Haciendo historia en Chamonix

Algunos meses han pasado desde que Moisés Jiménez logró uno de los hitos más importantes en su carrera deportiva. Se convirtió en el primer latinoamericano en quedar dentro de los diez mejores de la TDS del Ultra Trail du Mont Blanc, una de las carreras más exigentes e importantes del mundo...

«Fue un momento donde mi mente se abstrajo y sentí que estaba en una película: el chino al lado mío y yo dándolo todo. Finalmente, las 15 horas corriendo la ‘TDS’, se resumieron a esos últimos 100 metros, que duraron menos de dos minutos.

Al final, ni siquiera nos miramos y cruzamos la meta. En eso veo al organizador con una cara de “esto nunca lo hemos visto esto antes”, anunciando que habíamos llegado al mismo tiempo, exacto», recuerda el corredor Moisés Jiménez (28), cuando se instaló como el primer latinoamericano en quedar dentro del top diez de una de las carreras más competitivas en la historia del Ultra Trail du Mont Blanc (UTMB); en agosto de 2018.

Precisamente, fue un año antes (2017) de ese gran hito deportivo, cuando Moisés se estaba jugando la vida en los 100 kilómetros de la CCC; otra de las categorías de la trascendental competencia francesa realizada en el corazón del Macizo del Mont Blanc, en Chamonix.

En esa competencia logró la posición número 38 de la general, en un tiempo de 12 horas con 46 minutos, siendo el mejor latinoamericano de la prueba. Pero según cuenta el corredor, la CCC tomó una connotación muy competitiva ese año, dando un gran salto deportivo en cuanto a la calidad y profesionalismo de los atletas. «Antes de correrla, pensé que era muy rápida para mí. Así que al terminar la CCC en 2017, me planteé como objetivo correr una distancia un poco más larga y técnica, y en 2018 me inscribí en la TDS, de 120 kilómetros», cuenta Moisés.

Para su buena o mala suerte, resultó que en 2018 se repitió el plato. La TDS (Sur les Traces des ducs de Savoie: En las huellas de los duques de Saboya) logró ser una de las distancias más competitivas de ese año, llegando incluso a superar la carrera más famosa y difícil de todas, la UTMB.

Sin embargo, Moisés tenía algunos puntos a su favor. Debido a su buen rendimiento en carreras anteriores, marcaba un ranking que lo mantenía dentro de los competidores elite, lo que le permitía entrar por delante de una línea de partida de dos mil personas; además, el hecho de que fuera una carrera más larga y con mayor desnivel, le jugaba a favor. «Tiene más inclinación, es más de montaña, y a mí eso se me da mucho mejor porque yo no soy una persona rápida, pero si soy muy consistente. Mientras más dura la carrera y con más subidas técnicas, mejor para mí», recalca.

Y bueno. Así partió todo…Meses antes de la competencia, se preparó para cumplir uno de los objetivos más ambiciosos que se ha planteado a lo largo de sus 28 años: entrar en el top diez de la famosa TDS. Pero aún más que eso, su mayor ambición, era demostrar que un latinoamericano puede medirse con corredores más experimentados. Sobre todo para representar al país donde nació y en el cual se crió. «Nací en Venezuela y me crié en la Patagonia chilena, por lo que me gusta pensar que corro por todo lo que se encuentra en medio». Y agrega: «Me siento tanto de Chile como de Venezuela, solo que en el papel de inscripción no estaba como chileno».

(Cici Rivarola)

(Cici Rivarola)

Según Moisés, hay varios sudamericanos buenos que han destacado en el Macizo Mont Blanc. «El mejor resultado en la historia fue el de un ecuatoriano que salió 5to, pero lo pillaron con doping. Además de algunos peruanos que han obtenido buenos resultados en carreras europeas, pero no en el UTMB», dice.

