Una aventura contra el plástico

La joven inglesa, lizzie carr, dedica hoy su vida a luchar en contra del plástico no reciclable y de un solo uso. Ha cruzado el Canal de la Mancha y remado el largo del río Hudson en Nueva York sobre su tabla para crear conciencia sobre este problema a través de su fundación Plastic Patrol.

Una soleada tarde de agosto del año pasado y remando sobre una paddle board, me uní a la Plastic Patrol (Patrulla del Plástico) en una campaña que buscaba limpiar de desechos del Canal de Sheffield en el norte de Inglaterra. Al final de la tarde, los más de 50 voluntarios habíamos recogido 5 toneladas de plástico encontradas flotando en el agua. Provistos de contenedores especiales para ir depositando la basura y unas largas pinzas para recogerla, la tarea se convierte en una verdadera cruzada. A la cabeza de este desafío está la fundadora de esta organización sin fines de lucro, Lizzie Carr, una menuda joven de 32 años, de voz suave pero firme y convincente.

Nueve meses después de mi aventura recogiendo plástico en las aguas de Yorkshire, me reuní con Lizzie en un café a orillas del Támesis, en el centro de Londres. La marea estaba muy baja, pero si hubiéramos podido subirnos a una tabla e ir en busca de plástico por el río, sin duda hubiéramos llenado varios baldes.

Lizzie ha comprobado que es un problema que abarca al país y al planeta entero. En septiembre pasado llevó su proyecto a Estados Unidos, específicamente al estado de Nueva York, y navegó 275 kilómetros en su tabla sobre el río Hudson con el propósito de llevar su mensaje y generar conciencia contra el empleo de plástico de uso único, causa que se ha convertido en su propia lucha desde el año 2015.

La historia de Lizzie y de cómo llegó a dedicar su vida contra el uso de plástico, comienza un par de años antes. Una infancia en Tenerife desarrolló en ella el amor por las actividades al aire libre, por la naturaleza y la aventura. Sin embargo, al regresar con su familia a Inglaterra, en esta gran urbe no encontró grandes oportunidades para poner en práctica sus inquietudes. Estudió Literatura Inglesa para saciar otra de sus pasiones: leer, aunque al finalizar, comenzó inmediatamente a trabajar en el mundo corporativo como gerente de proyectos en una empresa de marketing.

(Maximusinnyc)

(Maximusinnyc)

El bichito de explorar no la dejó tranquila hasta que se tomó un año sabático y recorrió lugares con los que siempre había soñado, lugares que sonaban remotos y perfectos para dejarse llevar por su, hasta entonces, yacente espíritu aventurero. Comenzó por África, donde se unió a una sociedad de protección de rinocerontes en la que participa hasta hoy (la Lizzie conservacionista ya había nacido); luego vinieron Mongolia y China, donde por primera vez, reparó en la cantidad enorme de plástico que había flotando por el río Yangtze, aunque en esa época ­—pensó— era un problema local y aislado. Luego de esos diez meses viajando, volvió a su trabajo haciendo videos corporativos en la capital inglesa y a solo dos meses de haber regresado, le detectaron un cáncer a la tiroides grado dos. Tenía 26 años.

Ahora, ya con la enfermedad bajo control, Lizzie ve en retrospectiva cómo este padecimiento impulsó de manera misteriosa sus pasos hacia la lucha por un mundo más sustentable. «Cuando recién me dieron el diagnóstico, lo único que quería era sentir normalidad en los otros espacios de mi vida, quería una rutina, estabilidad, y dejé a un lado esa chispa que se había encendido durante mi año sabático», cuenta. Y continúa: «luego de un año, comencé a sentir lo que se llama culpabilidad de sobreviviente. No estaba haciendo mayores cosas con mi vida después de haber sido privilegiada con una segunda oportunidad de vivir.  Quizás, siempre hubiera sabido que no estaba siendo fiel a mi propia naturaleza y que algo faltaba en mi vida, pero el cáncer me dio el puntapié para empezar una vida nueva, me dio el coraje para vivir sin miedos. Podía vencer y enfrentar cualquier cosa que la vida me pusiera en el camino, de ahí en adelante. Era muy joven, no tenía responsabilidades aún y renuncié a mi trabajo».   

El cuerpo de Lizzie se había debilitado con la radioterapia. Necesitaba recuperar su estado físico y hacer deporte. Durante una visita a su padre en la isla de Scilly, en el suroeste inglés, divisó a alguien en el mar practicando stand up paddle (SUP). Le pareció que era una actividad relajante y que le serviría, a la vez, como ejercicio para volver a estar en forma. Consiguió una tabla y desde entonces, se ha transformado en un estilo de vida. En el agua analizaba posibilidades de trabajo y planeaba su futuro. Fue entonces cuando comenzó a ver enormes cantidades de plástico flotando y se alarmó.

