Rengo: Tierra Bendita

(Felipe Arias)

Felipe Arias viaja por los pasillos más recónditos y divinos de la venerable cordillera renguina…

Esta historia comienza un par de meses atrás, en febrero de 2017, en un camping del sector norte del ahora Parque Nacional Pumalín, bajo una inclemente y duradera tormenta que no cesó en semanas.

Fue tanto el chaparrón que la propia administración decidió encender la fogata del quincho de forma gratuita para que los campistas pudiésemos secar nuestras empapadas pertenencias ¡Hasta mi carpa tuve que secar! Entre guitarreos y conversaciones que giraban en torno al frente de mal tiempo; a lo mojados que estábamos, y al impregnado olor a humo que teníamos tras horas frente a los humeantes trozos de madera, conocí a Freddy, un simpático mochilero oriundo de Rengo que se encontraba viajando con su amigo y coterráneo Francisco. 

Un par de días después, por esas casualidades que te impone la vida, volví a coincidir con Freddy y Francisco en un pequeño hostal en Futaleufú, donde hospedaba otro renguino: el entrañable Jorge, un aventurero profesor que, al igual que yo, andaba recorriendo en solitario la Carretera Austral, y con quien de inmediato hicimos muy buenas migas para salir a recorrer esta bellísima ciudad y parte de sus alrededores, como la famosa Piedra del Aguila, y para compartir una que otra botella de vino. —Yo soy, soy, de Rengo, tierra bendita— entonaban alegremente los muchachos en un pequeño cuarto del hostal donde nos reunimos a matar el frío junto a los viajeros más prendidos, mientras seguía lloviendo a cántaros. En una de esas inolvidables noches, tras ser convidado por los renguinos a conocer las bondades naturales de su comarca, prometí visitar la «tierra bendita».

Transcurridos ocho meses de aquella promesa, le hablé a Jorge por Facebook para ver qué estaba tramando para aquel fin de semana de octubre. Me contó que estaba planeando visitar la laguna de los Cristales, una fuente natural emplazada en el corazón de la cordillera renguina, a casi 2.300 metros de altura, a la que se accede por la ribera del río Claro. La idea me sedujo y no tardé en decirle que me sumaba. Había llegado la hora de conocer estas fecundas tierras, cuya denominación proviene de la castellanización del nombre del cacique mapuche Renku, un personaje importante dentro de la Guerra de Arauco conocido por su bravura a la hora de los enfrentamientos bélicos en contra los españoles.

Tan solo tres días después, me encontraba viajando a esta comuna de la Región del Libertador General Bernardo O’Higgins con mi mochila ansiosa de aventuras. Tras ser recogido por Jorge en el centro de la ciudad, nos trasladamos a su casa para aguardar por sus amigos. De dos en dos fueron llegando los motivados renguinos y renguinas, quienes en su mayoría ya habían ascendido hasta la famosa formación lacustre. Lamentablemente, ni Freddy ni Felipe nos pudieron acompañar. 

Ad portas de dirigirse hacia las entrañas de la montaña, Don Raúl posa junto a uno de sus caballos. (Felipe Arias)

Ad portas de dirigirse hacia las entrañas de la montaña, Don Raúl posa junto a uno de sus caballos. (Felipe Arias)

Ya con todos los integrantes reunidos, partimos en autos separados hacia la localidad de Las Nieves, no sin antes pasar por Popeta a la casa de Don Raúl, el arriero que custodia hace décadas el refugio minero que está próximo a la laguna, quien se encargaría de llevar nuestras mochilas y víveres sobre el lomo de dos de sus caballos. Tras ser autorizados por la señora que se encarga de controlar el acceso de personas a esta propiedad particular, atravesamos los dos primeros portones para descender de los autos en el kilómetro cinco y así dar comienzo a la caminata a través de una ruta que puede realizarse en vehículos de doble tracción y en bicicleta, si es que las condiciones climáticas lo permiten.

Era la primera vez que hacía un trekking sin que fuera yo el que cargase mi mochila. Reconozco que, en un principio, aquello fue bastante controversial para mí, pues siempre he tenido la idea de que cargar nuestro propio equipaje le da un atributo mucho más épico a las travesías. Sin embargo, finalmente, el hecho de que todos los amigos de Jorge habían desistido de portar sus abultadas mochilas, terminó por convencerme de que debía probar esta nueva experiencia de viaje ¡Y vaya que lo agradeció mi columna!

