Imágenes de una Memoria Esquiva

Imagen de portada por Marcos Zegers

En 1973 un grupo de jóvenes chilenos llegaron a la Unión Soviética enviados por el gobierno de la Unidad Popular a estudiar mecánica agrícola para luego volver a Chile a trabajar en los campos nacionales. El golpe militar cortaría el proyecto y dejaría a este grupo atrapado en la actual Rusia.

El historiador Cristián Pérez pondría su historia en la palestra escribiendo un libro sobre ellos, que inspiró al fotógrafo Marcos Zegers a salir, cámara al hombro, en búsqueda de estos chilenos perdidos en Rusia.

En pleno 2018, a pocos meses del inicio del Mundial de Fútbol a celebrarse en Rusia, Marcos Zegers se encontraba en Londres, trabajando como fotografo, mientras su esposa estudiaba un magister en la ciudad británica.

Llevaban una vida tranquila, hasta que La Tercera publicó el lanzamiento del libro Viaje a las estepas, cien jóvenes chilenos varados en la Unión Soviética tras el Golpe, del historiador Cristián Pérez. De inmediato algo hizo clic en la cabeza de Marcos, quien comenzó a investigar aquella historia que llamó su atención cada vez más.

«Lo primero que salta es: ¿cómo es ese lugar en Rusia?, ¿qué sucedió allá?, ¿cuáles son las caras de las personas?, ¿dónde fueron estas personas a estudiar? Necesitaba eso, necesitaba las imágenes», dice Marcos Zegers.

La historia lo cautivó, y al interés histórico y social, se sumó su interés como fotógrafo. «Un rol muy fotográfico, documental, me hace decir que a esto hay que ponerle imagen», cuenta. Además, presentía que la gente iba a enganchar. Así fue como la decisión quedó tomada. Solo faltaba hacerla realidad.

«Sabía que quería partir a Rusia, sabía que quería retratar esto. Pero en realidad no sabía nada, ni cuántos chilenos habían allá, ni quiénes eran, si me iban a abrir las puertas, ni nada», confiesa el fotógrafo.

Cada vez más sumergido en el asunto, aprovechó el contacto que tenía con Cecilia García-Huidobro para comunicarse con el autor del libro. El historiador Cristián Pérez imparte clases en la carrera de periodismo de la Universidad Diego Portales, donde García-Huidobro es la decana. Finalmente, el mismo historiador le entregó un PDF con el libro y el contacto de dos de los chilenos: uno que había vuelto a Chile y otro, Víctor Yáñez, quien continuaba en Rusia. Y sería este último quien le abriría las puertas en la ex URSS.

Una vez conseguido el contacto, Marcos debió pensar en cómo financiar esta expedición.

Profesores y alumnos que fueron a Volgogardo a trabajar de maquinistas. (Marcos Zegers©)

Profesores y alumnos que fueron a Volgogardo a trabajar de maquinistas. (©Marcos Zegers)

Podía plantearle la historia a algún medio o hablar con la Universidad y que esta la financiara, pero eso implicaba que cualquiera que aceptara, podía imponer pautas o condiciones editando las imágenes; o podía salir y costear el viaje con sus propios medios y luego vender la historia como él quería contarla (siendo ésta la opción ganadora).

Así fue como fijó fecha para julio, pleno verano en Krasnodar, ciudad a la que llegaría para partir a Akhtyrskiy, el lugar donde estos casi 100 chilenos de entre 15 y 23 años de edad habían llegado para estudiar por tres años, auspiciados por la Unión Soviética, para luego volver con aprendizajes que aportaran en materia técnica y de coordinación a la productividad del campo chileno, especialmente para generar arroz y harina; misma ciudad donde terminaron varados finalmente. «Para esos chicos campesinos, este viaje era como si hoy te ganaras una beca en Princeton o Harvard. Era lo máximo», concluye Cristián Pérez.

Así, cargado con una gran misión, su mochila de cámaras, un saco de dormir y un flash, Marcos partió rumbo al pequeño asentamiento al sur de Rusia.

Ficha técnica, ojos de cristal

Durante su aventura en el país, Marcos fue armado con dos cámaras, una análoga y una digital. Esta preferencia habitual le permitió armar todos estos retratos con su Mamiya 7, una cámara análoga de tamaño medio que utiliza unos rollos muy amigables para el revelado y para escanearlas después. Y para todas aquellas fotografías que no fueran retrato, la cámara digital Cannon salía a relucir.

Otro factor que jugó un papel importante durante esta travesía, que Marcos confiesa nunca había usado hasta entonces, fue el flash. «Lo que pasa es que, en el caso de Rusia, los interiores de las casas son bien interesantes. Esos colores verde agua, mostaza, muchos objetos… pero de repente estás delante de una ventana y esa foto se te perdió por tener la luz en contra. Entonces, para que no me pasara esto, llevé flash para mis dos cámaras, los que puse apuntando al techo», cuenta.

