Vivir Para Esquiar Otro Día

Sole Díaz, sin duda, figura como una gran referente del freeride femenino; esto gracias a que ha alcanzado a ser una de las mejores de Chile y el mundo. Pero quizás, lo que aún más llama la atención de esta deportista, es su sorprendente forma de vivir. La calma, la libertad y la sencillez son solo algunas de las palabras que podrían describir a esta mujer amante de la montaña y la naturaleza.

«La serenidad de entender que menos es más, me ha traído muchos beneficios y conocerme a mí misma, me ha llevado a mi propio camino, directo a mi propósito. Ya no estoy distraída, no estoy en busca “de”… sino que ya sé lo que quiero. Camino mirando hacia adelante, no hacia los lados, y como voy mirando hacia el frente no gasto tiempo en cosas que no me valen la pena», relata Soledad Díaz (32), esquiadora de freeride, montañista, viajera y libre.

Y así es como se define ella, un ser de alma libre.

La Sole, como todos la conocen, es una mujer que irradia una energía única. La pasión por el deporte que practica se siente en cada palabra que dice y su claridad y paz ante la vida llegan a ser un tanto envidiables. Cuando nació, su madre la nombró Soledad de las Nieves, y quizás leyendo estas líneas te quedará claro el por qué. De un tiempo a esta parte, Sole lo ha ido comprendiendo y valorando, sintiéndose totalmente representada por el nombre que lleva.

Hace poco más de cinco años que la vida le dio un giro. Por diferentes problemas de salud que tuvo, cambió ciertos hábitos en su día a día y algo despertó en ella. Comenzó a vivir y ver las cosas desde una manera diferente.

«Cambié mi alimentación radicalmente y me cambió la vida, me cambió todo, desde mi piel hasta los pensamientos. Me empecé a purificar. Tenía mucho contacto con la naturaleza, salía a trotar en las mañanas, me bañaba en el río, tomaba sol, después trabajaba. Tenía demasiada energía, por lo tanto, hacía mucho deporte y gracias a ese deporte eliminé lo que había acumulado durante toda mi vida. Cuando me sentaba a meditar me llegaba una cantidad de información impresionante, todas las preguntas y dudas existenciales que tuve alguna vez se me empezaron a responder», cuenta.

«Empecé a brillar por todos lados. Tenía más certeza, más intuición, las ganas de vivir aumentaron, el amor propio, el amor por el prójimo», agrega con emoción.

Hoy se siente mejor que nunca, conectada cada vez más con su ser interior y viviendo uno de sus momentos más importantes como esquiadora de freeride; esto, porque entendió que el deporte que eligió, es totalmente como ella se quiere desenvolver en la vida: de un modo libre.

Soledad Díaz (Cici Rivarola)

Soledad Díaz (Cici Rivarola)

¿Y cómo es esta nueva Sole?…«Liviana, serena, sé lo que quiero, me gusta contemplar, me gusta fluir, me gusta el deporte. Sigo siendo deportista pero sin ruidos, no pienso demasiado…no hago cosas demasiado…porque entendí que menos es más. Entonces ahora hago lo justo, trabajo lo justo…no tengo hijos, no tengo nada que mantener. Entendí que cada uno es responsable del peso de la mochila que quiere llevar en la espalda. Entonces ahora soy muy consecuente con mis deseos a futuro y corto plazo. Amo la libertad, en todo sentido. Cada decisión que uno toma es importante para lo que deseas de ti en adelante», dice convencida.

Sus padres, que ya llevan 39 años de casados, han pasado más días en la montaña que en cualquier otro lugar. Al igual que sus tres hermanos, Sole creció rodeada de nieve, trasladándose siempre de un lugar a otro y disfrutando de más atardeceres que de televisión.

«Siempre fuimos nómades. Nos llevaban a Pucón en verano y en invierno a Farellones, entonces trabajábamos con el turismo. Mi mamá tenía un restaurant y mi papá era director de alguna escuela de esquí, y así lo hacíamos todos los años, de hecho seguimos así. Ahora tenemos cabañas en farellones, las que usamos en invierno», señala.

Hasta octavo básico, estudió en el colegio de Farellones y luego la enseñanza media la terminó en Santiago. «Criarse en la montaña fue bien especial. Por ejemplo, antes de que cae la nieve es un pueblo fantasma, después cuando caía, el Chopo, mi hermano abría camino. Nos íbamos todos vestidos con trajes de esquí hasta el colegio y nos sacábamos el traje y lo colgábamos al lado de la salamandra y quedabas en pijama. Además, el colegio realizaba dos veces a la semana clases de esquí», cuenta.