Y continúa: «en los primeros años del Endurance Challenge, venían muchos corredores extranjeros a participar y solo ellos ganaban la competencia. Yo veía eso y decía, no puede ser…cómo no va a haber ningún chileno que gane esta carrera en su propio país. Y ahí pensé que tenía que cambiar eso. Comencé a entrenar y fui el primer chileno en ganar los 80 kilómetros, y cada vez que los he corrido los he ganado, desde esa vez. Ese fue el primer quiebre que quise hacer», recuerda.

En base a ese pensamiento, realizó un trabajo bastante riguroso donde vivió y respiró trail running durante cinco intensas semanas. Se trasladó en agosto del año pasado a un pueblo en los Pirineos —cordillera montañosa situada al norte de la península ibérica, ubicada entre Francia y España— junto a un grupo de cinco amigos, más su entrenador, con el que ha trabajado los últimos cuatro años.

«Comencé con un bloque de construcción en junio y julio, preparándonos para agosto que fue más intenso, y en ese tiempo ya estaba más fuerte, lo que me permitió soportar entrenamientos más duros sin lesionarme o sentirme cansado», cuenta. «Y cuando me encontraba en los Pirineos, fui literalmente como un monje. Estábamos en un departamento rodeado de montañas y todos enfocados en entrenar. No había nada. Ni fiestas, ni amigos, ni nada. Era levantarse a entrenar, tomar una siesta, entrenar y dormir, todos los días durante cinco semanas. Ahí mi nivel se construyó más y fui limando ciertas asperezas, ciertas cositas que había que ir arreglando en mi estado físico», explica.

Fueron semanas con 26 horas de entrenamiento, corriendo, las que sumaron 200 kilómetros en total, con mucho desnivel. La última de ellas corrió 160 kilómetros, «y los últimos 40k los hice en una sola carrera, donde quedé segundo, a solo 30 segundos de quedar primero. Y ahí me di cuenta que estaba en forma y preparado», afirma. «Por primera vez, sentí que había hecho las cosas bien. Me sentía más tranquilo, y eso fue un plus mental y físico. Esta carrera fue mi objetivo del año, entonces estaba muy concentrado», agrega convencido.

Después de pasar semanas muy motivado entrenando, Moisés tomó una pausa y logró descansar bien, un factor muy importante a la hora de llegar a una competencia. Cuando regresó a su casa en Lyon, Francia, realizó un último entrenamiento largo e intenso de diez días y otro suave de diez días más. Cada vez más listo y cerca del gran día. «Seguí trotando pero cada vez menos, y ahí el cuerpo se fue recuperando», concluye.

120 kilómetros de emociones

«Antes de llegar el día de la carrera, lo más importante era la motivación y la confianza que tenía para afrontar este desafío. Después del entrenamiento tenía la seguridad de que podía hacer algo maravilloso y que podía sorprenderme. Eso es un elemento muy importante, porque cuando tú confías en ti y en lo que has hecho, te ayuda a empujar, y en este deporte —al lado de la élite o de los mejores— te ves muy lejano, sobre todo acá en Sudamérica; a nadie se le ocurriría competir con tipos que han hecho cosas increíbles y que están acostumbrados a estas carreras, o a ese nivel de competencia», recalca Moisés.

«Pero yo tenía la confianza de que me iba a plantar ahí, no como el sudaca que iba a aprender o echar la talla, yo quería medirme con ellos y demostrarme a mí y a ellos que un sudaca puede ir y hacer algo interesante. Esa era mi mentalidad», continúa.

Su objetivo inicial era llegar entre los primeros diez, sin embargo, cuando se dio cuenta contra quienes iba a competir, sus expectativas fueron decayendo. «El nivel era muy bueno, entonces ahí pensé, top 20 es muy bueno y top 15 sería ideal. Y dije “bueno si resulta, resulta, y si no, da lo mismo, voy a hacer lo mío”», dice.

