Un Mágico voluntariado en el Altiplano Peruano

Con la idea de poder compartir con alguna comunidad aymara, partí junto a mi primo, Nicolás, a la altiplánica ciudad de Puno, Perú. Allí, nos pondríamos en contacto con la agencia de viajes Pacha Expedition, a raíz del programa de voluntariado con comunidades rurales de Juli, que ésta ofrece en conjunto con la Subgerencia de Turismo de la Municipalidad Provincial de Chucuito, como una forma de divulgar la riqueza cultural de la ciudad conocida como la pequeña Roma de América, debido a sus preciosas edificaciones y sus imponentes iglesias. Una extraordinaria oportunidad que no podíamos dejar pasar.

A orillas del lago Titicaca, en la provincia de Chucuito, distrito de Juli, vive la maravillosa comunidad aymara de Huaquina, conformada por alrededor de 60 familias, cuyo principal sustento  proviene de labores agropecuarias y textiles. Los descendientes de los antiguos lupacas luchan por preservar su vasto y casi extinto patrimonio cultural. Arrojándonos flores en nuestras cabezas y brindándonos un cálido saludo en  aymara, fuimos recibidos por cerca de 20 de pobladores de Huaquina, que en su mayoría, eran mujeres de avanzada edad, todas impecablemente vestidas con sus trajes multicolores. Nos estaban esperando con papas recién cocidas en la huatia, una milenaria tradición culinaria andina que, generalmente, se realiza durante la época de cosecha de tubérculos, y que consiste en la elaboración de un horno temporal, construido con trozos secos de terrones y calentado con piedras.

«Así comemos acá, todos reunidos frente a la comida», nos contaba Héctor Tello, el dueño de casa, mientras todos los comensales nos hallábamos sentados alrededor de una larga manta de alpaca dispuesta en el pasto y sobre la cual yacían diferentes variedades de tubérculos: papa lisa, ocas y papa negra, las que acompañamos con queso de cabra y aceitunas. Y antes de comenzar a comer, Héctor encabezó los agradecimientos a la Pachamama (Madre Tierra) por los alimentos que nos proveía, vertiendo un resto de bebida sobre ésta.

Alvarito y Nestor pescando. Foto: Felipe Arias

Alvarito y Nestor pescando. Foto: Felipe Arias

El almuerzo dio paso a una demostración de pinquillada, un baile de origen puneño que se denomina así porque se realiza al son de la flauta indígena que se llama pinquillo; donde los movimientos se componen de saltos, caídas, estiramientos y giros.

Apenas comenzó a resonar la milenaria y contagiosa melodía —de la mano de un bombo y de un par de instrumentos de viento— fuimos convidados a integrarnos a la alegre turba danzante. Y batiendo los pompones de lana al viento, mientras dábamos giros, ascendimos por una empinada ladera terrosa olvidándonos por completo que estábamos por sobre los 3.800 m s.n.m.

La zona donde se encuentra emplazada la comunidad de Huaquina fue, alguna vez, un importante asentamiento lupaca, cultura preincaica que conformó un poderoso estado aymara al sur oeste del lago Titicaca, en la Meseta del Colla, entre los años 1200 d.C. y 1450 d.C. (posterior a la decadencia de Tiahuanaco), la cual mantuvo su cultura pese a caer bajo el dominio inca.

Trekking. Foto: Felipe Arias

Trekking. Foto: Felipe Arias

Así lo atestiguan los diversos vestigios arquitectónicos que sus pobladores guardan como verdaderos tesoros, tales como la piedra del mono y de la culebra, en las que aparecen claramente moldeadas las figuras de estas dos especies; o como la piedra astrológica, una formación rocosa desde donde los antiguos observaban los astros. Pero más tarde, esta fue removida de su lugar original cuando construyeron la ruta que conecta Huaquina con Juli, según asegura la encargada de  la  Subgerencia de Turismo de la Municipalidad Provincial, Lourdes Elias.

