Mujeres Antárticas 

Foto Portada: Chris Michel

Por muchos años, la Antártida fue territorio masculino. Cuando en 1914, Sir Ernest Shackleton publicó en un diario londinense su llamado a unírsele en la aventura de cruzar el continente, tres mujeres postularon. Y todas fueron rechazadas. Hoy, la población femenina durante el verano antártico prácticamente iguala al número de hombres que trabajan allí, ostentando, varias de ellas, posiciones de alto mando en diversas bases gubernamentales, al igual como sucede en esta compañía que ha contratado a las seis mujeres que aquí les presentamos:

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Foto: Chris Michel

Hanna Mc Keand

A Hanna Mc Keand siempre le agradaron los espacios grandes y vacíos, y que la hicieran sentirse pequeña. Su estatura, sobre el promedio femenino, desde niña la hizo sobresalir de una manera que no siempre ella buscaba. Y, luego de una temporada acompañando a unos arqueólogos húngaros que buscaban pinturas rupestres en Libia, decidió que lo suyo eran los espacios vastos. Después de esa temporada en el Sahara, planeó su próxima aventura. Esta sería en la Antártida.

Nada en la vida de esta mujer de 45 años, nacida en Londres, ha sido convencional. Sus padres ligados al teatro (su madre fue actriz y su padre productor) la llevaron a tener un estilo de vida nómade a muy temprana edad, y ella misma, luego de estudiar los clásicos e historia del arte, se dedicó a ser jefa en giras de una compañía que llevaba obras de Shakespeare por todo el mundo. Hasta que llegaron los arqueólogos húngaros…

Más tarde Hanna pensó en una excusa que la llevara a la Antártica a pasar un tiempo allí, por lo que investigó y consideró diversos escenarios, hasta que finalmente -sin nunca haber esquiado- se hizo parte de una expedición guiada desde la costa del continente blanco hasta el Polo Sur, sobre esquís y arrastrando un trineo con su comida, los mínimos efectos personales y su carpa.

No sólo lo logró, sino que fue tanta su fascinación con la experiencia, que dos años más tarde, en 2009, regresó sola, rompiendo el récord de ese entonces y convirtiéndose en la persona que en menor tiempo ha esquiado desde la costa Antártica hasta el Polo Sur ( lo hizo en 39 días ). Desde entonces, cada verano austral, esta inglesa de largo pelo rubio y chispeantes ojos azules regresa a la Antártica, ahora a trabajar. Primero fue guía de expediciones similares a las que ella misma había realizado y hoy, es jefa de campamentos remotos (en Gould Bay, donde anidan los pingüinos emperadores, y en el Polo Sur, en la misma empresa que le otorgó la logística para sus primeras aventuras en hielo).

¿Qué hace retornar a Hanna cada año, a este lugar que podría parecer tan inhóspito? “Ahí tengo la familia que he elegido. La gente con la que trabajo. Especialmente las amistades femeninas. Es uno de los pocos lugares en el mundo donde encuentro mujeres que piensan y viven de forma similar a mí, y no hay que dar explicaciones. Para el mundo ´exterior´ soy un ser raro y algunos me endiosan porque piensan que lo que he hecho es extraordinario. Pero para mis amigas del hielo soy una más. Es como vernos en un espejo: nos reflejamos la una en la otra como mujeres que simplemente tienen el mismo nivel de pasión por la aventura”, piensa. Este es el lugar donde, por fin, Hanna se siente pequeña. 


AVIAAJA

Foto: Olga Mallo

Aviaaja Schluter

A esta chica danesa, de 27 años, que además creció en Groenlandia, se le desmoronó el único sueño que tenía de niña, cuando alguien le dijo que ser pirata no era un trabajo real en  estos tiempos. Entonces, para dejar contentos a quienes le preguntaban, ella decía que sería cuidadora en un zoológico, pero en realidad no sabía lo que quería. Hasta que un día, trabajando en un exclusivo hotel en un remoto rincón de Groenlandia, conoció a una persona que le habló de un trabajo en un campamento en la Antártida, y entonces Avi tuvo certeza de lo que deseaba hacer en la vida.

Postuló, y tres meses más tarde estaba bajándose de la gigantesca aeronave rusa que la dirigía al Glaciar Unión. En su país trabajaba como guía de expediciones, pero aquí debía adquirir la experiencia necesaria, por lo que, desde hace tres años, también es parte del departamento de hotelería de esta empresa de turismo y logística antártica. Sus tareas van desde limpiar los baños y apalear nieve, hasta recolectar las bolsas con desechos humanos. Ella lo disfruta y detesta cuando un cliente cuestiona su capacidad al verla apaleando nieve, por ejemplo, ofreciéndole ayuda solo por el hecho de ser mujer.