(Joel Caldwell)

(Joel Caldwell)

«Hace cinco años nadie hablaba del tema y si se mencionaba, se trataba del plástico en el océano, no tierra adentro. Pero aquí, en canales y en ríos, contamina de igual manera y llegará eventualmente al océano», dice, mientras toma un latte en taza de plástico multiuso. «Decidí hacer algo drástico. Debía exponer el problema y hacer que la gente lo viera como un problema local, un problema a nivel personal que está afectando sus propias vidas, día a día», agrega. Y así fue como nació la idea que dio vida a Plastic Patrol.

Para el año 2016 cargó comida y carpa en la parte delantera de su tabla y comenzó un viaje en solitario, remando los 750 kilómetros que comprenden todas las vías fluviales conectadas de Inglaterra, desde el río más sureño en el condado de Surrey, hasta el más nortino, el inglés Distrito de los Lagos; pasando por canales también, sin jamás detenerse en tierra, salvo para acampar en la noche.

Fueron 22 días donde no solo hizo historia como la primera persona en hacer este recorrido en una tabla, sino que recogió tres mil muestras de plástico y expuso las fotografías en un mapa interactivo que mostraba el lugar donde había avistado determinado objeto. Eventualmente, este mapa se transformó en la aplicación Plastic Patrol, hoy, la mayor herramienta con la que cuenta la organización creada por Lizzie para determinar cantidades de plásticos y localizar los focos de mayor polución, además de poder categorizar materiales e identificar las empresas productoras de estos. Con esta aplicación, desde todos los continentes las personas pueden postear y fotografiar con sus teléfonos los desechos que encuentran, situándolos en el mapa que viene con la aplicación. Por último, Lizzie tiene el apoyo de un equipo de expertos de la Universidad de Nottingham, donde vive, quienes analizan cada dato introducido allí.

«Recolectando estos datos es posible concluir que las comunidades necesitan desarrollar más conciencia e involucrarse en esta tarea que es de todos, y al contrario, localizar los puntos donde hay menos problemas y aprender de ellos», asegura Lizzie, con una pasión y una emoción tan contagiosas que de verdad uno quiere eliminar todo plástico para siempre. «Al reconocer las marcas en las fotos enviadas a través de la aplicación, podemos acercarnos a ellas y trabajar en conjunto, analizando cómo están funcionando con el tema de manejo de desechos. No se trata de apuntar con el dedo y acusar, sino de resolver juntos el problema. Del mismo modo, al localizar hotspots podemos unir fuerzas con autoridades locales», explica.

—¿Qué consejo le darías a las empresas?

—Hay un plástico que es 100% reciclable. La tecnología existe y es parte de una economía llamada circular. Además, al no fabricar plástico virgen, estarán usando menos combustible fósil y emitiendo menos carbono, y a pesar de que no es la solución perfecta, es progreso. Debemos celebrar el progreso a medida que sucede, pues este es un tema sin precedentes. Nunca enfrentamos este problema antes y estamos todos aprendiendo.

Gobiernos, marcas e individuos debemos llegar a acuerdos e ir detectando soluciones. No existe una solución instantánea, esto es un proceso— responde Lizzi.

El plástico es solo uno de los generadores de cambio climático, pero como dice Lizzie, es uno «tangible y visual». Por último, ¿cómo puede una persona ayudar de forma individual desde sus localidades? «Usando nuestra aplicación», contesta rápidamente. «Un individuo jamás debería subestimar el poder de sus acciones. Posteando sus hallazgos de plástico están colaborando de enorme manera. La otra forma de ayudar es como consumidores. Como tales, tenemos un tremendo poder. Cada vez que compramos un producto, estamos dando un voto de aprobación a la ética de esa marca. Debemos asegurarnos de consumir marcas que se alineen con nuestros valores», aconseja.

Hasta ahora, la aplicación de Plastic Patrol recibe información desde 45 países, y en Latinoamérica, solo Perú cuenta con suscriptores, por lo que Lizzie invita a los chilenos a subirla a sus teléfonos y a ser parte de la patrulla contra el plástico. «Recoger es evidencia, y con la evidencia, podemos trabajar en soluciones. No podemos estar recogiendo basura para siempre», concluye.

Más información en plasticpatrol.co.uk

Este artículo apareció en la Edición julio/agosto 2019 de Outside Chile.

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