Entre los ciclistas, un reto viral ha sido acumular, en una sola sesión, el desnivel positivo del monte Everest: 8.848 m. Por entonces, solo había oído hablar sobre aquel desafío, hasta que por fin, me decidí a intentarlo…

La primera vez que escuché sobre el Everesting fue por Max Keith. Me dijo que se trataba de completar la altura del monte Everesting (originalmente llamado Chomolungma) en bicicleta, en una sola cuesta y bajando por la misma cuantas veces fuera necesario hasta finiquitar los 8.848 metros de ascenso; todo esto sin límite de tiempo, pero, el gran pero es que se hace sin dormir.

Pocas veces leo o escucho de cosas que me parecen tan lejanas… me pareció una idea tan descriteriada que de inmediato la descarté de mis programaciones entre los proyectos locos por hacer… quizá algún día. Poco factible que sea un proyecto para hacer algún día.

Me embebí en la frase mediocre del «algún día», no diciéndome a mí mismo que no lo intentaría siquiera. El tiempo pasa, a veces para bien, otras para mal. Siendo un montañista, trail runner y esquiador de randonée, Strava me dijo que era un ciclista. No me había dado cuenta que paso más horas montado al sillín que con las zapatillas para pisar los senderos de las montañas.

En este baile de la bicicleta rutera, vinieron unas aventuras de 300, 400 y 600 kilómetros en bicicleta sin parar con mi amigo Eric Zepeda. Eric es un ciclista de verdad, todas las Brevet que hice, él me ganó. Recuerdo cómo intenté pillarlo para la Brevet 400, pero no me fue posible. Di todo de mí, no me quedó nada a la meta, quedé destruido por semanas, mi satisfacción fue total, me di el lujo de patear los pedales solo por 400 kilómetros cazando a quien hoy es un amigo que llevo en mi corazón.

Un día lo encontré en mi trabajo y me dijo que no iría al Brevet 600 porque se iba a Cochamó. Yo le dije que haría el Brevet 600 en solitario y no oficial, total, a mí me importaba solo saber si era capaz o no de hacerlo. Entonces me dijo que lo esperara y que lo hiciéramos juntos. Por eso hoy, Eric y yo somos amigos. Es algo muy raro. Nunca nos juntamos, nunca conversamos, pero creo que si yo necesitara algo, él me ayudaría y yo a él lo apoyaría sin cuestionamientos.

No recuerdo ya mucho de los 600, solo albergo el sentir de esas 30 horas, y de la noche de mierda que pasamos durmiendo en un pasillo, muertos de frío un par de horas.

Cuando cerramos el proyecto de los 600 kilómetros, todo me pareció posible: muchos ultra fondos fáciles… el horizonte me hacía mirar a distancias sobre los 800 kilómetros.

Quizá sufrí una especie de depresión post 600. Salía a rodar sobre las dos ruedas porque simplemente me gustaba, pero algo faltaba, tenía todo menos sazón…

El mundo está lleno de gente brillante. Pero, de vez en cuando, aparecen personas inspiradoras, líderes innatos que saben encontrarte la mejor beta, para sacar a relucir cosas que ni tú mismo sabías que eras capaz.

Rodrigo Canuto Errázuriz, en lo que sería una vuelta por el cerro San Cristóbal «relajada, a 120 watts», pateando los pedales con su amigo de toda la vida, Diego Aguiló y yo, me dijo de repente: «voy a hacer el Everesting». Pensé de inmediato algo como, «¡diablos, lo hará antes que yo!».

­—¿Cuándo lo harás?—

—La próxima semana, ¿quieres ir?—

Algo me pasa cuando algo es «correcto» para mí, en cosas deportivas. Se me acelera el corazón y siento una especie de energía que me hace apretar por completo el cuerpo, hasta los dientes, y puedo chillar característicamente. Cuando siento ese impulso, es tan literal ese sentir, que el «sí» no es voluntario.

­—Vamos, qué diablos. Si no, bueno, me quedo tirado intentando—

Creo que es la primera vez que me metía en lo que para mí era un proyecto súper duro, serio y que requería lo mejor de mí, y a la vez, sentía que iba mal preparado. Tenía algunas lesiones menores en mi cuerpo debido al trail running y solo la bicicleta era lo que podía practicar, pero no estaba rodando más de 50 kilómetros por salida y a media intensidad. Podía prever que el Everesting sería un esfuerzo de los que exprimirían más de la cuenta por montarme en algo que no había preparado.

Tito Nazar (Pablo Azócar)

Tito Nazar (Pablo Azócar)

Al otro día, Canuto creó un grupo por whatsapp en el que había muchos ciclistas fuertes que podían y querían hacer el Everesting. Algunos dijeron que sí, otros que quizá; que dependía del trabajo, del jefe, y otras cosas parecidas. Yo nunca aflojé en mi intención y el ascenso de los 8 mil metros era lo que estaba en mi cabeza en cada momento a medida que los días se acercaban: 6, 5, 4, 3… En mi cabeza tenía una sola cosa: que haría el Everesting en una semana y que tendría que terminarlo a puro corazón.

