¿Por qué vamos a la montaña?

Foto: Ashim D Silva

Actualmente, son muchas las disciplinas deportivas que están experimentando un auge en nuestro país, transformando a Chile, por tercera vez consecutiva, como mejor destino de turismo aventura; haciendo además, que más y más personas se animen a salir a estos sitios inhóspitos que muchas veces resultan ser bastante riesgosos.

Según el juicio de Francisca Hernández (montañista y filósofa de la Pontificia Universidad Católica de Chile), este gran boom del outdoor no se ha visto acompañado por la debida preparación, experiencia o capacitación de quienes disfrutan de estas actividades, generando, cada vez más, un aumento de accidentes y/o problemas, como lo es el acceso a estos lugares.

Para reflexionar sobre este tema, Francisca comparte su análisis con nosotros y nos remonta hacia épocas atrás, hacia los fundamentos de la exploración. ¿Por qué salimos a explorar en vez de quedarnos tranquilos en casa? Aquí volvemos a pensar en esos elementos antropológicos y nos cuestionamos. ¿Qué me aporta la montaña o ese lugar natural al que voy? Es ahí cuando entran conceptos claves, según la experta: el asombro, la curiosidad, el placer por conocer, el ir por más.

«Cuando se sale hacia la incertidumbre, entra en juego la actitud y los valores del explorador. De la mano también va la responsabilidad personal y el cuidado del medioambiente. Son conceptos que están entrelazados. Me parece que esa reflexión, en torno a ese fundamento, necesita discutirse y crear conciencia. Es el paso previo», dice Francisca.

Entonces, todo parte desde el misterio, que es nuestra naturaleza humana. ¿Quiénes somos? ¿hacia dónde vamos?… «Esa naturaleza humana está inserta en un entorno y mundo circundante que es igual de misterioso que nuestra propia constitución. Podríamos preguntarnos, ¿por qué vamos? La respuesta es muy simple. George Mallory, uno de los grandes románticos de la exploración, quien perdió la vida en 1924 tratando de alcanzar la cima del Everest, dijo: “bueno, porque está ahí”. ¿Por qué queremos ir al volcán Maipo o escalar esa gran roca? Bueno, porque está ahí», agrega la montañista.

Y continúa: «es una respuesta que invita al misterio y a la exploración. A que cada uno desarrolle su propia respuesta. Entonces, hay algo allí afuera que de algún modo se ve reflejado en el misterio que somos nosotros mismos, hay una especie de correspondencia».

¿Por qué salimos a explorar? ¿por qué queremos ir hacia afuera, a conocer el mundo? Aspiramos a la totalidad y nuestro espíritu exige esa totalidad. Tenemos una sed por universalidad, por eso no nos llama la atención quedarnos en un espacio confinado. Queremos ir más allá. Eso porque al final, siempre andamos interrogándonos acerca de la existencia que nos rodea.

Finalmente, con la sed de exploración buscamos la verdad de las cosas, la verdad de la existencia, llegar hasta la causa, llegar al por qué. «Por eso, como dice George Mallory, la exploración es la expresión física, pero nos movemos por una pasión intelectual. Esto nace de la mente y del corazón», reflexiona Francisca.

Todo parte porque, como decía Aristóteles en su libro Metafísica, «los humanos tenemos un deseo de conocer, todos los hombres por naturaleza desean saber». Y como dice la experta, ahí aparece el asombro y la curiosidad. Llevamos en nuestra sangre esa capacidad de quedar pasmados, maravillados ante algo que nos suscita perplejidad; porque la naturaleza es maravillosa. «Eso hace que sintamos pasión por ella, es un sacudimiento emocional. Por eso, la palabra pasión viene de la palabra pathos, que significa sufrir… uno se siente afectado, sacudido emocionalmente, remecido», comenta Francisca.

«Sentimos esa capacidad de asombro por el mundo y esto, a su vez, funciona como el estímulo para intentar sacar al mundo de su ocultamiento. Y en ese ejercicio de descubrimiento, vamos descubriéndonos a nosotros mismos, cuánto somos capaces de dar», agrega.

Para esta montañista existe una especie de correspondencia al explorar el mundo y al explorarnos a nosotros mismos. Por eso, cuando hemos ido a una excursión o a una expedición, regresamos distintos y con ganas de volver. En esta línea, la montaña aparece como un lugar que se escapa de lo habitual, de la rutina o de la costumbre.

Cuando vamos a la montaña rompemos con esa monotonía que nos tiene ahogados en los deberes, en los horarios, en una ciudad donde todo está definido y arreglado de antemano, donde no soy yo quien elige cuándo debo cruzar la calle, sino que el semáforo lo hace por mí. En cambio, cuando estoy al aire libre, de pronto soy absolutamente responsable y tengo que cargar con esas decisiones. «Quizás ahí está ese sabor de libertad, ese coqueteo con el riesgo. Porque sentimos de pronto, que somos absolutamente dueños de nosotros mismos. Vamos a la montaña porque nos sentimos libres, nos sentimos autónomos. Y la persona autónoma es capaz de dar ley a su conducta, con la capacidad de tomar las elecciones por cuenta propia», dice Francisca.

Y continúa: «Miguel de Unamuno, filósofo y escritor, dijo que ‘pudimos habernos matado, pero no nos matamos y ahí está la gracia’. Si se fijan, la montaña nos expone a peligros que pueden o no terminar en desgracias, y pueden sacar lo mejor o lo peor de nosotros. Pero eso dependerá de la conducta que adquiramos en cada caso y de cómo nos planteemos estar en la montaña. Podemos verla como un sitio sagrado, como un lugar donde no debemos ir o como un campo de infinitas posibilidades».

La montaña nos invita a ejercitar nuestra autonomía, nuestras elecciones y nuestra  responsabilidad personal porque, sin duda, es un lugar que debemos cuidar y preservar. «El aventurero sale a explorar y quiere ir por más; vive una aventura afuera pero también una aventura interior, eligiendo una vida apasionada e intensa, de incertidumbre, riesgosa, pero con un fin. Finalmente, es la conquista de uno mismo», concluye Francisca.

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