Wadi Rum, el desierto de Lawrence de Arabia

Revive esta experiencia y disfruta de las famosas y silenciosas montañas de arenisca hacia el sur de Jordania, el mayor espectáculo de colores anaranjados de Asia.

Nos detenemos en un almacén a orillas del camino. Mohammed ha recibido, desde una aplicación en su teléfono, el aviso de la Meca que le invita al último rezo del día. Es nuestro chofer y hoy ha conducido cuatro horas desde Madaba, la ciudad del norte de Jordania, donde almorzamos. Mohammed es musulmán de origen palestino y no se salta ninguna de las cinco oraciones diarias dictadas por el Islam. Ya es de noche y el pequeño puesto tiene prendida una luz fluorescente que ilumina las raídas alfombras fuera de la entrada donde Mohammed yace boca abajo en posición de rezo. Nosotros aprovechamos la parada para estirar las piernas y compramos un café para él. Aún falta para nuestro destino y hemos atravesado buena parte del país.

Vamos rumbo a Wadi Rum, un desierto del tamaño de Manhattan, rodeado de las más impresionantes formaciones rocosas de arenisca y granito, ubicado en el extremo sur de Jordania. Luego de una hora, el asfalto termina y el camino se vuelve polvo. «Ya casi llegamos», nos dice Mohammed «¿Ven esa locomotora?» Distingo la figura a la luz de la luna. «Pues es lo que queda del ferrocarril que voló Lawrence de Arabia», dice.

Se refiere al tren que recorría la línea férrea de Hejaz, que unía la ciudad  turca de Damasco con Medina, en Arabia Saudita, con el fin de transportar a los peregrinos musulmanes que se dirigían hacia la Meca. Esta línea había sido construida por los turcos en los albores del siglo veinte durante los últimos resabios del imperio otomano, siendo financiada con fondos alemanes, pero efectivamente, como nos contaba nuestro querido Mohammed, varios segmentos fueron volados durante la primera guerra mundial por T.E. Lawrence, una especie de Che Guevara británico que apoyó la causa árabe, en nombre de su país. Y Wadi Rum, este desierto formado por una serie de valles que se extiende hasta el límite con Arabia Saudita, fue guarida clave en esa guerrilla liderada por el mítico héroe inglés.

(Olga Mallo)

(Olga Mallo)

Un par de kilómetros más adelante nos detenemos en la villa de Wadi Rum, en un lugar que se asemeja a un campamento beduino. Se trata de The Captain Camp, un hotel cuatro estrellas donde Mohammed nos deja para que nosotros continuemos hacia The Captain Desert Camp, un campamento genuino, rústico y ubicado en el corazón de uno de los valles del desierto. Después de comer, nos subimos a un jeep con doble tracción y al volante va Hussein, un atractivo beduino de voz profunda, nacido en esta región. El sendero pronto desaparece y Hussein juega entre las dunas mientras yo adivino en la oscuridad las gigantescas formaciones rocosas que nos rodean y que apenas se iluminan con las estrellas. Nos recibe en el campamento con un té de menta, quien será nuestro anfitrión y cocinero por dos noches: un egipcio llamado Omar, cuyo inglés es escaso. Hussein volverá mañana y nosotros, luego de un rato junto a la fogata, nos retiramos a nuestra carpa  (jaima) bastante confortable y con baño privado, pero un poco precaria, aunque yo estoy feliz, pues es más de lo que esperaba de una tienda beduina.

«Los paisajes en mis sueños infantiles eran así de vastos y silenciosos» es una de la frases de Thomas Edward Lawrence.

«Los paisajes en mis sueños infantiles eran así de vastos y silenciosos», es una de la frases con que Thomas Edward Lawrence se refiere a Wadi Rum en su autobiografía Los Siete Pilares de la Sabiduría, bitácora, crónica de guerra y diario personal que este héroe del desierto escribió mientras lideraba el levantamiento árabe. Sus palabras cobran total sentido cuando levanto el pequeño velo que cubre la única ventana de nuestra jaima. Ahí están las colosales rocas multicolores que solo adivinaba por la noche anterior, como una presencia casi superior. Hoy, estas murallas se revelan en todo su esplendor a la hora del desayuno. Omar ha preparado halawah (una pasta de sésamo parecido al mantecol), taboon (una especie de panqueques) y un fuerte café beduino del que bastan unos sorbos para dejarme lista para empezar el día.

