(Foto gentileza de Empujando Límites)

“¿Qué significa empujar los límites? Significa que no quiero cargar a mis hijos. Ellos vienen conmigo, y entre nosotros, nos vamos dando empujoncitos…”
—Juan Zemborain, 46 años.

Como amante del diseño, de la armonía y del equilibrio, «creo que no existe nada más perfecto que la naturaleza. Y hoy, me encuentro en un momento bisagra de mi vida, en que no quiero estar más encerrado en una oficina mirando un monitor», parte diciendo el arquitecto Juan Zemborain desde la localidad de San Isidro, donde se encuentra su cómoda casa con jardín y pileta, en Buenos Aires.

Cuando cumplió 22, el joven Juan se embarcó en un viaje que dice, le voló la cabeza. Y no fue para menos, pues, en esa ocasión y junto a otros diez amigos, decidieron tomar sus bicicletas y comenzar así un gran viaje por las generosas maravillas que ofrece la Patagonia (argentina y chilena): cruzaron las Torres del Paine, El Calafate y el Chaltén. «Ahí me di cuenta de que lo más importante no es el esfuerzo físico, sino hasta dónde permites que vuele tu cabeza», reflexiona ahora.

Pero en aquel entonces, fue tanta la emoción, que las ganas de volver a pedalear una travesía así perduraron hasta el año siguiente, sin embargo, ningún amigo quiso repetir el viaje. Finalmente y a los pocos años, «fui padre, y el sueño de viajar en bicicleta, con mucho dolor, me lo borré de la cabeza», confiesa.

La vida prometía continuar en completa normalidad…

La llegada de un partner

Hace 15 años, nació Santiago Zemborain, amante de los caramelos confitados, del río (pero si hay mar, es mejor), del tenis, del golf y sobre todo, de los viajes. «¡Y cada día se despierta feliz! va al colegio feliz y todo lo hace contento, siempre y cuando esté inmerso en su rutina, aunque —de vez en cuando— también trato de rompérsela. Así va tolerando y aprendiendo más cosas», explica Juan. «Pero también le encanta jugar al ipad, cosa que podría hacer durante horas y horas. Por eso lo incentivo con el deporte, para sacarlo de ese lugar (eso sí, el ipad es mi aliado numero 1 los fines de semana en la mañana, cuando quiero dormir un poco más)», cuenta su padre.

Pero cuando llega la hora de la aventura, el ipad queda completamente en el olvido. En esos momentos, a Santi solo le interesa mirar el paisaje porque realmente hay demasiado por qué asombrarse. Y es aquí, precisamente, en medio de la naturaleza, donde este padre e hijo encuentran una sublime forma de conectarse:

«En un principio, la conexión con una persona con autismo es muy difícil, a tal punto que no hay ni conexión visual», explica Juan. «Casi es lo primero que se tata de trabajar: lograr esa conexión es muy importante para lograr el vínculo. Hoy lo entiendo con solo mirarlo o escucharlo. Él habla muy pocas palabras pero entiende todo», agrega.

Así y en medio de todas las cualidades que reúne su hijo, también se halla el autismo.

Juan y Santi en uno de sus viajes al Salar de Uyuni, Bolivia. (Foto gentileza de Empujando Límites)

Juan y Santi en uno de sus viajes al Salar de Uyuni, Bolivia. (Foto gentileza de Empujando Límites)

Para Juan, una de las cosas más importantes es saber que «una persona con autismo no te está ignorando. Simplemente está esperando a que vos te conectes con su mundo», dice. Un día, sin embargo, esta conexión alcanzó su punto máximo, precisamente cuando descubrieron que a Santi ¡le encantaba pedalear! De esta manera, todo comenzó a tomar forma en la cabeza de Juan…

A los 4 años, su joven hijo ya corría veloz sobre su primer triciclo y a los 7, lo único que quería era sacarle las rueditas chicas a la bicicleta. «Por entonces, le puse una manija atrás, así lo podía frenar y dirigir. Pero ya no podía caminar a su lado, me llevaba corriendo. Hasta que un día, para seguirle el ritmo, me tuve que subir yo a una bici. Y de repente, simplemente, se largó solo», recuerda su padre.

Con Santi las cosas se fueron dando, sin embargo, antes de verlo montar la bicicleta por sí solo, Juan comenzó a hablarle sobre una gran utopía: «“Santi, tenés que aprender a andar solo, así, cuando tengas 15 años, vamos a cruzar Los Andes”. Yo no podía decírselo y después no cumplirlo», comenta Juan. «El único gran detalle es que, Santi, no encuentra motivos para frenar», agrega su padre entre risas.