De acuerdo a Héctor Ponce, el lugar donde se emplaza Huaquina fue un sitio sumamente sagrado para sus ancestros. Prueba de aquello es la existencia de una serie de chullpas, construcciones mortuarias hechas de piedra, dotadas de plantas circulares y de una puerta orientada siempre al este (las chulpas albergaban los restos mortuorios de los malkus o jefes, y de otras importantes personalidades de la sociedad lupaca). Y como parte del recorrido dispuesto por la gente de la comunidad, visitamos una de las antiguas chullpas ubicada en las faldas del cerro Sappakollo, más conocido como el León Dormido, debido a su semejanza con la de un felino recostado.

Chococoniri. Foto: Felipe Arias

Chococoniri. Foto: Felipe Arias

Ya era tiempo de bailar otra patita de pinquilllada como una forma de homenaje a los antepasados y como celebración por nuestra visita, y también, como una manera de poder ser testigos del talento de las mujeres al tejer sus mantas de lana de alpaca y oveja. Las sonrisas y bromas de las curtidas mujeres aymaras lo decían todo. Estábamos experimentando una tarde mágica e irrepetible…

«Está la opción de que se queden acá, en casa de Héctor, pero no hay servicios higiénicos ni alcantarillado, solo tienen una letrina ¿Se quieren quedar?», nos preguntó Lourdes. Sin dudarlo, le respondimos que sí, que sería un placer para nosotros seguir compartiendo con esta hermosa comunidad. Entonces, con entusiasmo, nos acomodamos en la gran pieza que Héctor nos ofreció, desde la cual teníamos una amplia panorámica hacia el lago navegable más alto del mundo.

Al caer la noche cenamos una exquisita y reponedora sopa de papas y carne de alpaca. Entre risas y bromas en aymara, traducidas al español por nuestro anfitrión, fuimos interiorizando un poco más el sentir de  la gente de Huaquina. «Acá somos ricos, tenemos de todo: animales, agua y tierra para sembrar. Pero cada vez quedan menos jóvenes. La mayoría parte a la ciudad en busca de trabajos y estudios, y nuestras tradiciones corren la amenaza de desaparecer», nos decía Héctor.

Al día siguiente, bien entrada en la mañana, desayunamos pan recién horneado y leche con quínoa, el cereal que cultiva la propia comunidad. «Coman, coman, que vamos a subir una montaña», nos alentaba la tía de Héctor. Tras visitar la pequeña panadería donde se cocían en un horno de barro los crujientes panes que posteriormente iban a ser comercializados en el mercado de Juli, comenzamos el ascenso al León Dormido, acompañados de Héctor y  de dos pobladoras jóvenes.

Mientras trepábamos por las escarpadas laderas del cerro, fuimos oyendo, de parte de Héctor y de las dos muchachas, algunas de las antiguas creencias aymaras, como la aparición de las míticas sirenas del Titicaca, seres que podrían provocar la pérdida de la cordura en caso de mirarlas; o la leyenda de que subiendo al León Dormido, uno puede ganar un año más de vida.

Panorámica del Titicaca. Foto: Felipe Arias

Panorámica del Titicaca. Foto: Felipe Arias

Al cabo de una hora y media de caminata, durante la que hicimos una decena de paradas, arribamos a la sensacional cumbre, desde la que se tiene una impresionante panorámica de Juli y del Titicaca; pudiéndose apreciar, incluso, las  emblemáticas islas bolivianas del Sol y de la Luna.

Desde las alturas, Héctor nos fue explicando acerca del milenario sistema de rotación de cultivos, conocido como aynoka, que hasta hoy perdura en Juli. Se trata de un mecanismo que pretende gestionar el espacio agrícola, trabajando en la rotación sectorial de cultivos como papa, quínoa y otros cereales, alternándolos con períodos de descanso y de pastoreo que varían de 1 hasta 7 años.