Marcos llegó a Krasnodar durante el mundial de fútbol que se realizaba en el país. No habla ruso, pero debía encontrarse con el único contacto que tenía en la ciudad: Víctor Yáñez, quien jugaría un rol fundamental, pues no solo sería el primero en aceptar participar, sino que sería quien lo contactaría con los otros chilenos.

A la izquierda la directora de la escuela cuando los jóvenes llegaron, ella y la profesora traductora a la derecha, jugaron un rol muy importante en la vida de los alumnos. (Macos Zegers©)

A la izquierda la directora de la escuela cuando los jóvenes llegaron, ella y la profesora traductora a la derecha, jugaron un rol muy importante en la vida de los alumnos. (©Marcos Zegers)

Al principio la relación con Víctor fue dificultosa, lenta. Cuando hablaron por teléfono Marcos se había encontrado con una voz cansada y con un acento chileno-ruso cortante, intimidante por momentos. Y en más de una ocasión el fotógrafo pensó que Víctor se había arrepentido. Cuando un Whatsapp tardaba días en ser contestado, pensaba que las cosas no iban a funcionar, pero lo hicieron.

Allí estaba Marcos, en la región de Kubán al sur de Rusia, tomando una micro al centro, intentando comprar un chip para el teléfono y, finalmente, consiguiendo llamar a Víctor, quien sería, no solo su compañero en este viaje, sino que su guía en esta historia.

«Él pensaba: “bueno, si alguien va a venir para acá, que vea cómo estamos, si estamos bien, qué había y qué ha pasado”. Porque esto al final es una historia de vida, y así él me abre las puertas», recuerda el fotógrafo.

Los chilenos que quedan en la región se reúnen y visitan lugares turísticos recordando su época de estudiantes, anécdotas, momentos felices y tristes que los marcaron en una vida fuera de Chile que en un principio duraría tres años, pero se extendió hasta hoy. (©Marcos Zegers)

Los chilenos que quedan en la región se reúnen y visitan lugares turísticos recordando su época de estudiantes, anécdotas, momentos felices y tristes que los marcaron en una vida fuera de Chile que en un principio duraría tres años, pero se extendió hasta hoy. (©Marcos Zegers)

Luego del encuentro, comenzó una búsqueda por el país de estos 100 chilenos. Si bien algunos habían vuelto a Chile y de otros nunca más se supo, había un grupo no menor al cual pudieron contactar, que seguía en Rusia. Dentro de ellos las opiniones eran divididas, habían algunos  que aceptaron de inmediato, otros que se negaron rotundamente y unos que, sencillamente, no entendían el interés.

«Imagínate, has vivido tu vida normal, y en esa, nunca nadie te llamó, nunca perteneciste a nada, ni a la red del exilio, quedaste totalmente en el pasado, nunca fuiste a Chile en 40 años. Te fuiste a los 15 años, quedó la embarrada, de pronto no pudiste volver y llega alguien que te dice que te quiere tomar fotos. Entonces, ellos me decían: “¿qué es lo interesante de mí?”», cuenta Marcos.

Entonces comenzó un trabajo de ir uno a uno, explicando su idea, convenciéndolos de que él no estaba ahí para hacer juicios, sino para contar sus historias con todos los matices que esas tuvieran. «Esto no es una historia color de rosa y de crecimiento en la Unión Soviética. No fue nada fácil para ninguno. Pero finalmente, la idea de esto es poder entrar en estas historias de vida», comenta el fotógrafo.

Victor Fuentes ha vivido todo el tiempo en la región trabajando en diferentes trabajos en fábricas y en campos administrados por la URSS. (Marcos Zegers©)

Victor Fuentes ha vivido todo el tiempo en la región trabajando en diferentes trabajos en fábricas y en campos administrados por la URSS. (©Marcos Zegers)

A pocos días de haber llegado a la Unión Soviética, el gobierno de Salvador Allende fue derrocado. Los jóvenes quedaron aislados de sus familias inmediatamente, pues no tenían teléfonos y las cartas eran interceptadas y ponían en peligro a sus seres queridos. El único contacto que tenían era mediante los dirigentes campesinos de la época, los cuales habían sido arrestados, exiliados o, incluso, asesinados. En Rusia, los jóvenes quedaron sin un motivo, se supone que debían volver en tres años y, ahora, parecía que la estancia se alargaría mucho más.