“Con mis compañeros eso no sucede” cuenta. “Si debemos ir en moto de nieve a otro campamento, preguntamos: ¿quién maneja, tú o yo? No importa si eres hombre o mujer, solo se pregunta para saber quién se sentará atrás. Tu sexo no es lo que importa”, agrega. 

La Antártida es el lugar del mundo donde esta joven, licenciada en Lengua y Cultura Española, se siente más segura. Cada noviembre antes de partir hacia el sur por tres meses, su familia y amigos le piden que se cuide. Ella les responde que son ellos los que deben protegerse, pues se mueven en las grandes urbes “En cambio a mí, solo mi propia estupidez podría ponerme en peligro”, dice.

De vez en cuando, Avi sueña con uno de esos sábados por la noche, comiendo pizza, tapada con un duvet viendo una película, pero lo compensa con largas conversaciones después de la comida con el resto del staff, que al igual que Hanna, ella considera su familia. Y también está su novio, a quien conoció durante la primera temporada trabajando en la Antártida. “Realmente conversamos. Nos interesamos en el otro. Nadie está mirando su teléfono pues aquí no hay wifi. Me cuesta acostumbrarme a eso cuando regreso al ‘mundo real’. Yo tengo todas las redes sociales, pero al volver, después de tres meses en la Antártida, me doy cuenta de que en realidad nada importante ha sucedido. Tus verdaderos amigos te mandarán un correo si han tenido guagua o han decidido casarse”, opina.

Lo que más atrae a Avi del continente helado es su lejanía y su historia, y le maravilla el hecho de que en el interior de éste, donde todo es en superlativo y donde corren los vientos más fuertes, registrándose las temperaturas más bajas; donde los días (en verano) son los  más largos, y donde trabajan más de 15 nacionalidades diferentes y se profesan diversas religiones, viviéndose en armonía y con absoluta tolerancia. “Si aquí se puede, ¿por qué no, en el resto del planeta? se pregunta Avi.   


KIMBRA_UNION_GLACIER
Foto: Olga Mallo

Kimbra Hughes

Su largo y sedoso pelo rubio se asoma desde la ventana del tractor que maneja cuando llega al Glaciar Union. A las personas apegadas a prototipos les haría más sentido verla manejar un descapotable en la gran ciudad, pero nada estaría más alejado del interés de Kimbra, una Neo Zelandesa de 28 años. Se baja, lleva zapatos pesados y al menos cuatro capas de ropa, y aun así, se ve atractiva. Y para sus compañeros del equipo de mecánicos de la misma empresa norteamericana para la que trabajan Hanna y Avi, ella es una compañera más. “Son muy inclusivos”, admite ella. “Respetan mi trabajo y el hecho de que sea mujer no es tema. Quizás lo hubiera sido hace 20 años, pero  ahora se da por sentado que hay mujeres trabajando en la Antártida y muchas de ellas incluso están a la cabeza de equipos”, dice. Kimbra es operadora de maquinaria y como tal  maneja todo tipo de vehículos pesados. Lo hace en el interior de la Antártida y también en su país, donde maneja aplanadoras de nieve en un centro de esquí y tractores en una granja agrícola, dependiendo de la estación del año. Lo suyo siempre ha sido la nieve y su primer trabajo al salir del colegio, fue ser instructora de esquí, por eso cuando un conocido mencionó que había una vacante en su área de trabajo en el campamento de Glaciar Unión, no dudó un segundo en mandar su currículum: era su trabajo soñado.

Desde pequeña había oído en el colegio la historia de los exploradores antárticos y ese mundo la fascinaba. Kimbra ya lleva tres veranos australes trabajando en el interior del continente, y aquel día, venía llegando al campamento manejando un gigantesco Caterpillar, desde el Polo Sur. Se trata de una travesía de 1000 kilómetros que Kimbra hace cada año arrastrando trineos con treinta toneladas de combustible tras el vehículo. Se turna con dos compañeros para manejar durante los nueve días que dura el viaje. La travesía es una de las tareas, dentro de su trabajo, que más le gusta. “Es extraño porque no hay nada que ver, sin embargo, no es aburrido, en absoluto. Sigue teniendo esa belleza incomparable y ese silencio que te conecta con tus pensamientos. A veces escucho música, podcasts o audio books pero también paso mucho tiempo en silencio. Es como manejar sobre un océano, es maravilloso”, piensa. Además, Kimbra ha aprendido a leer cartas satelitales y a usar GPS que la previenen de caer en las grandes grietas que esconde el terreno antártico.

