Aruba: Una vuelta por la isla más feliz del mundo.

Foto: Aruba.com

Esta vez me interné en el que muchos denominan el lugar “más feliz del mundo”, donde los paisajes y sobre todo la aventura son parte esencial de esta plácida y cálida zona, inserta en un pleno y fantástico Caribe Sur.

Cuando se me presentó la chance de conocer Aruba, escuché ese nombre y de inmediato supe que no era un lugar montañoso, ello porque nunca había oído de él. Entonces, ¿a qué va un hombre de montaña a Aruba? Luchando entre disfrutar de estar tirado en la playa, y querer volver a las montañas, es que me abrí a una experiencia distinta: correría mi primera media maratón de calle. Pero, para darle un sazón personal, pondría mi foco en disfrutar de lo salvaje de la isla de Aruba, del país de Aruba… Aruba.

El vuelo hizo escala algunas horas en el aeropuerto de Colombia. Nunca imaginé el nivel de desarrollo de tal construcción. Luego, fue necesario un segundo vuelo de hora y media para llegar a un humilde aeropuerto casi sin personas. Estaba en Aruba. Ahí me recibió Amayra, quien sería mi anfitriona. Ella es una mujer local muy dulce, amable, cálida, cordial, de una sonrisa plácida, suave y delicada. Estar con ella me entregaba una tranquilidad que pocas veces he sentido. Y más tarde, descubriría que también es bastante culta, curiosa y amante de la buena mesa. Una representante auténtica del espíritu de Aruba.

Me hizo una inducción a conceptos generales de las locaciones, algo de historia y geografía, para finalmente comentar que dado mi personalidad, había armado un itinerario pensado en mis intereses. Me entregó una carpeta con todo lo que me esperaba hacer esos cinco días completos en “Aruba, una isla feliz”, que es como sus habitantes le dicen.

Fui a la isla con las intenciones claras de bucear en esas aguas paradisíacas y conocer el Parque Nacional Arikoc, y ver si era factible hacer senderismo al estilo Trail Running. Pero Amayra me dijo que anticipó mis inquietudes y que había ya arreglado esos tours para mí. El de Trail Running me esperaría para la última jornada de la semana.

Os prometo que viví tantos detalles minúsculos que moldearon mi pensar por siempre.

(Tito Nazar)

(Tito Nazar)

Aruba es una isla, que a su vez, es un país independiente; tienen su propia lengua que se llama Papiamento, y no es solo eso, la mayoría de los habitantes hablan español, inglés y holandés. No hay barreras lingüísticas en Aruba.

Almorzamos en un lugar que alguna vez fue como una “picada”, como solemos decir en Chile, pues hoy está harto más desarrollado. Mi primera idea era comer un pescado local típico de la zona. Mientras esperábamos el plato, me fasciné viendo fotografías donde mostraban pescadores nativos junto a peces grandísimos. Estoy hablando de cosas gigantes, peces de 15, 20, 30 kilos y hasta tiburones martillos. Durante esa jornada Amayra me contó que los nativos vivían principalmente de la pesca y que a pesar de la gran contaminación global, la isla sigue siendo una fuente infinita de proteína marítima. El pez que comí ha de ser simplemente el pez más rico que he probado, ¡Oh Dios!

Aruba es una isla pequeña de 30 kilómetros de largo por unos 10 de ancho y todo el borde Oeste y Sur es por donde están las playas paradisiacas.

Las playas son públicas pero es normal que se sectoricen según el hotel que esté más cerca en la orilla del mar, es por eso que puedes ir a un sector de mucha “rumba”, y también a sectores más familiares. Amayra me comentó que iría hacia lo que los expertos catalogan como la tercera mejor playa del mundo: Eagle Beach, y que mi hotel estaría solo al cruzar la calle para acceder a esa playa. Ahí me recibió Julio en la recepción, que me contaba chistes mientras no podía creer que yo era de Chile.

El hotel Amsterdam Manor resultó ser como hecho para mí: un baño increíble con una habitación de un solo ambiente, con una cocina, refrigerador, utensilios y una máquina para hacer café en cápsulas. Algunas pocas cuadras más atrás, se encuentra el supermercado más desarrollado de la isla y si quería alguna provisión, era cosa de caminar y obtenerla.

A la mañana siguiente viene el buceo, por fin.

(Tito Nazar)

(Tito Nazar)

Me monté a un catamarán que salió exactamente a la hora pactada. Nos saludó un guía extremadamente relajado y chistosísimo y mientras estuviéramos en el barco de tour, tendríamos barra libre para todos. De inmediato empecé a beber la cerveza local Balashi, que es muy liviana y refrescante.

Llegamos al primer sector donde veríamos peces. Fui el primero en meterme pero comencé a divagar buscando peces sin encontrar nada. Solo vi un fondo con arena blanca y piedras. Pasaron algunos minutos y elegí ir donde habían más turistas buceando, donde de la nada, de sectores con vegetación, aparecen tantos peces que te sientes como en las películas. Variedad de colores, contrastes, tamaños… una locura que me llenó de dicha. El sueño de estar rodeados por miles, sí, miles de peces, fue posible ese día.