«Es dramático, porque es un viaje que estaba proyectado para realizar ciertas cuestiones, ciertos estudios en cierto tiempo. Lo que pasaría con ellos era una cuestión que no estaba clara. No pueden volver, tienen que quedarse allá, no hay otra opción. Hay muchos que no pudieron aprender bien el ruso, por tanto, tuvieron que trabajar. La vida cambia. Primero pena, dolor, y luego incertidumbre. Y la incertidumbre dura muchos años», dice el historiador, Cristián Pérez.

La Unión Soviética cuidó de ellos luego del Golpe y les entregó becas de estudio en instituciones según las habilidades de cada cual (donde algunos decidieron cambiarse a los pocos meses). Al año, se les hizo una prueba para evaluar el manejo del idioma. Esto, porque la escuela no solo enseñaba la rama técnica, sino también la educación media soviética, que contaba con una alta exigencia y requería un manejo de la lengua que les permitiera rendir materias que iban desde la física hasta la filosofía.  Luego de esta, unos 30 jóvenes fueron derivados a la antigua Stalingrado, actual Volgogrado, donde entraron a un internado para aprender la parte mecánica e ingresar prontamente a la vida laboral.

Lilia Aleksandrobna, traductora y profesora de los jóvenes chilenos. Se emociona y muestra el nervio en sus manos al contar la historia de su vida con los chilenos que llegaron siendo unos "niños" 45 años atrás. (©Marcos Zegers)

Lilia Aleksandrobna, traductora y profesora de los jóvenes chilenos. Se emociona y muestra el nervio en sus manos al contar la historia de su vida con los chilenos que llegaron siendo unos “niños” 45 años atrás. (©Marcos Zegers)

Alrededor de 45 jóvenes se quedaron en la escuela, lograron terminar sus estudios y debieron retirarse del internado. Más tarde, la misma Unión Soviética se encargó de enviar a instituciones superiores a quienes quisieran seguir estudiando, sin quitarles los privilegios de la beca que tenían, la cual entregaba alojamiento, alimentación, textos de estudio y un poco de dinero para los gastos que tuvieran.

Cuando la Unión Soviética cayó, estos chilenos ya se encontraban trabajando. El gobierno que los había acogido se desmoronaba, quedando nuevamente quedaban a la deriva.

«Eran trabajadores en distintas áreas, muchos ligados a la agricultura, y los Koljós o granjas colectivas cerraron, entonces quedaron muchos sin trabajo. Tuvieron que reinventarse en otros trabajos. Y con el cambio, muchos volvieron pensando que en Chile iban a tener mejor posibilidad», explica el historiador.

Retratar y no robar

Cada uno de los protagonistas de estas fotografías son personas normales, que tienen pudor, a los que nadie había fotografiado con el fin de realizar un reportaje. Entonces los temores frente a la cámara podían aflorar, y para evitarlos, Marcos apeló a la conversación.

«Había mucha intimidad y luego había un momento fotográfico. Uno no anda robando fotos todo el rato. Uno sabe lo que quiere hacer y busca el momento. En el fondo, para no ser tan intimidante, los preparaba para la fotografía», cuenta.

Vladimir canta "Venceremos" el himno de la unidad popular y recita el último discurso de Salvador Allende. (©Marcos Zegers)

Vladimir canta “Venceremos” el himno de la unidad popular y recita el último discurso de Salvador Allende. (©Marcos Zegers)

Todo tiene que ver un trato ético. Para el fotógrafo, este grupo de chilenos lo había recibido con mucha amabilidad y la idea era contar sus historias de vida. Por eso, mostrar imágenes que pudieran exponer más de lo necesario a sus protagonistas no era necesario.

Marcos cuenta que sus fotos son naturales pero posadas. «Es su espacio, no estoy cambiando nada. Cuando les digo ponte acá en este momento,  ellos toman una postura y saben que se viene el momento para la foto», dice Zegers. Esta discusión, que cree la tienen los fotógrafos al hacer estos reportajes, se resuelve con sentir hasta dónde es cómodo mostrar y hasta qué punto el fotógrafo se hará responsable de sus fotos.

Fin del viaje, inicio de una vida

«Vas con una idea, sin embargo, ya sabes que esa idea se va a deteriorar y va a cambiar. No hay posibilidad que esa idea que uno tiene en la cabeza se cumpla al pie de la letra», confiesa Marcos Zegers.

El día en que debió volver a Chile, el fotógrafo salió del aeropuerto escoltado por otras tres personas, lo que siempre llamó su atención. «Cada vez que hacían algo, salían todos juntos. Creo que la sociedad de acá es más individualista que la sociedad de la Unión Soviética, de lo que fue la Unión Soviética, y de quienes se criaron allá», concluye Marcos.

De Rusia salió con sus cámaras llenas de fotos, recuerdos que llegaron a ser tantos, que hoy intenta sacar un libro para poder mostrar los rostros de estas personas olvidadas por más de 30 años, que desaparecieron de los registros y de la historia oficial.