El día de la carrera fue todo un sueño. Moisés contaba con un excelente grupo humano que lo apoyaría durante las más de 15 horas de competencia. «Por un lado estaba Kirsten, mi polola, que cada vez que yo corro ella está trabajando, sacando fotos. Ella tenía mi comida y sabía lo que tenía que darme y cuando. Además estaba Max Keith, que es mi amigo y compañero de aventuras. Él entiende el deporte, entonces sabe lo que me importa y lo que no. Sabe exactamente qué decir cuando estamos en una competencia», cuenta.

Por otro lado, estaban dos amigos más: Pierre, que es de Chamonix, había corrido esta carrera varias veces, por lo que conocía la ruta de memoria. Era él quien le decía cuándo venía una subida de tal distancia o de tal nivel, también dónde había agua, etc. Y además estaba Nino, quien manejaba (ayudándole de soporte el año pasado) y quien se crió en el Valle de Aosta (Francia), por donde pasa la carrera.

«Nino con otro amigo, Tom, me hicieron soporte el año pasado en la CCC. Tom y Nino, eran amigos desde muy pequeños, y yo conocí primero a Tom porque me hice muy amigo de su mamá en un viaje. Él era chico, tenía como 19 años en ese entonces y congeniamos bien porque él entrenaba harto», cuenta Moisés. «Un par de semanas después de que me apoyaran en la carrera, fueron a un refugio en la montaña (…) Tom se cayó y falleció. Ese accidente nos dejó a todos muy mal. Porque además de que Nino era su amigo, él estuvo ahí en el momento del accidente», recuerda.

Y agrega: «cuando la corrí en 2016 y terminé, Tom me apoyó mucho y me decía “el otro año vamos de nuevo”, entonces, aunque él no estuviera físicamente, ambos sabíamos que él estaba allí, apoyándome. Por lo tanto, la TDS, en general era muy importante, y yo creo que por eso también me la tomé en serio».

(Cici Rivarola)

(Cici Rivarola)

La carrera comenzó a eso de las 8 de la mañana. Había más de dos mil corredores y Moisés se encontraba muy cerca de la línea de partida, junto a los mejores. En eso, sonó el pitido para dar inicio a lo que serían 120 kilómetros de subidas, bajadas, desniveles, incertidumbres y sobre todo, muchas emociones…

«Partimos. Y yo siempre parto muy tranqui, sobre todo en una carrera tan larga (…) se va el primer grupo muy rápido, como de 25 personas. Yo me fui con el segundo grupo y me encontré justo con un amigo francés, que lo conocí en una carrera, donde me quitó el tercer lugar. Después de eso nos hicimos amigos. Así que nos fuimos conversando como una hora», señala.

«Para mí, la carrera comenzaba en el kilómetro 50, porque siempre las divido en tres etapas. O sea tenía que llegar bien al 50. Del 50 al 90 ponerle un poco más y del 90 a la meta como si no hubiera un mañana. Siempre he pensado que lo importante es estar fuerte cuando los demás están débiles», dice convencido.

Mientras iba conversando con su amigo francés, apareció una subida enorme y después una bajada de 15 kilómetros. «Las bajadas europeas son terribles, porque se pueden correr pero no tanto, si vas muy fuerte la fatiga en tus músculos puede ser grande, entonces me fui tranqui y me pasó mucha gente, yo creo que como 50 personas. Pero pensaba ´a ti te voy a pasar después´. Tenía esa confianza, porque sabía los tiempos y ritmos que tenía que llevar», cuenta entre risas.

Después apareció otra subida larga y llegó al kilómetro 35, donde estaba el primer punto de abastecimiento. En este lugar había mucha gente gritando y dándole ánimo a los corredores. «Ahí estaba Max, Kirsten y Nino…y me dijeron que muchos estaban abandonando. Yo no lo podía creer, porque recién íbamos en el kilómetro 35, faltaban 90. Max me dijo: “los que van adelante se están haciendo tal daño que van con las caras desfiguradas a estas alturas”. Y yo pensé, “bueno con estos nunca se sabe, es como correr contra puros terminators”», ríe.

