El Arte de Viajar sin Planes

Se viene el verano, un hermoso tiempo para viajar… y qué mejor que hacerlo bien, bien dateados.

En diciembre del año pasado me fui en una tremenda aventura a trabajar a Torres del Paine. Con algo de experiencia en el oficio del guiado, con cursos de primeros auxilios en área remota (WFR – WAFA) y con mucha, mucha ilusión, nos fuimos con una muy buena amiga a llenarnos de vivencias y buenos momentos a este parque nacional que convoca a miles de personas de todo el mundo que llegan interesadas por conocer, explorar y vivir la Patagonia, en lo que ellos consideran «el último rincón del mundo».

Trabajé toda la temporada de verano y en marzo, cuando la cantidad de gente comenzó a disminuir, decidí volver. La vuelta no fue como lo había planeado, básicamente porque devolví mi boleto de avión para ir recorriendo yo misma esta Patagonia indómita que tanto tiene para ofrecernos. No conocía nada entre Puerto Natales y Puerto Montt y, obviamente, tenía muchísimas ganas de hacerlo.

PREPARANDO EL VIAJE DE VUELTA

Por medio de algunos datos llegué hasta la Transbordadora Austral Broom, que desde diciembre del 2016 moviliza a la gente local que viaja entre Puerto Natales y Puerto Yungay, además de unir otras localidades que quedan en medio de estos dos puntos, como Caleta Tortel o Puerto Edén. La idea de esta transbordadora es conectar las regiones de Magallanes y Aysén, enfocándose especialmente en los residentes, lo que explicaría su accesible tarifa.

Cuando salí del parque —estuve viviendo aquí todos los meses anteriores— llegué a Punta Arenas donde hice algunas compras (recuerden que acá está la Aduana, por lo que pueden llenar su despensa viajera por mucho menos dinero) y me preparé para lo que se venía. Todo gracias a un gentil amigo que me prestó su casa a cambio de cuidar a su pequeña perrita ¡Grande Álvaro!

También aproveché de subir el monte Tarn con algunos chiquillos locales que me invitaron a su aventura. Por cierto, este cerro, muy recomendado, es poseedor de bastantes cualidades y es de carácter «imperdible» si deseas conectarte con el sur de Punta Arenas.

El último día viajé a Puerto Natales para aprovechar de escalar en el Rockódromo. Pero como es de esperar en esta zona, la intensa lluvia no nos permitió salir a la roca.

Cuernos del Paine (Paula Fernández)

Cuernos del Paine (Paula Fernández)

Esa noche me quedé en el hostal Casa Lili, donde el ambiente es muy grato, sus dueños son muy buena onda y tienen una acogedora cocina que puedes usar cuanto quieras (en tiempo y utensilios). Además, cuenta con wifi y algo muy, muy importante: ducha caliente. Otra cosa que me gustó de este hostal es que te da la posibilidad de poner tu carpa, lo que abarata bastante tu estadía. Yo lo hice así y pernocté en su amplio patio. Es muy cómodo, da mucha privacidad y puedes usar todos los servicios anteriormente nombrados.

Lo más divertido, fue que no era la única que estaba ahí esperando el barco que zarpaba esa madrugada, sino que éramos —por lo menos— cinco quienes emprenderíamos el viaje hacia el norte, luego de una provechosa temporada en unos de los lugares más australes del mundo.

Los dueños del hostal nos sacaron fotos «por si el barco se hundía», para tener recuerdos de nosotros (tallas juveniles). Pasadas las 2 o 3 de la mañana salimos con nuestras mochilas y con gran energía nos embarcamos. Y como aún era de noche, todos aprovechamos para dormir un poquito más.

Monte  Tarn

El monte Tarn (830 msnm) está ubicado al sur de la península de Brunswick, en la Región de Magallanes, y es considerada la última porción de tierra firme en el continente.

Situado a unos 70 km de Punta Arenas, la hermosa ascensión al monte Tarn comienza desde la playa (obviamente al nivel del mar) y sigue por un increíble bosque de cipreses de guaitecas y otras coníferas con abundante sotobosque repleto de helechos y pequeños frutos. Además, se debe prestar atención a los tramos de turba, pues en épocas de lluvia nos podemos enterrar en el barro hasta más arriba de la rodilla.

