A 25 Metros de la Gloria

Foto: Carla Borja

Por primera vez en la historia, Aniol Serrasolses, su hermano Gerd y Pedro Astorga, corrieron la cascada La Leona en el río Claro de Chile. Una cascada clase cinco+, a la que sólo se puede llegar remando por un cañón oscuro y estrecho que nunca antes había sido navegado. Según el kayakista español, La Leona se convertirá en un clásico de Chile.

Entre cristalinas y turbulentas aguas que pasan por un corredor de cuatro metros de ancho, entre paredes de piedra de más de 50 metros de altura, solo se escucha el rugir del río. Es el cañón desde el cual desemboca La Leona. Y en aquella oportunidad, Aniol estaba solo en la oscuridad, en el frío:

«Toda esa oscuridad, el cañón frío… todo eso da un sensción de miedo. Es un lugar donde no perteneces, donde puedes pasar y salir de ahí ojalá sin ningún problema, pero no es para nosotros, para el ser humano. Es un lugar donde debes intentar disfrutar al máximo la brevedad de tu paso porque es épico. No mucha gente va a tener la suerte de verlo», cuenta Aniol.

Hace varios años se había descubierto esta cascada pero nadie se había atrevido a «kayakearla». El cañón, que viene antes de La Leona, es de dificultad clase cinco, y por las grandes paredes que rodean al río, es imposible realizar un rescate ahí. Pero aquella no es la parte más difícil de la expedición: luego del cañón viene una pequeña cascada de unos tres metros de altura, donde el agua choca fuertemente contra la pared. «Tú tienes que alejarte tanto como puedas de la pared», dice Aniol. E inmediatamente, después de esa cascada, llega La Leona, con 25 metros de caída libre. Ambos saltos son clase cinco+, la dificultad máxima en rápidos navegables.

Aniol - Foto: carla borja

Aniol – Foto: carla borja

Navegando el cañón

En octubre de 2018, Aniol Serrasolses, Gerd Serrasolses y Pedro Astorga decidieron explorar la zona y hacer lo que hasta ese momento nadie había hecho. Para estudiar todos los rápidos del cañón se colgaron con cuerdas de las grandes paredes que protegen el río, y utilizaron un dron para llegar hasta donde su vista no podía. Tres horas de exploración fueron suficientes para sentirse preparados a realizar la hazaña.

Al día siguiente se levantaron temprano, acompañados por un sol que brillaba con clara intensidad. Acordaron que Aniol sería el primero, Gerd coordinaría las cámaras y Pedro proporcionaría seguridad desde debajo de la cascada.

A punto de navegar el cañón, «la sensación era de sentirse muy pequeño. Estaba solo, no había absolutamente nadie. En el silencio solo se escuchaba el agua», recuerda Aniol.  Sin problema llegó a la poza antes de la cascada de tres metros. Frenó. Estaba muy nervioso y sentía cómo sus palpitaciones se aceleraban. Respiró profundo, repasó todos los movimientos en su cabeza y se mojó la cara. Siempre lo hace antes de correr una cascada. Las gotas heladas lo despiertan, lo despejan y lo aterrizan al presente.

Había entrado al caudal y la única forma de salir era por La Leona. «Pedí permiso al río y empecé a remar hacia la corriente.  Ahí me calmé, porque cuando entro a la corriente ya voy decidido, ya dejo de pensar tanto en lo que va a pasar. Solo me enfoco en lo que tengo que hacer y no dejo espacio en mi cerebro para estar pensando en otras cosas», comenta.

Primero, fue la cascada de tres metros. «Fue perfecto y de repente ya me encontraba a dos metros de La Leona, y fue como salir de la oscuridad para pasar a la luz: casi te quedas ciego. Fue salir de este cañón totalmente oscuro para ver la luz de todo el valle. Fue un momento precioso y de pronto, ya estaba agarrando mi última remada para caer por La Leona. Fue un momentazo. Pasó todo muy rápido porque iba cayendo. Pero ese breve instante fue increíble», recuerda el kayaquista.

Aniol, Gerd y Pedro contemplando la cascada. - Foto: diego astorga

Aniol, Gerd y Pedro contemplando la cascada. – Foto: diego astorga

Ahora era el turno de Gerd y de Pedro. «Yo le dije: “Gerd, está muy bien, solo cuídate, cuídate mucho”. Me daba miedo igual, porque Gerd va a ser papá, entonces, no quería que le pasara nada, por nada del mundo», comenta Aniol.

Ambos lograron la bajada con éxito y sin problemas. En la poza de La Leona los tres se abrazaron llenos de felicidad y adrenalina, en las faldas de una cascada que, según Aniol, puede convertirse en un clásico de Chile, una de las más preciadas.

Con esta cascada, Aniol suma sus tres primeros descensos en nuestro país, entre los cuales se encuentran El Salto del Puma, de 32 metros y Newen, de 25 metros.

«La cascada resultó ser una de las mejores de mi vida. Es un lugar muy especial, sobre todo porque tiene mucha historia dentro del mundo del kayak y también, mucha historia con mi familia», cuenta el español. Diez años atrás, su hermano Gerd y Chris Korbulic habían abierto la sección del río Claro, La Garganta del Diablo, otro cañón, tan estrecho, que tiene partes que no superan el metro de ancho, y otras, que alcanzan los 60 metros de altura.

En esa ocasión, Gerd y Chris viajaron en bus desde Pucón, e hicieron dedo para llegar al Parque Inglés. Ya en río Claro, recorrieron todo el sector a pie por una semana. No existían los drones, así que, para lanzarse y navegar, tuvieron que confiar en lo que alcanzaban a ver por esos precipicios de 60 metros.