«Y seguí. Luego me encontré con otra bajada de 17 kilómetros y corrí un poco más rápido y no me pasó nadie. Cuando iba bajando sentía que me gritaban “¡vamos Moi!”. Fue genial», agrega.

Llegó al kilómetro 50 y en el tiempo que quería. No supo nunca en qué lugar porque no le gusta saber. Y ahí estaba Kirsten para ayudarle con la asistencia. Tenían todo organizado, con lo que iba a comer, tomar, lo que tenía que cambiar, botar a la basura, etc., mientras Max le iba informando de todo, de los que iban punteros, etc.

«Cuando seguí corriendo se puso a llover. Era como estar en la selva, porque hacía mucho calor y estaba muy húmedo. Y me topé con una subida enorme que parecía una pared, literalmente. Empecé a pasar a gente y me encontré con un corredor francés, que ganó un año la UTMB y otro la CCC, es como top 5 del mundo, y yo siempre lo he seguido, y lo admiro porque es muy consistente. Pero no iba muy bien, así que le pregunté si necesitaba algo y me dijo que no, sin ninguna expresión en su cara. Estaba como ido. Y yo en mi mente pensaba de nuevo, “te voy a pasar”», cuenta riendo.

«Y ahí empecé a correr junto a otro corredor francés, también muy seco, se llama Julien Chorier. Llegué al kilómetro 70, y recién puse música, así que iba cantando cerro arriba muy motivado»…

Pero en un momento, mientras iba peleando el lugar con el francés, Moisés cruzó una poza grande y se le cayó una zapatilla dentro. Entonces se tuvo que devolver y escarbar para encontrarla; la limpió un poco y se la puso. Chorier iba un poco más atrás que él.

«Luego, todo el tramo siguiente fue muy mental. Iba pasando gente pero intentando mantener un ritmo constante. Iba un poco más apurado y fuerte, tomando las subidas y bajadas con intensidad. Habían unos paisajes increíbles, unos lagos muy lindos y estuve harto tiempo corriendo solo y eso fue bacán», agrega.

Con el tiempo se le empezó a cansar la mente, recuerda, y los números y los kilómetros comenzaron a confundirse. «Algunas subidas se te hacen más largas que otras y hay que saber jugar con todo eso. Eso yo lo entreno igual (…) así que fui sorteando todos esos factores y llegué al punto de quiebre para mí, que fue el kilómetro 90. Primero, porque era el pueblo donde Tom había crecido, entonces era un lugar potente», recuerda.

«Entonces fue algo muy poderoso. Tuve un sentimiento muy potente en la carrera. Además, personalmente, me involucro tanto en este tipo de experiencias que me pongo muy sentimental, porque imagínate, estás corriendo 15 horas, solo. De hecho cuando pasé por la zona donde ocurrió el accidente…no sé porqué…pero sabía que estaba haciendo una muy buena carrera y sabía que iba top diez. Toda esa zona tenía una energía muy power, se estaba haciendo de noche, hacía frío y de la nada me puse a llorar. Tenía entre alegría y nostalgia. Y todas esas emociones ayudan a que uno empuje más», confiesa.

(Cici Rivarola)

(Cici Rivarola)

La bajada del kilómetro 90 al 100 la hizo de forma degenerada. Estaba lloviendo súper fuerte pero Moisés iba bajando con todo. Finalmente llegó al kilómetro 100 con mucha energía. Siempre tenía una carta más debajo de la manga. «Igual estaba un poco dañado, te das cuenta cuando paras, porque sientes el apaleo», dice.

Allí le esperaba su equipo de soporte y cuando lo vieron, se sorprendieron porque venía con la mejor cara. «Me dijeron: “yo sé que a ti no te gusta saber en qué lugar estás, pero vas décimo y el sexto está a 13 minutos de ti, así que puedes alcanzarlo”. Ahí pensé, “si el sexto está a 13 minutos, quiere decir que el quinceavo también puede venir a 10 minutos…”».