Victor Yáñez visita la escuela donde estudió, los mismos salones tienen maquinaria actualizada. Lo reciben jóvenes rusos que, al igual lo hicieron los chilenos, cursan estudios en la escuela. (©Marcos Zegers)

Victor Yáñez visita la escuela donde estudió, los mismos salones tienen maquinaria actualizada. Lo reciben jóvenes rusos que, al igual lo hicieron los chilenos, cursan estudios en la escuela. (©Marcos Zegers)

Ellos hicieron sus vidas, muchos incluso, hablan mejor el ruso que el español. Pudieron hacer sus carreras, hay doctores, ingenieros, músicos. Algunos siguieron ligados a la agricultura, otros cambiaron de rubro. Fue duro, no fue sencillo para ninguno. Muchos se fueron con una promesa y nunca volvieron.

Según el historiador, Cristián Pérez, el Estado no los quiso de vuelta por venir de la Unión Soviética, pues durante la Dictadura y de vuelta a la democracia, nadie quería recibir a este grupo que había terminado de criarse en la principal capital comunista del planeta.

«El Estado chileno tiene una deuda grande con ellos. Pero no solo con ellos, sino con una parte importante de los hombres y mujeres que fueron al exilio o que, como en este caso, fueron a cumplir una misión encomendada por el mismo Estado, y que a su vuelta, por venir de un país con régimen comunista, son mirados con sospecha», explica Cristián.

Para Marcos Zegers esta historia tiene un valor especial por el impacto que ha generado y la recepción que ha tenido. «Esto va más allá de mis fotografías, aquí es el hecho de haber ido, pero no hablando de fotografía propiamente, no hablo de eso. Sino, que hablo de la investigación y de haber puesto en valor su historia, y de haberse dado cuenta que es una historia importante y que es importante ser contada», confesó el fotógrafo.

Tumba del Fallecido Luis Abarca en Ajtirskii el pueblo que lo vio llegar donde aún queda su viuda, hijos y nietos. (©Marcos Zegers)

Tumba del Fallecido Luis Abarca en Ajtirskii el pueblo que lo vio llegar donde aún queda su viuda, hijos y nietos. (©Marcos Zegers)

Para Marcos Zegers esta historia tiene un valor especial debido al impacto que ha generado y por la recepción que ha tenido. «Esto va más allá de mis fotografías. Es una historia que es importante que sea contada», dice el fotógrafo.

Para el historiador, se trata de «una micro historia que permite ver cómo los golpes de estado tienen consecuencias tan tremendas que se mantienen en el tiempo. Estas personas quedaron en tierra de nadie, cuando pudieron haber aportado mucho porque era la mejor gente joven de los campos», concluye.

Para los protagonistas, en cambio, es solamente la historia de sus vidas, con matices y momentos únicos. Es su verdad.

Dejar huella

Marcos llevaba un tiempo detrás de proyectos editoriales como estos, y si bien había participado en algunos, no había tenido la oportunidad de tener el propio.

El fotógrafo asegura que esta historia siempre ha sido más que solo fotos. Una prueba de esto es que, cuando se contactó con The New York Times para publicar la historia, dieron el sí antes de ver las imágenes. La idea es que estas fotos no queden aisladas en el blog personal del fotógrafo, sino que se les dé el espacio para que puedan lucir.

Vladimir les traducía cada día a los jóvenes las pocas noticias de chile que escuchaba por radio. En su repisa aún se lucen Pablo Neruda, Salvador Allende y uno que otro recuerdo de Chile. (©Marcos Zegers)

Vladimir les traducía cada día a los jóvenes las pocas noticias de chile que escuchaba por radio. En su repisa aún se lucen Pablo Neruda, Salvador Allende y uno que otro recuerdo de Chile. (©Marcos Zegers)

Evaluación final

«Quedé conforme porque trabajé al 100 por ciento», confiesa Marcos. De todas las fotos que capturó en su viaje, hay algunas que le gustan más, por ejemplo, la foto de Wladimir tocando el acordeón en su patio, vestido de verde. «Hay una foto de ellos en un auto con la escuela atrás. Es una foto que toma altura y que se agarra mucho de mis referentes. Siempre me gustó París Texas de Wim Wenders, entonces elevo un poco la cámara para tomar esos planos que, si te fijas, no están a la altura del ojo sino que a unos 3 metros», cuenta.

Para este fotógrafo, no todos los días se puede involucrar por medio de una historia y menos con personas. «Es pura humanidad», comenta. «Eso fue lo importante. Poder contar algo que para una persona fuera importante», finaliza. O

Esta artículo apareció en la Edición mayo/junio 2019 de Outside Chile.

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