Decidido Hasta el Final

Foto: Cici Rivarola.

Para Adolfo Almarza nada es imposible… Se dedicó diez años al Downhill, llegando a ser el único en el mundo en practicar descenso con prótesis en ambas piernas. hoy, con otros sueños en mente, el ciclista paralímpico se prepara para los Parapanamericanos de Lima 2019, con el objetivo final de llegar a Tokio 2020.

Cuando Adolfo Almarza (30) tomó la decisión de salir adelante, tenía solo 12 años. Estaba hospitalizado cuando un hombre mayor llegó a visitarlo. «A mí también me faltan las dos piernas y puedo hacer una vida completamente normal»,  le dijo.

Desde ese momento y de forma inocente supo que él también podría. Así que a su corta edad y con esa increíble personalidad energética y positiva que tiene, decidió volver a replantearse su futuro tras haber vivido un trágico accidente de tránsito que lo dejó con una amputación desde las rodillas hacia abajo. Fue ahí cuando los médicos le dijeron que lograría caminar en al menos un año, pero él demoró solo cuatro meses…«Ese empujoncito me hizo saber que, cuando uno le pone empeño, se puede», enfatiza Almarza.

Hoy, es el único ciclista profesional en el mundo que practica descenso y que usa prótesis en ambas piernas. Lleva más de una década dedicándose al descenso, mostrando sus habilidades en diversas competencias nacionales e internacionales, como en el Downhill Santos de Brasil, Downhill City Tour de Eslovquia, el Crankworxs Whistler realizado en Canadá y ocho años de participación en Valparaíso Cerro Abajo.

También, fue el primer chileno en competir en la especialidad de ruta para discapacitados y se destacó por ser top 10 en la tercera fecha de la Copa del Mundo de Paraciclismo de Baie-Comeau, en Canadá.

Además, el año 2017 apostó por una competencia de largo aliento llamada Épica Atacama, donde durante seis días se internó en el desierto más árido del mundo, recorriendo 500 kilómetros en bicicleta, donde obtuvo el tercer lugar en categoría dupla junto a Nelson Sepúlveda.

Adolfo Almarza. Foto: Cici Rivarola.

Adolfo Almarza. Foto: Cici Rivarola.

Pero yendo un poco más atrás y para entender el cómo llegó a ser uno de los ciclistas más trascendentales de Chile y el mundo, este joven de San Manuel —ciudad ubicada a 12 km de Melipilla— no tuvo precisamente una vida como cualquier otro. Siempre fue un niño hiperactivo, tanto así, que sus amigos lo apodaron como el parafa o parafina, por el excesivo entusiasmo que mostraba ante cualquier cosa que le decían cuando niño.

Se crió en el campo junto a sus padres y su hermana mayor, y siempre estuvo rodeado de animales y naturaleza. «La vida al aire libre es lo que me gusta y apasiona, sin reglas, sin restricciones, disfrutar del día a día, sentirme vivo, y sobre todo en el campo, donde uno se mantiene mejor que en la ciudad; cuando niño aprendes muchas cosas, quizás te formas con menos personalidad pero sí mucho más astuto», dice.

Desde pequeño practicó rodeo y participó en campeonatos de cueca, y a los nueve años empezó a dedicarse al básquetbol. Fue así como a fines del año 2000, cuando regresaba de disputar un partido en Argentina junto a su equipo, el chofer del bus perdió el control y chocó fuertemente contra un árbol. Desde ese momento la vida de Adolfo cambió drásticamente; tuvo que adaptarse a un proceso de recuperación bastante largo, en el que estuvo tres meses en silla de ruedas y otros ocho meses en rehabilitación, hasta que comenzó a caminar, nuevamente.

