Mi primer viaje en bicicleta

¿Cómo decidís un día viajar en bicicleta? Juntás la pasión por los viajes, el hábito de moverte en bici por la ciudad, le agregás el amor por acampar y el gusto por el contacto con la naturaleza y tenés el cóctel listo: las ganas hacen ebullición dentro tuyo. Solo queda un paso: elegir dónde ir.

Nuestro viaje, si bien tenía como destino final San Martín de los Andes, lo habíamos elegido en función del paisaje: el sur siempre es un buen lugar para ir. No conozco todavía un viajero en bicicleta que sea fanático de las ciudades, y creo que algo de lógica tiene: la bicicleta te expone a la naturaleza como pocos medios de transporte logran hacerlo.  Y por exposición me refiero a todo lo bueno y a todo lo malo, al clima y al paisaje: el sol abrasante, el frío que corta la piel y los días de temperatura perfecta, el viento en contra, el viento a favor y el milagro de que no corra viento, las rutas planas en las que avanzas sin pensarlo y las subidas lentas que en algún momento se convierten en bajadas. Y también el pasto mojado, la lluvia en la cara, el olor de cada pueblo, los bosques a centímetros de tus dedos.

Pero yo todo eso no lo sabía. Todavía.

El plan era sencillo: viajábamos de noche desde Santiago a Temuco y desde allí a Panguipulli. Ahí empezaba nuestro viaje en bici: la primera noche llegaríamos a Choshuenco, al día siguiente haríamos una caminata al volcán Mocho-Choshuenco, seguiríamos pedaleando hasta San Martín de los Andes y volveríamos. Cinco días tenían que alcanzarnos. Al fin y al cabo, eran solo 300 kilómetros.

Pero como toda historia tiene un pero, acá estaba el nuestro: no sabíamos —ni siquiera lo habíamos contemplado— que la ruta podía ser más especial que llegar a un lugar en particular. Lo sospechamos cuando, antes de empezar a pedalear, paramos a almorzar a orillas del lago Panguipulli: cocinamos, comimos, conversamos e hicimos una siesta como si, en vez de cinco días, tuviéramos meses por delante, como si ese momento fuera el más importante de todo el viaje.

foto-(6)_2

Montaña, lago y bosque, paisaje típico del sur. (Nina Bainotti)

Lo confirmamos en las primeras horas de pedaleo: una parte de mí no podía creer lo que estaba haciendo, y otra parte, lo sentía totalmente natural, como si pedalear por la ruta durante horas y con alforjas, no fuera muy diferente a pedalear de un lado para otro por la ciudad. Avanzábamos y para mis adentros, listaba detalles con los cinco sentidos: el olor a bosque mojado, el agua fresca que tomamos que brotaba de la piedra, la llovizna que resbalaba por mi cara, los tonos de verde para los que no encontraba palabras, el silencio interrumpido por algún auto.

Veíamos los autos que pasaban a nuestro lado y, a pesar de la llovizna, sabíamos que queríamos estar ahí, pedaleando. Porque tal vez no era a pesar de sino a razón de: queríamos pedalear para sentir la llovizna en la cara. Queríamos pedalear porque sentíamos el aire fresco. Porque olíamos el bosque. Porque parábamos para sacar fotos, tomar agua, comer algo o abrigarnos. Disfrutábamos la llovizna, disfrutábamos la ruta, disfrutábamos el bosque, disfrutábamos que el reloj no importara. Disfrutábamos estar ahí, tomando agua, o ahí, entre la hierba sacando fotos al volcán, o ahí, en ese banco comiendo avena con almendras y chocolate. No teníamos apuro: nada era más importante que ese momento, el presente, no el futuro, que veríamos cuando llegáramos al punto que habíamos marcado en el mapa.

