50K Sobre Tierra de Aguas

(Foto Portada gentileza de Ultra Trail Torres del Paine)

Fueron más de 7 horas de carrera por aquellas dulces pero barrosas curvas que, literal y figuradamente, fundieron mi cuerpo con la naturaleza…

El hospedaje de la señora Sole es una casona de dos pisos de crujiente madera ubicada en pleno centro, en Punta Arenas. Tanta debe ser la gente que pasa por esta casa que la señora saluda a sus visitantes por el nombre del país de proveniencia, no por su verdadero nombre.

Sole nos cuenta sobre sus viajes a Europa y Nueva Zelandia mientras carga el hervidor y alista la mesa del desayuno. «¡Chao Franciaaa!» exclama mientras una pareja de huéspedes deja el hostal llevando sus mochilas de trekking al hombro.

El cielo es terso en la capital magallánica, de un celeste ajeno al arco Santiaguino, y la luminosidad de los edificios despierta el ojo todavía somnoliento del viaje cansador.

Nuestro destino es Ultra Paine, carrera de 14, 35, 50 y 80 kilómetros que cruza gran parte del Parque Nacional Torres del Paine. Era mi primera vez en la carrera y la cuarta en la distancia ultra de 50k. Llevaba tres meses entrenando para esto.

Con los bolsos pesadísimos al hombro, mi marido y yo nos paseamos por las calles de Punta Arenas aprovechando el primer sol de primavera, literalmente. Teníamos una hora para pisar los puntos típicos de la ciudad y en eso pasamos por Plaza de Armas a besar la «pata del Indio Patagón», del monumento a Hernando de Magallanes. Dice la leyenda que quien hace esta reverencia volverá a la ciudad con buena fortuna. Al parecer funciona. Era la cuarta vez que visitaba la ciudad austral y andaba con una sonrisa estampada en la cara pensando en lo que me esperaba. Pocas cuadras más abajo llegamos al segundo desayuno y a otro clásico de la ciudad, el  Kiosko Roca, un pequeño local llenísimo de gente de todas las edades en el cual se sirve un desayuno de campeones: choripán y leche con plátano para capear el frío del estrecho.

Nos apuramos para alcanzar el bus de las once. En unas tres horas (dependiendo del viento y del clima) íbamos a estar en Puerto Natales, ciudad icónica de las rutas turísticas de la zona, y centro de operaciones de la carrera. Entonces dejamos el aire helado con sabor a tierras de mar para adentrarnos en las llanuras del norte.

La vegetación alrededor era baja, rasurada por los fuertes vientos constantes. Y como en un «safari austral» nos sorprendieron algunos ejemplares de fauna local que pastaban libres al lado del camino: ñandúes, flamencos y un sinfín de parejas de caiquenes. En estas vegas, el ojo tiene el honor de perderse en el horizonte sin fin. Más tarde, la lengua de asfalto nos llevó hacia las primeras lomas que se asoman bordeando el límite con Argentina. El paisaje comenzó a variar, la tierra a ceder espacios al agua, los humedales a hospedar bandadas de aves, y los arbustos a esconder manchones de nieve y pozas congeladas. Hacía frío. Las nubes bajas del horizonte congelaban los colores de la tierra. Todo se teñía de gris y dorado.

(fotos gentileza de ultra trail torres del paine)

(Fotos gentileza de Ultra Trail Torres del Paine)

Llegando a Puerto Natales

Este fiordo era un espejo resplandeciente de nubes, montañas y cumbres nevadas, que un poco más allá nos recordaba que el verdadero invierno del sur es realmente muy tosco y que tarda en retirarse.

Nuestro paso por Espacio Ñandú fue rápido. Aquí retiré mi kit de corredor para molestar a los simpáticos encargados con miles de preguntas sobre las condiciones del clima, los tramos de sendero, la calidad de la carrera y sobre todo, para planificar juntos de qué manera Andrés, que no corre, iba a poder seguirme en carrera por los diferentes PAS (puntos de asistencia).