Nos montamos al catamarán y nos fuimos a un segundo sector, más profundo y donde encontramos un barco hundido hace más de 70 años por la guerra mundial. Ahí vimos peces también. Una belleza. Ese mar traslúcido, y el guía que sabía de todas las especies de peces, me dejaban hambriento de saber más.

Subí a coger la cámara de acción y filmar al barco hundido. Los turistas estaban ya saliendo pero yo decidí quedarme hasta el final, total, esto no lo haría probablemente en mucho tiempo más. Me zambullí, salí al lado del barco y los turistas me miraron y me gritaron indicando atrás de mí, “¡Turtle!”. Limpié mi máscara, encendí la cámara y seguí a esa tortuga. Tan de cerca estuvimos que pude haberla tocado, pero elegí respetarla y solo capturé el momento en mi corazón y en la cámara. La tortuga me dejó maravillarme de ella, de sus colores, del caparazón, de sus ojos, de poder verla volar bajo el agua. Fue el minuto sublime, el momento que floté en dicha en el mar y con la tortuga.

¡Tortuga! (Tito Nazar)

¡Tortuga! (Tito Nazar)

La vida es todo lo que podemos imaginar y más. Esa tarde, la vida me dio lo que más amo, el contacto con la naturaleza, permitiendo que ese espécimen me dejase nadar con él. Después de ese instante, la tortuga se hundió para desaparecer en la oscuridad de la profundidad, donde yo no podía ir. Me quedé unos instantes flotando, mirando al fondo y agradeciendo el momento. Siempre en dicha, recuerdo ese consejo: “para que las cosas sucedan debes saber quedarte o repetir la experiencia hasta que ocurra los sublime”. Pronto cayó el sol, algunas cervezas más y a la cama.

Como les comenté, corrí mi primera media maratón. Fue genial ¡Partimos a las 5 de la mañana! Yo estaba en dicha porque me sentía como cuando voy a correr un ultra de 80 K. Nada era tan traumático y además, así arrancaríamos del calor.

Partimos en la parte alta de la isla y pasamos por el avenida principal para terminar en el sector de los hoteles y malls. Fue un city tour maravilloso, donde me cansé en cada centímetro y di lo mejor de mis capacidades. Mi tiempo, bueno, no fue el mejor dado que no es lo mío: 1 hora y 40 minutos fue mi performance. Además del recorrido, me encantó que la gente saliera de sus casas a echarte ánimos, aplausos,  incluso algunos regalaban agua a los participantes. Corrimos de noche varios minutos y la gente seguía en sus vehículos escuchando música mientras nos daban ánimos… nunca vi algo parecido. Aún me cuesta asimilar que para una isla tan pequeña, más de 1.000 participantes largaron esa mañana para La Media Maratón de Aruba.

Amayra me recogió y me llevó al hotel. Pude haber caminado pero no quise, para así correr a la playa y meterme en Eagle Beach en esa agua paradisiaca. Es una locura escribir y recordar las cosas que sentí al disfrutar de la playa perfecta, en la media maratón perfecta, el ambiente perfecto. Suspiro ahora mientras escribo por los sentimientos experimentados… Una isla feliz, Aruba.

Pero la aventura no para y ahora nos tocaba hacer un gran recorrido por la isla con los vehículos 4×4 de Fofoti Tours. Y la fortuna no se detuvo: me tocó manejar un vehículo solo, sin tener copiloto. Entramos en los alrededores del parque Arikok y bajamos a la piscina natural que era una maravilla. Las olas rompen en metros hacia arriba mientras tú nadas bajo ellas protegido por las rocas de la piscina natural que hacen de rompeolas.

También pasamos por el arco natural de roca, un clásico de Aruba, para después ir a las ruinas de un fuerte inglés que protegió el oro que existía en la isla en tiempos de fiebre por ese codiciado metal amarillo. Seguimos con un ascenso hacia el faro que entrega una de las mejores vistas 360º de todo el país y abajo, playas más geniales y prendidas de la zona, además de un trabajo formidable de los guías como solo el caribe puede entregar.

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(Tito Nazar)

(Tito Nazar)

Pasamos el atardecer esperando la hora de la cena, y frente al hotel Amsterdam Manor, veo que hay unas mesas de mantel blanco mientras las personas cenan viendo como cae el sol. Era tan plácido ver descender el sol en Aruba… me conmuevo. Entro es una especie de relajo potente cuando intento sentir el bajar del sol en el horizonte marino caribeño.

Amayra me consiguió una reserva para el día siguiente en ese lugar. La brisa siempre presente de la isla hizo la mejor velada ese día. El sol estuvo plácido, las olas quietas como solo esa playa las tiene, la comida estuvo suave y los colores estuvieron tenues, las velas no se apagaron y quien nos atendió conversó con nosotros como si fuera una amiga. Paz, comida suave y exquisita, el mar tranquilo y el sol naranjo-rojizo de Aruba.