Y continúa: «entonces estás en ese limbo. Si te apuras demasiado se te puede ir todo a la mierda, así que hay que saber apurarse, pero no tanto. Y ahí justo venía una parte de 15 kilómetros, muy hostiles. Tres subidas muy horribles. Empecé a correr esa primera subida con todo. La segunda era otra pared y ahí empezó a caer la noche. Entonces todos empezamos a prender nuestras linternas. Yo, a lo lejos, veía que habían dos linternas en la subida. O sea, el octavo y el noveno iban delante de mí. Íbamos a uno o dos kilómetros de distancia; y para atrás, venían dos o tres linternas más».

De repente, los que iban adelante apagaron la linterna, para que nadie los viera. Así que Moisés apagó la suya y quienes venían atrás también la apagaron. «Entonces, hubo un momento en que veníamos entre cinco o seis corredores haciendo esta subida, sin luz, y solo se escuchaban respiraciones, pasos, o el sonido de los bastones chocar con las piedras, “clic, clic, clic”. Era un juego», dice.

Cuando llegó arriba, prendió la linterna y se encontró con un corredor de China. Lo pasó. Luego de eso, llegó al último punto de abastecimiento. Desde allí quedaban solo 8 kilómetros para llegar hasta la meta. «Justo ahí, me pasó el francés Julien Chorier a una velocidad absurda. Lo miré y pensé “cómo puede venir corriendo así a estas alturas”», recuerda.

«Intenté pillarlo y no lo veía. Quedaban 6 kilómetros y estaban todos corriendo a fondo, porque sabías que muy cerca venía gente. Ya entrando al pueblo, toqué pavimento y me empecé a relajar, no me quedaba nada. Sabía que en ese momento iba décimo. Miraba para atrás y no veía  a nadie. No vi ninguna luz, así que me alivié. Entré a la calle principal del pueblo y sentí el grito de un amigo chileno que dijo “vamos Moi, el último esfuerzo” y yo pensé, “sí, gracias, pero no me voy a esforzar y correr fuerte acá en la meta”. Y me volvió a gritar más fuerte “¡dale Moi, con todo!”, y yo pensé, “¿por qué le interesará tanto que corra rápido ahora?“ ¡quedaban 200 metros! Y miré para al lado y apareció el mismo chino que antes había pasado: Yanqiao Yun», relata.

«Fue una sensación de mierda. Venía con la linterna apagada (…) en ese tramo habían hartos chinos, entonces lo venían dateando. Y me pilló. Entonces lo ví y mi reacción automática fue ¡Mierda! Pero al mismo momento, te prometo, fue uno de los piques más rápidos que he hecho en mi vida. Y toda la gente gritando», recuerda.

Pasaron una curva y empezaron a correr los últimos 100 metros. Moisés miraba para el lado y veía que el chino no se rendía. Aceleraba y él aceleraba. Y esto después de haber corrido 15 horas. «Al final, ni siquiera nos miramos y cruzamos la meta. En eso veo al organizador con una cara de “esto nunca lo hemos visto esto antes”. Los chips cruzaron al mismo tiempo. Tuvimos un empate técnico», cuenta.

«Fue increíble. Luego lo investigué y caché que ha tenido muy buenos resultados, así que haber terminado con él fue un honor. Y ahí es cuando decanta todo, empiezas a procesar todo. Seguía arriba de la pelota, de 10 pelotas. Estaba en llamas. Fue increíble haber podido cerrar así», dice con una sonrisa.

En 2015 Moisés había llegado top diez en una carrera muy importante en Italia y pensaba que quizás había sido suerte. Pero esto le demostraba que realmente no era suerte, sino que sí, que se podía. «Llegué top diez en una de las TDS más competitivas de la historia, en uno de los años más competitivos del UTMB, con un nivel muy alto. Se dieron las cosas bien y con un final épico. Y todo eso lo archivas en tu mente y es motivación y energía para decir “tengo que seguir haciendo las cosas bien y el otro año competir en otra para mejorar”. Me demostré a mí mismo y a otros corredores que sí es posible», reflexiona.