All Blacks al volante

La desbordante energía que Santi mostraba sobre la bicicleta era tal, que incluso comenzó a asustar a Juan, y con ello, el sueño de cruzar la cordillera de los Andes parecía irse cada vez más lejos. «Hasta que un día, en el colegio de mi hija, un guía de turismo me contó que había cruzado los Andes con una persona ciega. Me dijo que lo había hecho en un tándem. Le pregunté qué era eso y me dijo que era una bicicleta de a dos. Ahí me vino la luz y volvió a mí el sueño de concretar la cruzada», recuerda Juan.

Durante dos años alquilaron un tándem para probar qué tanto se adaptaban. Y al corto tiempo, se armaron su propia bicicleta doble de hierro. En ese momento, el estrés de ir frenando a Santi nunca más fue un problema. Realmente comenzaban a disfrutar de las salidas, pero ahora, ambos podían ir más rápido y también más lejos. Juan había encontrado una forma lindísima de conectar con Santi, piensa.

Una persona con autismo no te está ignorando. Simplemente está esperando a que vos te conectes con su mundo.

«Ahora nos vestimos los dos de negro, como los All Blacks, y como el mejor equipo, nos ponemos protector solar, nos cargamos de agua, unos frutos secos, bananas, turrones o algo para picar en el camino; abrigo, corta viento, cuello o lo que necesitemos según la época del año; algunas herramientas, kit de parches, cámara de repuesto, celular, luces, cascos, anteojos para el sol, guantes y ¡salimos!», comenta. Y continúa: «Nos necesitamos el uno al otro. Lo que más disfrutamos es de nuestra relación, y él —como todo niño— sentirá que su padre es su ídolo, pero yo siento que mi ídolo es él. Disfruto mucho de su compañía y él de la mía. Lo que pasa acá entre nosotros es amor, y el amor es algo que nos apasiona», concluye

—¿Cómo fue el proceso de enseñarle a Santi a pedalear?

—El proceso fue muy largo. La verdad es que encontraba momentos de disfrute al ver sus logros, pero también de aburrimiento porque, el ir atrás de un niño corriendo, varias veces al día, durante años, todos los fines de semana, era realmente era agotador. Pero cuando lo ves feliz y ves que por ahí él puede sacar algo bueno, seguís. La constancia es lo más importante.

Yo no recuerdo cómo era mi vida antes de la bicicleta, ni recuerdo como aprendí. Pero con Santi fue muy distinto. Prácticamente empezó a pedalear al mismo tiempo en que empezó a caminar. Pedalear a Santi le cambió la vida. Le encanta y le pone todo el entusiasmo. Creo que los cambios que ha experimentado no son solo físicos. Aparte de mantenerlo fuerte y en estado, la bicicleta lo saca del encierro, y del ipad— responde Juan.

Según su experiencia, las personas con autismo tienden a encerrarse cada vez más. Sin embargo, «mi posición natural también es estar con el celular en el sillón, pero él me saca de ahí».

Así, el mundo de las personas con autismo corre el riesgo de ser cada vez más pequeño, pues como explica Juan, es común que ellos se aíslen de las agresiones que ven en su exterior: ruidos, olores, texturas, etc. «Ellos sienten seguridad en sus rutinas. Entonces, si se las vas a cambiar, se lo tenés que decir con anticipación», advierte.

Cruzando Los Andes

En total, Juan y Santiago ya han recorrido unos 5.500k juntos, mientras que —cada fin de semana— intentan hacer otros 80k, o a veces 40k, 50k, 30k… o los que puedan. Sin embargo, Juan solo espera a que Santi salga pronto de vacaciones para poder rearmar la rutina, la cual consistirá en desarmar carpas, bañarse en los lagos que encuentren, comer, dormir, y por supuesto, pedalear.

Pero la hazaña más importante está por comenzar. Dentro de pronto Santi cumplirá los 15, y ya todos sabemos lo que sucederá entonces:

«El cruce lo vamos a hacer por el Paso Hua Hum, en San Martín de los Andes, hasta llegar al mar, en Playa Mehuín. En principio tenemos nuestro tándem de hierro, que es pesado, pero queremos conseguir urgente uno de aluminio que se adapte a nuestro desafío. Además, estamos preparándonos para filmar un documental, con camarógrafos, sonidista y drones ¡Va a ser muy emocionante!», cuenta el padre de Santi, muy entusiasmado.

Una de las tantas aventuras en tándem de Santi y su padre Juan.