Ya de vuelta a casa, almorzamos una exquisita trucha fresca pescada en el mismo Titicaca, acompañada de arroz y algunos tubérculos cocidos ¡Una verdadera maravilla de plato! Con el estómago lleno y el corazón contento, nos fuimos a reposar al patio trasero.

En tanto, Héctor corría detrás de su inquieta vaca, que se había perdido y lanzado a la aventura. Afortunadamente la encontró unas horas más tarde, cuando la luz natural había desaparecido casi por completo.

Al regresar, conversamos durante un par de horas en nuestro cuarto; prometiéndonos que volveríamos a visitar a Héctor, a como dé lugar. «Amigos, vengan cuando quieran, esta es su casa», nos dijo nuestro anfitrión al despedirnos.   

Alvarito. Foto: Felipe Arias

Alvarito. Foto: Felipe Arias

La tierra del Mastodonte

A 35 kilómetros al oeste de la ciudad de Juli, en medio de las agrestes pampas altiplánicas y a más de 4.900 m s.n.m, se encuentra la comunidad campesina de Chococoniri, integrada por unas cien familias de origen aymara que, en su mayoría, se dedican a la pequeña agricultura, con cultivos especialmente adaptados a las condiciones climáticas; a la ganadería de alpacas y a la de ovejas.

«Hermanos visitantes, sea muy bienvenidos a  Chococoniri, la tierra del Mastodonte», nos saludó Don Eladio Aduviri, el presidente de la comunidad, ante los más de 25 pobladores que se dieron cita en las inmediaciones del recinto comunal. De inmediato, nos trasladamos al lugar donde fueron hallados los restos de un mastodonte, en diciembre de 1985, a tan solo un par de metros de la  Escuela Primaria Nº 70206.

Ya en el histórico sitio, donde también se encuentra un manantial, tomó la palabra Felipe Tinaja, un octogenario guía turístico que conoce Chococoniri como la palma de su mano. «A este lugar le llamamos yacimiento fosilero, y el ojo del agua, es el manantial encantado. La comunidad tenía el propósito de hacer una pileta para el consumo de agua de los escolares. Y en el momento de tender los tubos para conectarlos al mismo manantial, escarbando, encontramos estos tremendos huesos que nunca habíamos visto. Desde esa fecha, los trabajos quedaron relegados. Y la noticia se escurrió como la pólvora», cuenta Felipe.

Don Pedro, teniente de Chococoniri, junto a su familia. Foto: Felipe Arias

Don Pedro, teniente de Chococoniri, junto a su familia. Foto: Felipe Arias

El problema —continuaba Felipe— vino después, al tener que identificar a qué animal pertenecían estos huesos, duda que terminaron resolviendo paleontólogos de la Universidad de Michigan, y en base al análisis de registros fotográficos, nos aseguraron de que se trataba de un mastodonte y no de un dinosaurio, ni de un megatherium (un género extinto de mamíferos gigantes), como se había presumido en dos investigaciones previas, lo cual fue corroborado por especialistas de la Universidad de San Marcos de Lima, según relata el guía.

Este sensacional hallazgo dio paso a la creación del  Museo Paleontológico de la comunidad de Chococoniri, donde se encuentran los más de trescientos huesos del prehistórico animal, es decir, más del 75% del total de sus osamentas. El esqueleto corresponde a un ejemplar joven que alcanzó una altura aproximada de 250 cm, y que habitó entre las altas praderas del altiplano en medio de un clima templado-cálido.

Aprovechando el interés que ha provocado el mastodonte, la comunidad trabaja por difundir su riquísimo patrimonio cultural cargado de antiguas tradiciones y de costumbres que se transmiten de generación en generación, como la tarkad

Héctor en las alturas. Foto: Felipe Arias.