Pasadas las 7 de la tarde le pregunté a José si buscábamos un lugar donde acampar. «Pedaleemos un poco más», me respondió. Aunque estaba un poco asustada porque pensaba que se haría de noche rápido, seguimos. Una hora después, para mi sorpresa, todavía era de día. En el sur no solo cambia el paisaje: la puesta del sol es más tarde y eso jugó a nuestro favor.

Encontramos una bajada a la playa, dejamos nuestras bicis al lado de un pequeño bosque de arrayanes y, mientras oscurecía, armamos la carpa a metros del lago. Me fui a dormir pensando en todas las veces que leí que lo importante no es llegar sino disfrutar del camino, y no le había encontrado tanto sentido como hasta ahora, hasta este viaje. Aunque la idea del primer día era llegar a Choshuenco, ¿qué importaba más? ¿Llegar solo para saber que cumplimos con un plan o disfrutar lo que la ruta nos proponía?

Al día siguiente cambiamos de plan: dejamos de lado la idea de ir a Choshuenco y seguimos hacia Neltume. También cambió la ruta: dejamos atrás el asfalto y le dimos la bienvenida al ripio, los baches y las granjas. Tengo una postal en mi memoria que a veces dudo sobre si es real o si es un rompecabezas armado a base a imágenes superpuestas del viaje. En ella se observa un campo verde brilloso por la lluvia, vacas pastando, flores blancas y amarillas, y una casa al fondo. Tampoco sé si importa cuál sea la respuesta.

De lo que sí estoy segura es que empezó a llover más fuerte. Y de que había un cartel en el camino que decía «Saltos del Puma». La boletería estaba en construcción y no había nadie. Seguimos el camino sin saber cuánto teníamos que avanzar y, cuando empezamos a dudar sobre si seguir o volvernos, llegamos a un claro. Nos emocionamos: teníamos que estar cerca. Apoyamos las bicis en unos árboles y caminamos por el sendero de madera hasta que, entre las plantas, apareció un río que se transformaba en una cascada gigante, furiosa, rodeada de cascadas más pequeñas. Alrededor, las plantas se agitaban por la bruma, y si nos acercábamos mucho, nos salpicaba. Estábamos felices: en ninguna parte de nuestro camino, plan o expectativa de viaje estaba ver una cascada.

foto (10)

Después de sacar fotos y recorrer el lugar, seguimos. Cuando llegamos a Neltume llovía tanto que mi impermeable ya no cumplía ninguna función, mi pelo chorreaba agua y mis medias estaban empapadas. Entré a un kiosco a comprar pan y le pregunté a la chica que me atendió si sabía de algún lugar donde pudiéramos pasar la noche. Señaló enfrente: podíamos preguntar en el cuartel de bomberos.

Esa noche no solo dormimos sin preocuparnos por la lluvia: el señor que cuidaba el lugar nos ofreció un cajón con leña para prender fuego en la chimenea de la sala donde tiramos nuestras bolsas de dormir y una tetera eléctrica para calentar agua. Con los panes que habíamos comprado hicimos sándwiches que calentamos en las brasas, tomamos mucho té y colgamos la ropa y las alforjas a secar cerca del fuego. Y me dormí pensando cuántos otros lugares improbables podrían cobijarnos cuando más lo necesitáramos.

Disfrutar cada momento, esa mañana en el cuartel de bomberos, volvía a ser lo único importante. Algo tan sencillo como preparar té y quedarnos leyendo en nuestras bolsas de dormir, equilibraba las horas de pedaleo bajo la lluvia.

En algún momento interrumpimos la lectura para desayunar, preparar las alforjas y seguir el camino: teníamos que tomar la barcaza a las tres de la tarde y se nos estaba haciendo tarde. Pedaleamos casi sin parar y llegamos a tiempo pero la barcaza ya no estaba. Lo primero que pensé fue que ya se había ido. El problema, en realidad, fue que habíamos mirado mal en la web y salía a las trece, no a las tres. Nuestro único plan por ese día, entonces, fue esperar.