Fuente de vida y de riego

A partir del grave periodo de sequía que afectó a gran parte de las regiones país entre 1968 y 1969, conocido como la gran sequía de 1968, la cual causó estragos en las producciones agrícolas, millonarias pérdidas y el despido de más de 220.000 trabajadores, la República Federal Alemana ofreció a Chile ayuda técnica y económica para llevar a cabo un proyecto de riego en alguna zona escogida por la ex Dirección de Riego del Ministerio de Obras Públicas.

Finalmente, fue escogido el valle del río Claro de Rengo, a raíz de los cuantiosos problemas hídricos que presentaba la cuenca hidrográfica en el normal abastecimiento del riego a las superficies agrícolas aledañas. De esta forma se dio  inicio a una serie de investigaciones hidrogeológicas, trabajos topográficos, junto con la planificación y ejecución de una veintena de pozos de observación, de ensayo y riego, entre noviembre de 1969 y abril 1970.

Posteriormente se desarrolló la segunda etapa, entre mayo de 1970 y abril de 1973, consistente en la perforación de pozos profundos; la instalación de bombas y suministros de energía eléctrica mediante extensión de líneas; la construcción del camino de acceso a la laguna de los Cristales; la confección de un plan de desarrollo agropecuario, y el levantamiento de cañerías de conexión con la red de canales, entre otras obras.

(Felipe Arias)

(Felipe Arias)

Durante este periodo, también se dio inicio a la construcción más trascendente del proyecto: el Embalse Los Cristales, obra de hormigón de 8,7 hectómetros cúbicos de almacenamiento que fue finalizada en 1977, y que actualmente se configura como el principal agente de riego del valle de Rengo, abasteciendo  9.336 hectáreas agrícolas -dedicadas principalmente a cultivos frutícolas- repartidas entre 1.200 regantes (de acuerdo a las cifras entregadas por la Junta de Vigilancia de la Primera Sección del Río Claro de Rengo, ente que vela por la administración del riego en la zona y que pertenece a la Federación de Juntas de Vigilancia de los Ríos y Esteros).

El río Claro, principal afluente del río Cachapoal, se origina por la confluencia de la  Quebrada La Pandina con el río Tapado, que a su vez, proviene de dos esteros que desaguan desde la laguna Negra y la laguna Los Cristales. A lo largo de sus 46 kilómetros de ribera, las cristalinas aguas del río dan origen a una serie de especies arbóreas y arbustivas alrededor de su caudal, tales como boldos (Peumus boldus), peumos (Cryptocarya alba), litres (Lithraea caustica), y maitenes (Maytenus boaria), hasta los 1.500 msnm aproximadamente.

Ya desde alturas superiores, se pueden apreciar bosques de cipreses (Austrocedrus chilensis), chaguales (Puya chilensis), cactus columnares (Trichocereus chiloensis), olivillos de la cordillera (Kageneckia angustifolia), añañucas (Rhodophiala rhodolirion), y claveles de campo (Mutisia ilicifolia). Asimismo, alrededor de su  cuenca cohabitan una decena de especies de mamíferos, entre los que se cuentan:  pumas (Puma concolor), gatos monteses (Leopardus colocolo), zorros culpeos (Lycalopex culpaeus) y zorros chillas (Lycalopex griseus); así como también una decena de aves, tales como garzas (casmerodius albus), dormilonas (género Muscisaxicola),  y codornices (Callipepla californica); y diversos reptiles y anfibios, dentro de los que destacan lagartos Callopistes (iguanas), lagartijas (Liolaemus) y culebras de cola larga (Dromicus).

Rumbo a los dominios de Don Raúl 

Caminando de manera relajada por el ripioso y bello camino, me fui poniendo al día con mi compadre Jorge. Había pasado mucha agua por nuestros ríos y muchas aventuras sin vernos. Conversamos sobre su vida en Rengo y la forma en que conoció a sus amigos. Y con nostalgia recordamos los grandiosos días en Futaleufú, la noche de rancheras en el gimnasio de la ciudad y las graciosas animaciones de Freddy al inolvidable «Don Perfecto», custodio de la Piedra del Águila.