«Mi hermano ha sido uno de los que ha descubierto más sobre este río y sobre muchos otros ríos de Chile. Pero con éste, hay algo muy especial. Con él recibió reconocimiento mundial, porque en su momento, cuando abrieron esos cañones, a nadie se le hubiera ocurrido meterse ahí. Ellos lo hicieron y descubrieron uno de los mejores ríos de la historia», cuenta Aniol.

Por su parte, antes de lanzarse por cualquier cascada, este kayaquista evalúa la situación y las razones por las cuales lo hace: «tienes que buscar bien dentro de ti cuál es la razón por la que estás haciendo esto y quererlo, y aceptar las consecuencias que vienen luego de hacer algo así», dice.

Aniol cuenta que sus razones han cambiado con el tiempo. En un comienzo, cuando era más joven, quería ser la mejor versión de sí mismo, progresar, empujar los límites y probar su valía dentro del mundo de las aguas blancas. «Desde luego, tienes mucho fuego dentro de ti. Pero, a medida que te haces mayor, ves más cosas, experiencias malas, ves gente morirse, y es más difícil justificar las razones.  Tienes que buscar mucho más adentro de ti y decir, “esto es lo que me hace más feliz en la vida”. No sé, tienen que ser razones de verdad, porque, cada vez, para mí es más difícil justificar el tomar riesgos y hacer cosas que podrían quitarme la vida», comenta.

Aniol Serrasolses en La Leona. - Foto: Diego astorga

Aniol Serrasolses en La Leona. – Foto: Diego astorga

SBP, una escuela de kayak para niños de escasos recursos

En 2017,  Aniol y su hermano Gerd fundaron un programa gratuito de enseñanza en aguas blancas para niños de escasos recursos, llamado Serrasolses Brother’s Program (SBP). Durante una semana les enseñan, no solo a remar kayaks, sino también, sobre lectura de ríos, hidrología, ecología y sustentabilidad.

En la primera edición de 2017 enseñaron a cinco niños y a una niña, de entre 12 y 14 años, en Futaleufú, un pueblo de la zona austral de Chile. Luego, hicieron una segunda edición en India, en julio de 2018, y ahora, planean una tercera edición en Perú y una cuarta en México para este 2019.

«Toda esta idea del programa con los niños nace por querer ayudar y darle algo de vuelta a la comunidad. A nosotros, el kayak nos ha dado demasiado a través de los años… satisfacciones personales, ganar competencias, nos ha dado amigos, familia. En fin, nos ha aportado muchísimo en la vida», dice Aniol.

La idea surgió hace un par de años, luego de que uno de sus grandes amigos y uno de los mejores kayakistas de Perú, Juan de Ugarte, muriera en un río. «Podría haber sido el mejor del mundo, pero siempre se le negaron muchas puertas», comenta Aniol. Juan no pudo viajar a varias competencias internacionales porque le negaban la visa. «Muchas razones fueron por ser peruano, por el simple hecho de ser de Sudamérica en un tiempo que no era como ahora».

Por este motivo, Juan quiso ser mentor de un niño peruano. «Siempre se le quedó ese sentimiento de rabia y de impotencia, y quería desfogarse de todo eso enseñándole a otra generación… enseñarle a un campeón del mundo. Ese era uno de sus sueños», cuenta Aniol.

Pedro Astorga, Tino Specht, Gerd Serrasolses y Aniol Serrasolses. De fondo, la casacada La Leona - Foto: diego astorga

Pedro Astorga, Tino Specht, Gerd Serrasolses y Aniol Serrasolses. De fondo, la casacada La Leona – Foto: diego astorga

El sueño de Juan impulsó a Aniol y Gerd a crear el programa, el cual se financia con el apoyo de auspiciadores como Mitsubishi Chile, Immersion ResearchWatershed, Waterkeper Alliance, entre otros, y con la ayuda de amigos que se encargan de la seguridad, de sacar fotos y de coordinar. Además, crearon una serie de tours para recaudar fondos destinados completamente al programa, los que se dividen en dos tipos: para kayakistas que quieran remar por una semana con unos de los mejores kayakistas del mundo, y otro, para turistas más inexpertos que quieran explorar y experimentar deportes outdoors. De hecho, el primer tour se realizará este verano en Futaleufú, donde se encuentra uno de los mejores ríos para practicar kayak.

«Queremos hacer más por los demás, sobre todo por la gente que no lo tiene tan fácil como nosotros, que no tiene recursos, o que tiene problemas para empezar en este deporte, que no es nada fácil. Queremos abrirles las puertas a este mundo», cuenta el kayaquista. Luego, los niños pueden desempeñarse profesionalmente en este deporte, desarrollar actividades de turismo, o simplemente disfrutar de navegar por los ríos.

«Estamos muy contentos con lo motivados y agradecidos que salen los niños. Porque realmente lo valoran muchísimo. Fue muy lindo contagiar el amor por el kayak y ver que lo valoran. Todo vuelve. Si tú haces algo por alguien, algo bueno te va a pasar», reflexiona Aniol.

La idea es que cada niño se quede con un equipo completo de kayak para que pueda seguir perfeccionándose y desarrollando sus habilidades. «Me encantaría, dentro de cinco a seis años, hacer una reunión con todos los niños que hemos tenido para ver cómo sus vidas han evolucionado, y así lograr un reencuentro donde se conozcan todos. Eso sería muy lindo», concluye el kayaquista.

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