La charla técnica de la tarde me entregó mucha confianza. Tenía cada detalle de la carrera resuelto y esta vez, el frío no me iba a ganar. Digo esto porque en 2015, corriendo los 50k de Ultra Fiord, tuve una intensa experiencia en una sierra de la zona al subestimar la altura y las condiciones de alta montaña que se producen a esta latitud a menos de mil metros. Fue un gran error de ensayo pero no lo quería vivir de nuevo. Respiré el silencio del atardecer y el sol se escondió en su infinita calma. Ya era hora de retirarme, de cenar en el salón acogedor del hotel y de prepararme para el día siguiente.

El rito del empacado

Empacar para las carreras es un momento de altísima concentración, un momento denso en el cual no se pueden cometer errores. En esta ocasión, existía una lista de material obligatorio que debíamos llevar durante el curso de la carrera y que podría ser revisado en cualquier momento, «a sorpresa».

Silbato de emergencia, kit de primeros auxilios… Andrés, mi marido, me ayudó ordenando el resto de la habitación mientras los «ingredientes» de la mochila permanecían esparcidos por toda la cama, como migas. Entonces hice magia para reducir todo a un pequeño bulto fácilmente transportable, pero de a poco mi mochila adquirió un volumen preocupante y una apariencia deforme. Llevaba mucha comida y abrigo contra la inclemencia del clima. Mi parka roja, la regalona, cerró el outfit trailero completando mi disfraz de jorobada.

Me acosté y luego de 5 horas me fue imposible apagar el cerebro. Como un motor pasado de revoluciones, repetí mentalmente el mapa de los senderos, la distancia entre los puntos de control y los ritmos de alimentación que debía respetar. A las 4:50 a.m. nos despertamos todos rápidamente. La calefacción de la habitación no dejó pasar el frío, y con movimientos plácidos y silenciosos comenzó el ritual de la vestimenta, las trenzas en el pelo y la mochila al hombro. Lista para salir.

Un bus de la organización nos esperaba en la plaza de Puerto Natales rumbo a la línea de largada. El recorrido, de una hora aproximadamente, nos permitió cerrar los ojos de nuevo y tomar un mini-desayuno. Afuera el cielo seguía oscuro y a veces las gotas de lluvia rayaban los vidrios empañados del bus.

(Fotos gentileza de Ultra Trail Torres del Paine)

‘Tito” Nazar (Fotos gentileza de Ultra Trail Torres del Paine)

Con los pies mojados

La ruta se diseñó elegante y clara entre los pastizales del fundo El Kark. Aquí agarramos ritmo y de a poco nos ordenamos naturalmente en una fila silenciosa. Me alejé voluntariamente de quienes corrían en pareja conversando. Quería correr sola y disfrutar de aquella paz inmensa. Aquel fue mi primer contacto con la Tierra de Aguas. Estas estepas son zonas de humedales conocidas también como «mallines» o «vegas». Al ojo son llanuras extensas que bonifican el terreno aportando nutrientes y biodiversidad. Y desde el lugar de los corredores, este sitio significaba estar con los pies mojados desde el primer kilómetro. Poco importó porque la adrenalina me llenaba la sangre. Solo corrí con el ímpetu de querer ver y sentir más.

Lentamente ganamos elevación. Los valles se abrían a nuestra derecha y la vega brillaba en todo su resplandor bajo las primeras luces de la mañana. Aquí mantuvimos un gran ritmo sobre los caminos de barro y pasto, cruzando pozas y saltando portones de madera (la recomendación de la organización fue la de no abrir estos portones para evitar el paso a los animales de los predios). Una pareja de jóvenes franceses nos apoyó los primeros dos puntos de control entregándonos ánimo y energías. Fue lindo ver cómo este evento, en su quinta versión, adquirió un carácter internacional, pues vinieron corredores de todos los continentes y me arrepentí un poco de haber dejado en Santiago mi bandera tricolore italiana.