Lo mejor es la vista. En un día despejado puedes ver el mítico Monte sarmiento, emplazado en la cordillera de Darwin, en la gran isla de Tierra del Fuego.

NAVEGANDO POR LOS FIORDOS DE LA PATAGONIA

El barco en sí, no es para turistas, por lo que no esperen encontrarse con algo tan cómodo ni con comida súper gourmet. Al menos yo, que soy vegetariana,  no tenía muchas opciones. Me salvó una bolsa de avena con la que andaba viajando, a la cual acudí en aquellos momentos donde el «menú» variaba entre carne de vacuno y pollo.

Por otro lado, lo que sí es absolutamente apto para todo público es el viaje en sí, que es simplemente increíble. Estuve afuera varias veces mirando el paisaje: los fiordos, los infinitos arcoíris que aparecían a nuestro alrededor (incluso a veces eran dobles), las montañas, los bosques y las aves errantes como un albatros gigante que nos fue a saludar en medio del camino. Todo se componía hermoso, era una obra de arte de algún pintor renacentista o una foto capturada por un asertivo fotógrafo.

Conocí a varios viajeros de todas partes del mundo, que como yo, habían llegado a este barco por datos de gente local, inspirados por la búsqueda de algo diferente y económico.

Entre ellos, apareció Collin, un canadiense que andaba viajando hace un año y medio en su camioneta. Dormía en ella, comía en ella, vivía en ella. Y además, estaba visitando todos los parques y reservas de Chile que pudiera. Collin  me ofreció un aventón a cambio de que lo acompañara a visitar algunos lugares  para, básicamente, no hacerlos solo. Yo, chilena, guía, bilingüe y con ganas de aventura le parecí idónea para acompañarlo en esta travesía. Juntos visitamos Puerto Edén, un inhóspito pueblito donde habitaban los últimos kawéscar, pueblo originario de nuestro territorio conocido por su excelente manejo de balsas y canoas.

Lenga de Patagonia (Paula Fernández)

Lenga de Patagonia (Paula Fernández)

COMIENZA LA AVENTURA CHILENO-CANADIENSE

Pasamos la noche en Puerto Yungay (durmiendo en el auto), y al otro día nos devolvimos hasta Caleta Tortel donde hicimos trekking en el cerro La Bandera, una fácil ascensión de unos 7 km que te permite tener una vista impagable de la caleta en todo su esplendor y que te posiciona más o menos en el mapa (Caleta Tortel queda justo entre los Campos de Hielo Norte y Sur ¡Soñado!). En este lugar no hay autos porque básicamente se compone de puentes hechos de madera nativa que se comenzaron a construir hace muchísimos años. A lo largo de su recorrido, por cierto, puedes ir leyendo distintas historias sobre cómo se formó el lugar.

Luego de bajar y comer algo, nos fuimos en dirección a Villa O’Higgins, que es donde oficialmente comienza la Carretera Austral: el inicio de todo (¿o el fin de todo?).  En el barco conocimos a una pareja muy simpática que andaba celebrando su luna de miel mientras viajaba en su vehículo (#ahouseofmonks por si quieren revisar sus fotos en instagram). Con ellos habíamos acordado juntarnos en Villa O’Higgins y caminar hacia el glaciar Exploradores, lugar que nos habían recomendado los mismos carabineros. De paso, decidimos recorrer el pueblo y sus cercanías en un estupendo día de sol, permitiéndonos incluso, subir al cerro Santiago acompañados por un perrito local, que subía y bajaba como si nada, mientras nosotros lo dábamos todo. Al llegar abajo y encontrarnos con los Monks, acordamos salir a la mañana siguiente muy temprano para dar inicio al trekking que nos habían recomendado.

Error. A la mañana siguiente llovía a cántaros y yo, como la «experta», debía tomar una decisión. Todos teníamos muchas ganas de ir pero consideré la escasa preparación de los chicos y concluí que era realmente peligroso en esas condiciones. No conocíamos la ruta y el clima no estaba a nuestro favor. Dirigirnos hacia un glaciar hubiese sido una preocupación constante más que un disfrute.