Sin embargo, sus ganas de mejorar y su pasión por el deporte lo empujaron a buscar algún tipo de disciplina que se acomodara a su nueva realidad:

«Las primeras sesiones de kinesiología y cuando intentaron ponerme las prótesis, fueron duras porque era algo nuevo. Tenía que adaptarme, no conocía a nadie que lo hubiera hecho y los médicos con los que estaba tampoco tenían tanta experiencia en ese tema. Era algo nuevo para mí y para todo el equipo de trabajo. Y ahí te das cuenta que no necesitas a especialistas para poder ejecutar algo, y eso lo demuestra la gente en el día a día, porque hay muchas personas que no se atreven a hacer las cosas por falta de confianza, o por no decir “yo me la puedo y tengo que salir adelante”», recalca.

«A los 13 años me costó. Fue una parte del proceso bien difícil, pero se pudo lograr. Aprendí a ver los problemas negativos como algo positivo. Aprendí a mirar la vida de otra manera. A veces uno se complica por cosas estúpidas y la vida es fácil, cuando vives sin perjudicar a nadie claro, sin hacer daño. Yo creo que la vida es fácil», agrega.

Desde muy pequeño Adolfo Almarza fue muy inquieto y siempre fue amante de los deportes, la naturaleza y los animales. Foto: Archivo Adolfo Almarza.

Desde muy pequeño Adolfo Almarza fue muy inquieto y siempre fue amante de los deportes, la naturaleza y los animales. Foto: Archivo Adolfo Almarza.

Lo que más le costó fue seguirle el ritmo a sus amigos cuando jugaban, pero al fin y al cabo, lo hacía. «Terminaba cansadísimo al final del día, porque el esfuerzo que hacía era mucho más grande que el de una persona normal, sobre todo cuando eres niño. Aprendí que el dolor es parte de uno, sin dolor no hay recompensa. Desde ese momento que he aprendido a lidiar con el dolor. Eso se va adquiriendo», asegura.

Pronto llegaron sus ganas por volver a practicar algún deporte. Probó con el básquetbol, el voleibol y el tenis, hasta que un día se subió a una bicicleta estática. «Me costaba menos porque no tenía que desplazarme. Aunque al principio se me hizo un poco difícil porque, al no tener sensibilidad, no sabes si tienes el pedal bien puesto; tienes que aplicar mucha percepción y la concentración tiene que ser alta», dice.

«Por ejemplo como no tengo desde las rodillas hacia abajo, toda la fuerza se hace con los muslos y con el tendón, entonces el esfuerzo es mucho mayor. Hay mucha musculatura que falta para poder andar en bicicleta». Y agrega: «Me di cuenta que cuando me subía triste a la bicicleta y me bajaba cansado pero feliz y no pensaba en nada más, se me olvidaba todo. Entonces dije, “esto va a ser parte de mi vida, de mi felicidad, tengo que darle”», añade.

Con el tiempo, empezó a subirse todos los días a la bicicleta estática, después del colegio y los fines de semana, hasta que comenzó a tener la necesidad de salir al aire libre. «Me aburrí de estar adentro y empecé a pedalear en las bicicletas normales. Mi mamá me esperaba en una esquina y mi papá en la otra, y así empecé de a poco. Ellos me ayudaban a doblar. Además, al intentar poner bien la prótesis en el pedal, comencé a desarrollar otros sentidos y eso me ayudó bastante en la vida diaria. El hecho de conducir o mover los pedales, te hace ser más consciente», cuenta.

Desde ese momento no se separó más de los pedales. El proceso fue bastante largo, pero Adolfo nunca se dio por vencido. Dos de sus amigos de infancia —Jonathan y Félix— le ayudaron en la práctica y lo dejaron con la confianza suficiente para correr. «Para aprender a saltar me demoré como cuatro años, y una persona físicamente normal se demora cuatro meses, y bueno, ahí te das cuenta que con perseverancia y la constancia, cuando te gusta algo y aunque avances poco, lo puedes lograr», señala el ciclista. «Me demoré porque no tenía ningún ejemplo, no conocía  a nadie que lo hiciera. Hasta el momento no conozco a nadie que tenga dos prótesis y ande en bicicleta», afirma.