El ritmo cross-country de la ruta no soltó hasta que llegamos a Bahía el Bote, el punto de partida de los corredores de 35k. Aquí, una vista romántica hacia la bahía me sorprendió dejándome un nudo en la garganta, pues este plácido lugar también es el encuentro de dos aguas: una pequeña laguna con el Lago Toro, el más imponente de la región. Y entre estos dos espejos existía solamente un istmo de verde y arena por la cual teníamos que pasar para seguir hacia el punto de control.

Los encargados del control de corredores llevaban un recuento manual de nuestro paso, ya que las zonas remotas como esta tienen escasa conexión y no era posible trackearnos de manera «electrónica». Además, a parte de parar casi obligatoriamente para declarar el paso, debíamos llevar con nosotros un vaso reutilizable para poder hidratarnos en estos puntos (como parte del equipamiento obligatorio), lo que resulta una idea genial para minimizar la cantidad de desechos en el parque.

Desde el kilómetro 15, la identidad de la carrera comenzó a mutar: desde el camino plano habíamos pasado a pequeñas lomas y senderos húmedos, típicos del bosque magallánico. Leyendo un poco más sobre la flora local, descubrí que éste es tan único que incluso forma una eco región propia.

Mis pasos retumbaban sobre las huellas de hojas podridas y tierra fértil. El terreno era un dulce colchón que escondía las rocas ásperas de estos cerros bajo sus secretos de lluvia y viento.

(Fotos gentileza de Ultra Trail Torres del Paine)

(Fotos gentileza de Ultra Trail Torres del Paine)

Llevaba unos 20 kilómetros corriendo cuando mi cabeza comenzó a cansarse. Las piernas todavía aguantaban un paso trotado constante gracias a los cruces de ríos y charcos que mantenían mis músculos activos y tónicos. Mi mirada caía frecuentemente a la pantalla del GPS para ver cuánto faltaba para el próximo check point, y para ver si lograba mantener el ritmo. Obviamente faltaba una infinidad. Estaba casi caminando, situación que debí de inmediato remediar si no quería enfriarme y demorarme una vida caminando hasta Río Serrano.

Comencé a hablar sola para repetirme que «solo» debía seguir corriendo y para dejar que mi cuerpo fluyera sobre el sendero en una mentalidad non-stop. La palabra sentarse era algo prohibido, aunque me hubiera quedado a descansar sobre esas rocas con la mejor vista del mundo parando el tiempo y escuchando lo que el viento trataba de decirme. El paisaje parecía leer mi mente. Entonces levanté la cabeza y el Lago Toro me sorprendió con unos acantilados de roca negra y agua esmeralda. Al frente, los famosos senderos de la «W», el circuito icónico que rodea el gran macizo, la octava maravilla del mundo. Pero todavía nada se asomaba entre las nubes grises cargadas de lluvia. Llevaba ya tres viajes a las Torres sin lograr verlas. Dicen que son coquetas, que se dejan ver por el ojo que menos las busca.

Mi gran objetivo era llegar en buenas condiciones al Mirador Grey, última largada del recorrido y punto de partida del 14k. Aquí comenzaba la gran «muela», o sea, el cerro que nos exponía a los 460 metros sobre el nivel del mar y que acumulaba casi todo el desnivel positivo de la carrera. Un pequeño remonte nos guiaba hacia el tan esperado mirador, mientras que un público nos acogía en pleno fervor y nos hacía sentir héroes e impávidos corredores extremos. De nuevo, los ojos se me llenaron de lágrimas y no pude hacer nada más que sonreír ante esta ola de energía humana.

Habíamos estado ladeando una gran porción del Lago Toro pero era hora de alejarnos y de dirigirnos al monte. Las nubes se movían rápidas y en poco tiempo abrazaban los cerros por los cuales zigzagueamos. Un soplo frío nos llevó los primeros copos de nieve. Era magia, la magia de la Patagonia que dejaba nevar mientras el sol seguía asomándose al son de su tibia insistencia. Pero le ganó el hielo, el piso se puso blanco y los pasos se hicieron crujientes. En tan poca altitud es posible encontrarse con condiciones adversas a estas latitudes. El tiempo fue clemente y me dejó disfrutar de esta pequeña nevazón primaveral.