Una de las tantas aventuras en tándem de Santi y su padre Juan. (Foto gentileza de Empujando Límites)

Empujando los límites

Un día, caminando después de misa, «me vi empujando a Santi para que avanzara (que se estaba haciendo el gracioso), y me di cuenta que eso era mucho mejor que estar tirando de él, o peor, cargándolo como una mochila», recuerda Juan.

Hoy, famoso es su sitio web Empujando límites, un espacio donde Juan y Santi van subiendo cada una de sus emocionantes aventuras, y donde se muestran al mundo tal y como son. Hasta el momento, mantienen alrededor de 7.000 seguidores y la mayoría de ellos les agradece por lograr motivarlos, inspirarlos y sacarles una sonrisa, según su creador.

—¿Por qué decides conmemorar esta iniciativa como Empujando Límites?

—Siempre dije que mi hijo no era una carga. Lo que yo hago es empujarlo todos los días, un poco más. Creo que los límites están y que principalmente el límite de los hijos son los padres. Santi me tiene a mí de límite, él tiene sus propios límites, yo tengo mis límites. Los progresos siempre nos costaron mucho y la única manera de lograrlos fue con constancia. No podemos esquivar los límites, tampoco podemos saltarlos o hacer como que no existen. Somos nosotros mismos quienes los vamos empujando, cada día un poquito más.

Hay dos personas que son muy especiales para nosotros, que son Diego y su hijo Dino. Dino, con 10 años, acababa de recorrer toda Argentina de norte a sur en su bicicleta, pues aparte de tener un don especial, tiene un padre que sueña y que se anima a hacerlo con él. Cuando estaban terminando  su odisea, nosotros fuimos en busca de su encuentro para compartir algún tramo de su viaje. Fue increíble. Fueron 2 días pedaleando entre 2000 y 4000 metros de altura. En un momento yo estaba tan apunado, que no podía trepar más, pero sentía la fuerza que salía de Santi. Y cuando llegamos, ¡Santi quería seguir!— contesta Juan.

Santi y Juan (Foto gentileza de Empujando Límites)

Santi y Juan (Foto gentileza de Empujando Límites)

El momento outdoor

Como todos sabemos, es fundamental permanecer bien con nuestro cuerpo, con nuestra mente y con nuestro espíritu. Y en este sentido, «creo que lo más difícil es la mente. Es el mayor límite que tenemos», dice Juan.

«El pedalear y el hacer ejercicio libera endorfinas que nos sirven para sanar nuestra mente y así mantenernos positivos. Pero hay un momento muy especial que llega cuando vamos pedaleando 30k, al que yo llamo “felicidad absoluta”, que es cuando nos olvidamos que estamos pedaleando, que es puro disfrute, y que es cuando Santi apoya sus manos en mi espalda y empieza a cantar la escala musical (Do, Re, Mi…) o a contar (1, 2, 3…). Es cuando obtenemos el mayor disfrute, cuando realmente nos conectamos los dos, entre nosotros y con la naturaleza. Ahí es cuando mirás el cielo, sentís el sol, la brisa, y por dentro decís… todo está muy bien», agrega.

—¿Qué  otros sueños seguirán persiguiendo con Santi?

—El sueño principal siempre está cumpliéndose: ser felices hoy, acá y ahora. Vivir el presente y no desesperarnos por el futuro. En dos días vamos a cumplir uno muy lindo que es pedalear hasta la Basílica de Luján, donde está la Virgen de Luján, patrona de la Argentina. Vamos a agradecer y a pedir que nos acompañe en nuestros próximos desafíos. Son 96k por caminos de campo que armó un amigo. Nunca hemos pedaleado tanto en un día, así que esperemos llegar bien. Y si no llegamos, no pasará nada. Habremos disfrutado de un lindo día pedaleando en el campo.

Otro sueño, muy grande, es tener una camioneta, unos 5 o 6 tándems, y recorrer toda Argentina y tal vez Sudamérica, compartiendo con padres e hijos de diferentes Asociaciones de Autismo (u otras discapacidades). También queremos viajar mucho…hacer el Camino a Santiago de Compostela, bajar desde los Alpes a Holanda bordeando el Rhin, recorrer Europa por las Eurobelo y quién sabe, algún día recorrer el mundo entero.

—Por último, ¿hay algún mensaje que quieras transmitir?

—El punto número uno del estatuto de Empujando Límites es pasarla bomba. Y es el único escrito por ahora. Nada tiene sentido sin ese punto. Lo que queremos transmitir es que no importa la condición ni los límites que tienen tus hijos. Hay que buscar y ver las virtudes que todos tenemos. Y ver que la podés pasar muy bien con ellos— finaliza el padre de Santi.

Compartir

scriptsell.neteDataStyle - Best Wordpress Services