Héctor en las alturas. Foto: Felipe Arias.

a con la que nos recibieron, una animada danza candaraveña que se ejecuta en tiempo de carnavales; o como el delicioso fiambre que almorzamos, una preparación culinaria que consta de tubérculos cocidos, masas fritas y trozos de carne, todo dispuesto sobre un manto de lana.

Sin embargo, este vasto patrimonio corre el riesgo de desaparecer, principalmente, a raíz de la migración del interior a la ciudad, lo que ha provocado que prácticamente no queden jóvenes. De hecho, actualmente, la escuelita solo cuenta con cinco alumnos, una realidad totalmente opuesta a la de décadas atrás, cuando decenas de niños provenientes de diferentes sectores, arribaban a la antigua escuela de piedra donde Felipe y tantos otros también se formaron.

Convidados por Martín, el hijo de Pedro Apaza —y teniente de la comunidad— recorrimos parte del asombroso bosque de piedras geológicas de Chococoniri, compuesto por gigantescas rocas de diferentes tamaños y formas. Trepando por las doradas colinas altiplánicas, pudimos apreciar los múltiples ganados de alpacas y ovejas, junto con los cultivos de cañihua, un cereal nativo de la región andina cuyas asombrosas propiedades alimenticias lo han llevado a ser reconocido como un súper alimento, pues, no por nada, forma parte importante de la dieta de los pueblos altiplánicos que lo consumen en diferentes preparaciones.

Siguiendo la huella de Martín, llegamos a una remota cueva ubicada en la base de una de las imponentes piedras que habría servido de cobijo a los antiguos habitantes de la zona, tal como lo evidencian los diferentes restos de cerámica que allí se pueden encontrar.

A medida que fuimos ganando altura, pudimos apreciar el dorado valle en todo su esplendor, y al mismo tiempo, una nube negra amenazó con desatar una tormenta mientras una colonia de chinchillas se paseaba por el filo de la roca. Había que retornar prontamente a casa de Martín, donde pasaríamos la noche, pues la lluvia y los rayos no tardarían en llegar. Allá nos esperaba Alicia, su esposa, con un reponedor caldo de vegetales.

Después de un partido de fútbol en las alturas. Foto: Felipe Arias.

Después de un partido de fútbol en las alturas. Foto: Felipe Arias.

Al día siguiente compartimos con Néstor, el hijo de Felipe, y el padre del entrañable Álvaro, un muchacho de apenas 12 años que espera cada fin de semana para venirse de Juli a disfrutar con su abuelo, de la crianza del ganado y del fútbol, su más grande pasión. Y motivados por el propio Alvarito, disputamos un maravilloso mini partido en la cancha de la comunidad, en el que su abuelo demostró su increíble estado físico corriendo como ninguno, pesa a sus más de 80 años.

Luego, a bordo de las bicicletas de Néstor, pedaleamos por la deslumbrante pampa, con el viento como único compañero. Alvarito, conocedor de cada sendero, lideraba el pelotón de avanzada, mientras mi primo y yo, nos quedábamos rezagados por la falta de aire.

A continuación, atravesamos las champas y abordamos a la orillas del río, en busca de los pequeños carachis. Y sumergiendo los pies en el torrente, Néstor y Felipe fueron desplazando la red, mientras yo trataba de conducir a los carachis hacia nuestra trampa. Pero, de un momento a otro, un fuerte viento comenzó a resoplar todo a su paso. «Siempre que pescamos pasa esto. Todo está conectado con la naturaleza», nos decía Néstor. Y tras unas dos horas, logramos capturar unos 40 ejemplares que terminaron siendo freídos y cocidos por la suegra de Néstor, una avejentada señora que, prácticamente, solo habla en aymara, y que cocina como los dioses.

Finalmente, luego de comer, vendría la sentida despedida. Con un fuerte abrazo, y un muchas gracias (yuspagara en aymara), agradecimos la inolvidable hospitalidad de esta hermosa y milenaria familia altiplánica.

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