Canuto me llamó y me dijo que no esperáramos a que fuera nadie más, que esto al final sería tarea de nosotros dos y que lo mejor sería actuar como que ambos intentaríamos y terminaríamos el Everesting.

Él propuso que el lugar ideal sería hacerlo desde la curva 1 del camino a Farellones hasta el pueblo del mismo nombre. En total, 40 curvas con algo más de 1.000 metros positivos, haciendo un total de 8 ascensos para completar la altura.

Canuto calculó 3 opciones de tiempo, 15,17 y 19 horas. Él estaba seguro que lo haríamos en 15 horas. Por mi lado, después de mucho análisis le dije que él podría hacerlo en 15, pero yo estaba bastante seguro que, por mi nivel, podría hacerlo más hacia las 17 horas. El plan era hacer esto juntos a como de lugar, con la idea en mente de demorar por cada ascenso 1 hora 40 minutos.

Canuto es de los tipos con más experiencia en el concepto Endurance del país. Ha formado gente bajo este concepto siendo muy abierto, claro y directo en esta modalidad deportiva. Hoy, un hombre maduro, que es referente para muchos, tiene la película clara. Sabe cuánto se va a sufrir, cómo y por sobre todo, hacerlo más llevadero. Al final, el hombre de la experiencia se bancó toda la logística de una manera soberbia donde poco pude aportar para dejar las cosas más pulidas.

«¿Cuánto iré a sufrir en esto?», pensaba.

Hacer un Farellones es súper fácil para mí, hacer dos es algo interesante, hacer tres es medio loco, cuatro es mucho, 5 es demasiado… 6 es Dios mío, 7, 8 ¿Lo terminaré?, y si lo termino, ¿cómo lo terminaré? ¿A qué nivel de agotamiento llegaré?

En el trabajo, en mis cervezas, mientras veía televisión, todo era Everesting, leer, investigar. La palabra Everesting terminó siendo un placer pronunciarla, la mastiqué tantas veces en mi boca y desmenuzada en mi mente miles de veces.

Cuando faltaban 3 días, algunas cosas tenía claras, como por ejemplo, que lo más probable era que, entre 17 y 18 horas sería el tiempo final, que además no importaba como terminaría el Everesting, y que además, sería quizá el esfuerzo más grande que haya hecho jamás. Lo último lo determiné cuando hablé con Eric sobre el proyecto, y cuando supo la cantidad de ascensos y descensos por el camino de Farellones. Me dijo que sería más duro y por mucho, versus, lo que vivimos en los 600 kilómetros que fueron algo así como 38 horas sobre el sillín.

La suerte estaba echada y el destino de los días encaminado. Ahora solo quedaba juntar mentalización, fuerzas, buena nutrición y ayuda de mi tremendo kinesiólogo Raúl Aliaga de KMP, que me dejó en las mejores condiciones. Trabajamos en equipo para hacer los 8 mil metros y le dije, que de hacerlo, sería gloria compartida.

El viernes 25 de enero, a las 12 de la noche, comenzaríamos el primer ascenso.

Del grupo de whatsapp Everesting, dos destacaron: Benjamín Blanlot y Andrés Tagle.

Partieron con nosotros a las 12 de la noche y nos acompañaron hasta el amanecer, para después, seguir con sus vidas laborales.

Algo de susto tuve cuando Canuto me dijo tener dolor de espalda por sus hernias en el ascenso 3.

1, 2, 3, cadencia, constancia, dosificación de energía, que 3 ascensos no es nada…

Creo que nadie fue capaz prever lo constante que seríamos en cada ascenso y descenso, demorando más o menos 1 hora 40 minutos por ascenso y bajando en 25. El ritmo se veía prometedor.

En la bajada del tercer pique, el sol nos empezaba a iluminar la jornada.

No podía sacarme de la cabeza la incertidumbre de si podría hacer los 8 impulsos. A Canuto se le había pasado el dolor de espalda y estaba con un optimismo y vitalidad remarcables.

1, 2, 3, cadencia, poca potencia, alta revolución, que 4 ascensos es decente, pero faltan 4 subidas más…

Bajada del cuarto intento. Nos sentamos en unas bancas al lado de la camioneta y nos comemos unos sándwiches de queso con jamón. Canuto bebe una bebida cola, y yo recargo el Vitargo. Ya habíamos creado una rutina de cosas por hacer en cada bajada para cargar todo para la siguiente subida. Mientras, sacábamos el móvil del modo avión, y en el mío leo mensajes de aliento, posteo algunas cosas en las redes sociales para informar cómo vamos, y luego, el teléfono de regreso a modo avión, algunas fotos de registro y a seguir dándole vuelta a los pedales.

