Entre dunas y montes

Todas las fotos por Paolo Ávila

Recorrimos el desierto más grande del mundo, donde el agua y la vegetación son una ilusión, y donde la calidez humana, finalmente, coincide con este dorado y abrasador paisaje.

Entre dunas y montes, donde la vegetación no existe, en un lugar en el que solo el polvo domina el paisaje y el viento moldea cada rincón de la zona, es aquel territorio que los bereber llaman hogar, a unos kilómetros de Argelia y muy en el centro del Sahara. Son personas simples con miradas gastadas, manos secas, bocas sedientas y el islam como religión, Aquí el agua escasea y la comida no brota de los árboles ni menos de la tierra, que árida, no tiene más que solo ser polvorienta y pedregosa.

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Días agrios viven aquellos valientes que por designio propio se han quedado viviendo de esta forma tan diferente a la que conocemos, y que por generaciones, existen dentro de este desierto. Recorrimos casi 300k por día sin pillar pueblos ni asentamientos, y siempre de entre las arenas salían personas y así mismo desaparecían. Carreteras fantasmas eran las que ellos recorrían, mirándonos desde lo lejos, sabiendo muy bien dónde estábamos y qué hacíamos. Así, avanzaban hasta nosotros sin emitir ruido alguno, oyéndose solo el susurro del viento.

En medio de la nada, damos con dos niños a orillas del camino. Ellos nos miran con desconfianza y de forma seca, dándonos a entender que no somos bienvenidos. Al detenernos, huyen raudos hacia las faldas de su hermana o madre, que joven y delgada, solo deja ver sus ojos entre su hiyab. Entonces, ella los socorre y tranquiliza. Pero, poco a poco, pierden su desconfianza cuando nos ven acercamos con pequeños regalos como leches en caja y cruasán, los que son aceptados con la sonrisa más tierna que hemos visto. Ganada escasamente la confianza, nos permiten caminar sobre sus tierras sin todavía poder acercarnos mucho a ellos. Finalmente, logramos fotografiarlos en su despiste, y poseedores de nada, sonríen jugando felices perdidos en una imaginación sin límites y sin  tecnología.

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En una choza de ramas secas, puestas en orden para dar cobijo en medio de las tormentas de arena, se encuentra un pequeño horno de barro donde la mujer prepara el típico pan árabe, un alimento que dura días sin endurecer y que no se le da a nadie que no sea invitado.

Al poco tiempo llega el hombre de la familia, por quienes corren los niños para abrazarle. Al parecer le hablan de nosotros y de lo que estamos haciendo en ese lugar, a lo que él responde acercándose y cruzando pocas palabras, tomando asiento para extrañeza nuestra. A los segundos llega la mujer y posa en el suelo una bandeja con tetera y pequeñas copas de cristal para beber y compartir el té con el padre, además de dos panes árabes recién horneados, los que son del tamaño de una tortilla de rescoldo.

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El té no se le sirve a quien no sea bienvenido ya que agua no tienen (esta infusión es creada por ellos mismos secando hojas y especias), y menos aún, el pan que tanto les hace falta. Por ello nos sentimos honrados al ser invitados a su mesa. Son personas simples, sin mayor posesión que lo que cargan sus camellos; personas que no tienen nada pero que son capaces de darlo todo para hacerte sentir bien en su tierra. O

Esta artículo apareció en la Edición mayo/junio 2019 de Outside Chile.

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