Mientras buscábamos un lugar para acampar, pensaba una y otra vez qué precioso era todo. Creo que me brillaban los ojos cuando lo decía. Era repetitiva, pero sentía que esa belleza iba más allá de lo que veía; me parecía que ocupaba un lugar adentro mío y decirlo era una forma de confirmarlo. Aunque estábamos en diciembre, mis parámetros no lo notaban: hacía frío, había neblina y el cielo estaba gris. Estábamos al borde de un lago y, aunque sabía que estábamos al sur de Chile, no tenía muy claro qué parte precisa era. Si me hubieran pedido que lo marcara en un mapa seguro me equivocaba. Le pregunté varias veces a José el nombre del lago —Pirihueico— porque no lograba recordarlo. Tal vez no me importaba demasiado; me bastaba saber que me parecía de una sencillez hermosa la idea de acampar en medio de un bosque frente al lago, que me encantaba el olor a leña que venía del pueblo, que me gustaba el muelle y los botes de colores, los cerros rodeando el lago, las flores amarillas y lilas entre el pasto… las casas de madera.

José me sacó de mi ensimismamiento cuando me dijo que, aunque nos habíamos ido de Santiago apenas cuarenta y ocho horas atrás, sentía que hacía una semana que estábamos viajando. Supongo que el ritmo lento, las pocas personas que cruzábamos, los pueblos chicos, la naturaleza a centímetros de nuestros dedos y el no tener internet, eran los responsables.

foto (9)

Estaba empezando a llover más fuerte. Elegimos un lugar entre los árboles, a pocos metros de la orilla, y armamos la carpa lo más rápido que pudimos. La tarde pasó lenta: hicimos fideos, leímos, siguió lloviendo, comimos chocolate, tomamos té, abrimos el cierre de la carpa para comprobar que la ola provocada por la barcaza que volvía, no llegaba a nuestra orilla, volvimos a abrir el cierre para ver cómo oscurecía y las luces del pueblito se prendían. Y nos dormimos deseando que al día siguiente, ojalá,  amaneciera sin tanta lluvia.

Esta vez, pudimos tomar la barcaza. Mientras miraba el lago, desde la calidez de la cabina, pensaba qué era lo que tanto me gustaba de viajar: me gusta que, aunque haga planes, nunca sepa con exactitud qué voy a encontrar; me gusta que cada viaje sea diferente y me gusta que aprender a disfrutar de los momentos sencillos. Y descubrí que, de viajar en bici, me gusta no saber dónde voy a dormir cada noche. Me encantan las ganas de comer o de sacar fotos, y de conectarme con el lugar y con cada momento de una forma más profunda. Sospecho que usar el cuerpo para avanzar y para llegar, tiene algo que ver con todo eso.

Una hora y media después, nos bajamos de la barcaza y seguimos pedaleando. A siete kilómetros estaba la aduana chilena y, tres kilómetros después, la argentina. Lloviznaba, el camino de ripio subía y bajaba, y hacía frío. Una vez cruzada la frontera, nos separaban 43 km de San Martín de los Andes, pero con ese clima, esa ruta y el escaso tiempo que teníamos —al día siguiente teníamos que estar en Panguipulli— sabíamos que llegar hasta allá, ya no estaba dentro de nuestras posibilidades.

Así que pedaleamos sin destino, por pedalear, porque, apenas habíamos hecho algo ese día, porque era muy temprano. Pero hacía frío, estábamos empapados y unos kilómetros antes habíamos cruzado una hostería. De repente nos parecía un buen plan volver, comer algo y recuperar un poco de calor.

foto (15)

Después de tomar un chocolate caliente con tostadas, le preguntamos al chico que nos había atendido, si tenían algún espacio para prestarnos para pasar la noche y nos ofreció un cuartito de servicio, el que usaban el jardinero o el albañil, a cambio de una propina. Dejamos nuestras cosas, acomodamos las bolsas de dormir, una para cada lado, en la única cama que había, colgamos la ropa mojada en los caños y estantes entre posters de publicidades con mujeres, y prendimos la estufa eléctrica.