«Me acuerdo que la ley de mi casa era volver antes de que oscureciera, antes podías hacer lo que te diera la gana, pero si no volvías antes…castigados todos. Nosotros decíamos ¡no por favor que no se oscurezca! Me acuerdo que en Pucón llovía mucho y subía el lago hasta los pies de mi casa y teníamos unos botes amarrados en los árboles de afuera, ahí jugábamos mucho, tuvimos una infancia muy entretenida», recuerda con una sonrisa.

Eso ayuda a entender por qué Sole y sus hermanos están tan apegados a esta forma de vida. Desde muy pequeños su relación familiar y educativa fue en torno al esquí, de hecho su padre, Claudio Díaz, fue profesor de esta disciplina en el colegio de Farellones, junto con naturaleza y ecología.

«Mi papá siempre estuvo muy presente en la crianza y en inculcarnos el amor por la naturaleza y que podíamos vivir de ella, que es algo que Chile necesita saber. Somos un país con mucha naturaleza virgen, con muchos deportes disponibles para aprender y trabajarlos, y necesitamos cultivar eso. Más cultura y más asignaturas outdoor», señala.

«Y bueno mi papá siempre nos obligó a esquiar. ¡Brazo adelante, brazo adelante! Nos gritaba… ¡Uy, esquiar con él era un cacho! porque no paraba de decirnos lo que teníamos que hacer.  Obviamente ahora lo agradecemos todos», cuenta entre risas.

Claudio Díaz, junto a un grupo de amigos amantes de la montaña, se esforzó mucho para que el esquí tuviera un espacio en Chile. Junto a ellos, creó la Escuela Nacional de Instructores de Esquí y Snowboard de Chile. «Nadie pensaba que se podía vivir de esto y mis papás lo hicieron posible. Hicieron ver a todo el que le gustaba la montaña —que en ese tiempo era poca gente—, que era posible criar hijos y vivir todo el año del turismo, siendo temporero o haciendo doble temporada (un invierno en Chile y un invierno en Europa)», afirma.

Sole aprendió a esquiar a los tres años en el volcán Villarrica en Pucón, pero fue a los 16 que se dio cuenta que sería algo que la acompañaría el resto de su vida.

Sole y 'Chopo' Díaz (Archivo Sole Díaz)

Sole y ‘Chopo’ Díaz (Archivo Sole Díaz)

Cuando cumple 18 hace el curso para convertirse en instructora de esquí, y a partir de allí, realiza doble temporada por muchos años, hasta que a los 23, cuando se encontraba en España, un compañero se acerca y le pregunta «¿Alguna vez has pensado en competir fuera de pista?», cuestión que le quedó dando vueltas en la cabeza.

«Yo lo había pensado pero dije bueno en algún momento será, nunca me lo exigí. Y el fin de semana siguiente competí y salí segunda, era mi primera competencia. Me empezó a ir bien, fui a muchos países, Estados Unidos, Noruega, Suecia, Argentina…me iba muy bien, estuve entre las mejores del mundo. Me sentía con el mismo nivel que mujeres de otros países. Clasificaba siempre en primero, segundo y tercer lugar», recuerda.

Y cuando pasaron seis largos años de competencia en diferentes países, Sole conoció el mundo del randonnée en Estados Unidos.

Esta disciplina se considera uno de los medios de transporte más antiguos del mundo, ya que durante muchos años fue la única manera que utilizaban las pasadas civilizaciones para trasladarse. Consiste en implementar unas fijaciones especiales al esquí, que permiten levantar el talón y así poder caminar por la nieve. Remotamente se utilizaba piel de foca, pero hoy solo se incorpora una especie de alfombra sintética.

«Caminas hacia arriba, le sacas la piel y le enganchas la talonera a los esquíes y así puedes bajar por lugares que están fuera de pista», explica la Sole.

Nepal me entregó mucho conocimiento sobre mi misma, porque cuando uno vive una experiencia solo en otro país que nadie te conoce, uno reacciona diferente.

De esta forma, comenzó a adentrarse de lleno al mundo del freeride, deporte que se acomodó perfectamente a su estilo de vida libre. «Una vez que tuve mi propio equipo ya era libre. Por ejemplo en el Cajón del Maipo no hay andariveles, pero si tienes este equipo puedes ir a cualquier parte», agrega.