Tito y Rodrigo Errázuriz (Pablo Azócar)

Tito y Rodrigo Errázuriz (Pablo Azócar)

Blanlot y Tagle, los personajes más chistosos que Canuto pudo haber traído, debían retirarse al trabajo. Tagle en particular, exclamaba al cielo lo «grande que éramos», y las inmensas ganas por hacer el Everesting completo con nosotros, a la vez que maldecía tener compromisos laborales en Rancagua. El tipo no durmió en toda la noche, se iría a su casa, se ducharía y se iría a trabajar manejando a Rancagua. Antes de marcharse gritó que intentaría regresar a la tarde para acompañarnos hasta el final, y que si no estábamos pedaleando para su regreso, estaría profundamente molesto.

Qué alivio y qué inyección de optimismo subir con algo de comida y agua más fresca para ir por el quinto intento. Ahora la cosa se veía harto más cerca, pero a la vez, el cansancio se empezaba a sentir. Por otro lado, haber hecho 4 subidas, ya en sí era épico.

1, 2, 3, patada derecha, patada izquierda, vamos por el quinto que así faltarán 3…

Llegamos al estacionamiento y vimos caras nuevas, pero conocidas: Max Keith, Moisés Jiménez y Pablo Azócar. Teníamos nuevos compañeros para el resto del día.

Observé a Canuto. Estaba en condiciones fantásticas, de hecho estaba tan bien que ni él podía creerlo y hasta le dio un poco de vergüenza estar tan bien.

Por mi parte, estaba cansado, pero sabía que llegaría al octavo ascenso, no importaba cómo, ni en qué paupérrimas condiciones. Qué tan bajo cavaría mi posible tumba, estaba por verse.

El resto de las subidas fueron un trámite, pero la última, la octava, la bendita Octava.

En la séptima ya estaba cansado, lo dije, lo sentía. Tenía el corazón a bajas pulsaciones y simplemente no tenía fuerzas en las piernas.

Subimos todos juntos, Andrés Tagle, firme a su promesa, nos acompañaba en la última vuelta de todas. Todos vieron que iba mal, y que pariría el alma en lo que quedaba del día.

Canuto decide cerrar su ciclo y se arranca un buen poco adelante con Pablo, Max y Moi. Andrés, como escudero noble, decide no dejarme solo en mi calvario.

Le pedí que se fuera, que me dejara solo, que se enfriaría y que además, vería lo más indigno de mi persona, que le daría vergüenza y que para colmo, no podía ni hablar. A él nada de eso le importó y me tiró espiritualmente arriba. Me habló sobre lo grandioso del día, de lo héroes que éramos, de la historia que hacíamos en mostrar que es posible el Everestings. Le pedí al universo que se callara, «qué maldito héroe puedo ser yo, si estoy devastado y él está como si nada…», pensaba.

Tito Nazar, Moisés Jiménez, Canuto Errázuriz y Max Keith. (Pablo Azócar)

Tito Nazar, Moisés Jiménez, Canuto Errázuriz y Max Keith. (Pablo Azócar)

Pasado el sector de las Tres Suegras el sufrimiento se posicionaba en lo más alto, eso es, pasado los 8.600 metros positivos. No daba más y me bajé de la bicicleta. Respiré agitadísimo pero el cuerpo no se recuperaba y mi frecuencia cardiaca no bajaba a estatus basal. Nunca estuve en un rango cardíaco tan al límite entre lo basal y lo activo. El calor —maldito calor de mierda, déjame en paz y déjame terminar esto, que solo me quiero ir a mi casa y bajarme de la bicicleta— mientras Andrés me dice: «dale, Tito, que está hecho, el primer gran Everesting en Camino a Farellones… ¡qué grande Tito!».

No pude más y me bajé de la bicicleta una vez más.

El calor sofocante me tenía desesperado y la falta de potencia en las piernas era una de las sensaciones más angustiantes que he tenido.

De nuevo, arriba de la bicicleta, me desabrocho la tricota para ventilar mejor y debo parar a la sombra de un árbol para recuperarme. Dios mío, cuánta frustración junté esa tarde.

Se venía el fin de la inclinación desagradable y ahora quedaba empujar los pedales a duras penas 5 minutos más para llegar al famoso Tata Cruz donde daríamos la vuelta para bajar a los vehículos. Cómo la sufrí, por la cresta. Me costó sacar ésta última octava subida. No me daba para una novena, aún no sé si por bloqueo mental o porque llegué a mis límites totales. Aún logro sentir por mi cuerpo la ira que tuve alimentada por la frustración del colapso total de la mente y el cuerpo. Arriba llego a saludar a Canuto y me bebo una coca cola rápidamente para irnos abajo.

Everesting, Everesting, Everesting, Ever-resting, Ever-no-resting… Una jornada especial, donde en esas 27 horas experimenté lo más duro de mi vida deportiva.

La línea deportiva de los ultra es tan especial, tan íntima, tan elusiva pero a la vez glorificante. Recuerdo que con los chicos hablamos de que si era duro un Everesting en «cleta», en modo trail running, sería mayor la cosa.

La única forma de saciar los límites es buscar el siguiente nivel, el siguiente desafío que tiene por seguro, una cosa: diversión en el sufrimiento.

Finalmente, meses después, me vería embaucado en el primer Everesting en modo trail running del país.

Este artículo apareció en la Edición julio/agosto 2019 de Outside Chile.

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