Antes de viajar por primera vez a la Antártida, pensó que podía no acostumbrarse al hecho de no poder ducharse a menudo o al tener que dormir en carpa durante tres meses. Pero nada de eso le ha importado en las cuatro temporadas que lleva trabajando allá. “En el mundo ‘normal’ no te das cuenta de lo poco que realmente necesitas, hasta que lo reduces y ves que, en realidad, esto es muy fácil, muy simple, y que aquello te hace vivir feliz simplemente por un tiempo”. Para Kimbra es difícil explicárselo a sus amigos en Nueva Zelanda, quienes piensan que viene a un lugar desolado, gris y amenazante. Por eso, durante los meses que se encuentra afuera, extraña a sus amigos del hielo, pues ellos tienen un estilo de vida parecido y la entienden. “La Antártida es nuestro lugar secreto. Es como un club” asegura. 


ROXANNA_SERRANO

Foto: Olga Mallo

Roxanna Serrano

“Yo iría aunque no me pagaran”, fue la reacción de Roxanna al escuchar las historias de Glaciar Unión y su campamento base, de boca de alguien que había trabajado allá, y quien le contó tiempo más tarde, que buscaban un asistente de cocina. Ella no dudó en postular. Aventurera y trotamundos desde siempre, la Antártida era uno de los pocos continentes que le faltaban por conocer. Esta viñamarina, a sus 52  años, se ha reinventado varias veces. Estudió biología y genética y trabajó en su carrera en Buenos Aires, donde vivió varios años. De regreso a Chile trabajó como productora de teatro en Valparaíso hasta que las circunstancias la llevaron a   Francia, y luego a Barcelona, a probar suerte. Le preguntamos si este mismo espíritu libre y nómade le ha ayudado a adaptarse a un ambiente tan diferente como la Antártida:

“Allá la consideración es casi un lema”, responde.” Yo te cuido y me preocupo por ti, pues es la manera de cuidarse uno mismo. Necesitas un ambiente de empatía. Las personas que no lo son no vuelven a la siguiente temporada, no se acostumbran. Y eso lo desarrollas cuando has vivido distintas culturas y has potenciado tu tolerancia”, agrega.

El trabajo de Roxanna en Glaciar Unión va desde lavar platos hasta pelar papas y supervisar el buffet en las tres comidas diarias del campamento que atiende a un promedio de 120 personas. Para ella, nada es comparable a la mística de trabajar ahí. No importa lo que hagas, estar ahí es un privilegio. Según Roxanna, la gente piensa que si vas a la Antártida a trabajar es porque no se tiene familia, ni amigos, ni novio, y es un escape de una vida miserable. Sin embargo, es todo lo contrario, cuenta: “Necesitas estar muy bien parado, tener mucha seguridad para soportar la lejanía, el silencio, el clima y ver solo la belleza de ese continente”, afirma.

Entre las pocas cosas que Roxanna echa de menos cuando está en la Antártida están las estrellas, la luna y la oscuridad de las noches. De noviembre a enero -los meses que ella pasa allá- hay veinticuatro horas de luz y el sol no se pone nunca. Y tiene también un sueño recurrente. En ese sueño se pone tacos, bien altos, y un coqueto vestido rojo, se maquilla y arregla su largo pelo color miel en un moño, lo que puede cumplir cuando termina la temporada. Pero, cuando ese momento llega, es siempre un shock: “Mientras has estado en el hielo, muchos estímulos, como colores, olores, ruidos, desaparecen. Y cuando se abre la puerta del avión que te trae de regreso a la ciudad, todo eso te abruma al principio. Es bien raro. Sientes cantar a los pájaros, hueles el aroma de los árboles que nunca habías notado y los colores se ven más vibrantes. Por meses, has visto básicamente blanco y azul”, cuenta.

Durante el resto del año, esta cosmopolita chilena vive en Beijing. Dice que no tiene un motivo específico para estar allí, y al igual que la Antártida, es una pasión. Allá Roxanna aprende chino, lo que le resulta muy útil para comunicarse con los clientes de ese país que van a Glaciar Unión, y enseña español a profesores de idioma mandarín en países de habla hispana. Cuenta que Beijing significa “ciudad del norte”, y que de esta ciudad de veinte millones de habitantes, viaja al campamento donde en lo más alto de la temporada conviven 120 personas.

Ciertamente, la única madre del campamento antártico del Glaciar Unión, es una mujer de extremos.   