Entonces, esa misma mañana arrancamos lo antes posible hacia un siguiente destino: Cochrane. El solo hecho de ir por la Carretera Austral me daba la impresión de ir en un tour. Por aquí hay atractivos bellísimos y a cualquier parte que mirara había montañas con formas extrañas, árboles, bosques, ríos de colores que parecían de ficción, aves, flores, animales y frutas. Realmente, la Carretera Austral es un gran mix de vegetación patagónica-magallánica y de selva valdiviana. Seguía soñando. Todo era increíble.

Llegamos a Cochrane durante la noche y afortunadamente logramos conseguir agua caliente (para el mate) y un baño. El pueblo es pequeñito, pero me impresionó la cantidad de frutales que se pueden encontrar en las calles y en la plaza, también en las oficinas públicas. A la mañana siguiente desayunamos peras, manzanas y ciruelas que recogimos de los mismos árboles que encontramos allí. Recopilamos información en la Oficina de Turismo ubicada en la plaza y nos fuimos a la Reserva Nacional Tamango, también conocida como Reserva Nacional Lago Cochrane.

Cuevas de Marmol (Paula Fernández)

Cuevas de Mármol (Paula Fernández)

Caminamos dos días por parajes maravillosos en busca del esquivo huemul, animal insigne en esta reserva. No lo encontramos, pero sí nos encontramos con paisajes que, sin lugar a dudas, quedarán por siempre en mi retina y en mi memoria. Caminamos bastante livianos, lo que permitió que hiciéramos el recorrido muy rápido, casi en modo deportivo. El entrenamiento propio del trabajo que había estado haciendo en Torres del Paine me había dejado con una rapidez y una resistencia increíbles. Al llegar de vuelta a la administración, un poco cansados y muy acalorados (habíamos tenido dos días de poderoso sol), nos tiramos unos piqueros en las frías aguas del lago Cochrane. Fue maravilloso. Simplemente inolvidable.

Ese día tomé la difícil decisión de continuar el viaje sola ya que Collin estimaba parar por cada uno de los parques y reservas que habían hasta llegar a Santiago.  Yo no me podía permitir tanto tiempo y consideré acertado separarme de mi compañero para comenzar el viaje, ahora de verdad sola.

Esa misma tarde y luego de un almuerzo reponedor preparado por él a modo de despedida, partí junto a mi mochila, mi melódica y mi ula ula en busca de nuevas y grandiosas aventuras ¿Qué pasaría?

Era tarde, tipo 6 o 7 de la tarde. Comenzaba el atardecer y yo estaba haciendo dedo a la salida de Cochrane, mirando el mapa y la hora cada cierto tiempo, y viendo los posibles destinos hacia el norte.

¿Qué le diría a quienes me llevaran? ¿Hacia dónde iba? Ni yo lo tenía muy claro. «Al norte», me respondí. «Lo que importa es que voy al norte». Hice dedo unos 10 ó 15 minutos. Ya me empezaba a preocupar un poquito, pues tenía la norma de no hacer dedo de noche, por precaución.

A la media hora me tomaron ¡Al fin! No pensé que iba a costar tanto. Me llevaron dos caballeros que trabajan en mantención de casas. Uno era gasfíter y el otro maestro. «¡Vamos a Río Tranquilo!», me dijeron cuando me subía a la camioneta. ¡Eran muy simpáticos! Pese a que la luz ya se empezaba a ir, me iban explicando todo lo que íbamos viendo. Busqué en el Mapa dónde estaba Puerto Río Tranquilo y me di cuenta que ahí estaban nada menos que las Catedrales de Mármol. Me pareció un destino interesante al cual llegar y pensé en lo afortunada que era. Los tíos me mostraron el río Baker, me contaron que era el más grande del país y que llegaba hasta el lago General Carrera, lago tan grande que llega hasta Argentina, y que ahí cambiaba su nombre a lago Buenos Aires. Estaba siendo guiada. Cuando empezó a salir la luna, nos detuvimos al lado del lago para apreciar y compartir ese momento único y hermoso.