A las 8 puntualmente, llega Hussein dejando una estela de arena tras su camioneta pick up que hoy reemplaza al jeep de anoche. Lo acompaña Shuayb, un joven profesor de historia que oficiará de guía. Mi compañero y yo nos subimos a la parte de atrás de la camioneta y ellos dos se sientan en la cabina (no se trata de falta de cortesía. Esta será la mejor manera de recorrer los 720 kilómetros cuadrados de este valle). Otros turistas van apareciendo sobre las dunas, desde otros campamentos. La mayoría, también, en la parte trasera de los vehículos, y solo unos pocos sobre el sinuoso andar de camellos. Sin embargo, este sitio está lejos de ser invadido por las hordas de turistas que encontraremos días más tarde en Petra, la que a su vez, dista mucho de tener el número de visitantes que recibía hace cinco años. Su frontera con Siria, la presencia de soldados a lo largo de su borde con Israel y los disturbios en la región, han tenido un efecto devastador para el turismo en Jordania, a  pesar de contar con una situación política estable y pacífica con un respetado y justo monarca como cabeza del estado: el rey Abdullah II, quien ha conservado en su nación, la paz que sus vecinos no tienen.

Línea de tren de Hayaz destruida por Lawrence (Olga Mallo)

Línea de tren de Hayaz destruida por Lawrence (Olga Mallo)

Aquí, en este desierto, la paz es aún más tangible y comprendo porqué Lawrence de Arabia se refugiaba entre estos acantilados mientras se dirigía con su ejército de árabes hacia la ciudad de Aqaba, en el oeste. El silencio, sus decenas de recovecos, las cuevas en la roca, la ausencia de caminos, y la interminable arena roja, hicieron de Wadi Rum el perfecto cuartel para este no coronado Rey del Desierto, como lo llamaban los árabes.

Este arqueólogo de profesión, nacido en Gales en 1888, de padre aristócrata y madre sirvienta, cursó sus estudios en Oxford y se especializó en estrategia militar de cruzadas, materia que lo obsesionaba y sobre la que hizo su tesis. Esta obsesión lo llevó a recorrer oriente medio desde muy joven. Muchas veces exploraba a pie y en solitario y fue familiarizándose con la cultura y el idioma árabes que aprendió a la perfección, además de ir instruyéndose profundamente con la región.

Al estallar la Primera Guerra Mundial, el joven Lawrence fue destinado a El Cairo como parte del Departamento de Inteligencia del Reino Unido en Egipto, país recién convertido en protectorado británico. Debido a su manejo del idioma y a sus contactos en la zona, fue enviado a hablar con el líder de la Rebelión Árabe, el emir Faysal, quien dirigía las tropas insurgentes que Gran Bretaña deseaba de su lado para derrocar juntos a turcos y alemanes.

La admiración mutua ocurrió de forma inmediata y Lawrence, entusiasmado con la causa, no dudó un segundo en trabajar junto al emir para la creación de un estado árabe independiente, con capital en Damasco, y logró fácilmente que el gobierno de su país lo nombrara «agente de enlace»  para el ejército de Faysal. Y fue en las avanzadas y a la cabeza de estas tropas rebeldes, que descubrió Wadi Rum, donde pasó largas temporadas y donde incluso, dicen los lugareños, construyó una morada.

Shuayb, nuestro guía, no está muy convencido de esto último. Nos lleva a visitar el lugar donde habría estado este hogar temporal del legendario británico. Desde lejos podemos ver un grupo de turistas tomando fotos de unas ruinas y jamás sabremos si realmente Lawrence usó este lugar como base mientras planeaba estrategias junto a sus tropas, aunque es casi indudable que en un algún momento pisó este lugar que, como afirma nuestro maestro de historia, fue un estanque de agua usado por los nabateos como puerto de peaje y descanso para los antiguos viajeros hace varios siglos.