(Cici Rivarola)

(Cici Rivarola)

El primer latinoamericano

«En Chile hay corredores que quizás están empezando con el trail y van a pensar que ya hay alguien que llegó top diez en el UTMB, entonces pensarán “en tres años más puedo llegar top cinco” ¿cachai?, quiero entregar esa inspiración, pero con hechos. Mi filosofía es que las palabras no valen mucho, los hechos sí, y yo trato de demostrarlo», dice el runner.

Para él, haber sido el primer latinoamericano en lograr un top diez, son parte de esos momentos para atesorar y que no quieres que se escapen. Finalmente, terminó los 120 kilómetros en un tiempo de 14:04:11, al igual que Yanqiao Yun, en un recorrido con ascensos de hasta 2.500 metros de altura.

Y este año va por más. Tiene pensado posicionarse nuevamente en el top diez de la UTMB, que son las 100 millas. Nunca ha corrido una distancia tan larga, pero tiene la convicción de que lo podrá lograr.

Por mientras, seguirá entrenando entre los cordones montañosos de Francia, cerca de su casa en Lyon, preparándose para nuevos desafíos y trabajando en su nuevo emprendimiento llamado Vert.run —una plataforma de entrenamiento para trail running- el cual administra junto a su compañero Max Keith y su novia Kirsten.

Sin duda, se viene un período lleno de ambiciones para Moisés, ya que no todos pueden alardear el haber corrido junto a los mejores del mundo, y posicionarse como el mejor latinoamericano de la competencia más importante de trail running. O

Esta artículo apareció en la Edición mayo/junio 2019 de Outside Chile.


Carreras de la UTMB

El 2017, Moisés Jiménez participó de la CCC en el Ultra Trail du Mont-Blanc. El pasado agosto, corrió una de las distancias más competitivas, la TDS. Y este año va por el broche de oro, la UTMB. Conoce más sobre las categorías:

El UTMB®: consta de 171 km con 10.000 metros de desnivel positivo, partiendo de Chamonix, en semi-autonomía y en 46:30 horas como máximo. Participan alrededor de 2.300 corredores.

La CCC®: son 101 km con 6.100 metros de desnivel positivo, partiendo de Courmayeur, en semi-autonomía y en 26:30 horas como máximo. Salida organizada en tres turnos para facilitar la fluidez de la carrera. Orden de salida organizado según los criterios deportivos del índice de rendimiento ITRA. Participan alrededor de 1.900 corredores.

La TDS®: Consta de 145 km con 9.100 metros de desnivel positivo, partiendo de Courmayeur, en semi-autonomía y en 42:00 horas como máximo. Corren 1.600 participantes.

La OCC: Son 56 kms con unos 3.500 metros de desnivel positivo, partiendo de Orsières, en semi-autonomía y en 14:30 horas máximo. Corren 1.200.

La MCC: Son 40 km con 2.300 metros de desnivel positivo, partiendo de Martigny-Combe, en semi-autonomía y en 10 horas como máximo. Está reservada para voluntarios, miembros de la organización, residentes del Espace Mont-Blanc, partners y habitantes del Valais, Valle de Aosta, Savoie y Haute-Savoie (se realiza un sorteo en caso de que exista un número de solicitudes mayor que el número de lugares disponibles). Participan alrededor de 1.000 corredores.

La PTL®: esta prueba es sensiblemente diferente a las otras 4 y tiene un reglamento propio.

La YCC: desafío dedicado a los jóvenes nacidos entre 1997 y 2005. Integra un prólogo en Chamonix y una carrera de 5 a 15 km (dependiendo de la categoría) en Courmayeur, al día siguiente del prólogo. Participan alrededor de 300 corredores.  Tiene su propio reglamento.

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