Cuando comenzó a practicar descenso tenía 17 años. Lo eligió porque desde muy pequeño —incluso antes del accidente— le llamaba la atención la adrenalina y la velocidad, de hecho quiso dedicarse a los deportes extremos pero su madre no se lo permitió. «Cuando se me dio la oportunidad de practicar Downhill, mis papás no me apoyaron mucho, porque imagínate…venir después de haber tenido un accidente y querer hacer este deporte que puede afectar tu integridad física, era obvio que no les iba a gustar la idea. Tuve una pequeña lucha un par de años, hasta que se dieron cuenta que era mi pasión, que era lo que me gustaba», cuenta Adolfo.

Al conseguir el apoyo de su familia, Almarza empezó de a poco a correr en algunas competencias nacionales, donde tuvo experiencias que jamás podrá olvidar junto a los mejores ciclistas de Chile. «Todavía me acuerdo de mi segunda carrera, cuando se me acercó Sebastián Vázquez, que ha sido tres veces campeón del mundo en ciclismo. Lo más lindo es que me ofreció ayuda y ahí me metí en un equipo grande. Fue como un sueño hecho realidad. Imagínate que yo vengo del campo, de una pequeña ciudad, y después, ser compañero de un equipo de personas que son tus ídolos…», recuerda.

Adolfo Almarza en lo más alto. Foto: Rodrigo Morales-DogmanPh.Atos.com

Adolfo Almarza en lo más alto. Foto: Rodrigo Morales-DogmanPh.Atos.com

Fue parte del Team Intercycles, uno de los más grande que había en Chile en ese momento. «Jamás pensé que podría llegar ahí. Ver a los mejores del mundo en la televisión y después darte cuenta que estás compitiendo junto a ellos (…) esa es una de las experiencias más lindas que he tenido en la parte deportiva. Fue maravilloso», dice emocionado.

«Y cuando subí ese peldaño en la vida, comencé a subir otros. Trabajé para otros proyectos y de a poco fui avanzando. Tenía como 20 años y el mismo Seba Vázquez me comenzó a sacar al extranjero, a unos descensos urbanos en Brasil…y el año 2012 empecé a viajar y hacer carrera internacional. Fue un proceso muy bonito porque empecé a avanzar y a crecer como deportista», declara.

Hoy, a pesar de que no tiene los primeros lugares en carreras, ha podido entregar un mensaje de motivación a otros al ser el único en el mundo en estar compitiendo junto a profesionales y saltando más de 20 metros de largo en bicicleta (y con dos prótesis).

De esta manera, y cumpliendo una gran etapa en el descenso, Adolfo decidió dejar esta disciplina por un tiempo y probar con una carrera de crosscountry ultramaratón, la que según él, ha sido uno de sus más grandes logros: La Épica Atacama, donde pedaleó por más de 500 kilómetros en el desierto junto a su compañero Nelson Sepúlveda, en un durísimo recorrido que duró seis días y que recorrió desde la Cordillera de los Andes hasta la costa del Pacífico, por los antiguos territorios dominados por los Incas.

«Fue muy dura y me di cuenta que puedo hacer muchas más cosas de las que pensaba. Andar por el desierto, sentir calor, frío, hambre, sueño, fatiga, estrés; más que una carrera es una travesía que te hace crecer como persona y te hace valorar las cosas simples, que cuando estás en tu casa no valoras», dice.

Y continúa: «El primer día quería abandonar, el segundo también, el tercero también y el quinto y sexto también. Pero me ayudó a seguir el equipo de trabajo con el que estaba. La carrera  me hizo madurar de otra manera y reaccionar», agrega el ciclista.

Adolfo. Foto: Paolo Ávila.

Adolfo. Foto: Paolo Ávila.