PACHI_IBARRA

Foto: Olga Mallo

María Paz Ibarra

Pachi ha perdido la cuenta de las veces que ha estado en el Polo Sur. Y cada vez que ha llegado, lo ha hecho sobre esquís, pues a pesar de que ella es guía de montaña, cuando está en la Antártida, muchas veces le toca guiar grupos esquiando hasta el punto más austral de la tierra. No obstante, el lugar de esta joven chilena es la montaña y, gracias a esta pasión y a su gran experiencia, llegó hace 12 años por primera vez hasta el continente blanco. Fue elegida para un proyecto que desde el primer momento le fascinó y que consistía en medir la altura de las cumbres más altas de la Antártida. Ella fue la única mujer dentro del grupo de cuatro montañistas que se unieron al gestor de esta idea, el australiano Damian Gildea. Aquí debían subir con GPS, dejarlo unas horas para registrar la altitud de la cumbre y luego retirarlo, el sueño de cualquier escalador, pues hicieron cumbre en varias montañas jamás escaladas.

A través de este proyecto, Pachi conoció la compañía que proveía de logística a la expedición y al terminar postuló para trabajar con ellos, quienes también le ofrecieron trabajo como guía de montaña y travesías. De eso, ya han pasado 10 años. Cada temporada, esta ex ingeniera comercial de la Universidad Católica, asciende al menos una vez hasta el Monte Vinson, que es la cumbre más alta de la Antártida, generalmente guiando clientes que están completando el circuito llamado “Seven summits”: que cubre las siete cumbres mas altas de cada continente.

A Pachi la apasiona la montaña y la Antártida de igual manera, y la combinación de ambas es perfecta para ella: “En ambas vives lejos de las complejidades sociales, las personas son más verdaderas y haces amigos de por vida. Además, cuando te sientes cómodo en estos lugares sin perder el respeto que merecen, sientes que de alguna manera, los vas conquistando”, dice.

Reconoce que el mundo de la montaña es más difícil siendo mujer. Según esta santiaguina de 38 años, es un desafío entrar a ese mundo, donde son minoría absoluta. Pero, “en la Antártida es distinto, aunque soy la única mujer guía en el monte Vinson, no siento la discriminación que siento afuera, no siento que me traten diferente en absoluto”, cuenta. “Aunque a veces, desde el de mundo de afuera sí llega el machismo, cuando algún cliente ve con desconfianza que quien lo va a guiar hasta la cumbre o al Polo Sur, será una mujer, pero gracias al apoyo de la empresa para la que trabajo y estando luego en terreno, todas la dudas se disipan”, confiesa.


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Foto: Olga Mallo

Jenny Bouwsema

Creció, como buena chica británica, con las historias de Scott y Shackleton. El ártico y la Antártida fueron siempre parte de sus sueños y aunque tenía la ilusión de ir algún día, jamás imaginó que terminaría viviendo en el interior del continente blanco tres meses cada año y menos aún, que allí conocería al que hoy es su marido, un ingeniero de vuelo canadiense a cargo de los aviones Twin Otter que tienen como base el Glaciar Unión.

Se considera muy afortunada, pues mientras muchos dejan a su familia y a sus parejas en casa, Jenny siente que esos meses blancos son una prolongación de la vida doméstica que vive en Alberta (Canadá), también junto a su esposo. Solo que aquí el hogar es una carpa y Jenny no la cambiaría por una pieza bajo circunstancia alguna, pues para ella, es la única manera de relacionarse  genuinamente con la Antártida. “Una de las cosas que me deja atónita estando allá, es salir cada mañana de nuestra carpa, mirar alrededor y saber que ahí, en cualquier dirección que se mire, hay lugares aun inexplorados. Esa distancia con el resto del mundo es adictiva”, cuenta.

A sus 31 años, ha acumulado varios diplomas. Primero se licenció de sicóloga, luego obtuvo un doctorado en ciencias con especialidad en agricultura y más tarde, estudió análisis de datos. Cuando finalmente cumplió su deseo de trabajar en la Antártida, comenzó como ayudante de cocina pero en la segunda temporada, su experiencia como analista la llevó al cargo que ahora tiene: coordinadora de logística y carga para el avión Illushyn 76, de la empresa de turismo extremo con base en Glaciar Union; además de cumplir el rol de asistente de comunicaciones. “Este último es un ambiente de chicos, porque en ese departamento son mayoría”, reconoce, “sin embargo, los hombres con que trabajo me hacen sentir valiosa y respetada como un igual. Cuesta volver al mundo real después de este mundo ideal, por lo menos para mí”, agrega.

Cuenta que como los buzos o los astronautas, para volver al mundo exterior luego de un verano en la Antártida, se necesita descompresión: “Debes darte unos días y ser gentil contigo misma. No es fácil hablar con todo el mundo y cuando regreso no me conecto a las redes sociales ni abro mis correos por varios días. Debe ser un proceso gradual, de otra manera es abrumador”, finaliza.


Olga Mallo es una viajera adicta, escritora compulsiva y freelance. Fotógrafa por pasión (@olguitamallo)

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