Llegó el día. Amayra me explicó que tenía un trekking programado con guía, y que debía controlar bien los tiempos porque tenía que volver, ducharme, y correr al aeropuerto.

Como se imaginarán, el trekking no es deporte local, entonces las distancias de los mapas y tiempos no estaban establecidos, pero Amayra me había contactado con el mejor guía de la isla: Julio, un nativo muy humilde y simpático que parecía saberlo absolutamente todo ¿Hay algo más estimulante que una persona culta?

Me ayudó a elegir un “loop” y me explicó que iba a llegar a una cueva por la otra costa donde iba a ver pinturas rupestres hechas hace siglos de antigüedad. Me explicó con muchos detalles para no perderme en los senderos y así completar lo fijado. Me advirtió que muchas veces el sendero era muy técnico y que tuviera cuidado. Después de varios chequeos repitiendo sus instrucciones sobre cómo llegar a la meta, los dejé a todos y a Amayra con una cara de preocupación imposible de disimular.

Subí apenas 100 metros cuando me interné en el sendero que de golpe es maravilloso, rápido y lindo, un single track perfecto para el Trail Running, donde hay algo de vegetación para esconderse a ratos del sol. Después, unas bajadas y subidas con unos toboganes de la mejor calidad y un giro a la izquierda para terminar en una loma que no debía. Estaba perdido. Tenía una vista espléndida a la ciudad y otra hacia el mar. Todos los senderos iban hacia el Este, que es donde estaba la costa, por lo que adiviné que no importaba por donde me fuera, lograría dar eventualmente con el sendero. Efectivamente, después de perder harta altura, llegué a una entrada poco clara que me llevó por donde corría agua cuando llueve en la isla (casi nunca). Ahí venía una parte tremendamente divertida donde debí correr por sobre unas piedras cortadas y filosas pero de gran adherencia. Volé por los senderos en dicha de estar viviendo una experiencia exclusiva de correr en el parque Arikok. ¿Seré el primer trail runner en correr por esos lugares? No había registros previos de uno.

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(Tito Nazar)

Por fin llegué a la costa, después de 8 kilómetros calurosos. Doblé a la derecha y me encuentré con la cueva Fontein. Estaba solo, era el primer visitante del día. Solo había un guardia que me indicó que solo debía saber que no debía salir del sendero. Entré y estaba lleno de rayados modernos, nombres, nada impresionante. Entré donde la luz no brillaba tanto y me maravillé de la roca. Las columnas caían majestuosas y delicadamente, mientras serpenteaba por las estalactitas y estalagmitas, entre el color de la roca arenosa amarilla con el contraste misterioso de la luminiscencia. Me pude imaginar a los indígenas deambulando por acá en ceremonias tradicionales. Mientras, los aleteos de algo que no veía bien salieron mientras me internaba; son murciélagos. No lo podía creer, estaba en una cueva milenaria con pinturas rupestres en calidad de conservación, mientras los murciélagos volaban alrededor mío para después internarse en la profundidad de la cavidad rocosa. Aruba, dime: ¿De qué estás hecha que eres tan fértil y rica en todas las formas posibles?

Se hizo tarde, me maravillé todo lo que pude y me regresé a la entrada del parque corriendo. No podía creer todo lo que mis ojos vieron. Regresé bajo el calor más grande que he sentido en años, sudando mares de agua y recomponiendo con la que cargué. Por mi cuerpo no había nada seco, estaba todo húmedo y cargado de la aventura más grande que pude concebir en un lugar impensado.

La aventura está siempre, solo hay que saber buscarla, y suele ser esculpida donde las dudas existen, donde no hay información, donde las respuestas son difusas. Ahí es donde podemos regocijarnos en la incertidumbre de lo que se verá al final de la búsqueda. Dios, las cosas están tan evidente frente a nosotros, solo debemos tener el espíritu curioso de excavadores de aventura, de la experiencia sublime, de conversar con el nativo para elevarnos el espíritu, de extender la mano al que la necesita…

A pesar de hoy tener 37 años, sigo cayendo en los prejuicios y la ignorancia. Imaginaba de Aruba una isla donde dormir al sol era lo máximo que podías hacer. Aruba me dio lujos, comodidad y aventuras que nunca antes concebí. Aruba es un país que busca sustentarse al 100% en el turismo y lo está logrando con creces. Tiene de todo, las mejores playas, más de 200 restaurantes, casinos, fiestas y espacios familiares, naturaleza y aventuras: Aruba es para mí, la isla feliz: “One happy island”, donde además pueden jactarse de ofrecer Trail Running y Trekking para terminar bañándose con una Balashi a la orilla de las arenas blancas más perfectas del mundo.

(Tito Nazar)

Héctor siento Tito (Tito Nazar)

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