Antes de eso se tituló como instructora de esquí, destacándose también, como instructora de Heliesquí en Alaska y entrenadora de esquí en Chile. Además, realizó un curso de primeros auxilios en áreas silvestres, entre otros. «Así se va agrandando el conocimiento de la montaña y bueno también la experiencia. Con este año, he hecho 24 dobles temporadas seguidas», afirma.

Pero…en 2017, Sole tuvo una de las caídas más fuertes que haya experimentado a lo largo de su carrera. Se encontraba en la competencia Chilean Freeride Championship, organizada por la marca The North Face —de la cual ella es atleta—, y que tiene lugar en las inmediaciones de Santa Tere, El Colorado. Allí, debía realizar una performance de casi dos kilómetros de bajada, que fuera lo suficientemente buena para sorprender al público y al jurado. Sin embargo, con las ganas de dejar al freeride femenino en lo más alto, sufrió una caída por encima de las piedras.

«Se me rompió todo, cuando llegué abajo quedé un poco inconsciente porque no me acuerdo. Menos mal no me pasó nada, es como si los angelitos se hubiesen puesto debajo de la nieve para protegerme. Estuve un tiempo en reposo porque me quedó doliendo todo el cuerpo, pero no tuve fracturas ni nada», recuerda.

«Después de esa caída me cambió un poco el pensamiento. El nivel femenino siempre está más atrás que el de los hombres, y en Chile y en Santa Tere sobre todo, no hay muchas mujeres que sean radicales y que se tiren de grandes cumbres. Entonces en esa competencia quise poner el nivel femenino al mismo nivel que el de un hombre y dejarlo bien en alto, pero claro me pateó en el culo (ríe). Después de eso me relajé… no tengo que demostrar nada a nadie», enfatiza.

Sole cree que hay pocas mujeres chilenas que estén tomándose en serio el tema de competir y de subir su nivel de freeride. «Creo que hay solo dos mujeres (…) salir a competir afuera es fundamental para saber el nivel que hay y poder mantenerse a ese ritmo. Pero claro, es caro, hay que ser perseverante, mantenerse entrenado, sobre todo para las caídas. Dormir bien, alimentarse bien, meditar para mí es fundamental. Muy poca gente tiene tiempo para hacer eso», aclara.

(Archivo Sole Díaz)

(Archivo Sole Díaz)

Por lo mismo, le gustaría pasar todos sus conocimientos a las futuras generaciones, que según ella, cada vez están más motivadas con pasar tiempo en la montaña. «Este año llegué de viajar y se me presentaron un montón de oportunidades, la gente me empezó a llamar por lo mismo, para poder transmitir conocimiento, para que la montaña se expanda un poco más, con una base sólida. Y la verdad es que es demasiado necesario empezar a transmitir todo esto, porque es realmente lo que quiero, que más gente vaya, porque tenemos mucha montaña en Chile. Es de pies a cabeza pura montaña y puro mar. Ahora es pega de nosotros traspasar este conocimiento.

Es muy importante salir vivos de la montaña. Qué pasa si una persona muere o se pierde…todos salimos perjudicados porque se empiezan a cerrar pasos y a poner muchas trabas», explica.

«Por ejemplo a la montaña no solo se necesita ir con el mejor equipo, hay que ir con una humildad y con un permiso. Yo hablo de permiso cuando pienso en los dioses de la montaña…los dioses que nos cuidan y nos protegen, entonces cuando entramos en un santuario, hay que pedir permiso y protección. Hay que ir con humildad de ser un estudiante de cada hecho que nos pueda suceder, y cuando una persona va con un ego demasiado alto y con expectativas que pasan a llevar todo este santuario de toda esta energía pura y divina, paga. Y cuando paga, pasan cosas que a nadie le gusta», dice convencida.

¿Has sentido que esos dioses te han protegido? Siempre. Siempre pido señales cuando tengo alguna duda. Estoy alerta, atenta. Yo no escucho muy bien, entonces siempre pido mayor protección y señales que yo pueda ver, no escuchar. Cuando uno entra a un lugar natural, eso es lo que hay que pedir, como soy uno más, vengo con mucha humildad a contemplar y a aprender.

Sole es tajante con las palabras que dice, porque el amor y respeto que tiene por la montaña es tan grande, que su mayor anhelo es que todos los que la visiten tengan esa misma perspectiva.

«Cada vez que voy, despierto agradecida. Es tan mágico, es tan puro el paisaje que tienes ante tus ojos…y a medida que va pasando el día está lleno de magia, de eventos y cosas que van pasando que te van sorprendiendo, que con tus compañeros es una vivencia en conjunto. Entonces tú lo cuidas a él y viceversa. Y cuando se termina el día es un sentimiento de gratitud, por estar vivo y seguro en tu casa», relata.