Shuayb mostrándonos los petroglifos. (Olga Mallo)

Shuayb mostrándonos los petroglifos. (Olga Mallo)

Pues mucho antes que el rebelde británico anduviera por estos lados, los valles de Wadi Rum fueron paso obligado para las caravanas de los nabateos —pueblo nómade de origen árabe que en el siglo 6 a.C. habría emigrado desde lo que hoy es Yemen— logrando formar un gran imperio gracias a sus excepcionales habilidades comerciales y a su talento como ingenieros hidráulicos. Crearon una red mercantil entre el lejano y el cercano oriente, además de construir los primeros acueductos y diques, dando origen a un moderno sistema de irrigación que posibilitó la agricultura en este árido suelo. Y aunque la capital de su imperio fue Petra, la sucesión de valles que conforma Wadi Rum fue fundamental dentro de sus dominios. Interminables caravanas de camellos la atravesaron como parte de su ruta y aquella mañana, Shuayb, de ascendencia nabateana, nos muestra testimonios sobre la presencia de esta gran tribu, grabados en los rojizos muros en angostos cañones donde claramente apreciamos imágenes de camellos, figuras humanas y escrituras en idioma arameo, supuestamente el idioma que hablaba Jesucristo.

Al estallar la Primera Guerra Mundial, el joven Lawrence fue destinado a El Cairo como parte del Departamento de Inteligencia del Reino Unido en Egipto…

Continuamos nuestro paseo por Wadi Rum, que en árabe significa valle de la luna, aunque en el cine, este mismo lugar ha servido para representar a Marte. Ridley Scott, el director, filmó aquí sus películas Prometheus y The Martian. Convertida en la locación y en el lugar de culto de esta última, vamos a ver el vasto valle donde Matt Damon es abandonado por sus compañeros de guión, pero antes de regresar al campamento observamos el atardecer desde la duna más alta. El espectáculo de colores al ponerse el sol nos deja sin palabras. Y si en el día el cielo es casi azul cobalto, al caer la noche su oscuridad hace resaltar la infinidad de estrellas. Esa noche Omar nos prepara una maravillosa comida de mezes  y al apagar la fogata, nos recostamos de espalda en la arena y nos regocijamos con el firmamento brillando en el desierto jordano.

Último día y veo los camellos fuera (Olga Mallo)

Último día y veo los camellos fuera (Olga Mallo)

En la madrugada me despierta un sonido de pasos fuera de nuestra jaima seguido de unos rebuznos inusuales. «Llegaron nuestros camellos», pensé. Efectivamente, corro el visillo y allí hay tres jorobados ejemplares. Ellos serán nuestro transporte hasta el pueblo  donde esta tarde nos estará esperando Mohammed. Es nuestro último día en Wadi Rum. Hussein viene por nosotros al alba y partimos nuevamente atrás de su camioneta hacia uno de los imperdibles: Um Fruth, el lugar más fotografiado de este desierto. Se trata de un gigantesco arco de roca natural labrado por el paso de los años y hoy, es el símbolo de este lugar. La imagen recurrente de Instagram es pararse sobre este puente al que se sube escalando las rocas aledañas. Wadi Rum parece infinito desde allá arriba.

Pienso en Lawrence de Arabia cuando escribió en sus memorias: «Ningún hombre puede  emerger del desierto sin cambios. Llevará la huella del desierto, la marca que caracteriza al nómada y tendrá dentro de sí, siempre el anhelo de regresar». Hace justo un siglo, aquí había comenzado una guerra que llevaría a la creación de un estado árabe y él, había sido su cerebro y corazón. En Octubre de 1918, Lawrence junto a su ejército de beduinos entra a su meta: Damasco. Sin embargo, se sentiría traicionado al enterarse de que Gran Bretaña y Francia habían firmado un acuerdo secreto que impedían las promesas hechas al emir Faysal. Las naciones se repartirían los estados árabes liberados del disuelto Imperio Otomano, conservando un nivel de autonomía, lo que decepcionó a Lawrence y lo atormentó hasta el día de su muerte en un accidente de motocicleta a los cuarenta y siete años.

De regreso al campamento no reconozco a Omar. Ha empacado todo, hasta las jaimas y ha reemplazado su djellaba (túnica árabe) por un jean y una polera. Hussein parte en su camioneta y nosotros vamos con Shuayb en los camellos tratando de cubrirnos con la sombra de los imponentes acantilados. Viajamos en silencio. «Este credo del desierto es indescriptible en palabras y, de hecho, en pensamiento», escribió T.E. Lawrence. Y así es. O

Puedes seguir las aventuras de Olga Mallo en su Instagram.

Esta artículo apareció en la Edición mayo/junio 2019 de Outside Chile.

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