Con este último tramo mi actitud cambió completamente. Saqué mis bastones para ayudar la espalda adolorida, bajé la frecuencia de mis pasos y me entregué al cerro. Un arcoíris de barro quebró mi paz, mi fortaleza y mis piernas. Era barro café, fango amarillo, lodo verde; húmedo, líquido y pegajoso. Extenuantemente peleé con la fuerza agotadora del barro que chupaba mis zapatillas y comprometía las últimas fuerzas que me quedaban en las piernas. Correr se me hizo casi imposible ¿Por qué tanta humedad? La cantidad de riachuelos, esteros y pozas era increíble, y el paisaje y el terreno cambiaban constantemente debido a las fuertes lluvias y la dureza del bosque que guarda este cúmulo de humedad de una manera casi celosa. Lo que era sendero se transformaba en camino de agua, los que muchas veces usé para sacar la torta de fango que se pegaba a mis zapatillas.

Ya iban más de 45k y la percepción del dolor físico se distorsionaba. Un simple roce se transformaba en una obsesión. Pero no podía darle mucha ventaja a este «monstruo» mental que me susurraba que parara a contemplar el bosque. Me reía sola mientras buscaba lucidez mental. En el camino comencé a pasar a otros corredores. Un saludo rápido, una palabra de ánimo, pero seguía hermética con la meta tatuada en la mente.

Paola Castelvecchio (Fotos gentileza de Ultra Trail Torres del Paine)

Paola Castelvecchio (Fotos gentileza de Ultra Trail Torres del Paine)

De a poco el bosque se disolvió y la vista se dilató sobre un escenario majestuoso: el mítico río Serrano serpenteaba coqueto con el río Grey en la llanura verde de Villa Serrano, brillando juntos como plata viva. La respiración se me cortó. Sentía que lo había logrado. Faltaba un par de kilómetros y ya podía volar. La bajada hacia el esperado Hotel Serrano se hacía rápida y divertida, mis piernas despertaron y me llevaron galopando hacia la recta final. Empujé, corrí, quemé los últimos cartuchos frente a los aplausos de aliento y crucé la queridísima meta con un suspiro grande como la montaña.

Lo logré. Cumplí con este gran desafío sumando otros 50K a mi mochila de experiencias. Y ahora puedo decir que escuchar al cuerpo es esencial para estar abiertos a recibir las señales de la naturaleza. Finalmente, son las conexiones profundas las que nos entregan este tipo de experiencias que nos guían hacia la calma interior y la armonía entre cuerpo y espíritu.

El ambiente en la meta estuvo relajado. La terraza del Hotel Serrano recibió a los corredores con duchas calientes y tallarines mientras nos instalamos en unos cómodos sillones para descansar cuerpo y espíritu. Las torres se dejaban ver a ratos, las nubes de plata volaban rápido y el sol tibio nos devolvió el alma al cuerpo (y la sensibilidad a los pies).  Finalmente, una íntima premiación coronó este gran día y ya era hora de volver a Natales.

No existe nada más rico que un sueño mórbido y un desayuno contundente para pagar el esfuerzo de más de 7 horas de carrera. Al otro día apenas podía caminar, mientras que mi espalda y mis rodillas gritaban por el esfuerzo silencioso que requirió aquel sendero barroso. Pero nada de eso importó. Llevaba en el cuello una medalla moral enorme, pues pude fundirme con esta maravilla de naturaleza, la pude oler y la pude escuchar. No le tuve miedo al frío, ni a sus aguas gélidas.

Una melancolía densa me llenó los ojos mientras el bus me alejaba de Puerto Natales.

Dejé atrás las cumbres nevadas que protegen el fiordo de cristal. Ahí, entre las curvas dulces de esos caminos dejé una miguita de corazón con la esperanza de poder un día dedicar mucho más tiempo al Parque Nacional Torres del Paine. Me voy tranquila. Le besé la pata al Indio, así que volveré, y con buena suerte…

‘Pao’ Castelvecchio (@lapaocastel) es corredora de calle italiana y especialista en eventos para Redbull Chile.

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