Cuando Sole no está en la montaña, seguramente está viajando por el mundo. Esa es otra de sus grandes pasiones, ya que le permiten volver a su propio ritmo y sentirse libre nuevamente. «Puedo viajar con mis esquís o sin ellos. Me gusta viajar donde hay montañas, me siento muy atraída por el blanco y por la pureza de la montaña. Luego me doy tiempo para estar tranquila, reorganizar mis cosas. Poder ver qué quiero hacer próximamente también», cuenta.

«Últimamente he tenido dos años que he viajado la mitad del invierno chileno y llego acá y empiezo a agarrar ritmo de a poco. De eso me he dado cuenta también, que me gusta llevar mi propio ritmo y no adaptarme al ritmo ajeno o de la masa. Eso es lo que más me perturba, los tiempos que están establecidos. Por lo mismo me gusta ser libre de esa energía y tener mi propio ritmo. Por eso también soy consecuente con la libertad que quiero tener. Puedo adaptarme a los ritmos, pero en algún momento quiero llegar al mío», afirma.

Para ella y su familia, viajar es una de las mejores formas de aprendizaje. Su padre siempre le decía «viajar es la mejor universidad» y ella también lo cree. Lo descubrió desde muy pequeña y lo ratificó cuando comenzó a hacer doble temporada en diferentes países.

El año 2017 eligió un destino del mapa para visitar e ir a relajarse —nunca pensó que tendría una experiencia inolvidable—. Después de tanto pensar dónde, una luz se iluminó en su cabeza cuando leyó Nepal, un paraíso natural donde se encuentra el Himalaya y una de las montañas más altas del mundo, el Everest.

Sin duda, un lugar perfecto para ella.

(Archivo Sole Díaz)

(Archivo Sole Díaz)

«Nepal me entregó mucho conocimiento sobre mi misma, porque cuando uno vive una experiencia solo en otro país que nadie te conoce, uno reacciona diferente. Se me presentaba algo y en el minuto me daba cuenta y decía ¡¿guau esa soy yo?!», dice risueña.

«Cuando estás con alguien reaccionas con un patrón, y esa persona sabe que vas a reaccionar con ese patrón. Cuando estás solo reaccionas tal cual eres. Así que me fui conociendo», agrega.

Estuvo cuatro meses sola en Nepal, donde vivió experiencias alucinantes, meditó más que nunca, caminó más de 90 kilómetros y se reencontró nuevamente con su esencia.

«Estuve abrazada a la energía con todo ese esplendor de montañas, aguas, estrellas por la noche, nubes, todo en movimiento. Terminé creyendo y confiando plenamente en las señales y en mi instinto, también pedía respuestas claras a los dioses y llegaban», cuenta.

Una noche, cuando se encontraba acampando y meditando en el Himalaya, Sole tuvo una de las conexiones más grandes que ha podido lograr. Llevaba tres semanas recorriendo senderos sagrados y sintiendo la energía en el aire. «Estuve cuatro horas conectadísima, consciente pero libre de lo terrenal. Estaba tan relajada, que no sentía mi cuerpo. No sabía si estaba boca arriba o abajo, si estaba sentada o acostada, solo sabía que estaba. Te sientes como una partícula dentro de algo etéreo», recuerda.

«Y cuando percibes eso, como que un universo se crea al frente tuyo, vi planetas, estrellas y viajé por entre medio de este universo. Luego de un rato me quedé dormida y cuando desperté estaba eléctrica. Había recibido mucha energía. Me pasó a los 5200 metros sobre el nivel del mar, durmiendo en una carpa sola a los pies de un ocho mil que es el Cho Oyu», relata.

Me encanta viajar porque puedo volver a mi ritmo. No estoy regida por expectativas de otros sobre mí, o por presiones. No tengo presión de nadie. Me deshago de todas las responsabilidades.

Para Sole hubo un antes y un después luego de ese momento y viaje. «Entendí tantas cosas…Entendí que diariamente nuestro cuerpo, con pensamientos, tiende a capturar tensiones, sobre todo faciales, y es necesario diariamente aprender a relajarse y a meditar, para poder eliminar estas tensiones, o si no se van acumulando. Mientras más se acumulan más largo es el proceso de deshacerse de ellas. Entendí que somos parte de un todo, una partícula más de todo esto. Entendí también la simpleza de la vida. Los nepalíes viviendo en la montaña tienen una simpleza de vida increíble, viven con tranquilidad. Viven con lo necesario, con una energía de no ambición, y eso se siente desde el momento que tú te bajas del avión hasta que te vas. Saben que la evolución espiritual no va a través de lo material. Cuando conoces a los sherpas es alucinante esa energía que se siente en su respiración», relata.