Ese día era Nochebuena y la sentí rara: sabía que estaba en Argentina pero me sentía en un limbo geográfico, hacía frío y cené pastas, no hubo garrapiñada ni fuegos artificiales y antes de medianoche, nos fuimos a dormir. Un par de miles de kilómetros más al norte, mi familia todavía no había brindado.

Ese martes amaneció lloviznando pero poco a poco, a la par que deshacíamos el camino, el cielo fue abriéndose. Cruzamos la aduana argentina, luego la chilena, pedaleamos siete kilómetros y cuando llegamos a Puerto Pirihueico, el clima había mejorado. Además, esta vez habíamos llegado con tanta anticipación que cocinamos y almorzamos.

foto (11)

Ya en el barco, un rato antes de llegar a Puerto Fuy, bajé para sacar unas fotos y vi a un señor sentado al volante de un auto grande. Me acerqué y le pregunté si pasaba por Panguipulli y si podía llevarme a mí, a otra persona más y dos bicicletas. Nuestros pasajes de Panguipulli a Santiago eran para las ocho de la noche y teníamos que unir, en dos horas, más de setenta kilómetros, por lo que hacerlo en bicicleta estaba descartado. Cuando me dijo que sí, corrí a llamar a José. Bajamos del barco, desarmamos las bicis casi por completo y una hora después, estábamos en Panguipulli. En auto, habíamos tardado una hora en hacer el camino que de ida nos había llevado dos días, pero lo que importaba era el destino. En bici, el camino entero se transformaba en un viaje.

Ya en el bus, José dijo que este sería solo el primero de muchos viajes en bicicleta, y que quería hacer uno más largo. Yo asentí, sonriendo. Y me quedé dormida mientras sentía las piernas, todavía pedaleando, y la lluvia, todavía en la piel.

Lo que no puede faltar en el equipaje:

  • Cubiertos
  • Paños húmedos
  • Documento de identidad
  • Pasas de uva, nueces, granola, chocolate
  • Alcohol en gel
  • Carpa resistente a la lluvia
  • Bolsa de dormir para 3 estaciones
  • Kit de herramientas, parches
  • Remera mangas cortas, remera térmica, impermeable
  • Un libro, papel y lápiz o cartas para los ratos libres

Para tener en cuenta

  • Al volver a Chile tenés en cuenta que no se pueden entrar productos como miel, lácteos, frutas, verduras, carnes o embutidos. Podés mirar la lista completa en la web del SAG: www.sag.cl
  • Llevá provisiones pero no te excedas: en los pueblos podés conseguir comida y, además, aportás a la economía local.
  • El agua no es un problema: hay pequeñas cascadas de las cuales es posible tomar y en los pueblos podés pedir en una casa.
  • Es probable que pases algunos días sin bañarte, por lo que llevar paños húmedos –los de bebé- se torna muy útil para higienizarse al final del día.
  • Podés consultar los de la barcaza en su web: barcazahuahum.com
  • La mejor época del año para hacer este recorrido es diciembre, enero y febrero ya que son los meses más cálidos y menos lluviosos. Primavera también es una alternativa. Para más información sobre el clima se puede chequear la web es.weatherspark.com
  • Abrigarse por capas -remera mangas cortas, remera térmica mangas largas, impermeable: durante el día la amplitud térmica es amplia, especialmente si llueve, por lo que hay que ir cómodo y preparado.
  • El camino es de exigencia leve a media: tiene algunas subidas y bajadas tranquilas.

Nati Bainotti; Argentina, con el corazón en muchas partes. Chile es mi segundo hogar. Amante del deporte, la naturaleza y la vida sana. Viajo y escribo por curiosidad, por amor y por inspiración.

Compartir

scriptsell.neteDataStyle - Best Wordpress Services