Adentrándonos aún más en el fecundo valle cordillerano, el cordón montañoso que se haya en el límite entre las comunas de Machalí y Rengo, se fue volviendo aún más imponente. Fascinado con la magistral escena, tomé distancia del grupo para poder tomar un par de fotografías en las que intenté plasmar la belleza y la magnitud de las altivas montañas nevadas y lo diminutos e insignificantes que somos los seres humanos con respecto a estos milenarios bloques de piedra. De un instante al otro, una densa neblina se apoderó del cielo, descendiendo abruptamente la temperatura. Así, medio en tinieblas, sorteamos diferentes arroyos que van atravesando el camino, incluido un cruce extremo por el caudal del río.   

Ya con las últimas luces del día, transcurridas casi 7 horas de caminata y con más de 15 kilómetros acuestas, arribamos al amplio refugio minero, llegando mucho antes que Don Raúl. No quedaba otra que esperarlo con el fuego prendido, para empezar el asado apenas llegase con la comida y los bebestibles. En ese eterno intertanto, aproveché de conocer al resto del grupo, pudiendo advertir una tremenda sencillez y buena onda. Las bromas sobre la demora del dueño de casa brotaban solas. —Se está haciendo el tremendo asado—  dijo uno de los renguinos. —Yo creo que ya se tomó el vino— disparé yo. —Don Raúl va a llegar sí o sí— replicó otro.

(Felipe Arias)

(Felipe Arias)

Y felizmente así fue, al cabo de una hora y media de que nosotros llegásemos, en completa oscuridad y empapados por la incesante llovizna. Entonces descendió de su caballo y comenzó a desatar los bultos y a remover las monturas de los equinos, cuyos mojados pelajes exudaban un humeante vapor. Su arribo alegró nuestros corazones y estómagos. Y nosotros, no tardamos en dejar nuestras cosas en las habitaciones que amablemente nos pasó el dueño de casa para dar inicio a los preparativos del asadito.

—Se está haciendo el tremendo asado—  dijo uno de los renguinos. —Yo creo que ya se tomó el vino— disparé yo. —Don Raúl va a llegar sí o sí— replicó otro.

Antes de que estuviese lista la carne ya habían partido los brindis. Estar en aquel recóndito lugar en compañía de los renguinos, y del mismísimo Don Raúl era un verdadero lujo. —¿Es verdad que va a venir el Pancho (Francisco) Saavedra del programa Lugares que Hablan?— le preguntaron. —Sí, va a venir en estos días, quizás el lunes. Voy a tener que empezar a limpiar mañana todo el desorden— sostuvo. —Se va a volver más famoso de lo que es— le dijeron entre bromas. Su  nombre ya había aparecido en todos los medios de la región, luego de que su familia pusiera una denuncia por presunta desgracia, en medio de un fuerte frente climático de mal tiempo que azotó la zona en abril de 2016. Pero afortunadamente, apareció sano y salvo unos días después de que se iniciara la búsqueda por parte del Gope de Carabineros.

Atentamente, mientras comíamos y nos hidratábamos, fuimos escuchando los fascinantes relatos de este hombre curtido por las montañas. Como una de las veces que cruzó en caballo hacia Argentina para visitar a un arriero amigo, por una desconocida y peligrosa ruta que se va internando en lo profundo de la cordillera de los Andes, bordeando acantilados y lenguas glaciares por más de tres días. Las historias dieron paso al guitarreo de la mano de Nacho, quien nos deleitó con su talento con las cinco cuerdas animándonos a cantar uno que otro clásico de fogata. Sin darnos cuenta, el tiempo se había esfumado. Era tiempo de acostarse.

A la mañana siguiente, con un cielo absolutamente despejado, se podía apreciar con completo detalle las alucinantes torres de granito que protegen a este refugio de piedra. —¿Andan cóndores por este sector?— le pregunté al arriero mientras cocía sus panes amasados al calor de las brasas. —A veces. Se ponen en lugares más altos, donde no hay gente. Una vez andaban como cuarenta cóndores volando sobre un animal que se me había muerto, pero ninguno se atrevió a acercarse— sostuvo.

Desayunados y alistados, nos dispusimos a dar por iniciado el tranco de ascenso hacia la laguna. Mientras dos de los compañeros de viaje optaron por pagar el arriendo de caballos, el resto preferimos enfrentar el empinado sendero a bordo de nuestros zapatos, con muchísima e inclaudicable motivación, y acompañados por tres de los cinco perros de Don Raúl, los que conocían el camino mejor que nadie. La primera ladera se encargaría de avisarnos que la travesía no sería tan fácil.