A partir de esta experiencia y otras que ha tenido en sus viajes, Sole quiere transmitir que viajar es la mejor escuela de vida y una excelente forma de encontrarse con uno mismo. «Ser un deportista y un viajero es una gran carrera, es un estilo de vida. Es una opción maravillosa que yo propongo y doy por hecho que sí se puede. Toda mi familia lo ha hecho. Dos de mis tres hermanos no fueron a la universidad. Solo mi hermana estudió una carrera y tampoco lo ha puesto en práctica; también es profesora de esquí y viajera. Somos libres. También tenemos la opción de estudiar ahora una carrera ahora ¿por qué no?», enfatiza.

«Me encanta viajar porque puedo volver a mi ritmo. No estoy regida por expectativas de otros sobre mí, o por presiones. No tengo presión de nadie. Me deshago de todas las responsabilidades. Voy sin planes, solo con un destino y eligiendo tranquilamente lo que quiero hacer», dice. «Viajando me di cuenta que a veces uno es muy superficial o mal agradecido con las cosas. No te enfocas en lo bueno sino en lo malo que te está pasando. A veces lo malo que pasa es para un bien, para un crecimiento, una evolución; si es que lo tomas como un aprendizaje. Si no, se te va a volver a repetir hasta que lo aprendas. Si eres humilde y ves que todo es un aprendizaje empiezas a fluir, como una de las frases de este estilo de vida freeride es: live to ride another day (vive para esquiar otro día) y go with the flow (ir con el flujo)», cuenta feliz.

(Cici Rivarola)

(Cici Rivarola)

A partir de este viaje grabó una serie documental llamada Vivir Viajando, la cual se estrenó en el Banff Mountain Film Festival realizado en distintas ciudades a lo largo de Chile durante el 2017. A esa experiencia, le sumó tiempo después el registro que hizo en Cordillera Blanca en Perú, con un programa de tres capítulos que The North Face difundió a través de sus redes, y su última aventura fue en la India, lugar en donde estuvo casi un mes.

Hoy, Sole está viviendo uno de sus mejores momentos como deportista, ya que la experiencia que ha formado a lo largo de los años la mantienen confiada y sólida. «Quiero seguir aprendiendo más, quiero vivir más aventuras, quiero conocer más lugares, quiero transmitir todo lo que he aprendido a través de la experiencia y creo que el freeride como disciplina del esquí…y lo he visto también…que mientras más viejo mejor. Tienes más intuición y más conexión con la montaña», señala.

Cuando ya estamos terminando la conversación miro a Sole y le hago una última pregunta: ¿Cómo te describirías?…me mira, lo piensa, sonríe y finalmente responde: «¿Cómo me describiría yo? Bueno, soy una mujer criada en la naturaleza. Amante de la naturaleza. Y cada día me doy cuenta de que la necesito para recargarme de energía. Siento que soy un canal de transferencia de información. Por lo tanto, mi objetivo en esta vida es evolucionar con cada aprendizaje, ser un ser de luz con cada experiencia bonita o no muy bonita…aprender. Eso está siempre», afirma.

En un futuro cercano, tiene la intención de viajar al sur con una casita rodante y vivir solitaria y tranquila en alguna montaña. De todas formas, hoy permanece viviendo en Farellones, intentando traspasar a través de diferentes actividades, todo el conocimiento y experiencia que tiene de freeride y de montaña. Por otro lado, cuatro meses al año los destina a hacerse cargo del restaurante que tiene junto a sus padres y hermanos en Pucón.

Pero tal cual es ella, no planea tener ningún plan, solo fluir y disfrutar de lo que más le gusta hacer en este momento: vivir viajando y esquiando. «Me gusta mucho saber que tengo tiempo para todo. Cuando hago mi pega, lo que más me gusta hacer es contemplar. De ahí viene todo lo demás, porque si uno se da el tiempo para serenarse y calmarse, uno siente y puede percibir lo que quieres hacer próximamente. Si estás haciendo todo el tiempo algo, nunca vas a saber lo que quieres. Lo que más me gusta es sentirme, sentir mi cuerpo, la energía que hay en la atmósfera. Si hay un día soleado me gusta sentarme al sol un rato. Leer, caminar. Lo que me gusta es la libertad», asegura.


Esta experiencia apareció en la edición de septiembre/octubre de Outside Chile.

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