Después de esa gran travesía, se puso a entrenar fuertemente para los Panamericanos de Lima 2019. Por un lado, en agosto de 2018 viajó nuevamente a Canadá para participar en su primera fecha de la Copa del Mundo en Paraciclismo, donde quedó dentro de los top 10 y logró clasificar a Lima 2019. «Ahora, junto al equipo, estamos creando un proyecto deportivo para presentarlo a la federación y así poder representar a Chile en los Juegos Paralímpicos, juntar la puntuación para Tokio 2020, y ojalá llegar a cumplir otro sueño más», declara.

Por otro lado, su desempeño en el paraciclismo constituye un nuevo desafío en su vida deportiva, ya que se aleja bastante de lo que estaba acostumbrado con el downhill. «Esta es una nueva rama deportiva para mí, es un deporte que tiene mucho flujo competitivo a nivel internacional, sobre todo en Europa, y el ser el primer chileno en correr en esta categoría me enorgullece y me motiva para representar a mi país de la mejor manera en el resto del mundo», cuenta.

Actualmente, y en paralelo a sus objetivos como ciclista, Adolfo está muy comprometido con el proyecto que construyó hace más de cinco años llamado Decidido, donde se formó como conferencista profesional, certificado internacionalmente en Smart Coach.

Asimismo, realiza charlas motivacionales a lo largo de todo Chile y Sudamérica, contando su experiencia e historia de superación para impactar de forma positiva en la manera de enfrentar los objetivos, deberes y sueños de otras personas.

«El objetivo real de Decidido es dejar un mensaje mundial. La idea es despertar a las personas, que están en modo automático. Creemos que la motivación está en la gente pero lo que falta es tomar la actitud. La gente se motiva por el rato, y fracasan y se quedan en eso. Por ejemplo, cuando conversas con personas adultas y te dicen “yo siempre quise hacer esto” y nunca lo hacen…bueno eso nos gustaría cambiar. Vivir de sueños y no cumplir una meta no es la idea», insiste.

cuando conversas con personas adultas y te dicen ‘yo siempre quise hacer esto’ y nunca lo hacen…bueno eso nos gustaría cambiar. Vivir de sueños y no cumplir una meta no es la idea. Foto: Cici Rivarola

cuando conversas con personas adultas y te dicen ‘yo siempre quise hacer esto’ y nunca lo hacen…bueno eso nos gustaría cambiar. Vivir de sueños y no cumplir una meta no es la idea. Foto: Cici Rivarola

Y a pesar de que muchas veces tuvo un no como respuesta, asegura y recalca hoy más que nunca, que cuando uno lucha por algo, siempre se logra el objetivo. «Estuvimos varios años donde nadie nos pescaba y no teníamos ni un peso. De a poco empezamos a regalar charlas por todo Melipilla, por todos los colegios, universidades y empresas. Y un día nos pidieron nuestros respaldos y títulos…y ahí nos dimos cuenta que cuando quieres hacer algo no necesitas un título o algo que te respalde. Nosotros encontramos cuál era nuestro nicho, pero empezamos de la nada y ahora tenemos algo estable», asegura.

Y agrega: «Lo que más falta hoy en día es motivación, entregar y enseñar a las personas que todos tienen aptitud y pueden hacer las cosas. Transmitir que podemos hacerlo, todo se puede lograr. Decidido no es solo un trabajo o una empresa, es la misión que diosito nos dio para poder transmitir un mensaje transversal, ya sea en niños como en adultos».

Desde el accidente hasta hoy, Adolfo lleva una vida completamente normal junto a su hija de cinco años y su actual pareja. Su gran sueño, que refleja a través de sus charlas y logros profesionales, es demostrar que sí se puede salir adelante para vivir la vida a concho, con un lema que para él siempre está presente: «Hay un dicho que dice “soldado que arranca, sirve para otra batalla”, pero para mí es: ‘soldado que sobrevive, tiene otra historia más que contar’…el que arranca nunca se enfrenta, pero el que sí lo hace y sobrevive, toma experiencia y gana muchas cosas», concluye Almarza.

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