forma, pronto comenzó a nadar en un nivel más avanzado, y aún siendo niña, también era la única mujer del taller.

Pero Bárbara nunca fue la más veloz en el agua y tampoco obtuvo medallas, lo que en parte le afectó en su adolescencia, según comenta: «A veces competía y otras veces no. Fue un período bien difícil, sobretodo porque era adolescente. No era la mejor nadadora y eso es lo que uno quiere cuando es chico…Bueno, nada de eso pasó conmigo».

Sin embargo, nunca dejó de entrenar. Nadar ya le gustaba mucho, era su espacio. «El agua es mi hogar, yo soy de ahí» afirma. «Para mí todo puede cambiar, mis amigos, el colegio, el lugar donde vivo, pero el agua no, el agua siempre está ahí, le da continuidad a mi vida por eso me gusta tanto yo creo», agrega.

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(Fotos gentileza de Bárbara Hernández)

Hasta entonces estaba acostumbraba a nadar en piscinas, hasta que a los 17 años, Mauricio —un amigo de su taller de natación— la invitó a nadar en una competencia en Valdivia, en la que finalmente los entrenadores y organizadores no la dejaron nadar porque, según ellos, no contaba con todos los papeles necesarios.

En esa ocasión, Mauricio decidió irse con su polola a Puerto Montt así que Bárbara se quedó unas semanas sola con su mochila en una ciudad donde no conocía a nadie. Por suerte, una familia que formaba parte de los organizadores de la competencia —que sí estaban de acuerdo con que ella participara— la acogió en su casa durante dos semanas, hasta que llegó la fecha del segundo certamen. «El ambiente de la natación en Chile es muy competitivo, pero no en el buen sentido de la palabra. Muchas veces se aspira a conseguir objetivos o metas, no por ser el mejor ni el que más se esfuerza, sino que echando para abajo a los otros», comenta la nadadora.

En la segunda competencia, en la que sí pudo nadar, le ganó a los hombres apenas comenzó la primera travesía llevada a cabo en el cruce Niebla-Corral. «Fue un gran logro para mí, ya que Chile es un país súper machista. Estoy muy feliz de haber podido nadar en el mar con olas», comenta.

Desde ese entonces, lo único que Bárbara comenzó a anhelar más que nunca fue nadar en el Estrecho de Magallanes, en el Canal del Chacao, con el fin de seguir realizando más travesías en aguas abiertas. Además, poco a poco fue descubriendo que nadar en aguas cada vez más frías no era ningún problema, pues lograba adaptarse muy bien a las peores condiciones.

En cambio, con el agua menos fría no le iba tan bien, le daba sueño y terminaba yendo cada vez más lento. Para ella, cuando las cosas se ponían más difíciles; cuando había más viento y cuando el agua estaba más helada y torrentosa, era cuando mejor le iba. Muchas veces compitió con nadadores que eran más rápidos que ella, pero que abandonaban la carrera mientras que Bárbara solo pensaba en llegar a la meta.

Después, continuó nadando en hielos y glaciares donde la temperatura no sobrepasaba los 4 o 5 grados bajo cero. Y cuando cumplió 26 años, compitió por primera vez en las gélidas aguas del glaciar Perito Moreno, Argentina. Hasta entonces, Bárbara ni siquiera conocía la nieve pero había llegado a un lugar que estaba completamente nevado. Pero no dijo nada pensando que la podían dejar fuera de la competencia, así que en silencio se metió al agua. Finalmente, obtuvo el primer lugar en la categoría damas de 500m, a una temperatura de -26°C.

Para mí todo puede cambiar, mis amigos, el colegio, el lugar donde vivo, pero el agua no, el agua siempre está ahí, le da continuidad a mi vida por eso me gusta tanto yo creo.

En esa ocasión fue cuando conoció a los 75 nadadores extranjeros que estaban compitiendo en la carrera, la mayoría de países nórdicos e ingleses. Con el pasar del tiempo ellos se han convertido en un gran apoyo para esta sirena de aguas gélidas. «Me he dado cuenta que afuera te apoyan mucho más que lo que te apoyan acá. No existe esa rivalidad deportiva sino que ellos son realmente felices con que otros hagan lo que hacen», dice Bárbara.

Hasta ese entonces, en Chile nadie podía responder a las consultas de esta nadadora, ya que nadie sabía mucho sobre cómo bracear en aguas gélidas, no sabían de hipotermia. Al contrario, la gente siempre le metía miedo, le decían que le podía pasar algo, que no siguiera. Pero para esa gente, ella no tenía oídos.

Después de eso compitió en el Mundial de Rusia, donde nunca pensó que llegaría. «Para mí, nadar en el Mundial era la excusa para poder ir a la Patagonia que es lo que más me gusta. Me encantan los glaciares y Chile con todas sus aguas, mares y ríos», asegura. En la Patagonia fue reconocida por ser la primera persona en nadar frente a cuatro glaciares en extremas temperaturas y sin el traje de neopreno, momento en que la propia ministra del Servicio Nacional de la Mujer y la Equidad de Género  le entregó un reconocimiento.

En el sur también conoció a Andrónico Luksic. «Fue como hace cuatro años, en ese entonces él no salía tanto en los medios como ahora», cuenta. «Y desde que lo conocí ha sido un siete conmigo», añade Bárbara. Gracias a este apoyo la nadadora fue directamente a competir al Mundial de Rusia, ocasión en la que ganó dos medallas de oro, en 200m y 450m libre; y una medalla de bronce en los 100m libre.

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(Fotos gentileza de Bárbara Hernández/Carolina Rodriguez Alonso)

Luego de cada triunfo Bárbara siempre queda en shock. Pero asegura que apenas vuelve con los pies a la tierra, «soy muy concreta, gano una competencia y ya estoy pensando en que tengo que entrenar para mi próximo desafío». De esta manera, la nadadora entrena todos los días en piscina y hace yoga tres veces a la semana para equilibrarse, para evitar que le dé angustia o que le falte la respiración en las competencias.

Otras veces, se aclimata en aguas más frías, como en Portillo o en el mar. «Trato de que nunca sea un suplicio e intento siempre divertirme cuando estoy en el agua. Cuando entreno en piscina es para después disfrutar del mar y la naturaleza. Lo demás es mental. Hay que fijar una proyección y saber qué quieres obtener en tu próximo desafío», afirma la nadadora.

Bárbara nunca piensa en lo helada que puede estar el agua, eso lo aprendió de sus amigos nórdicos que le enseñaron que mientras peores sean las condiciones, más valorado será el desafío. «Cuando las cosas se ponen difíciles, me acuerdo de mis levantadas a las 5 de la mañana y todas las veces que quise llorar por lo cansada que estaba. Es muy difícil conjugar todo lo que es trabajo, con deporte, pololo y familia, pero es el costo que tengo que pagar porque son pocas las personas que hacen lo que aman y yo estoy aquí», comenta.

Actualmente esta nadadora de aguas gélidas tiene 32 años pero pretende nadar hasta que tenga 100, dice. Cree que como deportista tiene el rol de transmitir un mensaje a los niños y decirles lo que a ella nunca nadie le dijo: que sí se puede, pero que hay que perseverar. Por esta razón, Bárbara ofrece charlas gratuitas en colegios a lo largo de todo el país.

Hoy aspira a poder costearse los pasajes, estadía e inscripciones para su próximo desafío: el Canal de la Mancha, en agosto. Un hito histórico, porque no hay mujer chilena que lo haya cruzado sin traje de neoprén. Hasta ahora…

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