Luego de una vuelta exprés por Puerto Ibáñez, solo para que lo conociera, nos fuimos derecho a Puerto Río Tranquilo, donde me recomendaron un hostal de un amigo de ellos. Era de noche y como no conocía nada, decidí quedarme en el hostal, agradeciendo dormir en una cama y tomar una ducha caliente. Sublime. ¡Cuánto lo agradecí! El mismo dueño del lugar ofrecía tours en lancha por el río Baker para ir a visitar las catedrales, las cuevas y todo el mármol aquí existente. Era un paquete muy conveniente de la empresa EcoTranquilo.

Reserva Nacional Tamango, Cochrane (Paula Fernández)

Reserva Nacional Tamango, Cochrane (Paula Fernández)

Coordinamos la salida a la mañana siguiente y me fui a dormir. Al desayuno, me estaba preparando una avena cuando dos chicas que estaban alojando allí llegaron para desayunar también. Nos pusimos a conversar sobre la vida y nos dimos cuenta que haríamos el tour juntas. Conectamos de inmediatos y la buena onda fue inevitable. Lo pasamos demasiado bien en el tour y más encima, al final de todo, me contaron que andaban con sus papás en camioneta y que iban hasta Coyhaique. Me podían llevar y si no tenía dónde quedarme en Coyhaique podía poner mi carpa en su patio. Lo que sigue fue pura magia. Estas chicas oriundas de Santiago y radicadas en la zona sur, habían salido de la ciudad para estar más conectadas con zonas como éstas, donde la naturaleza aflora por todos lados, inevitable y salvajemente. Me mostraron lugares hermosos camino a Coyhaique, como Cerro Castillo…uf, ¡Qué lugar!

Me quedé unos cuatro días en Coyhaique con las niñas que me acogieron y me hicieron sentir una de ellas. Me llevaron a escalar a hermosos lugares como Ensenada de valle Simpson, donde vimos un hermoso atardecer colgadas en la roca. El último día hicieron una fiesta en casa que me hizo pasar de largo y hacer dedo directamente. Era mi fecha límite. No podía seguir pegada, tenía que continuar el recorrido, pese a la pena que me daba dejarlas. Ellas fueron mágicas. Alegraron y le dieron una fuerza increíble al viaje.

Tomé varios vehículos al salir de Coyhaique y decidí visitar el Parque Nacional Queulat, por dos partes. Primero me dejaron en bosque Mágico donde hice el trekking hasta la laguna. Llovía bastante pero estaba equipada para la lluvia. Dejé mi mochila de 85 litros en una bodega que me facilitaron los guardaparques y partí con mi mochilita de ataque e impermeabilizada hasta los ojos.

El Perro de Mármol (Paula Fernández)

El Perro de Mármol (Paula Fernández)

Sin lugar a dudas, fue una caminata bastante extrema, pero necesaria. Además siempre había querido visitar ese parque y no me importaba hacerlo sola, y no me arrepiento porque es realmente hermoso e imperdible. Totalmente recomendado. Luego quise parar en el ventisquero colgante, que se veía a ratos producto del mal tiempo. De todas maneras es muy lindo y también es de esos lugares que hay que ver antes de morir.

Como bonus track, visité el bello lago Risopatrón y seguí haciendo dedo hasta llegar a orillas del lago Yelcho, donde dormí una noche hospedada por un buen ser que me alojó solo por buena voluntad. A la mañana siguiente caminé bastante, sola. Ni un auto, ni un alma. Solo los árboles y yo, hasta que bien entrada la mañana pasó una micro con dirección Chaitén y ahí tomé un camión de fruta que, para mi tristeza, iba vacío, pero para mi felicidad, iba hasta Temuco. Pasé con aquellos dos chicos, todos los ferrys (dos o tres), vi toda la saga de Rápido y Furioso, y esa noche, bien tarde, me dejaron en el cruce de Loncoche que llega hasta Pucón, mi casa.

Fue un viaje completamente enriquecedor y que volvería a hacer mil veces.

Estoy muy agradecida por toda la energía y la buena onda que me pillé en el viaje, agradecida de eso que nos cuida y nos protege, y de esa magia llamada sincronía y ese Dharma que nos hace vibrar y encontrarnos en la misma onda.


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