Al cabo de una hora y media, arribamos en el sector de La Arboleda Chica, uno de los primeros sitios de escalada de la región —cuyos primeros pegues datan de la década del 70— donde se alzan impactantes acantilados de granitos de hasta 800 metros de altura, y que hoy en día cuenta con una veintena de rutas de diferentes dificultades como El Principito, Cinco nueve ¡no más!, El Pilar, Los Teluros, Picaflor y Ratón Antrax, que en su mayoría fueron levantadas por los reconocidos escaladores chilenos Francisco Pancho Arias y Waldo Mota Farías.

Después de atravesar este emblemático lugar, nos encontramos subiendo por la denominada Z, un zigzagueante y escarpado camino que se va extendiendo por casi un kilómetro y medio. Unos dos metros de nieve fresca cubrían el tramo final de la ruta, dificultando aún más la ascensión. Lentamente, y con más de algún tropezón, fuimos atravesando este manto blanco hasta llegar a un oscuro túnel minero de más de 100 metros de diámetro y unos 3 de altura, los que fueron  necesarios cruzar para aproximarse al embalse que retiene las aguas de la laguna. Alumbrados por nuestras linternas y  celulares, fuimos abriéndonos paso por el húmedo y rocoso pasadizo. Miles de gotas de agua caían desde el curvado techo, y entretanto, la luz se volvía más brillante a medida que nos aproximábamos al final de la espeluznante gruta.

Trepando por la nevada extensión de nieve que cubría las escalinatas que dan acceso a las instalaciones del embalse, nos topamos con un par de ciclistas que también iban hacia la famosa formación lacustre, claro que con sus bicis al hombro. Al llegar, una tremenda sorpresa nos aguardaba: la laguna se encontraba totalmente congelada. Nuestra recompensa al esfuerzo era más que suficiente. Maravillados, y un tanto extenuados, nos dispusimos a descansar y admirar el sublime paisaje cordillerano, sentados al borde de las fauces del dique, con un radiante sol sobre buenas cabezas.

Como la mitad del grupo debía volver a la ciudad aquel día, partimos el trayecto de vuelta apresuradamente, con la nieve bastante más blanda. Ya de regreso en el refugio, al cabo de un par de horas, almorzamos unos deliciosos y reponedores tallarines con salsa. Tras ello, junto a Camila, Jorge y Alejandro, nos despedimos sentidamente de los renguinos que partían de regreso a la civilización, para  luego  darnos un merecido chapuzón en unos pozones naturales que se encuentran a unos pocos metros de la fortificación de piedra.

(Felipe Arias)

(Felipe Arias)

Inexorablemente el día llegaba a su fin. Era el momento de nuestra última tertulia junto a Don Raúl, en una fría noche junto al fogón. Esta vez, mucho más en confianza, fue desgranándonos episodios más personales de su vida, como el profundo vínculo que tiene con su pequeña hija, quien adora acompañarlo en sus idas al refugio; así como sus años de goleador en las canchas de Rengo, y alguno que otro sabroso secreto de montaña. Auspiciados por el vino del dueño de casa, también aprovechamos de compartir un delicioso asado junto a un par de motoqueros que había llegado aquella noche.

Bien entrada la mañana, nos levantamos a buscar los trozos de carne que los motoqueros nos habían dejado como regalo. Sin embargo, el botín ya no estaba. Había sido devorado por los perros. Gentilmente, Don Raúl nos convidó huevos frescos y pan amasado. —Voy a buscar a un par de caballos que se me perdieron. Me despido ahora por si no los veo cuando vuelva— nos dijo el arriero antes de perderse entre las colinas a bordo de su caballo y rodeado de sus fieles perros.

Con un fuerte y cálido abrazo, le agradecimos por su gran hospitalidad, deseándole lo mejor de lo mejor, y prometiéndole visitarlo en un futuro cercano, momento en que nos devolvió una sonrisa de vuelta. Debíamos emprender el largo trayecto de retorno, siguiendo nuevamente la extensa huella del río Claro, pero esta vez con nuestras mochilas cargadas de regocijo y con la grata sensación de habernos sentido cobijados y queridos en lo profundo de la cordillera renguina. La fecunda tierra bendita no me había defraudado, y menos, su entrañable y desinteresada gente.


Esta experiencia apareció en la edición de septiembre/octubre de Outside Chile.

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